LOGINA la mañana siguiente, Chantelle despertó con el cuerpo pesado, cargado de fatiga e incertidumbres. Se sentó lentamente, tomó el teléfono entre sus manos temblorosas y abrió la aplicación de Notas. Sus dedos teclearon de forma mecánica: duodécima vez. Esas palabras resonaban hondo en ella, cargadas de significado.
Dejó el teléfono en la mesita que tenía al lado, dispuesta a seguir con su día, cuando de repente sonó una notificación. Curiosa, levantó la vista hacia la pantalla y una frágil sonrisa iluminó su rostro cansado. Acababa de ingresarse en su cuenta una transferencia bancaria de 8.000 euros.
Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Ese gesto, por más discreto que fuera, le aportaba un poco de consuelo en medio del caos.
Volvió a sentarse, todavía bajo el efecto de la sorpresa, y abrió W******p. Buscó un número que nunca antes se había atrevido a marcar. Con los dedos vacilantes, tecleó una palabra sencilla, cargada de gratitud: Gracias.
Se quedó suspendida un instante antes de pulsar "Enviar". Era la primera vez que tomaba la iniciativa de escribirle. Hasta entonces, sus intercambios se habían limitado a los lugares que él le indicaba, siempre en la penumbra de la noche y en el silencio. Esta vez era diferente.
Se levantó y salió para tomar un taxi y dirigirse al hospital.
Se detuvo ante una puerta de cristal. El letrero indicaba: "Dr. E. Wood, Médico Referente". Inspiró suavemente y llamó.
— Adelante —dijo una voz serena al otro lado.
Ella entró.
La consulta era sobria, ordenada, bañada por una luz tamizada a través de las persianas entreabiertas. Sentado tras su escritorio, un hombre joven, de treinta años escasos, levantó la cabeza. Llevaba gafas de montura fina y su bata blanca estaba impecablemente planchada.
— Doctor Wood —dijo ella simplemente, tomando asiento frente a él.
Él asintió con una sonrisa profesional.
— ¿Señorita Chantelle?
— Sí. Vengo a pagar los gastos de la hospitalización de mi abuela. —Dejó el sobre en la mesa—. Ocho mil, como acordamos.
El médico la miró un instante, sorprendido quizás de verla regresar tan rápido con la cantidad.
— Está muy bien. Esto nos va a permitir agilizar las cosas. —Abrió un cajón, cogió una ficha y empezó a garabatear unas palabras—. Vamos a comenzar con una serie de exámenes exhaustivos: escáner cerebral, análisis de sangre completo y una evaluación neurológica. El estado de coma es estable, pero queremos descartar cualquier edema o hemorragia lenta. —Levantó la vista—. Luego, ajustaremos el tratamiento según los resultados.
Chantelle asintió lentamente.
— ¿Cuánto tiempo para los resultados?
— Entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas. —Hizo una pausa—. No le oculto que el pronóstico dependerá sobre todo de su reacción en los próximos días. Pero ahora, al menos, tenemos los medios para hacer algo.
Ella apretó los labios, conteniendo la emoción en la garganta.
— Gracias. —Su voz fue baja, pero sincera.
— Puede pasar a verla. Hoy no se despertará, pero… a veces, oír una voz familiar puede ayudar. Aun inconsciente, el cerebro capta.
Ella asintió de nuevo.
— Voy a pasar. Solo un momento.
Recogió su recibo, lo guardó en el bolso y salió sin añadir una palabra más.
Tras el cristal, la silueta de su abuela parecía diminuta en esa enorme cama de hospital. Unos cables salían de sus frágiles brazos, conectados a un monitor que emitía un pitido regular. Un gotero caía lentamente, como si contara los segundos por ella.
Chantelle se quedó paralizada.
Apoyó una mano en el cristal.
— Abuela… —susurró a través del vidrio. Su voz se quebró.
No lloró. No aquí. No ahora.
Pero sintió un desgarro sordo en el pecho.
— Estoy aquí. Estoy haciendo todo lo que puedo. Resiste… por favor.
Permaneció allí unos segundos más, con la mirada fija en ese rostro inmóvil, luego se irguió y abandonó el hospital.
Chantelle subió al taxi, en silencio. Dirección: la casa de su padre. Esta noche, el prometido de su hermanastra cenaría con ellos por primera vez, y Gérard había insistido en que ella estuviera presente.
Al llegar al barrio exclusivo, observó brevemente las grandes villas perfectamente alineadas tras sus portones automáticos. Frente a la de su padre, la esperaba él.
— Chantelle, bienvenida —dijo con tono seco.
— Gracias —respondió ella, intentando pasar.
Él la detuvo.
— Me honra que estés aquí. Creo que tu hermana Mégane y tu madrastra estarán muy contentas.
— Vine solo porque tú insististe. No paraste de gritarme al oído. Nada me interesa aquí hoy.
Sin decir una palabra más, entró en la casa.
Nada más cruzar la puerta, le llegó un aroma amaderado. El interior estaba impecablemente decorado: mármol brillante, una lámpara de cristal colgando del techo, mobiliario moderno en tonos beige y dorado. Pero todo se volvió borroso, insignificante, en el instante en que sus ojos se posaron en el hombre sentado en el sofá.
Estaba allí, como salido de un sueño glacial.
Alto, de postura erguida y elegante, con las piernas cruzadas con desdén. Su pelo negro, cuidadosamente peinado, contrastaba con la palidez de su piel. Una mandíbula angulosa, rasgos simétricos, una boca fina pero firme. Sus ojos, de un gris claro casi translúcido, parecían escrutar el mundo con una indiferencia gélida. Vestía un traje de tres piezas color antracita, hecho a medida, sin la más mínima imperfección. Un hombre guapo. Pero de una belleza distante. Intocable. Casi intimidante.
Ella se quedó paralizada un segundo, desconcertada.
Fue entonces cuando Rhonda, su madrastra, llegó a grandes zancadas, erguida sobre sus tacones de aguja, con una sonrisa radiante pegada al rostro.
— ¡Ah, por fin llegas! —dijo, cogiéndole suavemente del brazo como si fueran las mejores amigas del mundo.
Luego, giró hacia el hombre sentado:
— Te presento a tu futuro cuñado, el presidente del grupo Wilkerson. Señor Collen, ella es Chantelle, la hija menor de mi esposo.
Chantelle sintió que el estómago se le encogía.
¿El grupo Wilkerson? Era donde trabajaba. Nunca había visto al presidente, nunca supo qué aspecto tenía. Era conocido por permanecer en la sombra, no asistir a ningún evento y delegar sus asuntos en los directores de filial. Podría habérselo cruzado sin saber quién era.
Y ahora lo descubría… aquí, en la casa de su padre, bajo la etiqueta de "cuñado".
Tragó saliva, disimulando su sorpresa, obligándose a mantener la dignidad, erguida. Su voz, pausada y distante, rompió el silencio:
— Señor Collen.
En el salón, Alex estaba tirado en su sofá, con una copa en la mano, con aire tranquilo. Levantó la vista al oírla llegar.—Oye, Mégane… Cuánto tiempo, ¿sabes? Te he echado de menos.Pero ella no le dejó terminar. Sin una palabra, lo adelantó, con la mandíbula apretada, y se dirigió directamente al sótano. Unos segundos después, salió de allí con una botella de alcohol, que apretaba como si fuera lo único capaz de mantenerla en pie.Alex se enderezó, intrigado:—¡Eh! ¿Qué pasa?—¿Qué pasa? Tienes el aspecto… destrozada.Ella levantó la vista, con la voz quebrada:—Déjame solo beber, Alex. Por favor. No estoy de humor para hablar.
Ella estaba allí, ante él, casi desnuda, solo vestida con una delicada lencería elegida con esmero por su madre. Sus senos, expuestos sin pudor, se elevaban ligeramente con cada respiración, los pezones endurecidos delatando su excitación.Collen permaneció inmóvil un instante, sorprendido por la escena. Su garganta se anudó y tragó saliva lentamente antes de desviar la mirada hacia la pared, buscando protegerse de esa visión que lo incomodaba.—¿No crees que es un poco pronto para esto? —preguntó con voz fría, casi distante.Mégane avanzó un paso, sus caderas ondulando ligeramente, una sonrisa seductora colgada en los labios.—No, mi amor… es el momento adecuado. Déjame cuidar de ti… y mostrarte otra faceta de mí —susurró de
Al final de la jornada, Chantelle cerró suavemente su ordenador portátil, guardó sus carpetas en un rincón bien ordenado de su oficina y luego cogió su bolso. Exhaló un leve suspiro, feliz de poner fin a esa jornada de trabajo.Al abrir la puerta, se encontró de bruces con Collen. Venía en su dirección.Le dedicó una sonrisa profesional, educada pero distante.—Mi jornada ha terminado, hasta mañana, señor Wilkerson.Collen no respondió. Pasó junto a ella, adelantándola con paso medido pero firme.Chantelle notó que también se dirigía hacia la salida. No quería que tomaran el ascensor juntos, así que ralentizó sus pasos voluntariamente, observando distraídamente el suelo para parecer ocupada.
Chantelle entró en su pequeña oficina, con el aire ausente. Cerró suavemente la puerta tras de sí, sin realmente darse cuenta, y fue a sentarse a su escritorio.Suspiró largamente.—Es como si estuviera… celosa de ella. Puf, tonterías —murmuró negando con la cabeza.Rechazó esa idea ridícula. ¿Por qué iba a estar celosa? ¿Porque Mégane se exhibía sobre las rodillas de Collen como un trofeo? ¿Porque marcaba su territorio con exceso teatral? No. No tenía nada que envidiar a ese tipo de demostración.—¿Era necesario mostrarme lo «enamorados» que están? —ironizó en voz baja.Cruzó los brazos.—Y además, yo no pedí nada. No fui yo
Eran las 5 de la tarde y Chantelle ya había terminado todas sus tareas del día. Sentada en su oficina, miraba distraídamente el reloj colgado en la pared. Desde que el señor Wilkerson se había ido a su reunión, todavía no había regresado, y como el día había empezado mal, no se atrevía a marcharse sin su permiso. Sabía que con un hombre tan imprevisible como él, una simple salida anticipada podía terminar mal.El aburrimiento comenzaba a invadirla. Ya no tenía nada que hacer, incluso los bolígrafos estaban ya ordenados. Cogió su teléfono, revisó brevemente sus mensajes, se conectó a las redes sociales, hojeó algunas publicaciones… antes de cansarse y desconectarse al instante.Fue solo hacia las 6 de la tarde cuando Collen regresó por fin. En cuanto lo vio entrar en su
Era la quinta vez que Chantelle subía y bajaba en el ascensor para buscarle un simple café. Tenía las piernas pesadas, la espalda sudada y los brazos ligeramente temblorosos por el agotamiento. Tenía la sensación de ser una marioneta manejada por hilos invisibles.Cuando entró de nuevo en la cafetería, la camarera, que se reía al principio, esta vez tuvo una mirada tierna.—Tu jefe solo quiere poner a prueba tus límites —dijo con voz dulce.—Estoy agotada. Rendida —suspiró Chantelle, sin aliento—. Ni siquiera he deshecho aún mis cosas de la oficina…—No bajes los brazos. Es un juego de poder. ¿Qué ha dicho esta vez?—Que estaba amargo… Le voy a poner mucho azúcar. Demasiado, incluso.







