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¿KARMA?

Autor: S. Dal Santo
last update Fecha de publicación: 2026-03-22 08:36:17

[MICHAEL]

El alcohol corre por mi sangre, pero no es eso lo que me tiene así.

Es el peso.

El maldito peso de todo lo que no puedo dejar de pensar.

Durante años creí haber tocado fondo. Me convencí de que ya no podía caer más bajo, de que todo lo que quedaba era simplemente avanzar, aunque fuera arrastrándome. Pero hoy entiendo que estaba equivocado.

Hoy es el día en que realmente he tocado fondo.

Nada de lo que construí para sostenerme parece suficiente. Esa versión de mí mismo que diseñé para sobrevivir —fría, controlada, intocable— se está resquebrajando, y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. No es el alcohol lo que me marea. Es la lucidez.

Es recordar.

Las noches, los rostros, las promesas vacías. Todo lo que hice, todo lo que rompí, todo lo que justifiqué en nombre de una venganza que ya ni siquiera tiene sentido. Me convertí en alguien que destruye porque una vez lo destruyeron, y durante mucho tiempo eso me pareció suficiente.

Hasta ahora.

Luz me dejó vacío… y yo me encargué de vaciar todo lo demás.

No sé qué hora es. Afuera ya es de noche, pero aquí dentro el tiempo no existe. El móvil dejó de sonar hace horas, probablemente sin batería, y no he hecho nada por evitarlo. No quiero que nadie me encuentre. No quiero ser el empresario, ni el candidato, ni el hombre que todos creen conocer.

Hoy no soy nada de eso.

Hoy soy alguien que no sabe qué hacer consigo mismo.

Su voz vuelve.

Clara. Firme.

Sin miedo.

Nadie me había hablado así.

Nadie me había dicho, a la cara, exactamente en qué me he convertido.

Y lo peor es que no puedo discutirlo.

Cierro los ojos un instante, pero entonces aparece él.

El niño.

Bruno.

No necesito pruebas. No necesito confirmaciones. Hay algo en él que es imposible ignorar, algo que me golpea con una certeza que no quiero aceptar.

Sus ojos.

Los míos.

Siento el pecho tensarse.

Es la primera vez en cuatro años que algo consigue atravesar todo lo que construí para protegerme. La primera vez que algo me afecta de verdad.

No sé si es miedo. No sé si es culpa. No sé si es algo peor.

Porque hace demasiado tiempo que no siento nada parecido al amor.

Tanto… que ya no sé reconocerlo.

Me levanto del sofá con torpeza y camino hasta la cama. Me dejo caer sin cuidado, quedando inclinado hacia el borde, con la mirada perdida en el suelo mientras una idea se instala en mi cabeza sin darme tregua.

Cinco pisos abajo.

Cinco.

Ahí está.

Mi hijo.

Un niño que crecerá, que preguntará, que querrá saber quién es su padre… y la única respuesta posible soy yo.

Aprieto los dientes.

No hay culpa en él.

Ninguna.

Y aun así, su existencia lo conecta conmigo de una forma que no sé manejar.

No sé si debo acercarme o mantenerme lejos. No sé si mi presencia podría hacerle bien o si terminaría destruyéndolo igual que hice con su madre.

Ese es el miedo real.

No fallarle.

Sino repetir lo que soy.

Nunca me había sentido tan pequeño. Nunca había dudado de esta manera. Siempre tuve claro quién era, incluso cuando estaba equivocado. Ahora no hay nada.

Solo incertidumbre.

Solo un peso que ni el alcohol consigue apagar.

Siempre creí que podía hacer lo que quisiera sin consecuencias. Que podía romper lo que fuera y seguir adelante sin mirar atrás.

Y ahora basta con la existencia de alguien tan pequeño… para derrumbarlo todo.

Ni el rechazo. Ni la traición. Ni el dolor. Nada hizo esto. Solo él.

Cierro los ojos con fuerza, intentando encontrar silencio, pero la pregunta no desaparece.

¿Y si me acerco? ¿Y si no huyo esta vez? No tengo respuestas. Y eso es lo que más me descoloca.

[JIMENA]

Al día siguiente — 4 de diciembre

Llevo más de dieciocho horas dándole vueltas a lo mismo. A lo que pasó, a lo que dije, a lo que él vio. No sé si haberle dicho la verdad fue un error o no, aunque, siendo sincera, tampoco sé por qué me preocupo tanto.

Huyó.

Como siempre.

Eso debería ser suficiente para entender que nada ha cambiado.

Doy un sorbo a mi café mientras releo el correo con las pautas de la campaña. Lo lógico sería rechazar el proyecto. No quiero trabajar con él. No quiero tenerlo cerca. No quiero volver a abrir una puerta que ya cerré hace tiempo.

El timbre me saca de mis pensamientos.

Frunzo el ceño y dejo la taza sobre la mesa antes de levantarme. Camino hasta la puerta, abro…

Y ahí está.

Michael.

Sus ojos están enrojecidos. Su postura no es la de siempre. No hay arrogancia. No hay control.

Y eso me desconcierta.

—¿Qué haces aquí?— pregunto, sin ocultar el enfado.

—¿Podemos hablar?— dice, y su voz… no es la misma.

Lo observo unos segundos.

Luego me hago a un lado.

—Pasa.

Cierra la puerta detrás de él y se queda de pie, como si no supiera muy bien qué hacer.

—Habla— digo finalmente.

Tarda unos segundos.

—Quiero conocer a mi hijo.

Las palabras caen en el aire con un peso inesperado.

—No te lo estoy pidiendo— respondo con firmeza—. Y tampoco lo necesito.

—Lo sé— dice—. Me lo dejaste claro ayer. Pero eso no cambia nada.

Lo miro con frialdad.

—Para mí sí lo cambia.

Camino hacia la cocina, tomo una botella de agua y me apoyo en la encimera, manteniendo distancia.

—Lo primero que vas a pedir es una prueba de ADN— digo—. Y no pienso permitir que mi hijo se convierta en un espectáculo para tu campaña o para la prensa. Ese es uno de los motivos por los que no quiero que te acerques.

—No necesito ninguna prueba— responde, más firme—. Sé que es mío.

—¿Y qué piensas hacer con eso?— pregunto—. Porque a mí no me interesa tu dinero, ni tu apellido, ni nada que venga contigo.

—No se trata de eso.

—Claro que sí— corto—. Se trata de todo lo que eres. De todo lo que representas. Y no quiero que mi hijo crezca cerca de alguien como tú.

Cierro la puerta de la habitación de Bruno con cuidado antes de volver al salón.

—Jimena…

Levanto la mirada.

Y entonces lo veo.

Se arrodilla frente a mí.

El impacto es inmediato.

—Levántate— digo, tensa—. No hagas esto.

Pero no se mueve.

Sus manos toman las mías, y por primera vez no siento control en él.

—Necesito que me dejes estar cerca de él— dice, mirándome—. He tocado fondo. Y no estoy pidiendo nada contigo… solo quiero la oportunidad de ser su padre.

Lo observo en silencio.

Y eso me enfurece.

Porque hay verdad en sus palabras.

Y no quiero que la haya.

Respiro hondo.

—Escúchame bien— digo finalmente—. Nadie sabe que tú eres su padre. Nadie. Y quiero que siga así.

Asiente.

—Tu familia, la mía, tu equipo, tus contactos… nadie puede enterarse.

—De acuerdo.

—No vas a estar solo con él. Todo será bajo mi supervisión.

—Está bien.

—Y no lo vas a llevar a tu casa. No quiero que esté cerca de la vida que llevas.

Silencio.

—Acepto— dice finalmente—. Todo.

Se pone de pie y, sin previo aviso, me abraza.

Lo empujo de inmediato.

—No vuelvas a tocarme.

—Lo siento.

Hay un momento de silencio.

—¿Puedo verlo?— pregunta.

Lo miro unos segundos.

Luego me doy la vuelta y abro la puerta de la habitación.

No sé si esto está bien.

No sé si me estoy equivocando.

Pero esto no es por él.

Es por mi hijo.

Porque el día de mañana, cuando me mire a los ojos y me pregunte… quiero poder decirle la verdad.

Que lo intenté.

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