LOGINAurora despertó lentamente, sus párpados pesados y su cuerpo débil, como si hubiera estado atrapada en un largo sueño del que no sabía cómo escapar.El primer susurro que escuchó fue el sonido de una máquina, un pitido constante que indicaba que su corazón seguía latiendo, aunque con fuerza debilitada. La luz a través de la ventana era tenue, pero suficiente para hacerla entrecerrar los ojos.Estaba en una habitación blanca, silenciosa, el aire era frío, y su cuerpo, entumecido. El primer pensamiento que cruzó por su mente fue la sensación de vacío. Pero algo no estaba bien.Se giró lentamente, y allí, a su lado, estaba él. Arthur.Siempre tan imponente, tan seguro, pero ahora algo diferente en su rostro.Había un dolor sutil, como si el peso de algo insostenible lo estuviera aplastando, algo que él no quería mostrar, pero que estaba allí, en sus ojos.Era él quien la había estado observando todo este tiempo, ella lo sabía, pero no se atrevió a hablar aún.—Arthur… —susurró Aurora, ap
Allí pasó años, encerrada en sí misma, sin atreverse a salir al mundo exterior.Los recuerdos del día de su boda, de las risas que se apagaron de golpe, la perseguían incluso en sus sueños.Fue un largo y doloroso proceso, pero Sor Caridad encontró en el silencio del convento la oportunidad de reconstruirse poco a poco, aunque aún le costaba imaginar un día en que pudiera caminar libremente por las calles sin sentir que todas las miradas estaban puestas en ella.Sor Caridad se encontraba en la mansión Thorner, una mansión que alguna vez fue el hogar de su felicidad, pero que ahora solo era un recordatorio doloroso de lo que había perdido.Estaba sola, como tantas veces en los últimos años, pero esa tarde era diferente.Mientras limpiaba su habitación, organizando algunos papeles que había dejado olvidados en un viejo escritorio, sus manos temblaron al encontrar una caja de madera que había quedado escondida en el fondo del cajón.La abrió lentamente, sabiendo perfectamente qué había d
Sofía Thorner, en ese entonces una joven que aún no había sentido el llamado de la vida religiosa, decidió por una vez escuchar a su corazón. Joaquín Palacios, un hombre de mirada intensa y porte sereno, había entrado en su vida de manera inesperada.Era unos años mayor que ella, alguien que conocía el mundo y sus desafíos, pero también alguien que la trataba con una ternura que ella jamás había experimentado.Sofía, acostumbrada a ser la hermana mayor protectora, a cargar con las responsabilidades del pequeño Arthur y a mantener la fortaleza frente a las adversidades, comenzó a permitirse soñar con algo distinto: una vida propia.—Joaquín, no sé si entiendes lo que estoy diciendo…—le dijo una tarde mientras caminaban por un parque. Ella sostenía una flor silvestre en las manos, la misma que había arrancado para distraerse de los nervios—. Te quiero, y quiero que esto sea algo más que paseos al atardecer. Quiero algo… más profundo contigo.Él se detuvo y la miró con una mezcla de sorp
Sor Caridad llegó al convento en completo silencio, algo que no era típico de ella.La puerta principal rechinó al abrirse, y aunque varias de las hermanas la vieron entrar con su hábito impecable y el semblante severo de siempre, no hubo ni una sola palabra de saludo, ni un comentario ácido sobre la limpieza del lugar o sobre las caras cansadas de las demás.La hermana mayor se limitó a caminar directamente hacia su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un suave pero firme golpe.—¿Está bien la hermana Caridad? —preguntó Sor Inés, la más joven del convento, mientras observaba la escena desde el comedor.Sor Teresa, quien llevaba años lidiando con las reprimendas de Caridad, levantó la ceja con evidente extrañeza.—Debe estar planeando una reprimenda grupal más grande de lo usual —dijo con tono burlón—. Ya saben cómo es. Seguramente encontró algo nuevo de qué quejarse en la casa de los Thorner.—No lo sé… —murmuró Sor Magdalena, la más observadora del grupo—. Hoy no parecía la
Apenas se levantó Juliette, vio como Arthur apareció en la entrada del hospital, con el rostro desencajado y una mezcla de preocupación y desesperación en los ojos. Al verla, se dirigió rápidamente hacia ella.—¿Dónde está? ¿Cómo está Aurora? —preguntó, casi sin aliento.Juliette se levantó de golpe, tratando de mantenerse serena.—Arthur… fue terrible. Estábamos en la calle, ella cruzó para comprar un coco y… el auto apareció de la nada, iba a toda velocidad. La golpeó tan fuerte… —Juliette se detuvo, su voz quebrándose—. Está en cirugía. Los médicos dijeron que su estado es grave, muy grave.Arthur apretó los puños, respirando con dificultad.—¿Y los responsables? ¿Alguien vio algo?Juliette negó con la cabeza, sus ojos llenos de culpa.—No estoy segura. Tal vez vi algo, pero… no sé si es real o si mi mente lo inventó. Lo siento tanto, Arthur. —Ella tuvo el presentimiento que había sido Marieth, porque en algún momento alcanzó a ver sus facciones pero no estaba segura.Arthur la mir
Ese día, Aurora llegó temprano a la mansión Thorner, luciendo su habitual energía desbordante.Juliette, emocionada de aprender algo nuevo, la recibió con entusiasmo en la cocina. Aurora, con una sonrisa radiante, sacó los ingredientes necesarios para preparar un ceviche de atún y colocó todo sobre la encimera.—Vamos, Juliette, esto es más fácil de lo que parece. Si sigues mis pasos, hasta el jefe va a pedirte que cocines todos los días —dijo Aurora con una risa contagiosa mientras se remangaba la blusa.Juliette la observó con curiosidad mientras Aurora tomaba un cuchillo y comenzaba a cortar el atún en cubos precisos.—Primero, necesitas un buen atún fresco, nada de esas cosas que parecen goma. Mira, lo cortas así, ni muy grande ni muy pequeño, para que absorba bien el jugo. ¿Sabes qué es lo más importante? —preguntó Aurora, alzando una ceja.—¿El limón? —aventuró Juliette, insegura.Aurora dejó escapar una carcajada.—¡Exacto! ¡Ya ves, no eres tan mala! Pero cuidado, que no es exp







