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Capítulo 4

Author: Estrella Becerra
Lucifer se quedó petrificado. Un segundo después, estalló, avergonzado y furioso:

—¡Me quité la ropa y ahora sales con eso!

Cuando Ángel vio los dos tomates que yo llevaba en las manos, lo comprendió.

Sonrió con dulzura.

—Casi había olvidado que los humanos se alimentan de comida normal.

Como siempre, Ángel fue muy considerado. Se acercó, tomó los tomates de mis manos y dijo:

—Espera afuera, ama. Déjame la cocina a mí. Lucifer y yo también podemos comer lo mismo que los humanos.

El invierno ya había comenzado y él seguía sin llevar nada debajo del delantal.

—¿No tienes frío? —pregunté.

Tenía las manos limpias y elegantes, con dedos largos y finos. Hasta verlo lavar verduras era un placer.

—Mientras a mi ama le guste lo que ve, el frío no importa.

No pude evitar acariciar la cola que se balanceaba a su espalda.

No solo me gustaba mirar; también me gustaba tocar. Mi elección había sido perfecta. Aquel íncubo encajaba por completo con mis gustos.

Ángel era extremadamente hábil. En menos de media hora, preparó todos los platos.

—La comida está lista, ama.

Los invité a sentarse conmigo.

Desde que empecé a trabajar y a vivir sola, rara vez comía algo decente. Todos los días pedía comida a domicilio o me preparaba algún sándwich. Las verduras del refrigerador casi siempre terminaban en la basura.

¡Definitivamente había acertado al comprar un íncubo!

Pensé que solo serviría para calentarme la cama, pero también sabía cocinar.

Entonces recordé una de las reseñas que había leído: "Con tal de que lo alimenten bien, hará todo lo que le pidan".

Le llené el plato a Ángel varias veces.

—Come más. Cuando estés lleno, podrás calentarme la cama.

Ángel sonrió.

—Como ordenes, ama.

Al ver lo bien que nos llevábamos, Lucifer soltó un bufido desde el otro lado de la mesa.

***

También intenté acercarme a Lucifer, pero tenía tan mal carácter que rechazó todos mis esfuerzos.

En sentido estricto, yo había comprado a Ángel. Lucifer había venido gratis como parte de la promoción. Supuse que lo habían incluido porque su personalidad era tan difícil que nadie quería comprarlo.

Pensé que Lucifer no aparecería a la hora de calentarme la cama. Sin embargo, cuando salí de bañarme, encontré a cada uno acostado a un lado de la cama.

La habitación estaba cálida e impregnada de un intenso aroma masculino.

Ángel me hizo una seña con una sonrisa.

—Ven pronto, ama.

Justo antes de subir a la cama, caí en la cuenta de algo y me detuve.

—Si ya calentaron la cama, pueden levantarse. La habitación de al lado ya está lista para ustedes. Por ahora solo hay una cama, así que tendrán que compartirla. Mañana compraré otra.

Después de todo, no había esperado recibir a dos íncubos.

Ángel bajó de la cama como se lo pedí y luego se quedó inmóvil, desconcertado.

—¿No quieres que durmamos contigo, ama?

Toqué las cobijas, que ya estaban tibias.

—No hace falta. Los llamaré cuando los necesite.

Ángel se llevó a rastras al terco Lucifer, pero volvió la cabeza varias veces. En sus ojos había una tristeza que yo no lograba comprender.

—Ama, ¿hicimos algo mal?

—Claro que no —respondí, negando con la cabeza—. Lo has hecho muy bien.

Había cocinado, lavado los platos y calentado mi cama. Aquella reseña tenía razón. ¿No era mucho mejor que uno de esos novios que solo sabían sacar de quicio a una mujer?

Las cobijas conservaban el aroma de los íncubos. Esa noche soñé con los dos: llevaban sus collares, tenían la ropa desarreglada y estaban atados al pie de mi cama. La escena era de lo más provocativa.

¡Había tenido un sueño erótico! ¡Y, para colmo, con los íncubos que acababa de comprar! Qué vergüenza.

Parecía una pervertida capaz de tener fantasías incluso con sus propias mascotas.

Aunque el servicio de atención al cliente me había prometido que un íncubo me haría vivir noches de placer inolvidables, hasta ese momento no había vivido ni una sola.

A medianoche, me desperté con la boca seca y fui por un vaso de agua.

Al pasar frente a la habitación de huéspedes, alcancé a oír la voz furiosa de Lucifer al otro lado de la puerta:

—¡Ángel, esa mujer solo está jugando con nosotros!

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