LOGINEl sonido de la puerta cerrándose fue como una exhalación colectiva.
Camille permaneció sentada, inmóvil. Sus manos ya no temblaban. Ahora estaban frías. Antony se volvió hacia ella. —¿Estás bien? —preguntó en voz baja. Ella tardó unos segundos en responder. —No —admitió—. Pero lo estaré. Levantó la vista. Y por primera vez desde que Hunter había entrado, el miedo dejó espacio a algo distinto. Determinación. El socio de Black Group observó la escena con una mezcla de preocupación y fascinación. Pero tanto el socio como Antony tenían claro aquello que buscan y era Camille de los Santos. Las horas fueron pasando, la noche había caído cuando Camille regresó a la villa. Las luces exteriores iluminaban los jardines con una belleza artificial, impecable, casi insultante. Todo estaba en su lugar. Demasiado. Como si la casa no hubiera sido testigo de ninguna ruptura, de ninguna humillación, de ningún temblor. Camille cerró la puerta detrás de sí con cuidado. Durante todo el trayecto había repetido el mismo pensamiento, una y otra vez: Ojalá no esté aquí. Ojalá esté con ella. Ojalá esta casa esté vacía. Como siempre. Pero el silencio que la recibió no era tranquilizador. Era expectante. Avanzó unos pasos por el vestíbulo. Dejó el bolso sobre una consola. Se quitó los zapatos. El sonido fue demasiado fuerte en aquel espacio inmenso. Su cuerpo estaba cansado, pero su mente no dejaba de girar. Entonces lo sintió. No un ruido. No un movimiento. Una presencia. —Llegas tarde. Señora De Los Santos. La voz de Hunter surgió desde la penumbra del salón. Camille se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco violento. Alzó la vista lentamente. Él estaba sentado en uno de los sillones, relajado, una pierna cruzada sobre la otra, el saco colgado en el respaldo. La luz lateral marcaba con dureza sus facciones. No parecía alterado. Y eso la aterrorizó más que cualquier grito. —Pensé que no estarías —dijo ella con honestidad involuntaria. —Supuse que estarías en otro lugar con otras personas. Hunter ladeó la cabeza, observándola con detenimiento. —¿Con quién? —preguntó—. ¿Con mi familia? La palabra cayó pesada, calculada. Camille apretó los labios. —No vine a discutir —respondió, avanzando con cautela—. Estoy cansada. —Siéntate. — Hunter tenía la voz autoritaria. No fue una sugerencia. Fue una orden. Ella dudó un segundo. Luego obedeció, sentándose en el extremo opuesto del sillón largo. Mantuvo la espalda recta, las manos sobre el regazo. Sentía el pulso acelerado, pero no iba a mostrarse débil. Hunter se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas. —Lo de hoy —comenzó— fue una falta de respeto. Camille soltó una breve risa incrédula. —¿Respeto? —susurró—. Me humillaste frente a extraños. —Te protegí —corrigió él, sin elevar la voz—. Te recordé cuál es tu lugar. La molestia comenzó a instalarse lentamente en el pecho de Camille al escuchar aquello ¿Protegerla? Por un momento pensó que Hunter estaba loco. —Mi lugar no es el silencio —dijo—. No después de todo. Y prefiero que no me protejas. Es más, yo me encargaré de mi lugar desde ahora. Hunter se levantó. El sonido de sus pasos resonó con una calma peligrosa mientras se acercaba a ella. Camille sintió cómo el aire se volvía más pesado. Él se detuvo frente a ella, demasiado cerca. —Escúchame bien, Camille —dijo en voz baja—. Lo que hiciste hoy fue un error. Uno grave. —Estoy trabajando —replicó—. No te pertenezco. Los ojos de Hunter se oscurecieron. —Mientras seas mi esposa, todo lo que hagas me pertenece. Ella se puso de pie de golpe, el miedo mezclándose con una indignación que ya no podía contener. —¡No soy un objeto! Hunter reaccionó en un segundo. No la tocó. No fue necesario. La cercó contra la mesa lateral, apoyando una mano a cada lado, encerrándola sin contacto directo. —No me provoques —susurró—. No sabes hasta dónde puedo llegar cuando algo mío es amenazado. Camille sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Esto se trata de mí… o de él? —preguntó, con voz temblorosa—. ¿Te molesta que trabaje… o que sea con Antony Alarcón? Hunter no respondió de inmediato. Ese silencio fue la confirmación. —Renunciarás —dijo finalmente—. Mañana mismo. —No. La negativa fue inmediata, impulsiva. Camille se sorprendió incluso a sí misma. Hunter sonrió lentamente. —Entonces haré que lo hagas. Se apartó de ella y caminó hacia el bar, sirviéndose un trago con absoluta tranquilidad. —Black Group no es intocable —continuó—. Puedo destruirlos en semanas. Licitaciones bloqueadas. Proyectos cancelados. Inversionistas que desaparecen. —Bebió un sorbo.—Y cuando caigan… será por tu culpa. El pánico la golpeó con fuerza. —No… —susurró—. No harías eso. Hunter la miró por encima del borde del vaso. —¿De verdad crees que no? —preguntó—. ¿Crees que me importa ese hombre? Camille sintió cómo las piernas le flaqueaban. Se sostuvo de la mesa, el corazón desbocado. —Antony no tiene la culpa —dijo—. Yo fui quien buscó el trabajo. —Exacto —respondió Hunter—. Tú. Dejó el vaso sobre la barra y volvió a acercarse.—Renuncias —repitió—. O haré que su empresa arda. Y tú cargarás con eso. Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Camille, traicioneras. No quería llorar. No frente a él. Pero el miedo era real. Hunter no estaba fanfarroneando. Lo notaba en sus ojos, en su postura. —No puedo… —dijo, con la voz rota—. Es mi carrera. Mi vida. Hunter alzó una mano y le secó una lágrima con el pulgar. El gesto fue íntimo. Cruel. —Tu vida soy yo —susurró—. Nunca lo olvides. Camille cerró los ojos. Por un momento —solo uno— pensó en renunciar. En enviar el mensaje. En huir del conflicto. En volver a la jaula conocida. El pensamiento la asfixió. —Dame tiempo —pidió—. Solo… tiempo. Hunter la observó unos segundos interminables. Luego asintió. —Hasta mañana —dijo—. Decide bien. O te calmas o destruyó la Empresa que te dio una oportunidad y será tu culpa. Se apartó. Camille se quedó allí, temblando, abrazándose a sí misma cuando él salió del salón. El sonido de una puerta cerrándose resonó en la casa. Respiraba con dificultad. El miedo la había alcanzado por completo. Hunter era más peligroso de lo que había querido aceptar. Casi renunció. Pero en medio del pánico, una idea comenzó a formarse lentamente. Si huía ahora… nunca saldría. — No te arriesgare Antony, pero tampoco voy a renunciar a tener mi propia vida.Camille esperó hasta que Hunter detuvo finalmente el vehículo frente al edificio donde estaba su departamento. Durante los últimos minutos del trayecto había permanecido mirando por la ventanilla, intentando recuperar la calma después de aquella conversación que había dejado demasiadas cosas suspendidas entre ambos. Cuando el automóvil se detuvo junto a la acera, tomó su bolso con ambas manos y abrió la puerta sin mirar hacia el asiento del conductor. El aire nocturno entró de inmediato en el habitáculo, frío y limpio, rozándole el rostro como si aquella corriente pudiera ayudarla a desprenderse de la presencia de Hunter. Bajó del vehículo, cerró la puerta con firmeza y comenzó a caminar hacia la entrada del edificio.No había dado más de unos pasos cuando escuchó el sonido de la puerta del automóvil abriéndose detrás de ella. Camille no se volvió. Siguió avanzando con el corazón ligeramente acelerado, concentrándose en la entrada que tenía delante. Subió los primeros escalones y sacó
El estacionamiento estaba casi vacío cuando Camille salió del edificio después de la reunión. La noche había cubierto la ciudad con una capa de luces amarillentas y reflejos sobre el asfalto húmedo, mientras el aire fresco le rozaba el rostro y hacía que algunos mechones de su cabello se movieran sobre sus mejillas. Llevaba el bolso sujeto contra su costado y caminaba concentrada en sus propios pensamientos, todavía procesando el incómodo encuentro que había tenido con Hunter en el salón, cuando una figura masculina llamó su atención al otro extremo del estacionamiento. Estaba apoyada contra el capó de un automóvil negro, con los brazos cruzados y la postura relajada, aunque había algo en aquella quietud que resultaba demasiado calculado para ser casual.Camille redujo el paso, lo reconoció de inmediato.Hunter.La iluminación tenue del estacionamiento marcaba el perfil de su rostro y dibujaba sombras sobre sus facciones. Llevaba todavía el traje oscuro de la reunión, impecablemente a
A la mañana siguiente, Camille despertó con la sensación de haber dormido mucho más de lo que realmente había descansado. La noche anterior regresó a su departamento con el cuerpo agotado y la mente demasiado despierta para conciliar un sueño profundo; cada vez que cerraba los ojos volvía a recordar aquella puerta cerrándose a sus espaldas, la oscuridad, sus propios golpes contra la madera y el silencio que había respondido a cada uno de sus llamados. Sin embargo, cuando la luz gris del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, decidió no permitir que aquella experiencia dictara el resto de su día. Se levantó, preparó café y apenas había terminado de acomodarse el cabello cuando su teléfono vibró sobre la encimera.Era un mensaje de Hunter.Camille observó la pantalla durante unos segundos antes de abrirlo. No esperaba recibir algo suyo tan temprano, mucho menos después de la conversación que habían tenido en la clínica. El mensaje no contenía ninguna frase personal, únicamente u
Hunter ordenó al chófer que se dirigiera directamente a una clínica privada, y durante todo el trayecto no apartó la atención de Camille. Ella permanecía sentada junto a la ventanilla, sosteniendo todavía la botella de agua entre las manos, con el rostro pálido y los ojos cansados por las horas que había pasado encerrada. Aunque intentaba mantenerse serena, de vez en cuando sus dedos se cerraban con más fuerza alrededor del plástico, como si su cuerpo todavía no hubiera comprendido que finalmente estaba fuera de aquella habitación. Hunter lo notaba. No decía nada, pero cada vez que Camille respiraba profundamente o cambiaba ligeramente de posición, sus ojos se dirigían hacia ella.—¿Te duele algo? —preguntó después de varios minutos, rompiendo el silencio con una voz mucho menos autoritaria de lo habitual.Camille tardó en responder. Miró primero sus manos y después la ciudad que desaparecía detrás del cristal.—No —contestó finalmente, aunque su voz todavía conservaba cierta fragilid
Durante todo el trayecto de regreso, Hunter De Los Santos no consiguió apartar aquella extraña sensación que se había instalado en su pecho. Había intentado convencerse de que simplemente estaba molesto porque Camille no había abierto la puerta de su departamento, pero cuanto más avanzaba el vehículo por las calles iluminadas de la ciudad, más fuerte se hacía aquella inquietud. Había algo que no encajaba. Su asistente había confirmado la dirección, él había ido personalmente hasta allí y nadie había respondido, pero la idea de que Camille simplemente estuviera evitando verlo no terminaba de convencerlo. Hunter conocía demasiado bien a la mujer con la que había estado casado durante tres años; incluso después de todo lo ocurrido, todavía podía reconocer ciertas cosas en ella. Camille podía estar furiosa, podía rechazarlo, podía marcharse al otro extremo del mundo, pero aquella noche había algo diferente. Su intuición, aquella misma que tantas veces había utilizado para tomar decisiones
La jornada laboral había terminado oficialmente hacía varios minutos, pero Camille todavía permanecía dentro de la constructora porque necesitaba completar unos últimos detalles antes de marcharse. Después del éxito de su presentación, había recibido varias felicitaciones y también nuevas responsabilidades, algo que en lugar de intimidarla había conseguido despertar todavía más su ambición profesional. Había aprendido que no necesitaba demostrarle nada a Hunter ni a ninguna otra persona para saber cuánto valía; bastaba con mirar el trabajo que estaba construyendo con sus propias manos. Aquella tarde, mientras organizaba los documentos de su escritorio, recordó que había dejado una carpeta técnica en una pequeña sala de almacenamiento ubicada en uno de los sectores menos transitados del edificio y decidió recuperarla antes de irse.Camille tomó su bolso y salió de la oficina. Los pasillos estaban mucho más silenciosos que durante el día y varias luces ya habían sido apagadas, dejando a







