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Capítulo 3

Author: Léo
last update publish date: 2026-03-08 15:35:41

El rostro del hombre permaneció impasible mientras se limitaba a asentir levemente con la cabeza en respuesta al saludo de Chantelle. Su mirada se deslizó sobre ella brevemente, sin emoción aparente, como si intentara evaluarla… o tal vez, olvidarla.

Lo que Chantelle ignoraba era que aquel hombre, sentado hoy en el salón familiar como el prometido oficial de Mégane, había estado destinado a ella.

A ella.

Unas semanas antes, Gérard, su padre, se había presentado en la amplia y alfombrada oficina de Collen Wilkerson, en la torre principal del grupo.

El empresario, rígido tras su escritorio, levantó una ceja al oír a Gérard comenzar con voz falsamente apenada:

— Lo siento, señor Wilkerson. Mi hija menor… la que debía ser su prometida…

Hizo una pausa, como si midiera el impacto de sus palabras.

— Se ha negado rotundamente al matrimonio. No coopera. No es estable. Sería un error por su parte esperarla más.

Collen se limitó a mirarlo fijamente. Ni una palabra. Ni una pregunta.

Entonces Gérard sonrió, educado, y se apresuró a ofrecer una solución:

— Tengo otra hija. Mi primogénita. Mégane. Guapa, obediente, muy culta. Ella sabrá estar a la altura de sus expectativas.

Y concluyó, como si cerrara un expediente:

— Con toda honestidad, es una opción mucho mejor.

Collen no dijo nada. Vio al hombre salir, y luego dirigió la mirada hacia la cláusula del testamento de su abuelo, enmarcada en la pared:

"Solo recibirás la herencia si te casas con una hija de Gérard Lemoine. No con otra."

A él le convenía.

No se trataba de sentimientos.

Ni de atracción.

Solo de lealtad contractual hacia un muerto y de preservar la herencia.

Así que aceptó a Mégane.

Al cabo de unos minutos, Mégane bajó de su habitación, erguida sobre tacones demasiado altos para ser discretos. Su vestido ceñido y de hombros descubiertos le daba un aire de estrella de cine, y la sonrisa que lucía era la de una mujer segura de su triunfo.

Sus ojos recorrieron el salón y se iluminaron con una falsa calidez al divisar a Chantelle, sentada algo apartada, erguida y silenciosa en un sillón de mimbre al fondo de la estancia, con una taza de té en la mano.

Con paso grácil pero calculado, se acercó.

— ¡Ah, Chantelle! —exclamó con un entusiasmo casi afectuoso—. ¡Estás aquí, me alegro muchísimo! Ven, déjame el honor de presentarte a mi prometido… Collen Wilkerson.

Agarró delicadamente el brazo de Chantelle, como si ese simple contacto demostrara una complicidad inquebrantable entre ellas. Pero bajo sus dedos perfectamente manicurados, Chantelle sintió la insistencia, la posesión y quizá un deje de triunfo mal disimulado.

Chantelle levantó la vista con calma hacia ella. Su mirada no era hostil ni tierna. Solo… neutra.

— Sí, tu madre ya me lo ha presentado —respondió sencillamente, sin moverse, inclinando apenas la cabeza hacia Collen.

Su voz era suave pero carecía de calidez, como si cada palabra pesara su dosis de lucidez.

Mégane soltó una risita incómoda antes de volverse hacia Collen. Se deslizó con naturalidad a su lado en el sofá, su hombro desnudo rozando la manga oscura del impecable traje a medida del CEO. Se recostó contra él, como para marcar territorio claramente, y cruzó las piernas con lentitud.

Pero Collen no reaccionó. Su mirada se había posado, un poco más de lo debido, en Chantelle, antes de regresar fríamente al centro de la sala.

La cena fue servida. Los humeantes platos estaban dispuestos con esmero sobre la larga mesa de caoba brillante, decorada con esbeltos candelabros y vajilla de fina porcelana. El ambiente pretendía ser cálido, casi solemne.

Gérard se acercó al pequeño salón donde su hija estaba absorta en la pantalla de su teléfono.

— Chantelle, ven. La cena está servida.

Ella levantó la vista hacia él sin decir palabra. Luego, con la misma elegancia distante que la caracterizaba, se levantó sin inmutarse.

En el comedor, los lugares parecían ya asignados. Por una extraña casualidad, el sitio frente a Collen había quedado vacante. Sin mediar palabra, Chantelle se instaló allí, enderezando la espalda, la mirada al frente, las manos cruzadas sobre las rodillas.

Mégane, por su parte, ya se había sentado justo a la derecha de Collen. Apenas acomodada, se apresuró a pegarse a él, enlazando su brazo al suyo con una familiaridad ostentosa. Su risa estridente puntuaba cada una de sus frases, como un intento de llenar el silencio del hombre a su lado.

— ¿Quieres probar mi gratinado? Ayudé a prepararlo. Bueno, un poco… —bromeó acercando un tenedor a su boca, que él apartó educadamente sin prestarle atención.

Collen, fiel a sí mismo, permanecía impasible, los rasgos tersos, la actitud intachable. No la apartaba, pero tampoco la miraba. Masticaba lentamente, la vista perdida en el mantel o… de vez en cuando, cruzándose con los ojos de Chantelle.

Rhonda, encantada con la escena, se inclinó hacia Gérard, con los ojos brillantes.

— Mira a esos dos. Es como si estuvieran hechos el uno para el otro, ¿verdad?

Gérard, copa de vino en mano, lucía una sonrisa forzada, de esas que dicen mucho:

— Absolutamente. Collen es un hombre excepcional, de una clase poco común, un verdadero empresario. Mégane tiene mucha suerte. Esta alianza va a realzar a nuestra familia como nunca. Sabes, Chantelle, es una gran oportunidad para todos nosotros.

Luego, volviéndose hacia su hija, su voz se suavizó, casi melosa:

— Me enorgullece que estés aquí esta noche. Es importante para mí, y para tu hermana también. Sé que entiendes que hay cosas que están por encima de los rencores. La familia es lo primero, siempre.

Chantelle, por su parte, sentía que el estómago se le encogía. Nunca había aceptado esa farsa familiar. Desde la muerte de su madre, su padre Gérard había traído a casa a Rhonda, su nueva "esposa", y a Mégane, una hija dos años mayor que ella, a quien le presentó como su nueva "madre" y su nueva "hermana". Todo ello no hacía más que reforzar sus sospechas: Gérard seguramente les había sido infiel mucho antes de que su madre muriera.

Sin poder soportar más esa comedia, Chantelle dejó los cubiertos con un ligero golpe seco y declaró con voz firme:

— Ya he comido bien. Voy a tomar un poco el aire.

— ¡Quédate ahí! ¿Es que no tienes modales? —se enfureció Gérard, con los ojos echando chispas.

Rhonda, falsamente magnánima, intervino con una sonrisa gélida, casi burlona:

— Déjala, no pasa nada. Después de todo, ella no creció con nosotros. No es de extrañar que le falte un poco de educación…

Aquellas palabras helaron el corazón de Chantelle, como una hoja invisible atravesándole el pecho. Apretó los dientes, con las manos crispadas, y sin una mirada atrás, abandonó el comedor, con el aliento entrecortado, asfixiada por esa atmósfera familiar tóxica, tan pesada como una tormenta a punto de estallar.

Afuera, Chantelle se aburría y quiso volver para ver a su abuela. Ya había tenido bastante con lo vivido esa noche. Caminaba rápido por el jardín, sus pasos apresurados delataban su impaciencia.

Sin mirar dónde pisaba, chocó de repente contra un pecho sólido.

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