ログインEl murmullo del restaurante disminuyó de forma casi imperceptible, como si el aire hubiese reconocido la presencia de un depredador.
Hunter De Los Santos avanzó con paso firme, seguro, sin prisa. Su elegancia no era estudiada; era innata. El traje oscuro parecía hecho a medida de su cuerpo, cada línea marcando autoridad, cada movimiento imponiendo dominio. No necesitaba alzar la voz ni apresurarse. El espacio se abría ante él como si supiera a quién pertenecía. Camille fue la última en notarlo. Primero sintió el cambio en la atmósfera. Luego, un frío repentino recorriéndole la espalda. Alzó la vista… y el mundo se le desdibujó. Hunter. La sangre pareció abandonar su rostro de golpe. Sus manos comenzaron a temblar sin permiso, sudorosas, traicioneras. Intentó respirar, pero el aire no llegaba con la misma facilidad. No estaba preparada. No así. No allí. No aquí, pensó. No frente a ellos. Hunter no desvió la mirada. Sus ojos oscuros estaban fijos en ella, clavados como una sentencia silenciosa. No había sorpresa en su expresión. Ni desconcierto. Solo esa calma peligrosa que antecedía a la tormenta. Antony fue el primero en ponerse de pie. Lo hizo con naturalidad, con esa elegancia controlada que no se doblega ante la intimidación. Su gesto fue firme, deliberado. No interrumpió el avance de Hunter, pero dejó claro que no retrocedería. —Es un gusto verte por aquí, De Los Santos —dijo, extendiendo ligeramente el brazo, sin tocarlo—. No esperaba encontrarte en este lugar. Hunter se detuvo frente a la mesa. No estrechó la mano. Ni siquiera miró a Antony al principio. Su atención estaba centrada en Camille. Ella permanecía sentada, rígida, los dedos aferrados al borde de la mesa como si fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad. Sentía el corazón golpeándole el pecho con violencia. No quería que la vieran así. No quería que él la viera así. —Camille —pronunció Hunter finalmente. Su nombre en su boca sonó distinto. Bajo. Posesivo. Cargado de algo que no era preocupación. El socio de Black Group intercambió una mirada incómoda con Antony. El ambiente se había vuelto denso, irrespirable. Varias miradas curiosas se dirigieron hacia la mesa. El espectáculo acababa de comenzar. —No sabía que tenías reunión aquí —continuó Hunter, sin apartar los ojos de su esposa—. Menos aún… en esta compañía. Camille tragó saliva. Intentó hablar, pero las palabras no salieron de inmediato. Antony dio un paso apenas perceptible hacia adelante, marcando presencia. —Estamos en una reunión de trabajo —intervino—. Camille forma parte del equipo de Black Group. Hunter alzó lentamente la mirada hacia él. Sus labios se curvaron en una sonrisa breve. Fría. Cortante. —Eso es imposible —El silencio cayó como una losa.—Mi esposa no trabaja para otros hombres —añadió—. Y mucho menos para un rival. Retírala de tu proyecto Alarcon. Camille sintió el golpe de esas palabras como una bofetada pública. Varias cabezas se giraron con más descaro. El rubor le subió al rostro, mezclado con vergüenza y una rabia incipiente que le quemaba el pecho. —Hunter… —logró decir, con voz baja—. Estamos en un lugar público. Él la miró entonces con más intensidad, como si recién ahora se percatara de su intento de resistir. —Precisamente por eso —respondió—. Para que quede claro. Antony apretó la mandíbula. —Creo que estás cruzando un límite —dijo, con tono firme—. Camille está aquí por méritos propios. Como arquitecta. Hunter soltó una breve risa sin humor. —¿Arquitecta? —repitió—. Curioso. Tres años sin ejercer y de pronto aparece en tu empresa. Sus ojos volvieron a ella. —¿Eso fue lo que hiciste esta mañana? —preguntó—. ¿Salir de casa para venir a ofrecerte? El golpe fue certero. Camille sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. El socio de Black Group se removió incómodo en su asiento. Antony dio un paso más al frente. —Basta —dijo—. No tienes derecho a hablarle así. Hunter lo ignoró. —Levántate, Camille —ordenó—. Nos vamos. La orden resonó con una autoridad tan antigua como peligrosa. Ella no se movió. No porque no quisiera. Porque no podía. Su cuerpo estaba tenso, atrapado entre el miedo y la humillación. Las manos le temblaban aún más, pero alzó el rostro. Sus ojos verdes se encontraron con los de Hunter, y por primera vez… no bajó la mirada. —No —dijo. La palabra fue apenas un susurro. Pero fue suficiente. El murmullo del restaurante se extinguió por completo. Hunter parpadeó una sola vez. Algo oscuro cruzó su expresión. El silencio se volvió insoportable. Hunter inclinó apenas la cabeza, observando a Camille como si intentara reconocerla. Aquella negativa no encajaba con la mujer que había obedecido durante tres años. No en público. No frente a otros hombres. —¿Qué dijiste? —preguntó con voz baja, peligrosa. Camille sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía lo que venía después de ese tono. Lo había escuchado demasiadas veces entre las paredes de la villa. Pero esta vez no estaban solos. Y esa diferencia lo cambiaba todo. —He dicho que no —repitió, con más firmeza de la que creía posible—. Estoy trabajando. Antony no apartó la vista de Hunter. Permanecía de pie, sólido, como un muro silencioso. —Camille es libre de decidir dónde trabaja —añadió—. Y te sugiero que moderes tus palabras. Hunter lo miró ahora con atención real. Lo evaluó. Dos hombres poderosos, frente a frente. Dos voluntades que no sabían retroceder. Pero para Hunter, aquello no era una negociación empresarial. Era algo más primitivo. —¿Desde cuándo te interesan las mujeres casadas, Alarcón? —preguntó con calma venenosa. El socio de Black Group abrió la boca, sorprendido. Camille sintió que el corazón se le partía en el pecho. La humillación se expandía como fuego. —No estoy aquí como tu esposa —intervino ella, con voz temblorosa pero clara—. Estoy aquí como arquitecta. Hunter la miró lentamente. —Mientras lleves mi apellido —respondió—, no existe tal distinción. Varias personas ya observaban sin disimulo. Un camarero dudaba a unos metros de acercarse. El prestigio del lugar no evitaba que el drama se desbordara. Antony dio un paso más, colocándose ligeramente entre ellos. —Esto termina ahora —dijo—. Si tienes un problema, lo tratamos en otro momento. Pero no aquí. Hunter sostuvo su mirada. —Esto no ha hecho más que empezar. Volvió a mirar a Camille. Sus ojos descendieron un segundo a sus manos temblorosas, al leve rubor de su piel, a la tensión evidente en su cuerpo. Algo se agitó en su interior. No compasión. Posesión herida. —Hablaremos en casa —sentenció—. Y no será una conversación agradable. Camille sintió que las piernas le flaqueaban. —No voy a irme contigo —dijo, casi sin voz—. No lo haré Hunter Hunter sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa. Al final solo niega con la cabeza. Se dio la vuelta con la misma elegancia con la que había llegado. Cada paso resonó como una amenaza. Antes de salir del restaurante, se detuvo un segundo. —Cuida bien lo que crees que es tuyo, Alarcón —dijo sin mirarlo—. Hay cosas que no se prestan. Y se fue.Camille esperó hasta que Hunter detuvo finalmente el vehículo frente al edificio donde estaba su departamento. Durante los últimos minutos del trayecto había permanecido mirando por la ventanilla, intentando recuperar la calma después de aquella conversación que había dejado demasiadas cosas suspendidas entre ambos. Cuando el automóvil se detuvo junto a la acera, tomó su bolso con ambas manos y abrió la puerta sin mirar hacia el asiento del conductor. El aire nocturno entró de inmediato en el habitáculo, frío y limpio, rozándole el rostro como si aquella corriente pudiera ayudarla a desprenderse de la presencia de Hunter. Bajó del vehículo, cerró la puerta con firmeza y comenzó a caminar hacia la entrada del edificio.No había dado más de unos pasos cuando escuchó el sonido de la puerta del automóvil abriéndose detrás de ella. Camille no se volvió. Siguió avanzando con el corazón ligeramente acelerado, concentrándose en la entrada que tenía delante. Subió los primeros escalones y sacó
El estacionamiento estaba casi vacío cuando Camille salió del edificio después de la reunión. La noche había cubierto la ciudad con una capa de luces amarillentas y reflejos sobre el asfalto húmedo, mientras el aire fresco le rozaba el rostro y hacía que algunos mechones de su cabello se movieran sobre sus mejillas. Llevaba el bolso sujeto contra su costado y caminaba concentrada en sus propios pensamientos, todavía procesando el incómodo encuentro que había tenido con Hunter en el salón, cuando una figura masculina llamó su atención al otro extremo del estacionamiento. Estaba apoyada contra el capó de un automóvil negro, con los brazos cruzados y la postura relajada, aunque había algo en aquella quietud que resultaba demasiado calculado para ser casual.Camille redujo el paso, lo reconoció de inmediato.Hunter.La iluminación tenue del estacionamiento marcaba el perfil de su rostro y dibujaba sombras sobre sus facciones. Llevaba todavía el traje oscuro de la reunión, impecablemente a
A la mañana siguiente, Camille despertó con la sensación de haber dormido mucho más de lo que realmente había descansado. La noche anterior regresó a su departamento con el cuerpo agotado y la mente demasiado despierta para conciliar un sueño profundo; cada vez que cerraba los ojos volvía a recordar aquella puerta cerrándose a sus espaldas, la oscuridad, sus propios golpes contra la madera y el silencio que había respondido a cada uno de sus llamados. Sin embargo, cuando la luz gris del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, decidió no permitir que aquella experiencia dictara el resto de su día. Se levantó, preparó café y apenas había terminado de acomodarse el cabello cuando su teléfono vibró sobre la encimera.Era un mensaje de Hunter.Camille observó la pantalla durante unos segundos antes de abrirlo. No esperaba recibir algo suyo tan temprano, mucho menos después de la conversación que habían tenido en la clínica. El mensaje no contenía ninguna frase personal, únicamente u
Hunter ordenó al chófer que se dirigiera directamente a una clínica privada, y durante todo el trayecto no apartó la atención de Camille. Ella permanecía sentada junto a la ventanilla, sosteniendo todavía la botella de agua entre las manos, con el rostro pálido y los ojos cansados por las horas que había pasado encerrada. Aunque intentaba mantenerse serena, de vez en cuando sus dedos se cerraban con más fuerza alrededor del plástico, como si su cuerpo todavía no hubiera comprendido que finalmente estaba fuera de aquella habitación. Hunter lo notaba. No decía nada, pero cada vez que Camille respiraba profundamente o cambiaba ligeramente de posición, sus ojos se dirigían hacia ella.—¿Te duele algo? —preguntó después de varios minutos, rompiendo el silencio con una voz mucho menos autoritaria de lo habitual.Camille tardó en responder. Miró primero sus manos y después la ciudad que desaparecía detrás del cristal.—No —contestó finalmente, aunque su voz todavía conservaba cierta fragilid
Durante todo el trayecto de regreso, Hunter De Los Santos no consiguió apartar aquella extraña sensación que se había instalado en su pecho. Había intentado convencerse de que simplemente estaba molesto porque Camille no había abierto la puerta de su departamento, pero cuanto más avanzaba el vehículo por las calles iluminadas de la ciudad, más fuerte se hacía aquella inquietud. Había algo que no encajaba. Su asistente había confirmado la dirección, él había ido personalmente hasta allí y nadie había respondido, pero la idea de que Camille simplemente estuviera evitando verlo no terminaba de convencerlo. Hunter conocía demasiado bien a la mujer con la que había estado casado durante tres años; incluso después de todo lo ocurrido, todavía podía reconocer ciertas cosas en ella. Camille podía estar furiosa, podía rechazarlo, podía marcharse al otro extremo del mundo, pero aquella noche había algo diferente. Su intuición, aquella misma que tantas veces había utilizado para tomar decisiones
La jornada laboral había terminado oficialmente hacía varios minutos, pero Camille todavía permanecía dentro de la constructora porque necesitaba completar unos últimos detalles antes de marcharse. Después del éxito de su presentación, había recibido varias felicitaciones y también nuevas responsabilidades, algo que en lugar de intimidarla había conseguido despertar todavía más su ambición profesional. Había aprendido que no necesitaba demostrarle nada a Hunter ni a ninguna otra persona para saber cuánto valía; bastaba con mirar el trabajo que estaba construyendo con sus propias manos. Aquella tarde, mientras organizaba los documentos de su escritorio, recordó que había dejado una carpeta técnica en una pequeña sala de almacenamiento ubicada en uno de los sectores menos transitados del edificio y decidió recuperarla antes de irse.Camille tomó su bolso y salió de la oficina. Los pasillos estaban mucho más silenciosos que durante el día y varias luces ya habían sido apagadas, dejando a







