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No puede regresar sin niñera

Autor: Leomarhel
last update Data de publicação: 2026-10-19 00:41:23

Arthur guardó silencio durante unos segundos mientras se acariciaba el mentón, considerando aquella posibilidad. No sabía si la comparación tenía algún sentido, pero a esas alturas estaba dispuesto a contratar incluso a una domadora de leones si eso significaba recuperar un poco de tranquilidad.

—Tráela hoy mismo. Ofrécele tanto dinero que no pueda negarse. ¡Mi paciencia está a punto de agotarse con esos niños!

—Claro que sí, jefe. Usted sabe que nunca le he fallado.

Saúl estaba a punto de terminar la llamada cuando Arthur volvió a hablar.

—Espera un momento.

—¿Qué ocurre, jefe?

Arthur vaciló. Miró hacia la puerta de la cocina, como si alguien pudiera escucharlo, y bajó la voz.

—¿Sabes cómo se prepara el pescado frito?

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿El pescado frito?

—Sí, Saúl. El pescado frito —repitió Arthur con un hilito de voz, como si acabara de formular una pregunta inmoral.

—¡Claro que sí! Limpia el pescado, lo sazonas y luego lo pones a freír en abundante aceite.

Arthur parpadeó, sorprendido por la aparente sencillez de aquella preparación.

—Entiendo.

Y colgó sin siquiera despedirse.

Saúl contempló el teléfono con una expresión desconcertada.

—¡Mi jefe no fue diseñado para la cocina! —murmuró, negando con la cabeza—. Debo convencer a esa mujer hoy mismo, cueste lo que cueste.

Sin perder más tiempo, se dirigió a la dirección que le habían proporcionado. La recomendación de Alba Blake lo había llevado hasta una hacienda ganadera llamada La Sultana, donde, según había averiguado, trabajaban los padres de Juliette y ella todavía vivía con ellos.

Cuando llegó, estacionó frente a la enorme propiedad y observó los alrededores. No vio a nadie cerca de la entrada, así que decidió bajar del automóvil y acercarse a la casa para preguntar por la joven.

El silencio del lugar lo envolvía y la brisa cálida del campo hacía crujir algunas hojas secas bajo sus zapatos. Todo parecía tranquilo, demasiado tranquilo para el gusto de un hombre que había pasado la mañana escuchando las historias de terror de Blanca sobre dos niños aparentemente incontrolables.

Justo cuando estaba a punto de acercarse al porche, un ruido detrás de él le erizó la piel.

Volteó lentamente.

Dos enormes rottweilers lo observaban con los dientes al descubierto, los cuerpos tensos y las patas firmemente apoyadas en el suelo. No parecían tener la menor intención de darle la bienvenida.

Saúl se quedó inmóvil.

Había enfrentado situaciones peligrosas junto a Arthur, pero nunca había tenido especial interés en comprobar qué tan rápido podía correr cuando dos perros de aquel tamaño decidían convertirlo en su almuerzo.

—Tranquilos, muchachos… —murmuró, levantando las manos—. No vengo a robar nada.

Los perros gruñeron.

Saúl tragó saliva.

Entonces, detrás de ellos, apareció una joven rubia con los brazos cruzados, una ceja levantada y una expresión que dejaba claro que no estaba acostumbrada a recibir desconocidos sin hacer preguntas.

—¿Quién eres y qué haces en esta hacienda? —preguntó con voz firme.

Lo más inquietante era que ni siquiera parecía preocupada por los perros. Se mantenía tranquila, como si pudiera controlarlos con un simple gesto.

Saúl decidió que aquella no era la mejor ocasión para hacerse el valiente.

—Vengo de parte de la señora Alba Blake. Debes ser Juliette.

La joven asintió, aunque no descruzó los brazos.

—Soy Saúl. La señora Alba me envió para hablar contigo sobre un trabajo… de niñera.

Juliette parpadeó una vez y después soltó una carcajada sarcástica.

—¿Niñera? Debes estar equivocado. Yo no tengo la menor idea de cómo cuidar niños.

—Por favor, necesito que aceptes. Es una gran oferta y el pago es bastante bueno. No encontrarás muchas oportunidades como esta.

—No me importa cuánto paguen. Ese no es mi problema. Puedes buscar a alguien más.

Juliette se dio la vuelta como si la conversación hubiera terminado, pero una voz femenina la detuvo antes de que pudiera alejarse.

—Juliette, estuve escuchando todo. Acepta ese trabajo, hija. Tu sueño de convertirte en cirujana podría estar detrás de esa oferta.

Su madre apareció en la puerta de la casa y comenzó a acercarse. Era una mujer de rostro amable, aunque cansado, con las manos ligeramente agrietadas por los años de trabajo.

Juliette frunció el ceño.

—Mamá, no es para tanto.

—Sabes bien que con lo que le pagan a tu padre no podemos costear la universidad. Esta podría ser la oportunidad que necesitas para continuar tus estudios.

Su madre hizo una pausa y bajó la mirada. Había mucho más que quería decir, pero no parecía encontrar las palabras adecuadas.

Juliette comprendió de inmediato lo que estaba pensando.

El hacendado Urquiola.

Aquel hombre llevaba tiempo insistiendo en que se casara con él y, a cambio, se había ofrecido a pagarle la carrera universitaria. Sus padres consideraban que era una oportunidad extraordinaria, pero ella no estaba dispuesta a sacrificar su libertad ni su futuro por un matrimonio que no deseaba.

—Mamá, ya hemos hablado de esto. No voy a casarme con ese hombre.

—No te estoy pidiendo que te cases con nadie. Solo quiero que escuches la oferta antes de rechazarla.

Juliette apretó los labios y miró a Saúl, que seguía observándola con una mezcla de ansiedad y esperanza.

—Por favor, necesito que aceptes —insistió él—. Alba te recomendó porque cree que eres la persona indicada. El salario es generoso y tu futuro jefe está dispuesto a ofrecerte buenas condiciones.

—No. No pienso tolerar las groserías de unos niños malcriados. Yo no nací para cuidar mocosos.

Juliette sacudió la cabeza y empezó a alejarse.

Saúl sintió que el poco optimismo que le quedaba se desvanecía.

—Si regreso a la mansión Thorner sin ti, mi trabajo podría estar en peligro.

La joven se detuvo y volvió el rostro hacia él. Una sonrisa divertida comenzó a dibujarse en sus labios.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué tanta desesperación? Existen niñeras que se preparan para cuidar niños, ¿sabes? Yo solo sé domar caballos, no criaturas caprichosas.

Saúl respiró profundamente. Estaba a punto de quedarse sin argumentos, así que decidió jugar su última carta. La madre de Juliette le había revelado cuál era su mayor deseo y él pensaba aprovechar esa información.

—Escucha, tu nuevo jefe pagará cada semestre de tu universidad. Medicina, cirugía, lo que necesites para completar tu carrera. ¡Esta podría ser tu oportunidad!

La expresión de Juliette cambió apenas un instante.

Fue un movimiento casi imperceptible, pero Saúl lo notó.

—¿De verdad estás tan desesperado? —preguntó ella, intentando recuperar su tono burlón—. Mira, atender animales es una cosa, pero los niños malcriados son otro nivel.

—No te estoy pidiendo que los quieras desde el primer día. Solo que aceptes el empleo y les des una oportunidad. Si eres capaz de manejar caballos salvajes, quizá tengas más paciencia de la que crees.

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