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No permitiré que nadie la toque

last update 公開日: 2025-10-01 03:20:48

Fernando

Estaba sentado en la sala de espera junto con Eva y la madre superiora. Ella nos había traído té y galletas de mantequilla, intentando hacernos sentir cómodos en esa enorme mansión que olía a madera antigua y perfume caro.

Eva no paraba de hablar, gesticulando con emoción sobre las cosas que haría en la ciudad mientras la madre superiora la escuchaba con paciencia.

Yo, en cambio, no lograba concentrarme en nada. Mi pierna se movía sin parar y mis ojos se posaban una y otra vez en la
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  • Castígame padre   Epílogo

    Momentos felices Fernando.Dicen que el tiempo es como el buen vino, y la verdad que si, han pasado siete años desde aquel día en que Sofía y yo nos dimos el “sí” frente a todos, con esa sonrisa que todavía me roba el aliento cada mañana. Y aunque muchos dicen que el tiempo desgasta, para mí ha sido todo lo contrario: cada año con ella ha sido como descubrir un mundo nuevo, con sus rarezas, sus travesuras y, sobre todo, con esa manera suya de hacerme reír hasta en los momentos más tensos.Lo confieso: no imaginaba que la vida podía ser tan… caóticamente perfecta. Tenemos dos niños preciosos que nos llenan la casa de gritos, risas, juguetes tirados y preguntas que ni un filósofo sabría responder. El mayor, Mateo, heredó la terquedad de Sofía (lo digo sin miedo a que me escuche, porque seguro que luego me lanza una almohada), y la pequeña, Valeria, tiene sus mismos ojos traviesos, esos que brillan cada vez que planea una travesura. Y sí, a veces siento que vivo rodeado de tres Sofías

  • Castígame padre   Final

    Sofia El día más hermosoNunca pensé que mi vida terminaría llevándome a este momento. De pie, frente al espejo del pequeño vestidor del convento, me observaba con el vestido blanco que me regaló Teresa, ese que parecía hecho con hilos de esperanza y puntadas de amor. No era un vestido ostentoso, pero tenía el encanto de lo sencillo: encaje en el pecho, mangas delicadas y una falda ligera que caía como si danzara con el aire.Eva, la hermana de Fernando, fue quien entró primero. Su sonrisa era traviesa, como siempre, y me miró de pies a cabeza con un gesto exagerado.—Si mi hermano no llora al verte, te juro que yo misma lo regaño —bromeó, alzando una ceja.Reí nerviosa, y esa risa fue como un respiro antes del salto. Eva era mi dama de honor, y en medio de todo su humor tenía la calidez de una hermana mayor que me cuidaba sin descanso.La madre superiora, tía Miranda, se acercó después, posando sus manos en mis hombros con esa serenidad que siempre transmitía.—Hoy no solo te casas,

  • Castígame padre   ¿Quieres casarte conmigo?

    Fernando ¿Quién iba a decir que Sofía llegaría a revolver mi vida y ponerla patas arriba? Yo, que siempre me consideré un hombre firme, con la determinación inquebrantable de seguir el camino del sacerdocio, terminé rindiéndome a lo más humano, lo más terrenal y lo más puro que existe: el amor.Hoy se cumplen dos meses. Dos largos meses desde que la vi por última vez, dos meses en los que no regresé, en los que me alejé de ella y de todos para pensar. Dos meses en los que luché contra mí mismo, contra mi pasado, contra mis decisiones. Le pedí que me esperara, y aún me estremezco al pensar en la forma en que me miró, como si supiera que volvería, como si jamás dudara de mí.Sí, necesitaba ese tiempo. Necesitaba cerrar capítulos y, sobre todo, renunciar de manera definitiva a mi vida como posible sacerdote. No porque la fe haya muerto en mí, no… sino porque descubrí que amar a Sofía no contradice lo que creo, sino que lo reafirma.Voy en mi moto, la misma que me ha acompañado en tanta

  • Castígame padre   Al rescate

    Miranda “Madre del Perpetuo Socorro…” fueron las primeras palabras que escaparon de mis labios mientras mis manos apretaban con fuerza el rosario que colgaba de mi hábito. “Si hubiera sabido que hoy sería un día crucial para mi familia, habría pasado toda la noche en oración. Si hubiera sabido que el destino de Sofía, mi querida sobrina, iba a pender de un hilo, habría doblado mis rodillas hasta sangrar sobre el suelo del convento. Pero no, aquí estoy, en esta vieja camioneta, a decir verdad no se por que no trajimos la camioneta nueva, en fin, voy rodeada de las hermanas y de mis aliados, dispuesta a entrar en una guerra que nunca pensé que libraría”.El motor rugía bajo nuestros pies. Eva, con las manos firmes en el volante, mantenía los ojos fijos en el camino polvoriento. La tensión se podía cortar con un cuchillo. A mi derecha, la hermana Teresa respiraba agitada, murmurando letanías entre dientes.—¡Madre superiora, apriete el pie en el acelerador! —me gritó Eva con una chis

  • Castígame padre   Tormenta

    Sofía Salimos de la vieja finca de Leonardo casi corriendo. El aire de la madrugada me golpeó la cara con una fuerza que me despeinó los cabellos y me devolvió, aunque fuera por unos segundos, la sensación de libertad. Bufé con rabia contenida, con impotencia y con el peso de todas las preguntas que no me dejaban en paz.—¿Y ahora qué? —pregunté, mirando a Salvador y Fernando como si ellos tuvieran todas las respuestas guardadas en los bolsillos.Salvador, que aún tenía el pecho agitado por el esfuerzo de escapar, bajó la cabeza un instante y luego me lanzó esa sonrisa nerviosa que siempre me irritaba.—Lo siento, hermanita… —dijo casi susurrando, como si la disculpa fuera suficiente para la bomba que iba a soltarme—. Solo traje una moto.Abrí los ojos con incredulidad.—¡Cómo que una moto, y no un bendito auto! —mi voz salió tan fuerte que rebotó contra las paredes húmedas de la finca.Fernando, en lugar de angustiarse como yo esperaba, soltó una carcajada tan amplia que me dieron g

  • Castígame padre   Mi salvador

    Sofía Jamás pensé que esta finca pudiera convertirse en escenario de mi propia batalla interna, pero así fue. El murmullo de los hombres que custodiaban la casa se mezclaban con el eco de mis propios latidos, y justo ahí, frente al altar, escuché esas palabras que partieron en dos el rumbo de mi vida.—Sofía no se casará con nadie —dijo con firmeza el padre Fernando, su voz tan clara que atravesó la bóveda como una campana.Lo miré incrédula. ¿Había escuchado bien? Sus palabras se extendieron como una brisa que me envolvía el cuerpo entero. Sentí que la sangre me corría más ligera, que mis rodillas dejaban de temblar, que mi respiración encontraba un ritmo distinto. Y lo peor, o lo mejor, fue esa sonrisa que se me escapó, suave, íntima, casi infantil. La escondí bajando el rostro, pero por dentro reía como si una parte de mí hubiera estado esperando ese gesto de valentía de su parte.Él me defendía. A mí. Enfrente al imbécil de Leonardo.Pero Leonardo no estaba dispuesto a ceder. S

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