LOGINCamille De Los Santos creyó que el amor podía aprenderse con el tiempo. Tres años después, su matrimonio no está hecho de caricias, sino de ausencias, noches vacías y palabras que nunca llegan. Hunter De Los Santos es su esposo… pero también un hombre rodeado de secretos, decisiones que no puede explicar y una vida que parece no incluirla. Cuando Camille descubre una verdad que jamás debió conocer, su mundo se quiebra y el matrimonio se convierte en una jaula sin salida. Entre silencios que hieren más que las mentiras, malentendidos que sangran y un amor que despierta cuando ya ha causado demasiado daño, ambos deberán enfrentarse a la pregunta más cruel: ¿Puede el arrepentimiento reparar un corazón que aprendió a sobrevivir sin amor?
View MoreTres años de matrimonio.
Tres años de noches vacías, de silencios prolongados, de una cama demasiado grande para una sola persona. Al principio, para Camille De Los Santos, aquello no había sido normal. La soledad dentro del matrimonio la confundía, la hería, la hacía sentirse invisible. Esperaba. Siempre esperaba. Esperaba una llamada, una caricia tardía, una explicación que nunca llegaba. Pero con el paso de los días, los meses… y finalmente los años, se acostumbró. O al menos eso se repetía para no quebrarse. Mil noventa y cinco días exactos. Hoy, el tercer aniversario tocaba a su puerta. Camille apagó la vela lentamente, como si al hacerlo extinguiera también la última esperanza que aún se negaba a morir. La cera caliente resbaló por el plato, igual que sus pensamientos, derritiéndose sin control. Había puesto esmero en cada detalle: la mesa cuidadosamente arreglada, la comida preparada con dedicación, el vestido sencillo pero elegante que había elegido con la absurda ilusión de que él la mirara… aunque fuera un instante. Horas antes, había enviado un mensaje de texto a Hunter De Los Santos. No esperaba respuesta. Nunca la esperaba. Pero aun así, lo hizo. ¿Vienes a cenar? El teléfono vibró minutos después. Sí, voy. Camille parpadeó varias veces, incrédula. Releyó el mensaje una y otra vez, como si las palabras pudieran desvanecerse. Cuando finalmente aceptó que era real, se puso de pie de un salto, su corazón latiendo con una fuerza que hacía tiempo no sentía. Se movió por la cocina con una energía renovada, ajustó los cubiertos, calentó la comida, encendió música suave. Por un momento —solo uno— se permitió imaginar que aquella noche sería distinta. Pero el tiempo pasó. Y Hunter no llegó. El reloj marcó la medianoche. Luego las doce y media. La una de la madrugada. La comida se enfrió, las velas se consumieron y la música se detuvo. Camille permaneció sentada, con las manos entrelazadas sobre su regazo, mirando la puerta como si pudiera obligarla a abrirse con la fuerza de su deseo. No lloró. No esa noche. La resignación ya había aprendido a ocupar el lugar de las lágrimas. No supo en qué momento se quedó dormida. Solo recordó el peso del cansancio hundiéndola en la oscuridad. Cuando abrió los ojos, el cielo seguía siendo negro. El silencio era espeso. Entonces lo sintió: una vibración insistente. Se giró lentamente… y lo vio. Hunter estaba allí. A su lado. Su cuerpo se tensó al instante. Aquello no era normal. Nunca compartían la cama. Nunca. La vibración continuaba, cada vez más fuerte, más urgente. Camille se incorporó y tomó el teléfono que reposaba sobre la mesita. Por un segundo —solo uno— deseó no haberlo hecho. Era una llamada entrante para Hunter. En la pantalla brillaba el rostro de una mujer hermosa, de sonrisa dulce y mirada luminosa. Camille tragó saliva. Sus manos comenzaron a temblar. El aire le faltó. La llamada se cortó… pero casi de inmediato llegaron tres mensajes seguidos. Luego más. Y más. El teléfono no tenía contraseña. Camille deslizó el panel de notificaciones. Doce mensajes. Cuatro llamadas perdidas. Sus ojos verdes se llenaron de lágrimas cuando leyó el primero. Amor mío: el bebé no deja de moverse. Los otros niños no pueden dormir. ¿Por qué no vienes con nosotros? Te extrañamos. Su respiración se volvió errática. El estómago se le revolvió cuando aparecieron los videos. Una mujer acariciando un vientre abultado, sonriendo mientras pequeñas pataditas deformaban la piel. Vida. Amor. Familia. Luego, otro video. —Papi, ven a dormir con nosotros —dijeron dos niños sonrientes, mirando a la cámara con inocencia absoluta. Camille dejó caer el teléfono como si quemara. Sintió náuseas. Mareo. El mundo se inclinó peligrosamente. Todo encajaba. Las ausencias. Las noches interminables. Los viajes repentinos. Las excusas vacías. Ella no era una esposa distante. Era una esposa engañada. —¿Quién te dio derecho a tocar mi celular? La voz de Hunter la atravesó como una cuchilla. Camille se giró bruscamente. Él estaba de pie, imponente, con el ceño fruncido y los ojos oscuros clavados en ella. En ese instante comprendió por qué tantas mujeres caían rendidas a sus pies… y por qué ella siempre había estado sola. —¿Por qué me engañaste así, Hunter? —preguntó, con la voz rota. —No tengo obligación de darte explicaciones —respondió él con frialdad—. Nunca vuelvas a tocar mis cosas. —Te equivocas —replicó Camille, reuniendo fuerzas—. Espero que en la cama de otra no se te haya olvidado que estamos casados. —Es suficiente —la interrumpió—. Este matrimonio siempre fue una obligación. Lo sabías desde el principio. —¿Era necesario humillarme de esta manera? —susurró—. Tienes hijos, Hunter. El cambio en su rostro fue inmediato. Sus facciones se endurecieron. Camille retrocedió instintivamente. —No los menciones —dijo él, con voz peligrosa—. Si valoras tu vida. —¿Planeas seguir con esta farsa? —insistió—. ¿Ocultarlos como si no importaran? —¿Eres sorda? —rugió—. Te dije que no los nombres. —No lo soy —respondió, temblando—. Pero dime, ¿cómo se supone que debo reaccionar? Estoy casada con un hombre que es padre… y yo soy solo un adorno en su casa. —Cállate, Camille. —¡Quiero el divorcio, Hunter! El silencio fue absoluto. Hunter se quedó inmóvil. La palabra flotó entre ellos como una sentencia. Algo en su interior se cerró con un chasquido seco. Alzó la mirada lentamente. Sus ojos oscuros, profundos, afilados como la noche sin luna, se clavaron en ella con una intensidad que la hizo estremecer. Entonces sonrió. Una sonrisa lenta. Fría. Peligrosa. —No —dijo con calma—. No te daré el divorcio. Camille sintió que el aire se le escapaba. —¿Entonces para qué seguir? —reclamó—. Vete con ella. Con la mujer que amas. El golpe contra la mesa fue brutal. Los vasos vibraron. Camille gritó, aterrada. Hunter se levantó despacio, imponiendo su presencia. —No la menciones —susurró—. La próxima vez, te castigaré. Se inclinó hacia ella, su voz suave, cruel. —Eres mi esposa. Y lo seguirás siendo.Camille esperó hasta que Hunter detuvo finalmente el vehículo frente al edificio donde estaba su departamento. Durante los últimos minutos del trayecto había permanecido mirando por la ventanilla, intentando recuperar la calma después de aquella conversación que había dejado demasiadas cosas suspendidas entre ambos. Cuando el automóvil se detuvo junto a la acera, tomó su bolso con ambas manos y abrió la puerta sin mirar hacia el asiento del conductor. El aire nocturno entró de inmediato en el habitáculo, frío y limpio, rozándole el rostro como si aquella corriente pudiera ayudarla a desprenderse de la presencia de Hunter. Bajó del vehículo, cerró la puerta con firmeza y comenzó a caminar hacia la entrada del edificio.No había dado más de unos pasos cuando escuchó el sonido de la puerta del automóvil abriéndose detrás de ella. Camille no se volvió. Siguió avanzando con el corazón ligeramente acelerado, concentrándose en la entrada que tenía delante. Subió los primeros escalones y sacó
El estacionamiento estaba casi vacío cuando Camille salió del edificio después de la reunión. La noche había cubierto la ciudad con una capa de luces amarillentas y reflejos sobre el asfalto húmedo, mientras el aire fresco le rozaba el rostro y hacía que algunos mechones de su cabello se movieran sobre sus mejillas. Llevaba el bolso sujeto contra su costado y caminaba concentrada en sus propios pensamientos, todavía procesando el incómodo encuentro que había tenido con Hunter en el salón, cuando una figura masculina llamó su atención al otro extremo del estacionamiento. Estaba apoyada contra el capó de un automóvil negro, con los brazos cruzados y la postura relajada, aunque había algo en aquella quietud que resultaba demasiado calculado para ser casual.Camille redujo el paso, lo reconoció de inmediato.Hunter.La iluminación tenue del estacionamiento marcaba el perfil de su rostro y dibujaba sombras sobre sus facciones. Llevaba todavía el traje oscuro de la reunión, impecablemente a
A la mañana siguiente, Camille despertó con la sensación de haber dormido mucho más de lo que realmente había descansado. La noche anterior regresó a su departamento con el cuerpo agotado y la mente demasiado despierta para conciliar un sueño profundo; cada vez que cerraba los ojos volvía a recordar aquella puerta cerrándose a sus espaldas, la oscuridad, sus propios golpes contra la madera y el silencio que había respondido a cada uno de sus llamados. Sin embargo, cuando la luz gris del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, decidió no permitir que aquella experiencia dictara el resto de su día. Se levantó, preparó café y apenas había terminado de acomodarse el cabello cuando su teléfono vibró sobre la encimera.Era un mensaje de Hunter.Camille observó la pantalla durante unos segundos antes de abrirlo. No esperaba recibir algo suyo tan temprano, mucho menos después de la conversación que habían tenido en la clínica. El mensaje no contenía ninguna frase personal, únicamente u
Hunter ordenó al chófer que se dirigiera directamente a una clínica privada, y durante todo el trayecto no apartó la atención de Camille. Ella permanecía sentada junto a la ventanilla, sosteniendo todavía la botella de agua entre las manos, con el rostro pálido y los ojos cansados por las horas que había pasado encerrada. Aunque intentaba mantenerse serena, de vez en cuando sus dedos se cerraban con más fuerza alrededor del plástico, como si su cuerpo todavía no hubiera comprendido que finalmente estaba fuera de aquella habitación. Hunter lo notaba. No decía nada, pero cada vez que Camille respiraba profundamente o cambiaba ligeramente de posición, sus ojos se dirigían hacia ella.—¿Te duele algo? —preguntó después de varios minutos, rompiendo el silencio con una voz mucho menos autoritaria de lo habitual.Camille tardó en responder. Miró primero sus manos y después la ciudad que desaparecía detrás del cristal.—No —contestó finalmente, aunque su voz todavía conservaba cierta fragilid












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