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2. Antes de que la Máscara Cayera

Author: Tara
last update publish date: 2026-08-02 21:15:32

El apartamento de Bianca estaba casi a oscuras cuando Ruby empujó la puerta principal, su pecho aún agitado por las lágrimas que había derramado en el coche. Había conducido a través de la ciudad en piloto automático, su mente reproduciendo la escena en el ático de Lorenzo en un bucle interminable y tortuoso.

Encontró a Bianca acurrucada en el sofá con una taza de té. En el momento en que Bianca vio su rostro, se puso de pie. "¿Ruby? ¿Qué pasó?".

La suavidad en su voz fue el golpe final. Las rodillas de Ruby se doblaron y Bianca la atrapó, guiándola hacia el sofá y envolviendo sus brazos firmemente alrededor de los hombros temblorosos de Ruby.

"Él propuso. Pero no a mí. Fue para Noemi".

El rostro de Bianca pasó por shock, incredulidad y luego furia. "¿Tu hermana Noemi? Dímelo todo".

Ruby le contó todo.

La voz de Bianca tembló de furia. "Voy a matar a ambos. Dime que le diste una bofetada".

"Le di una bofetada".

"Bien. Pero ¿por qué aguantaste tanto tiempo? Tres años y nunca te hizo una prioridad".

La pregunta pesó en el pecho de Ruby. No tenía una buena respuesta.

"No lo sé. Pensé que si era lo suficientemente paciente, eventualmente me elegiría a mí".

El silencio se extendió entre ellas.

"Necesitas una distracción. Algo que te saque de tu cabeza. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque querías?" dijo Bianca finalmente.

"Eso es lo que pensaba". Bianca sacó un folleto de la mesa de café, con letras doradas que deletreaban Secret Sin Oasis. "No iba a presionarte con esto, pero creo que lo necesitas más de lo que crees".

Ruby miró el folleto. Las imágenes eran oscuras y sugerentes, mujeres con ataduras elaboradas, sus rostros máscaras de éxtasis más que de dolor. El primer instinto de Ruby fue retroceder. Esa no soy yo. No soy ese tipo de persona. Pero otra parte de ella, que había estado suprimiendo durante años, se agitó con otra cosa. Un hambre que había pasado años fingiendo que no existía.

"¿Un club de sexo?"

"Escúchame". Bianca le tomó las manos. "Esto no se trata solo de sexo. Se trata de entrar en un espacio donde nadie te conoce. Donde tú decides lo que quieres por una vez".

"Es aterrador", admitió Ruby. "Nunca he estado ni siquiera en un club normal".

"Esa es exactamente la razón por la que deberías ir. No tendrías que hacer nada. Solo ven, observa y, si te apetece, tal vez coquetea un poco. Recuerda lo que se siente al ser deseada".

"Ni siquiera sé coquetear".

"Para eso estoy yo. Esta noche voy a actuar. No estarás sola. Una noche, Ruby. Eso es todo".

Ruby miró el folleto de nuevo. Las mujeres en las fotografías parecían poderosas, seguras, como si nunca hubieran dudado de su propio valor. Quiero saber cómo se siente eso, pensó.

"Una noche", dijo finalmente. "Eso es todo".

El club se alzaba en la finca privada como un templo dedicado a alguna deidad prohibida. Ruby presionó la frente contra la ventanilla del coche, con el estómago hecho un nudo.

"¿Sientes eso? Huelo dinero y poder desde aquí", Bianca inhaló profundamente.

Ruby salió con piernas inseguras. Su vestido verde sin espalda terminaba a medio muslo.

Entraron. A mitad del pasillo, una mujer alta con un arnés rojo de cuero emergió, cabello morado recogido en una cola de caballo severa.

"¡Bianca! Esta noche estamos cortas. Christine llamó enferma, debía atender a un cliente privado. Pagó por adelantado. Baile exclusivo".

"¿Cuánto?"

Piper mencionó una cifra. Ruby contuvo el aliento. Cinco meses de su salario.

"Si no cumplimos, perdemos la tarifa de reserva".

"Así que encontramos un sustituto". Los ojos de Bianca se desviaron hacia Ruby.

Ruby retrocedió. "No. Absolutamente no".

"Tiene la figura", dijo Piper, escaneándola. "Veinte minutos, como máximo".

Bianca se acercó. "Ruby, piensa en lo que hablamos. Tal vez sea el momento".

La garganta de Ruby se tensó. "No sé cómo..."

"Hiciste ballet durante ocho años. Sabes moverte. El resto es soltarse".

"Está bien".

El camerino era un caos: mujeres en diversos estados de desnudez, estantes de encaje y cuero. Ruby se cambió detrás de una mampara, con las mejillas ardiendo mientras la lencería de red negra se pegaba a su piel como una segunda piel. Cuando se miró en el espejo, contuvo el aliento. La máscara con forma de gato la transformó en alguien irreconocible.

Las lecciones llegaron rápido: cómo caminar, cómo mantener la mirada, cómo moverse con lentitud deliberada. Ruby absorbió todo y en algún lugar del proceso, el miedo comenzó a transformarse en anticipación.

La habitación privada era íntima, envuelta en sombras. Una sola butaca de cuero dominaba el espacio y en ella estaba sentado un hombre.

Ruby no podía ver su rostro con claridad en la tenue iluminación, pero podía sentirlo. Su presencia era magnética. Piernas largas cruzadas por el tobillo. Manos descansando en los reposabrazos con la autoridad casual de alguien que era dueño de cada habitación que pisaba. Una máscara negra cubría la mitad superior de su rostro, revelando solo una mandíbula afilada y con barba incipiente y labios que se curvaban ligeramente en las comisuras, como si ya estuviera entretenido con ella.

Parece el tipo de hombre que no pide cosas porque nunca tiene que hacerlo. Su mirada recorrió su cuerpo con posesión sin prisas. El pulso de Ruby se aceleró.

La música comenzó. Ruby se movió. Sus caderas ondearon mientras cruzaba la habitación, su columna vertebral se ondulaba, sus manos trazaban sus propias curvas. Llegó a su silla y se dejó caer sobre su regazo, su espalda contra su pecho, y comenzó a frotarse. Sintió que él se tensaba debajo de ella, la dura protuberancia presionándola, y una descarga de emoción la recorrió.

"Eres nueva". Su voz era profunda, ronca, con el más leve acento.

"Soy lo que quieras que sea esta noche", susurró ella.

Su agarre se tensó. Ella giró las caderas y chispas recorrieron su columna. Una y otra vez, encontrando un ritmo que hacía arquear su garganta. Su mano se deslizó por su espalda, los dedos separados entre sus omóplatos. La otra mano sujetó su muslo, el pulgar presionando la carne sensible justo debajo de sus bragas. La atrajo con más fuerza contra él y ella jadeó.

"Estás nerviosa", observó, su pulgar trazando pequeños círculos en su cadera. "No lo estés. Tú tienes el control aquí. Tú marcas el ritmo".

Las palabras la sorprendieron. Había esperado arrogancia. En cambio, la miraba con paciencia.

"Dime lo que quieres", murmuró, sus labios rozando su oreja.

"Tú", susurró ella.

Su boca encontró la de ella. El beso no se parecía en nada a los besos cuidadosos de Lorenzo. Su lengua pasó más allá de sus labios con confianza arrogante, reclamándola por completo. Sabía a whisky. Su barba incipiente raspó su barbilla, intensificando cada sensación.

Su boca viajó por su garganta, dejando un rastro de fuego. "Te estás conteniendo. Puedo sentirlo. Suéltate".

Sus labios encontraron el punto sensible debajo de su oreja y ella jadeó. El sonido la sorprendió, nada que ver con el silencio controlado que Lorenzo siempre había exigido.

"Pequeña criatura tan receptiva", murmuró, enviando un escalofrío a través de ella.

Ella lo besó de nuevo, más feroz esta vez, sus dedos enredándose en su cabello oscuro. Sintió que él sonreía contra sus labios. Sus manos se deslizaron por sus muslos, los pulgares enganchándose en sus bragas, y ella sintió la longitud rígida de él presionando exactamente donde más lo necesitaba. Sus manos se deslizaron por sus muslos, los pulgares enganchándose en el borde de sus bragas.

"Dime tu nombre, quiero oírte decirlo cuando te haga llegar", gruñó.

Las palabras enviaron una nueva oleada de calor a través de su cuerpo. Quería decírselo. Quería oír su nombre en sus labios mientras la desarmaba. Pero su pulgar rozó el borde de su máscara, trazando el delicado alambre, y esta se movió. El encaje se enganchó y se resbaló. La máscara se deslizó hacia un lado y Ruby sintió el aire frío contra su rostro expuesto.

Se retiró de un salto. Su tacón se enganchó en la alfombra. Tropezó, se agarró del brazo de la silla y luego estaba corriendo a través de la puerta, por el pasillo.

Detrás de ella, oyó que él la llamaba. No se quedó a escuchar qué.

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