ログインPOV ALEKSEY ROMANOV
Entré en la habitación sin prisa, sin tocar la puerta, porque me importaba una m****a lo que estuviera pasando dentro. Y, sinceramente, no me sorprendió lo que vi. Akin, como siempre, hundiéndose en la carne de alguna mujer cuya cara ni siquiera recordaría mañana. La habitación apestaba a sudor, sexo y desesperación. Me recosté en el sillón de cuero con una pierna cruzada sobre la otra, tamborileando los dedos contra el brazo del asiento mientras observaba la escena frente a mí con una indiferencia casi aburrida. No se detuvo ni un segundo cuando entré. Si acaso, pareció empujar más fuerte dentro de la asquerosa italiana que gemía, gritaba y se retorcía debajo de él como si estuviera siendo sacrificada en algún altar pagano. Había visto esto demasiadas veces como para inmutarme. Él seguía con lo suyo, ignorándome, y yo tampoco tenía intención de interrumpirlo más de lo necesario. Pero el asunto era importante. La escena debería haberme entretenido más, pero no tenía tiempo para esta m****a. —¿Podrías acabar ya con esa puta? Ella intentó protestar, pero él la calló con una mordida. —Tiene un culo delicioso —murmuró—. Mete tu polla en él y deja de joderme. —Ya liberé mi estrés —respondí con la misma indiferencia. —Entonces déjame liberar el mío —gruñó, volviendo a sus embestidas como si mi presencia no importara una m****a. No rodé los ojos porque no me rebajaría a mostrar irritación. En su lugar, exhalé con lentitud, dejando que la impaciencia se filtrara en mi voz. —Vamos, termina. Tenemos que irnos. Unos minutos después, la mujer cayó de rodillas y recibió la descarga de Akin con la boca abierta, como una devota recibiendo la bendición de su dios personal. Asco. Me puse de pie con calma cuando él se acercó a mí desnudo, con su rostro todavía cubierto de placer y un ligero rastro de sudor en la frente. —¿Qué demonios pasa? No perdí tiempo. —Vittoria no está en casa —solté, con los dientes apretados—. Anastasia y Lia la secuestraron. No fue hasta que pronuncié esas palabras en voz alta que la furia me golpeó en pleno pecho, ardiendo con una violencia que me tensó los músculos del cuello. Malditas. Pero antes de que pudiera seguir, la voz de la zorra detrás de mi primo me hizo girar la cabeza con lentitud. —¿Nos volveremos a ver? No lo hizo en serio, ¿verdad? Akin rodó los ojos. —No, Fabiana. Vete. La mujer frunció el ceño, como si de verdad creyera que importaba. —No me llamo Fabiana. Una carcajada seca y carente de humor se deslizó de mis labios. —¿Y me tiene que importar? —gruñó, perdiendo la paciencia. Cuando vi que su mano se flexionaba en busca de su arma como si estuviera considerando sacarle la m****a a la mujer, decidí que había tenido suficiente. —Lárgate. —Le ordené, tomándola del brazo y sacándola de la habitación sin más miramientos. Cerré la puerta tras de mí y volví a mirar a Akin—. No podemos matar a nadie, aunque desearía hacerlo. Vístete, iremos por Vittoria. Él frunció el ceño. —¿Y tú despedida? Es en veinte minutos y no pienso faltar. Aleksander ya tiene todo preparado. Parpadeé un par de veces, reprimiendo las ganas de meterle un balazo en la pierna solo para que dejara de hablar de esa jodida despedida. —Ahora entiendes. —Mi voz salió afilada—. Primero dejamos a Vittoria en casa y después vamos a mi despedida. Suspiró pesadamente y se cruzó de brazos. —Déjalas. Obviamente no se están follando a nadie. Le clavé una mirada gélida. —No, pero es posible que se vea con el hijo de puta de su ex prometido, y no toleraré esa falta de respeto. Abrió los ojos con sorpresa y chasqueó la lengua con incredulidad. —Es lo mejor que te puede pasar para no tener que casarte con ella —reveló, dándome un golpe en el brazo—. Si se ve con su ex prometido, podrías usar eso en su contra y decidir no casarte. Igual ya conseguimos las ubicaciones que necesitábamos. Entreabrí los labios, considerando la idea. Sí. Sería una opción. Podría aprovecharme de eso, romper la alianza, largarme de esta farsa de matrimonio y seguir con mi vida sin tener que arrastrar a esa mujer conmigo. Pero entonces, algo se activó en mi cabeza como un maldito disparo. No. No. No después de mi amenaza. No después de la forma en que se quebró frente a mí. Vittoria no lo haría. Ella no era tan estúpida. La furia explotó dentro de mí con la intensidad de un maldito incendio forestal. —¡Mierda! —gruñí, pasando una mano por mi rostro—. ¡Estropeé mi única oportunidad para deshacerme de esta puta alianza! Apreté los dientes con tanta fuerza que escuché el crujido de mi mandíbula. Akin me miró con un deje de burla en los labios, pero no me importó. No había vuelta atrás, ella no lo buscaría. Y si lo hacía… Mis dedos se cerraron en un puño. Si lo hacía, me encargaría de que no volviera a intentarlo. Nunca. —Vamos —gruñó, cortando mis pensamientos. La impaciencia en su tono se mezcló con la desesperación—. No hay tiempo que perder. O me perderé yo mismo al tener que presenciar estos dramas de relaciones estúpidas, y no será nada bueno. Lo miré realmente mal, la frustración rebosando en cada músculo de mi cuerpo. —Aún puedes ser un buen primo y casarte con ella, ¿lo sabes, verdad? Se detuvo, su mirada se encontró con la mía, y vi esa chispa de provocación que siempre se encendía cuando creía que podía manejarme. —No estoy interesado en ninguna mujer de esa manera. Jamás me casaré, pero venga ya, ¿En serio no te atrae en lo más mínimo, esa chica? —Su tono tenía una mezcla de burla y curiosidad, frunciendo el ceño mientras esperaba una respuesta—. Es hermosa. —Nunca dije que no lo fuera —me encogí de hombros, sin dar más detalles. La tentación de decir lo que realmente pensaba era fuerte, pero algo en mí me decía que no lo hiciera. Había una delgada línea entre la verdad y la necesidad de guardar la compostura en este maldito momento. —Su belleza es… —me detuve un segundo, buscando las palabras correctas. —Irreal —respondió Akin por mí, sin titubear. —Exacto, pero, aun así, no me atrae. Se cruzó de brazos, y un suspiro pesado se escapó de sus labios, como si me estuviera evaluando. La sonrisa en su rostro era arrogante, confiada. Esa misma sonrisa que me recordaba que siempre tenía una respuesta para todo, una idea para contradecirme, pero en este caso, no lo haría. —Sé que jamás pensaste en casarte, formar una familia y querías seguir viviendo la vida como lo venimos haciendo… en descontrol —sonrió altanero, como si todo eso fuera una especie de broma cósmica que yo debería entender—. Pero a veces es bueno un poco de control en tu vida. Tal vez ahora la odies, pero al conocerla, puede que todo cambie. Que tu mundo cambie y todo se vea menos sombrío. —¿Qué eres psicólogo? —pregunté, no creyendo lo que acababa de escuchar. —No, pero eso fue lo que dijo mi psiquiatra en una de mis sesiones… Fue un buen momento para usarla, ¿verdad? Ambos nos miramos en silencio, y algo dentro de mí estalló, el humor negro y la locura combinándose en una mezcla explosiva. No pude evitar reírme también. Era un puto loco. La risa se desvaneció tan rápido como vino. —No tengo tiempo para tus teorías baratas. —Entonces, ¿por qué no te relajas un poco y dejas que el destino te arrastre a donde le dé la gana? Mi respuesta fue rápida, casi instintiva. —El destino no tiene poder sobre mí. Yo soy el que lo maneja. Sabía que no iba a ganar esta discusión. Al menos no hoy. Pero algo me decía que mi paciencia, siempre escasa, se agotaría más rápido de lo que él imaginaba. —Vamos —gruñí, cortando el silencio que se había hecho pesado—. Vístete. No hay tiempo que perder.POV VITTORIA ROMANOVA Estaba hablando en italiano. Escucharlo era confirmar lo que ya sabía, pero oírlo en su voz fue un impacto devastador. Tenía un acento marcado, un poco tosco, arrastrado por la gravedad de su herencia rusa, pero la pronunciación era perfecta. El hombre que odiaba mi linaje, el hombre cuyo padre había sido ejecutado por las mafias de mi país, el mismo que había jurado destruir cada rincón de este para extirpar su recuerdo... estaba usando la lengua de sus peores enemigos solo para llegar a mí. Estaba desgarrando su propio trauma, pisoteando las cenizas de su padre, solo para que yo lo entendiera. Y de pronto, todos los recuerdos me golpearon al mismo tiempo, como una ráfaga de balas que no vi venir. Las conversaciones con Isabella. Las bromas con Andrea. Las veces que hablé con mi madre por videollamada. Las veces que lloré. Las veces que recé. Las veces que dije su nombre en la soledad de nuestra habitación. Él había estado ahí. En cada uno de esos momentos
POV VITTORIA ROMANOVA El silencio de la biblioteca era lo único que me quedaba, pero no me daba paz; se sentía como el vacío estéril de una tumba. Tenía un libro abierto entre las manos, pero las líneas de tinta eran solo manchas borrosas. No había leído una sola frase en las últimas dos horas. Mi mente seguía atrapada en esa noche. Seguía escuchando el eco de sus palabras, el quiebre de su voz cuando confesó que me amaba, y el crujido seco de sus pasos al alejarse. «Se fue», me repetía, sintiendo un peso gélido aplastarme el pecho. «Aleksey se fue. Cruzó la frontera. Regresó a Rusia, a su trono de sangre y sombras». Debería haber sentido alivio. Debería haber celebrado que finalmente me había devuelto mi libertad. Pero la libertad sin él se sentía jodidamente vacía. Miré el gran ventanal de la biblioteca, viendo cómo el atardecer siciliano teñía el cielo de un rojo violento. Parecía sangre. Pasé la yema de los dedos por el borde de la página, conteniendo una nueva oleada de lág
—Parece sangre —comentó Adrik, mirando el horizonte con una sonrisa satisfecha. —Es un presagio —añadió su gemelo, subiendo al asiento trasero y abriendo de nuevo su portátil. Le arrojé otras llaves de vuelta a Adrik, quien las atrapó en el aire con un reflejo limpio, frunciendo el ceño de inmediato. —Antes tengo que ir con ella —sentencié, y mi voz sonó más firme de lo que se había sentido en días—. Debo contarle todo. Jodidamente no haré nada que la aleje de mí. No otra vez. Miré a Akin por el espejo retrovisor, sosteniéndole esa mirada suya que pretendía congelar el mundo. —Tienes razón. No importa quién de ustedes la torture; frente a sus ojos, el verdugo seré yo. No voy a construir mi futuro con Tori sobre los cimientos de otra mentira. Si vamos a quemar a su prima, ella tiene que saber por qué tengo la antorcha en la mano. —¿Entonces? —preguntaron al unísono. Adrik me miraba como si me hubiera vuelto completamente loco, pero Akin... Akin solo entrecerró los ojos, analiza
El despertar no fue heroico. No hubo reflejos de asesino ni una transición elegante de la inconsciencia a la acción. Lo primero que sentí fue una presión asfixiante en el pecho y un calor sofocante que no pertenecía al clima siciliano. Abrí un ojo con esfuerzo, encontrándome con la luz naranja y espesa del atardecer filtrándose por las persianas. —Maldita sea... —mi voz sonó como si hubiera tragado arena. Traté de moverme, pero mi brazo derecho estaba atrapado bajo el peso de Adrik, que roncaba suavemente con la boca abierta, babeando peligrosamente cerca de mi hombro. A mi izquierda, Akin estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y el portátil sobre el regazo. Seguía en calzoncillos, pero ya tenía su mirada de "voy a calcular cuántas arterias puedo cortar hoy". —Son las cinco de la tarde —anunció sin mirarme, el brillo de la pantalla reflejado en sus pupilas gélidas—. Has dormido siete horas. —¿Cinco? —Me incorporé de golpe, lo que provocó que Adrik solt
POV ALEKSEY ROMANOV —Definitivamente no somos normales —susurré, mientras me tragaba un bostezo que amenazaba con desencajarme la mandíbula—. Tengo sueño. Me puse en pie estirando los brazos todo lo que mi costado herido me permitía y empecé a enfilar hacia las escaleras, arrastrando los pies. —¿A dónde vas? —preguntaron los gemelos al unísono, como si fuera un crimen retirarse a las diez de la mañana. Volteé a verlos con el ceño fruncido y una expresión de pocos amigos. —¿Acaso no es obvio? —cuestioné, retomando el ascenso—. Jodidamente iré a dormir. No podré cazar a nadie ni recuperar a mi mujer si me desmayo por el camino. Para cuando llegué a mi habitación, mis párpados pesaban como si fueran de plomo. Era la puta medicación la que me tenía en ese estado de estupor. Me dejé caer en la cama boca abajo, soltando un quejido de alivio, y justo antes de que mi cerebro se desconectara por completo, sentí varios pesos hundiendo el colchón a mis costados. —¿Sabes? Yo también tengo
La casa segura en las afueras de Catania no era una villa de lujo, pero tenía muros de piedra lo suficientemente gruesos como para detener un asalto y una cocina que olía a café cargado y a la humedad del amanecer siciliano. Aleksey bajó las escaleras arrastrando los pies, con el torso desnudo y vistiendo únicamente unos bóxer negros. El vendaje que rodeaba su costado estaba ligeramente manchado de sangre fresca, un recordatorio punzante de que seguía vivo de milagro. Se detuvo en el umbral de la cocina, parpadeando ante la luz del sol que se filtraba por los ventanales. La escena frente a él era, por decir lo menos, surrealista. Adrik estaba apoyado contra la encimera, también en calzoncillos, con el cabello negro revuelto y una espátula en la mano. Akin, sentado a la mesa de madera rústica con un ordenador portátil frente a él, vestía del mismo modo, aunque mantenía su habitual aire de control absoluto mientras revisaba planos de seguridad con una taza de té humeante a su lado.






