Mi Prometido Tiene un Tío Obsesionado Conmigo

Mi Prometido Tiene un Tío Obsesionado Conmigo

last updateÚltima atualização : 2026-09-20
Por:  apoeunice3Atualizado agora
Idioma: Spanish
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«¿Cuándo pensabas decirme que me había acostado con la pequeña prometida de mi sobrino?» Traicionada la noche en que se suponía que debía prometer amor eterno, Eveline Storm toma una decisión imprudente… y despierta entre los brazos de un hombre al que jamás debería haber tocado. Frío, brillante y peligrosamente poderoso, Lucien Roswood no es un simple desconocido… es el tío de su prometido. Ella quiere distancia. Él quiere tener el control. Cuando la vida de su padre queda en manos de Lucien, Eveline se ve obligada a entrar en su mundo: su casa, sus reglas y su obsesión. De día, es intocable, un cirujano que gobierna el quirófano. De noche, le recuerda que le pertenece. Pero Lucien no solo va detrás de su cuerpo: está jugando un juego de venganza mucho más profundo, y ella es el arma perfecta. Atrapada entre un prometido manipulador, un oscuro pasado despiadado que involucra a su propio padre y un hombre que se niega a dejarla ir, Eveline descubre que solo tiene una opción: Correr a los brazos del hombre que guarda un secreto capaz de sepultarlos a todos.

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Capítulo 1

Capítulo Uno: La sorpresa del compromiso

Eveline

La llave giró con un clic amortiguado, un sonido ahogado por el que detuvo en seco a Eveline en el vestíbulo. No era la televisión, como había pensado.

Era un sonido húmedo, bajo y rítmico, interrumpido por un jadeo gutural agudo que ella conocía íntimamente. Su jadeo.

Su bolso de noche se le resbaló de los dedos entumecidos y cayó con un golpe sordo sobre la madera. La emergencia en la clínica —una paciente en crisis— la había retenido hasta las tres de la madrugada. Le había enviado un mensaje: «Trabajando hasta tarde. Ojalá pudiera estar ahí contigo».

Él le había contestado con un corazón, y ella casi había considerado sobornar a una compañera para que le cubriera el turno. Después de todo, esa noche se suponía que era su cena de compromiso. Había pensado en la cena aplazada mientras el anillo en su dedo captaba la luz estéril del pasillo.

Ahora ese anillo se sentía como una marca fría de metal.

El sonido la atrajo hacia adelante, como una polilla a la llama, aunque sabía lo que la esperaba. Ya podía oír los gemidos: un sonido suave y agudo que le llenaba los oídos.

La bilis le subió a la garganta mientras echaba un breve vistazo al suelo que había trapado solo el día anterior. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Eveline vio un tacón negro abandonado y una blusa de seda azul pálido, amontonada como una piel mudada en el suelo.

El corazón le latía con fuerza mientras se acercaba de lado, la espalda pegada a la pared fría. No quería ver.

Tenía que hacerlo.

—Oh… joder. Así. Justo así de jodidamente bien.

Los gemidos gruesos y guturales de él llenaron el aire. De él. Su prometido. Shane.

Sus pies descalzos estaban plantados sobre la alfombra que ella había comprado, y los músculos tensos de sus pantorrillas se contraían mientras empujaba hacia adelante. Había una mujer de rodillas entre sus piernas, una cascada de cabello rubio miel que le cubría la cara. Su cabeza subía y bajaba, una mano apoyada en el muslo de él y la otra trabajando la base de su miembro con un movimiento apretado y retorcido.

La respiración de Eveline se cortó al mirar de nuevo la blusa. Estaba en shock, incapaz de pensar, pero algo le cruzó por la mente. La había visto en alguna parte: en una fiesta de Navidad a la que su prometido la había obligado a asistir. Maya. Su compañera del departamento de marketing.

Se llevó una mano a la boca, sofocando un sollozo ahogado.

Un gruñido bajo le resonó en el pecho.

—Dios, Maya. Tu boca es el cielo. Podría correrme en ella todo el día.

La cabeza de Maya se movía más rápido mientras Shane le agarraba un puñado de cabello y se empujaba hasta el fondo de su garganta. Ella se atragantó y se ahogó, pero no lo apartó. Un delgado hilo de saliva brilló, conectando su labio inferior con el miembro hinchado de él antes de romperse.

—Eres tan jodidamente buena en esto…

Maya se apartó con un pop húmedo y audible. Su voz era ronca y engreída.

—¿Mejor que tu pequeña estudiante de psicología?

No esperó respuesta. Se inclinó para girar la lengua alrededor de la cabeza, con los ojos alzados para observar su cara.

Eveline sintió un pico blanco de furia atravesar el entumecimiento. Pequeña estudiante de psicología. Estaban hablando de ella. Burlándose de ella. Vio cómo los abdominales de Shane se contraían, cómo todo su cuerpo se tensaba.

Estaba cerca. Muy cerca.

—No pares —suplicó, con la voz desgarrada—. Por favor, no pares.

Eveline había visto suficiente. Se dio la vuelta, secándose los ojos con furia mientras salía a toda prisa del apartamento. No se molestó en recoger su bolso. Él vería que ella los había visto… que lo había pillado con las manos en la masa, engañándola en una de las noches más importantes de sus vidas.

Pero no iba a quedarse esperando disculpas. Hasta ahora había sido la novia perfecta de Shane: le preparaba la comida incluso después de turnos largos, asistía a todos los eventos a los que él la arrastraba, aunque él nunca respetara sus días libres.

Iba a saldar cuentas… de alguna manera.

—¿Qué le pongo, señorita?

El camarero era un fan del metal, con pósters de bandas pegados en la pared detrás de él. Llevaba una camiseta que decía «METALS DON’T DIE» en rojo chorreante y tenía el pelo largo, rubio sucio, que le rozaba los hombros.

Rubio sucio. Le recordó al rubio miel, un color que había llegado a odiar.

—Cualquier cosa fuerte —le dijo—. Lo más fuerte que tenga.

Él asintió.

—Sé exactamente lo que necesita.

Un minuto después le empujó un vaso.

—Si lo que busca es algo para olvidar que su novio es un cabrón, esa es su mejor opción. Pero debo advertirle…

Eveline no estaba escuchando. Agarró el vaso, echó la cabeza hacia atrás y se lo bebió de un trago. El ardor fue inmediato. Le envolvió la garganta como fuego, cortándole la respiración. La cara se le puso roja mientras luchaba por respirar, el pecho subiéndole y bajándole con fuerza.

—…tiene que tomárselo despacio —terminó el camarero en voz baja. Sacudió la cabeza mientras le servía un vaso de agua—. No sé de qué demonios está huyendo, cariño, pero no querrá morir en un antro como este.

Eveline aceptó el agua agradecida, aunque no hizo nada por calmar el infierno que llevaba dentro.

—¿Quizá algo más suave? —preguntó.

—Sí. Esa es una buena idea.

No lo fue.

No creía que un solo vaso bastara para marearla, pero al segundo Eveline notó que el suelo se inclinaba ligeramente bajo el taburete en el que estaba. La cabeza se le sentía ligera y la lengua floja.

¿Era por eso que Shane bebía todo el tiempo? Nunca se había emborrachado. ¿Y si la clínica la necesitaba? ¿Quién sería el conductor designado de Shane?

—No —se dijo firmemente, agitando una mano frente a la cara. No estaba allí para pensar en su prometido, ese escoria engañadora. Estaba allí para saldar cuentas.

—Scotch.

Se giró cuando su nariz captó un aroma rico y oscuro, almizcle y vainilla llenando el aire. Eveline inhaló sin querer mientras miraba al hombre que estaba a su lado. Era alto… imposiblemente alto comparado con su figura más pequeña. Llevaba una camisa blanca impecable con las mangas arremangadas hasta los codos, y podía ver la tinta en su brazo, marcando las líneas serpentinas de las venas que bajaban hasta la muñeca.

Oh, las enfermeras de la clínica lo adorarían.

—¿Cómo lo quiere? —preguntó el camarero.

—Solo.

Su voz. No sabía si era porque estaba borracha, pero era lo más sexy que había oído nunca. Era lo bastante baja para deslizarse a través de la niebla de su cerebro, con un retumbo que le recorría la piel como la lencería de satén que se había probado tres meses atrás. Para un viaje que Shane le había prometido.

Excepto que nunca llegó a reservarlo.

La mirada de Eveline subió más alto, deteniéndose en su cara. Solo podía ver su perfil, pero su mandíbula parecía haber sido esculpida limpiamente de algún material caro, y su nariz… uf.

Se mordió el labio inferior mientras un escalofrío cálido le bajaba por el pecho hasta el vientre.

Un pensamiento peligroso se le metió en la cabeza. Si iba a vengarse, ¿por qué no hacerlo con alguien que se veía tan bien? Aunque el sexo resultara malo, al menos tendría sus rasgos atractivos como recuerdo.

Se aclaró la garganta. Él la miró de reojo.

Cuando abrió la boca, fue el alcohol el que habló.

—¿Te gustaría acostarte conmigo?

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