LOGINJuliette lo observó con desconfianza. Sabía perfectamente que no estaba capacitada para trabajar como niñera, pero la posibilidad de continuar sus estudios hacía que su negativa empezara a tambalearse.
No quería mostrar demasiado interés. Si algo había aprendido de las conversaciones con sus padres, era que las oportunidades que parecían demasiado buenas solían esconder condiciones que nadie mencionaba al principio.
Cruzó los brazos y levantó la barbilla.
—Y si acepto, ¿qué? ¿Piensas que con dinero se resuelve todo?
Saúl sonrió al comprender que, por fin, había conseguido captar su atención.
—No todo. Pero con un título de cirujana, tal vez puedas resolver muchos de tus problemas.
Juliette soltó un resoplido, aunque esta vez no se marchó.
La imagen de la universidad apareció en su mente. Llevaba demasiado tiempo soñando con estudiar medicina como para rechazar una oportunidad sin considerar sus posibilidades. Si aquel empleo le permitía conseguir el dinero que necesitaba, quizá valiera la pena soportar unos cuantos berrinches.
—Está bien, supongamos que acepto. ¿Qué tendría que hacer exactamente?
Saúl enderezó la espalda, satisfecho de haber avanzado.
—Hay una condición.
Juliette entrecerró los ojos.
—¿Condición? Sabía que había gato encerrado. ¿Qué clase de condición?
—Para conseguir que mi jefe pague tu carrera sin descontar un solo dólar de tu sueldo, tienes que permanecer tres meses en la mansión sin renunciar.
La joven se quedó mirándolo.
—¿Tres meses? ¿Eso es todo?
—Eso es todo. Si aguantas esos tres meses, Arthur Thorner comenzará a pagar tu carrera universitaria.
Juliette dejó escapar una pequeña risa.
—Tres meses… Parece fácil.
Saúl prefirió no decirle que Blanca había renunciado después de apenas dos días, ni que el número de niñeras que habían pasado por la mansión era suficiente para formar una pequeña asociación de víctimas.
—Esa es la única condición —confirmó—. Tres meses sin renunciar.
Juliette le tendió la mano.
—Está bien. ¡Acepto!
Saúl sintió que le quitaban un peso enorme de encima. Por fin podría regresar a la mansión con buenas noticias y, con un poco de suerte, conservar su empleo.
Sin embargo, la joven todavía no había terminado.
—Bueno, Saúl, si voy a soportar a dos niños malcriados durante tres meses, también tengo algunas condiciones.
La sonrisa del guardaespaldas se desvaneció lentamente.
—¿Qué condiciones?
Juliette volvió a cruzarse de brazos, disfrutando de aquella pequeña negociación.
—Primero, quiero un horario flexible. No pienso quedarme día y noche atrapada con esos niños.
—De acuerdo.
—Segundo, quiero que el automóvil de la mansión esté disponible para mí cuando lo necesite. No voy a vivir ahí sin poder moverme.
—Está bien. Tendrás un automóvil a tu disposición cuando lo necesites.
—Tercero, quiero algunos domingos libres. Necesito descansar.
—De acuerdo —repitió Saúl, comenzando a preguntarse si no habría sido mejor regresar a casa con las manos vacías.
Juliette inclinó un poco la cabeza, como si estuviera evaluando si debía añadir algo más.
—Y, por último, quiero que cada domingo me traigas un café con pastel de crema de limón. Porque, Saúl, si voy a sobrevivir esos tres meses, necesito mis motivaciones.
El hombre la miró con incredulidad.
—¿Café y pastel?
—Exactamente.
Saúl se frotó la cara. Estaba desesperado por cumplir las órdenes de su jefe y llevar a aquella mujer a la mansión antes de que otra tragedia doméstica terminara de convencer a Arthur de que necesitaba contratar a un exorcista en lugar de una niñera.
—Está bien. Café y pastel. Lo que sea.
—Perfecto. Entonces tenemos un trato.
—¿Algo más que agregar? —preguntó Saúl, poniendo los ojos en blanco.
—Por ahora, eso es todo. Tres meses, Saúl. Prepárate, porque no pienso rendirme.
Juliette le guiñó un ojo y se dirigió hacia la casa para despedirse de su madre.
Saúl la siguió con la mirada, todavía sorprendido por su carácter. Era una mujer hermosa, de una personalidad tan obstinada como encantadora, y parecía disfrutar llevando a los demás al límite.
Si alguien podía enfrentarse a Samantha y Asher Thorner, probablemente era ella.
Aunque, en aquel momento, Saúl no estaba seguro de si acababa de encontrar a la niñera perfecta o de si acababa de introducir un nuevo problema en la vida de su jefe.
…..
El viaje hasta la mansión Thorner transcurrió sin mayores inconvenientes. Saúl ayudó a Juliette con su pequeña maleta y la acompañó hasta el segundo piso, donde se encontraba la habitación que ocuparía durante su estancia.
La joven se detuvo en la puerta y observó el lugar. La habitación era amplia, con una decoración elegante, muebles que parecían costar más de lo que su familia ganaba en varios meses y una gran ventana por la que entraba la luz del sol.
Juliette sonrió.
—Vaya, no está nada mal. Creo que podría acostumbrarme a esto.
—Me alegra que te guste —respondió Saúl, dejando la maleta junto a la cama.
—Gracias por traerme. Pero estoy un poco cansada y, si no te importa, prefiero descansar antes de conocer a los niños. No quiero encontrarme con ellos en este momento.
Saúl tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse.
—Por supuesto. Tómate tu tiempo. Después de todo, vas a pasar bastante tiempo con ellos.
—No me lo recuerdes.
El guardaespaldas se despidió y salió de la habitación, aliviado de que no hubiera una confrontación inmediata. Cuando la puerta se cerró, Juliette dejó escapar un suspiro y se recostó sobre la cama, disfrutando de la suavidad de las sábanas y del confort del colchón.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba un paso más cerca de su sueño.
Sin embargo, aquella tranquilidad también le recordó la otra razón por la que había aceptado el empleo: escapar del matrimonio que su padre estaba empeñado en arreglar.
Juliette sonrió para sí misma.
—Lo siento, papá, pero querías casarme con un viejo tan gordo que, cada vez que necesita ir al baño, estoy segura de que requiere un mapa para encontrar su propio pene. Mi carrera no merece semejante sacrificio.
Se tapó la boca para contener una carcajada, aunque la sola imagen del hacendado Urquiola bastó para que volviera a hacer una mueca de disgusto.
El hombre era dueño de una de las haciendas vecinas y había entablado amistad con sus padres. Desde hacía tiempo, les ofrecía pagar los estudios universitarios de Juliette a cambio de que ella aceptara convertirse en su esposa.
Para sus padres, aquello representaba una oportunidad económica que difícilmente volverían a encontrar. Para Juliette, era una condena disfrazada de generosidad.
No estaba dispuesta a casarse con un hombre al que no amaba, y mucho menos a renunciar a su libertad para conseguir un título profesional.
Ahora tenía otra posibilidad.
Si lograba permanecer tres meses en la mansión Thorner, Arthur pagaría sus semestres universitarios y ella podría continuar construyendo el futuro que tanto deseaba.
La idea de convertirse en cirujana le devolvió el entusiasmo. Se imaginó entrando a la universidad, estudiando hasta altas horas de la noche y, algún día, vistiendo una bata blanca mientras ejercía la profesión por la que estaba dispuesta a luchar.
No permitiría que dos niños traviesos arruinaran sus planes.
Tampoco permitiría que su padre decidiera con quién debía casarse.
Era fuerte, decidida y sabía defenderse. Si había aprendido a manejar caballos temperamentales, podría encontrar la manera de sobrevivir a Samantha y Asher.
Al menos, eso creía.
Porque, mientras Juliette cerraba los ojos para descansar, en algún lugar de la mansión dos pequeños conspiradores ya estaban preparando su siguiente travesura.
Y Arthur Thorner, ajeno a lo que estaba por venir, todavía confiaba en que aquella joven sería capaz de salvarlo del caos que sus hijos habían convertido en su vida cotidiana.
Ninguno de los tres imaginaba que aquellos tres meses terminarían cambiándolo todo.
Marieth dio un paso hacia ella, su rostro reflejando celos y frustración.—Esas niñeras son… resbalosas —replicó, como si fuera obvio—. Están en la casa todo el día, cerca de los niños, y también en la noche. Si un día el jefe tiene un antojo, una necesidad, ¿a quién crees que buscará? A la niñera, claro, no a la mujer que trabaja en su oficina.Enfurecida, Marieth zapateó el suelo con rabia, sus manos temblaban de frustración y celos.—¿Y yo qué? ¡Después de todo este tiempo! —exclamó, sin importarle que su voz subiera un poco—. Siete años y ni siquiera he logrado que Arthur me mire como algo más.Zafiro observó el rostro descompuesto de Marieth, y algo en su expresión endurecida se suavizó. Por un momento, dejó de lado el tono sarcástico y calculador que usualmente usaba con ella.—Marieth… —dijo, con una voz mucho más suave—, ¿de verdad lo amas tanto? ¿Tanto como para hacer todo esto?Marieth, con los ojos ligeramente brillantes, asintió sin dudar.—Con toda mi alma, Zafiro. No tie
Arthur reprimió una carcajada y se volvió hacia su hija con una mirada severa.—Samantha, ¿quieres decirme por qué la niñera está encerrada ahí? —dijo, cruzando los brazos.Samantha solo respondió con una risita y un encogimiento de hombros, que confirmaron sus sospechas.Con un suspiro de resignación, Arthur comenzó a quitar los objetos apilados y abrió la puerta del pequeño cuarto.Lo primero que vio fue los hombros de Juliette, que tenía medio cuerpo inclinado hacia adelante mientras intentaba abrir la cerradura con algún objeto improvisado.Arthur tuvo que aclararse la garganta para evitar reírse al ver la peculiar escena.—¿Juliette? —dijo, intentando sonar serio.Juliette caminó de cuclillas, sacando su cuerpo torpemente del pequeño minicuarto. Al levantar la vista, se encontró con la mirada fría de Arthur Thorner, que la observaba con clara insatisfacción.—Definitivamente eres un error temporal —dijo, sin molestarse en suavizar sus palabras—. Solo te quedarás en la mansión Tho
Juliette Blake se encontraba en la cuerda floja, la ansiedad le estaba apretando su pecho como un nudo imposible de deshacer.No había pasado ni un día completo en su nuevo trabajo y ya había golpeado a su jefe, un hecho que parecía irreal y, al mismo tiempo, aterradoramente cierto.Aquel instante había sido un torbellino de emociones, una mezcla de nerviosismo sumado a la impertinencia de los niños que había sido incapaz de manejar.Ahora, mientras se alejaba de la sala de juegos, podía sentir la mirada de todos sobre ella, como si el escándalo estuviera escrito en su frente.«No puedo dejar que esto termine así», pensó, recordando las palabras de su madre, que siempre le había dicho que una buena niñera debía tener paciencia y control.En su mente resonaban sus propias advertencias, sin embargo, no estaría mal pedir un poco de ayuda, así que sus ojos buscaron a quien la había traído a esa casa y suplicó:—No tengo idea de cómo cuidar niños, así que tú tendrás que ayudarme, Saúl. Si
Minutos más tarde, Arthur, decidido a conocer a la nueva niñera y anticipando que sus hijos ya estaban conspirando para deshacerse de ella, caminó con firmeza hacia la puerta de la habitación donde Juliette descansaba.Llamó varias veces, pero no hubo respuesta. Su paciencia se agotaba rápidamente, y conociendo las travesuras de Samantha y Asher, imaginó lo peor.¿Acaso ya la habían espantado?Rebuscó entre sus llaves, pero por alguna razón no tenía copia de esa habitación.La preocupación lo invadió. Si los niños ya habían hecho de las suyas, todo su plan para recuperar un poco de paz se vendría abajo. Sin más opciones, decidió que lo más rápido sería entrar a investigar por el balcón.Juliette, por su parte, dormía profundamente, agotada después de haber trabajado con el ganado desde el amanecer.El sueño pesado la envolvía, y no escuchó cuando Arthur tocó la puerta con insistencia. Él, convencido de que algo malo había sucedido, encontró una escalera en el jardín y se dispuso a tre
Horas antes Arthur había entrado en la cocina con determinación. Había prometido no pedir comida para llevar, y esta vez pensaba cumplirlo. Además, la nevera estaba llena de alimentos frescos, así que hacer un pescado al sartén le pareció una idea brillante.Puso un sartén grande al fuego y, con la confianza de un chef supremo, vertió más de un litro de aceite. Subió la llama al máximo y sacó un robalo de la nevera.Con entusiasmo, comenzó a sazonarlo, usando todo lo que encontró en la alacena: orégano, tomillo, albahaca, ajo en polvo, sal, pimienta.Mientras mezclaba las especias, el aroma que invadía la cocina le hizo sonreír satisfecho.El aceite en la cazuela ya estaba burbujeando peligrosamente, pero Arthur no le prestó atención. Estaba demasiado absorto en su obra maestra culinaria.Finalmente, cuando el pescado estuvo aliñado a la perfección, se acercó con seguridad a la estufa.El aceite hervía, pero él, ignorando el peligro, dejó caer el pescado en la sartén. Fue en ese insta
Juliette lo observó con desconfianza. Sabía perfectamente que no estaba capacitada para trabajar como niñera, pero la posibilidad de continuar sus estudios hacía que su negativa empezara a tambalearse.No quería mostrar demasiado interés. Si algo había aprendido de las conversaciones con sus padres, era que las oportunidades que parecían demasiado buenas solían esconder condiciones que nadie mencionaba al principio.Cruzó los brazos y levantó la barbilla.—Y si acepto, ¿qué? ¿Piensas que con dinero se resuelve todo?Saúl sonrió al comprender que, por fin, había conseguido captar su atención.—No todo. Pero con un título de cirujana, tal vez puedas resolver muchos de tus problemas.Juliette soltó un resoplido, aunque esta vez no se marchó.La imagen de la universidad apareció en su mente. Llevaba demasiado tiempo soñando con estudiar medicina como para rechazar una oportunidad sin considerar sus posibilidades. Si aquel empleo le permitía conseguir el dinero que necesitaba, quizá valier







