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Capítulo 6

Author: Lucio
Al escucharla, Bruno ya estaba blindado y no le tembló la mirada para sostenerle:

—Lorena, ahora eres la mujer más rica de Lucana. Tienes una fortuna de al menos ocho mil millones de dólares, por lo bajo. No voy a ser un descarado de pedirte la mitad, porque sé perfectamente que ese dinero no lo gané yo. Pero la realidad es que me engañaste durante dieciséis años. Diez millones por cada año que me viste la cara no me parece para nada exagerado. Es lo mínimo que merezco por mi dignidad pisoteada.

La expresión de Lorena se volvió fría como el hielo. Clavó sus hermosos ojos en Bruno, intentando leerle la mente para ver si hablaba en serio.

El hombre que tenía enfrente se había vuelto un completo desconocido. El tipo con el que había dormido durante dieciséis años ahora le resultaba más extraño que nunca.

Bruno, al ver que ella no decía nada, pensó que se estaba amarrando el bolsillo y soltó una carcajada irónica:

—Vaya, Lorena... en cuanto se trata de dinero cambias por completo. ¡Por fin se te cayó la máscara! Si piensas que solo estoy buscando tu maldito dinero, entonces no quiero ni un centavo. Divorciémonos ya mismo y punto.

—Tú...

Lorena se quedó sin palabras. De verdad había pensado que la exigencia de ese dinero era solo un pretexto para llamar su atención.

Estaba a punto de pegarle un grito para ponerlo en su lugar, pero cuando Bruno propuso el divorcio incluso sin recibir un solo centavo, se quedó fría, sin saber qué decir.

—Lorena, no admites tu culpa, no quieres soltar un peso de compensación y tampoco me das el divorcio. ¿A qué carajos estás jugando? ¿De verdad crees que me vas a tener comiendo de tu mano toda la vida? ¡Te aseguro que estás muy equivocada! —El tono de Bruno se volvió cada vez más oscuro y cortante.

—¡Bruno, te lo repito por última vez: yo no te he engañado! Si sigues con tus calumnias y manchando mi nombre, te voy a meter una demanda que te va a dejar en la calle. No me importa que seas mi esposo, igual te puedo hundir por esto.

Después de soltar la amenaza, Lorena cambió de estrategia y suavizó la voz, tratando de sonar comprensiva:

—Bruno, ya no peleemos. Regresa conmigo a la casa. Yo te necesito, las niñas te necesitan y nuestro hogar te necesita más que nunca.

Si no hubiera mencionado a las niñas, Bruno habría podido contener la furia. ¡Pero el colmo era que esas escuinclas ni siquiera eran suyas, y no tenía la más mínima obligación de cuidar ni mantener a tres bastardas!

Sin embargo, él no era de los que armaban un escándalo. Prefería manejar las cosas con la cabeza fría, sobre todo porque empezó a escuchar murmullos en el pasillo, justo afuera de la habitación.

Así que, controlando la voz, dijo:

—Lorena, ya te enseñé las pruebas y están más que claras, ¿por qué te haces la loca? Te lo repito una vez más: ¡esas niñas no son mías!

—¡Qué tipo tan terco! ¡Te pedí de buena manera que volvieras y te pusiste de orgulloso, así que ahora no regreses! ¡Quédate aquí pudriéndote solo!

Lorena terminó de perder la paciencia con Bruno, se dio la vuelta y se marchó furiosa.

Asomado a la ventana, Bruno vio el auto de lujo de Lorena estacionado abajo. Ella esperó unos treinta minutos sin apagar el motor, evidentemente esperando que él bajara a pedirle perdón y diera el brazo a torcer.

"¡Me pusiste los cuernos, tuviste tres bastardas con otros y pisoteaste todo el amor que te tenía! Lorena... ¡lo que hiciste no tiene perdón de Dios!"

Bruno cerró las cortinas de golpe, volvió a encender la televisión y, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.

Al día siguiente, cuando abrió los ojos, notó que la almohada estaba húmeda y fría. ¡Había estado llorando dormido!

"Maldición... ¿tanto me dolió que viniera esa mujer anoche?"

Bruno siempre se había creído un tipo duro. Pero la maldita realidad era otra: solo cuando el cuerpo se le rendía por el cansancio, la impotencia le ganaba la partida y las lágrimas terminaban empapando la almohada sin que pudiera evitarlo. Se sintió patético.

Después de quedarse un buen rato con la mirada fija en el techo, salió del hotel y manejó hacia la casa de sus suegros.

Se quedó parado frente a la enorme entrada, dudando unos minutos, hasta que finalmente se armó de valor y entró.

La casa de su suegro era una mansión imponente. Una propiedad antigua pero ubicada en la zona más exclusiva de la ciudad. Ese barrio era el refugio de los verdaderos ricos y poderosos: empresarios retirados y políticos de la vieja guardia que manejaban los hilos de Lucana.

Al entrar, Bruno vio a su suegro, Carlos Braga, jugando al ajedrez con uno de sus vecinos. Lo saludó con respeto y, tras preguntar por su suegra, se enteró de que había salido a visitar a unas amigas.

La partida de su suegro ya estaba en las últimas y se encontraba en una posición muy difícil, al borde de la derrota.

Carlos le hizo una seña con la mirada a Bruno pidiéndole ayuda y, gracias a sus discretas indicaciones, logró salvar la jugada y rescatar un empate.

El rival se quedó picado por la ventaja que acababa de perder. Miró a Bruno de reojo y le dijo a Carlos en tono de broma:

—Vaya, Carlos... lograste revivir un muerto, eso es trampa. Jugamos otra, pero esta vez tu yerno no se mete.

Bruno notó la ligera molestia del invitado. Aprovechando la pausa, se dirigió a su suegro de manera natural:

—Papá, voy a estar en la biblioteca. Cuando termine la partida, quería hablar un momento con usted a solas, necesito comentarle algo.

Tras recibir un asentimiento de cabeza de Carlos, Bruno se retiró para esperarlo.

Cerca de media hora después, su suegro le pidió a Bruno que salieran juntos a despedir al invitado. De regreso en la sala, Carlos lo invitó a sentarse y empezaron a jugar una partida.

Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que Bruno jugaba a la defensiva, intercambiando piezas solo para forzar un empate rápido y terminar el juego.

Bruno esperó pacientemente a que la señora del servicio se retirara a la cocina. Solo cuando se aseguró de que no había moros en la costa y estaban completamente a solas, miró a su suegro.

Carlos, notando su actitud, fue directo al grano:

—A ver, ¿qué traes entre manos, Bruno? Suéltalo de una vez.

Bruno primero le hizo un par de preguntas de rutina sobre su salud. Al verle el semblante y confirmar que el viejo seguía entero, calculó que su corazón aguantaría el golpe sin problemas.

Sin decir más, sacó la prueba de ADN del bolsillo y se la puso enfrente.

Carlos le echó un vistazo y la sonrisa se le borró de la cara. Frunció el ceño de golpe, sintiendo un mal presentimiento.

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