LOGINLa sala de espera frente a la suite ejecutiva era elegante y silenciosa. Ruby se sentó entre los otros candidatos, tratando de evitar que sus manos temblaran. Llevaba apenas cinco minutos sentada cuando la puerta de la oficina se abrió de golpe y una mujer salió tropezando, sollozando, agarrando un expediente arrugado contra su pecho mientras corría hacia el ascensor.
"Oh, es despiadado", murmuró el joven a su lado. "Oí que despidió a su última asistente solo porque lo miró mal".
"¿Quién es despiadado?"
"Luciano Morelli". Su voz se volvió más baja.
Ruby frunció el ceño. "Si es tan horrible, ¿por qué estás aquí?"
"El salario es bueno. Si voy a trabajar para un monstruo, que el sueldo valga la pena. Por la misma razón que estás tú, supongo".
Ruby no respondió. Estaba pensando en la mujer que había huido llorando, en los últimos tres asistentes que habían renunciado en menos de un mes, en las palabras burlonas de Lorenzo sobre que el CEO era brutal. ¿Qué clase de hombre hace llorar a alguien en menos de diez minutos? ¿Y qué clase de mujer entra voluntariamente en eso?
Las horas pasaron lentamente. Los candidatos eran llamados uno por uno, cada uno saliendo más afectado que el anterior. Finalmente, una recepcionista llamó su nombre. "¿Señorita Costa? El señor Morelli la recibirá ahora".
Ruby se puso de pie con piernas que parecían de gelatina. Se alisó la blazer una última vez y caminó hacia la puerta.
Un hombre estaba junto a la ventana, de espaldas a ella. Sostenía una copa con algo color ámbar en una mano, la otra descansaba casualmente en su bolsillo, su postura completamente inmóvil.
Se giró cuando ella entró.
El corazón de Ruby se detuvo. La mandíbula afilada sombreada por barba oscura y sus ojos se encontraron con los de ella con una intensidad que le hizo olvidar cómo respirar.
Era él.
"No. No, no puede ser. Es imposible. Nunca viste su rostro. La habitación estaba demasiado oscura".
"Señorita Costa, ¿va a quedarse ahí parada o va a sentarse?" Su voz era profesional, completamente desprovista de reconocimiento.
La voz le sonaba familiar. No. Estaba siendo paranoica. Muchos hombres tenían voces profundas y acentos.
Forzó a sus piernas a avanzar y se hundió en la silla frente a su escritorio. "Le pido disculpas, señor Morelli. Solo estaba... me recuerda a alguien".
Una ceja oscura se alzó. "¿Ah, sí?" Se movió hacia su escritorio, dejando su copa con un suave chasquido. "Esperemos que eso no juegue en tu contra. Dime por qué deberías conseguir este trabajo. Tienes dos minutos".
Ruby tragó saliva y lanzó su discurso preparado. Sus cualificaciones. Su ética de trabajo. Su capacidad para prosperar bajo presión. Las palabras salieron firmes, ensayadas. Morelli escuchó sin interrumpir, su expresión ilegible. Cuando ella terminó, se recostó en su silla, entrelazando los dedos.
"Antes de continuar, señorita Costa, noté que hablabas con alguien en la entrada. Un joven. ¿Quién era?"
La sangre de Ruby se heló. Él la había visto con Lorenzo. Por supuesto que sí, su oficina dominaba toda la plaza.
"Él es... nadie", dijo rápidamente.
"Déjame ser perfectamente claro sobre algo. Este puesto requiere honestidad y transparencia absolutas. Si vas a trabajar para mí, necesito saber que se puede confiar en ti. Así que te lo preguntaré de nuevo, ¿quién era el hombre con el que hablabas?"
El corazón de Ruby latía con fuerza. "Es mi exnovio. Lorenzo Morelli. Me engañó con mi media hermana y le pidió matrimonio. Entré y lo vi. No es mi momento más orgulloso".
Una sonrisa burlona apareció en su rostro. "¿Y de qué discutían tan animadamente?"
"Se sorprendió de verme aquí. Intentó humillarme".
"Ya veo. ¿Cómo respondiste?"
"Le dije que tenía una entrevista y me fui".
"Interesante. La mayoría de la gente se habría derrumbado ante ese tipo de confrontación. Especialmente dados los antecedentes".
"Con respeto, señor Morelli, no soy la mayoría de la gente".
"No", dijo lentamente, estudiándola con renovada intensidad. Se levantó de su silla y caminó hacia el borde de su escritorio, apoyándose en él con los brazos cruzados. "Señorita Costa, déjeme explicarle algo. Valoro la honestidad y la transparencia por encima de todo en mis empleados. Podrías haberme mentido hace un momento. Pero no lo hiciste. Su currículum es poco notable. Su experiencia es mínima. Según todas las medidas objetivas, es la candidata menos calificada que he visto hoy".
El pecho de Ruby se tensó, pero sostuvo su mirada.
"Pero tienes algo que los demás no tenían. Tengo una oferta para ti, señorita Costa. Aunque quizás oferta no sea la palabra correcta".
"¿Qué tipo de oferta?"
Se apartó del escritorio y caminó hacia la ventana, de espaldas a ella una vez más. "Un matrimonio por contrato por un año". Su voz era tranquila, como si estuviera discutiendo el clima.
Ruby parpadeó, segura de haber oído mal. "¡Disculpe! ¿Qué?"
Luciano se giró. "Un matrimonio contractual. Un año. A cambio, recibirás seguridad financiera, vivienda y una compensación que hará que tu salario anterior parezca calderilla. Al final del año, nos separamos. Sencillo".
"No puede hablar en serio".
"Siempre hablo en serio".
"¿Por qué necesitaría un matrimonio contractual? Usted es..." Hizo un gesto vago hacia la opulenta oficina, el horizonte más allá. "Es usted. Podría tener a cualquiera".
"Cualquiera no es lo que necesito. Necesito a alguien discreto, sin conexiones con mi mundo, que pueda seguir instrucciones y guardar secretos". Sus ojos oscuros sostuvieron los de ella. "Alguien que no tenga nada que perder y todo por ganar".
"¿Por qué aceptaría algo así? Ni siquiera lo conozco. Usted tampoco me conoce a mí".
"No", dijo Luciano, su sonrisa burlona se profundizó. "Te conozco bien, señorita Costa. Hago que sea mi deber realizar una investigación de antecedentes de cada candidato que entra en mi edificio. Tu despido, o renuncia, como quieras llamarlo. Tu fecha límite de desalojo. Tu más bien trágico saldo bancario". Inclinó la cabeza. "¿Quieres que continúe?"
"¿Cómo pudo haber realizado una investigación de antecedentes tan rápido? La entrevista se programó ayer". Pensaba con los ojos muy abiertos.
"¿Pareces sorprendida? ¿Creías que un hombre en mi posición toma decisiones a ciegas? Sé exactamente con quién estoy tratando. Tengo recursos más allá de tu imaginación. Cuando quiero información, la consigo. Es realmente así de simple".
Pareció aún más sorprendida cuando él leyó sus pensamientos. Negó con la cabeza, levantándose de la silla. "Esto es una locura. No voy a casarme con un desconocido solo porque..."
"¿Porque no tienes otras opciones?" Dio un paso más cerca. "Estás prácticamente sin hogar. Sin trabajo. Sin red de seguridad. Sin familia a la que recurrir, a menos que cuentes a la madre que te abandonó. Te estoy ofreciendo una salida de un rincón del que no puedes escapar por ti misma".
Cada palabra era una hoja, precisa y devastadora.
"No tienes elección, señorita Costa. Pero te estoy ofreciendo una. La pregunta no es por qué creo que aceptarás. Es cuánto tiempo fingirás que tienes otra opción".
El silencio en el coche era sofocante.Ruby estaba sentada rígidamente en el asiento de cuero, sus manos dobladas firmemente en su regazo, su mirada fija en las luces borrosas de la ciudad más allá de la ventana tintada. La confrontación en el estudio la había dejado cruda, expuesta de una manera que no había sentido desde la noche en que sorprendió a Lorenzo y Noemi. Le había dado el token a Luciano. Lo había confrontado con la verdad. Y él no le había dado nada más que fría indiferencia."¿Por qué debería importar?"Las palabras resonaban en su cráneo como una herida que no dejaba de sangrar.Se h
El descubrimiento ocurrió un martes cualquiera.Ruby había estado buscando un archivo en el estudio de Luciano cuando notó una puerta que nunca había visto antes. Estaba escondida detrás de una estantería, casi invisible. Vaciló solo un momento antes de empujarla.La habitación más allá era pequeña y oscura, iluminada por una sola ventana. Era un armario, se dio cuenta, pero no uno ordinario. Dentro colgaba una hilera de trajes y abrigos, todos oscuros, todos caros. Y en el extremo más lejano, empujada hacia atrás como si estuviera olvidada, había una chaqueta negra que reconoció.Su corazón se detuvo.Hab
Había pasado un mes desde el veredicto.La mansión se había asentado en un nuevo ritmo: más silencioso, más calmado, despojado de la tensión que había definido las semanas previas al juicio. Camilla estaba en prisión, sus apelaciones pendientes pero su poder roto. Marcus Hale había desaparecido, fiel a su palabra. Bianca había regresado a su vida en la ciudad, enviándole mensajes a Ruby a diario con actualizaciones sobre el trabajo, los hombres y el caos general de su existencia.Y Luciano se había retirado a su trabajo.No con frialdad. No con crueldad. Pero sí de manera constante, implacable, como siempre hacía cuando algo le preocupaba. Se levantaba antes del amanecer, trabaj
Los días después de la llamada de Marcus Hale se asentaron en un ritmo incómodo.Ruby había esperado alivio, un levantamiento de la presión que había estado creciendo durante semanas. En cambio, sintió un vacío extraño, como si la amenaza de Marcus hubiera sido lo único que la mantenía unida. Sin ella, se quedó sola con los pensamientos que había estado evitando.Pasaba las mañanas en el estudio, revisando documentos del juicio y preparando declaraciones. Pasaba las tardes en el jardín, caminando los mismos senderos que había caminado cien veces antes. Pasaba las noches sola en el ala este, mirando el techo, preguntándose por qué se sentía tan inquieta.
Tres días pasaron sin una palabra de Marcus Hale.Ruby trató de llenar las horas con distracciones, pero su mente seguía desviándose hacia ese momento en el estudio. La forma en que Marcus había mirado fijamente el archivo. La forma en que sus manos habían temblado. La forma en que había mirado a Luciano como si estuviera viendo un fantasma."Has cambiado. El Luciano que conocía nunca habría hecho esta oferta."Ella también lo había visto. Pero también sabía que hombres como Marcus Hale no simplemente se marchaban. Atacaban cuando menos lo esperabas."Estás cavilando", dijo Luciano desde el otro lado de la mesa del desa
Los mapas de la ciudad estaban extendidos sobre el escritorio de Luciano, junto con documentos financieros, registros corporativos y un dossier detallado sobre Marcus Hale que Arthur había compilado años atrás. Ruby estaba sentada junto a Luciano, su portátil abierto, sus dedos volando sobre el teclado mientras cruzaba nombres y fechas.Bianca estaba sentada en la esquina, sus rodillas contra su pecho, su expresión atormentada."Necesitamos entender qué quiere", dijo Luciano, caminando de un lado a otro de la habitación. "La venganza es un motivo, pero no es un plan. Marcus es demasiado inteligente para actuar por impulso"."Quiere destruirte", dijo Bianca en voz baja.







