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Capítulo 3

作者: Estrella Becerra
Como todavía no sabía cómo se llamaban, les hice una seña para que se acercaran.

—Vengan, vengan.

El de orejas blancas dejó el celular y respondió enseguida:

—Ama, me llamo Ángel.

El moreno se acercó sin prisa y contestó de mal humor:

—¿Qué quieres?

El amable Ángel se encargó de presentarlo:

—Él se llama Lucifer.

Ángel y Lucifer: uno parecía un ángel; el otro tenía un aire oscuro y rebelde. Sus nombres les quedaban perfectos.

Los dos íncubos eran completamente distintos, tanto en apariencia como en personalidad.

Asentí y también me presenté:

—Me llamo Valeria Soto. A partir de ahora, esta será su casa.

Atención al cliente había mencionado un regalo, así que les pregunté:

—¿Saben cuál es el regalo que mandó la tienda?

Lucifer soltó un bufido y apartó la cara con desdén.

Vaya carácter.

Miré a Ángel. Como era de esperar, Ángel respondió a mi pregunta sin protestar. Sacó de uno de sus bolsillos el regalo. Al parecer, al enviar el modelo secreto, la tienda había incluido un segundo juego: había dos collares, uno blanco y otro rosa, cada uno con su respectiva correa.

Bajo mi atenta mirada, Ángel se colocó sin vacilar el delicado collar blanco. Luego puso en mi mano el otro extremo de la correa.

—La correa es tuya, ama —dijo.

Sus orejas blancas temblaban suavemente y la cola con punta de corazón se balanceaba detrás de él. Era irresistible.

Ahora entendía por qué aquellas criaturas recibían el nombre de íncubos. ¡De verdad sabían hechizar a cualquiera!

Tragué saliva, incapaz de disimular mi fascinación, y tiré con suavidad de la correa.

—¿Quieres que salgamos a pasear?

—Lo que tú quieras. Haré lo que mi ama diga.

Lucifer resopló antes de protestar:

—¡Ni muerto me pongo un collar!

Cinco minutos después, sostenía una correa en cada mano. La correa blanca estaba sujeta al collar de Ángel; la otra, al collar rosa de Lucifer.

El contraste entre el rosa y su piel canela resultaba inesperadamente atractivo.

Lucifer tenía el rostro encendido de vergüenza y apretaba los dientes. Aunque él mismo se había puesto el collar, parecía haber sufrido la mayor humillación de su vida.

De verdad tenía un carácter terrible. Al parecer, tendría que dedicar más tiempo a domarlo.

Sacar a pasear con correa a dos hombres de más de un metro ochenta atraería demasiadas miradas.

—Mejor juguemos en casa.

No quería aparecer al día siguiente en los titulares por algún escándalo.

Después de pasearlos por la casa durante media hora, decidí que era suficiente y solté las correas.

Ángel me miró desconcertado y enroscó la punta de la cola alrededor de mi muslo.

—Ama, ¿ya terminamos?

¿De verdad tenía tantas ganas de seguir jugando?

Le acaricié la cabeza.

—Mañana jugaremos otra vez. Primero vamos a comer.

Así, una vez satisfechos, podrían calentarme la cama.

La mirada de Ángel se volvió más intensa. No entendí qué significaba aquella expresión y fui a la cocina a preparar la comida.

Apenas saqué los ingredientes del refrigerador, recordé que ya no vivía sola. Ahora tenía dos íncubos adultos en casa.

Salí para preguntarles qué les gustaba y si había algo que no comieran, pero encontré a Ángel sin camisa. Bajo la piel clara se dibujaban músculos firmes y definidos.

Por su apariencia dulce, había pensado que sería delgado y frágil. No esperaba que escondiera semejante cuerpo bajo la ropa.

Además, Ángel estaba intentando obligar a Lucifer a quitarse la camisa.

Lucifer alzó la barbilla. Hasta sus rizos parecían erizarse.

—¡Ni lo sueñes! ¡Yo no nací para complacer a nadie! ¡Ni muerto me quito la ropa!

Me detuve, perpleja.

—¿Qué están haciendo?

Al oírme, Lucifer, que un instante antes se mostraba tan desafiante, se quedó rígido. Aun así, mantuvo la barbilla en alto y la cola tiesa.

Se arrancó la camisa de un tirón y habló con brusquedad, visiblemente reacio:

—¡Vamos, terminemos con esto de una vez!

A diferencia de Ángel, los músculos de Lucifer ya se notaban incluso vestido. Sin la camisa, su cuerpo atlético quedó completamente expuesto ante mis ojos.

Bajo su piel canela se marcaban músculos firmes y poderosos. Todo él irradiaba una intensa energía masculina.

¿Terminar con qué? Yo no entendía nada.

Ángel me preguntó con voz suave:

—¿No ibas a alimentarnos, ama?

—Claro. ¿Quieren pasta con salsa de tomate?

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