LOGIN—Doctor, ¿ya terminó el examen? Ya no aguanto. En el consultorio médico de la universidad, estaba recostada en una camilla. La cortina divisoria me impedía ver. El instrumento de revisión se introdujo varios centímetros más. Intenté soportarlo, pero aun así se me escapó un gemido. —¡No! Pero el doctor se quedó callado y se limitó a accionar la máquina para elevarme un poco más los pies.
View More—Está bien —aceptó Yael sin dudar.—No, Esme. Te costó mucho ganar todo ese dinero —intervino mi madre para detenerme.Desde que me hice adulta, tenía tres empleos a la vez. Lo hacía para ahorrar, pagar el tratamiento de mi madre y cubrir sus gastos durante la vejez. El maltrato de Yael le dejó muy mal de salud.Pero el dinero se podía recuperar. Lo urgente era echar a Yael y pensar después qué hacer. Yael tomó el dinero y se fue satisfecho.Después de asegurarme de que mi madre estuviera bien, corrí de vuelta a la universidad para asistir a clases. No podía arriesgarme a perder la beca, que también representaba una suma considerable.Al día siguiente, la herida de mi brazo empeoró porque no la había atendido. El moretón se extendió por el brazo, que quedó morado y con un aspecto aterrador. Fausto fue a buscarme, pero le dije que me sentía mal.Aun así, apareció frente a la universidad.—¿Me estás evitando?—¡No! En serio me siento mal.Lo miré muy seria para que me creyera.—¿Qué te d
—¡Suéltame!Sin embargo, no me llevó a un hotel, sino al Restaurante Mirador, en la azotea de un edificio. Conocía ese lugar. Había que reservar al menos con una semana de anticipación. Pero en ese momento, nosotros ni siquiera nos conocíamos.—¿Para qué me trajiste aquí?Fausto seguía de mal humor. Solo alzó el mentón para indicarme que tomara asiento. Una melodía suave de violín empezó a sonar en el restaurante mientras las luces se atenuaban.Un mesero se acercó empujando un carrito con un pastel, y la música cambió a Las Mañanitas.¿Estaban celebrando mi cumpleaños? Incluso cuando pusieron el pastel sobre la mesa, yo seguía sin entender nada.—¿Cómo... supiste que hoy es mi cumpleaños?Se quedó callado durante un buen rato. Cuando pensé que no me respondería, por fin habló.—Lo vi en el formulario del examen médico.¿En serio? Entonces, ¿por qué reservó el restaurante con una semana de anticipación? ¿Por qué el pastel era de fresa, mi sabor favorito?¿Y cómo sabía que era zurda par
Al día siguiente, llegué puntual a la cita. El doctor estaba solo en el consultorio médico.—¿Qué tengo que hacer para que borres las fotos?—Depende de cómo te portes.Muerto de impaciencia, me empujó sobre el escritorio y me besó a la fuerza. Ese día llevaba una camiseta blanca corta y ceñida que me quitó con facilidad.—En serio...De pronto, un alboroto fuera del consultorio lo interrumpió. ¡Alguien venía!Bajé del escritorio a toda prisa e intenté ponerme la camiseta. Pero él la agarró antes que yo y la apretó en su puño. La persona estaba a punto de entrar. Me cubrí el pecho con las manos, al borde del llanto.—¡Devuélveme la ropa!No me atrevía ni a imaginar qué pasaría si alguien me encontraba así en el consultorio. Un segundo antes de que entrara el estudiante, el doctor me escondió debajo del escritorio. Había mucho espacio. Como yo era pequeña, podía quedarme agachada sin problema.Además, ese rincón quedaba fuera de la vista. Nadie podía verme a menos que rodeara el escrito
Tenía demasiadas dudas. Quise levantar la cabeza para preguntarle, pero me sujetó con fuerza por la nuca y me apretó contra su pecho. Su aliento abrasador me rozó el oído.Fausto guardó silencio y el consultorio médico quedó en calma. En aquel silencio, oía con claridad los latidos de su corazón. Al cabo de un rato, soltó la mano con la que me inmovilizaba y la deslizó hacia mi cintura.Su pulgar acarició la zona sensible de mi cintura. Bastaron dos caricias para que las piernas empezaran a fallarme. Al final, me había equivocado. ¡Ese tipo era un pervertido sin remedio!Intenté apartar su mano, pero me dio un fuerte pellizco. No pude evitar gritar. ¡Lo hizo a propósito!—Esmeralda, ¿estás bien?Nancy me preguntó desde el otro lado de la puerta, muy preocupada.—Estoy bien. Me golpeé con el escritorio. ¡Ya casi salgo! —respondí con esfuerzo.—Ja...El doctor se rio. Ardí de vergüenza y furia, así que lo aparté de un empujón.—¿De qué te ríes? ¡Todo es por tu culpa!Esta vez, no intentó






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