LOGINArthur no podía comprender aquella insistencia. Si no recordaba mal, sus hijos apenas habían visto a Marieth un par de veces, así que no entendía por qué parecían tan convencidos de que ella era la mujer indicada para convertirse en su esposa.
Lo que desconocía era que aquellos encuentros no habían sido tan casuales como imaginaba.
Marieth Harrington llevaba tiempo aprovechando sus largas reuniones de negocios para visitar a Samantha y Asher. Les llevaba golosinas que Arthur les tenía prohibidas, les permitía hacer cosas que su padre jamás habría autorizado y se esforzaba por ganarse su cariño. Poco a poco, les había metido en la cabeza la idea de que, si ella se convertía en la esposa de su padre, sus vidas serían mucho mejores.
Para los niños, Marieth era una mujer encantadora que les permitía salirse con la suya. Para Arthur, en cambio, no era más que una empleada eficiente que había comenzado a interesarse demasiado por su vida personal.
Y ninguno de ellos sospechaba hasta dónde podía llegar aquella mujer para conseguir lo que deseaba.
—¡Yo soy el adulto y soy quien decide cómo se hacen las cosas en esta casa! —sentenció Arthur, sacándolos de sus pensamientos—. Marieth es una empleada de mi empresa y nada más. No quiero volver a escuchar semejantes disparates.
Se llevó las manos a la cintura y continuó:
—Y, hablando de decisiones, lo que le hicieron a Blanca es imperdonable. A partir de hoy se acabaron las salidas con sus amigos, se acabó el internet y cada uno me entregará sus aparatos electrónicos. Tampoco volveremos a pedir comida a domicilio. A partir de ahora, comerán lo que yo mismo prepare.
Samantha abrió los ojos con auténtico horror.
De todos los castigos posibles, aquel era, sin duda, el peor.
Su padre era un excelente empresario, un hombre capaz de negociar contratos millonarios y resolver problemas que habrían hecho perder la cabeza a cualquiera. Pero, cuando se trataba de cocinar, parecía que hasta los ingredientes se confabulaban en su contra. Sus preparaciones podían quedar crudas, quemadas o tan saladas que resultaban incomibles.
—¡Nos vas a intoxicar, papá! —protestó Asher—. Si estás pensando en matarnos, deberías buscar otro método de tortura.
Arthur apretó la mandíbula.
—Si tanto les preocupa comer mi comida, dejen de espantar a las niñeras. Les recuerdo que esta será la última que contrate. No puedo seguir encargándome de todo el trabajo de la casa, de sus actividades escolares y de mi empresa mientras ustedes se dedican a convertir la vida de las empleadas en un infierno.
Asher cruzó los brazos y miró a su hermana con una expresión traviesa que Arthur no pasó por alto.
—Pues no deberías perder el tiempo buscando niñeras, papá. Estoy seguro de que la próxima tampoco aguantará ni una semana.
Samantha, contagiada por la actitud de su hermano, sonrió.
—Sí, papá. Tú sabes que espantarlas es divertido.
Arthur levantó una mano para detenerlos antes de que siguieran hablando.
—¡Basta! Esta vez no habrá juegos. Les prohíbo, ¿me escucharon? ¡Prohíbo que atormenten a la nueva muchacha! —Se dejó caer en la silla y soltó un suspiro de agotamiento—. Estoy cansado. No quiero más quejas, llamadas de emergencia ni tener que revisar currículos de mujeres que renuncian al tercer día. Lo único que les pido es que la dejen trabajar en paz, al menos durante un mes. ¿Es demasiado pedir?
Samantha y Asher intercambiaron una mirada cómplice.
—Está bien, papá —respondió la niña con una dulzura tan sospechosa que Arthur sintió un escalofrío.
—Lo intentaremos —añadió Asher, levantándose de la silla.
Arthur los observó con desconfianza, pero estaba demasiado agotado para seguir discutiendo. Les indicó que podían retirarse y ambos abandonaron el estudio con una obediencia que habría resultado conmovedora de no ser porque él conocía demasiado bien a sus hijos.
Apenas estuvieron fuera, Samantha se acercó a su hermano y susurró:
—Papá nos ha pedido que la soportemos durante un mes. ¡Eso es una eternidad!
Asher sonrió con malicia y se inclinó hacia ella.
—No te preocupes. Si tenemos suerte, papá ni siquiera llegará a tiempo para conocerla.
Los dos soltaron una risita y siguieron caminando hacia sus habitaciones, convencidos de que la próxima niñera no sería diferente de las anteriores.
Lo que ninguno de ellos imaginaba era que aquella vez estaban a punto de encontrarse con una joven que tenía sus propios motivos para no abandonar la mansión.
Una mujer que no estaba dispuesta a renunciar a sus sueños, aunque tuviera que enfrentarse a dos pequeños demonios y a un padre que parecía haber olvidado cómo sonreír.
Su nombre era Juliette Blake.
Y estaba a punto de convertirse en el mayor desafío de Arthur Thorner.
….
Arthur Thorner solo le pedía una cosa al destino: que esta vez la nueva niñera fuera una mujer de armas tomar, alguien con suficiente carácter para poner en cintura a sus hijos y con la experiencia necesaria para no salir huyendo a los pocos días.
Estaba dispuesto a ofrecerle un salario generoso, todas las comodidades que necesitara y cualquier beneficio razonable con tal de que aceptara el trabajo. Después de tantas renuncias, su paciencia estaba al límite y la idea de quedarse nuevamente solo frente a Samantha y Asher le provocaba auténtico terror. Necesitaba ayuda, y la necesitaba cuanto antes.
Había enviado los datos que Blanca le proporcionó a su guardaespaldas, Saúl, con instrucciones de localizar a la mujer recomendada y convencerla de aceptar el empleo. No le importaba cuánto tuviera que pagarle ni qué condiciones exigiera. Si conseguía que alguien sobreviviera más de una semana en aquella casa, estaría dispuesto a considerarlo un milagro.
Por eso, cuando su teléfono sonó y vio el nombre de su hombre de confianza en la pantalla, contestó de inmediato.
—Jefe, la señora Alba Blake está irremediablemente enferma, pero ha postulado a su nieta y ¡no va a creer lo que me ha contado! —dijo Saúl en un tono tan divertido que Arthur sintió deseos de estrangularlo a través del teléfono.
Arthur Thorner no era precisamente un hombre paciente. Mucho menos después de la mañana que llevaba.
—¡Di lo que sabes sin rodeos!
—Es una domadora de caballos salvajes. Si es capaz de domar a un animal de esos, ¡también será capaz de mantener a raya a sus hijos!
Marieth dio un paso hacia ella, su rostro reflejando celos y frustración.—Esas niñeras son… resbalosas —replicó, como si fuera obvio—. Están en la casa todo el día, cerca de los niños, y también en la noche. Si un día el jefe tiene un antojo, una necesidad, ¿a quién crees que buscará? A la niñera, claro, no a la mujer que trabaja en su oficina.Enfurecida, Marieth zapateó el suelo con rabia, sus manos temblaban de frustración y celos.—¿Y yo qué? ¡Después de todo este tiempo! —exclamó, sin importarle que su voz subiera un poco—. Siete años y ni siquiera he logrado que Arthur me mire como algo más.Zafiro observó el rostro descompuesto de Marieth, y algo en su expresión endurecida se suavizó. Por un momento, dejó de lado el tono sarcástico y calculador que usualmente usaba con ella.—Marieth… —dijo, con una voz mucho más suave—, ¿de verdad lo amas tanto? ¿Tanto como para hacer todo esto?Marieth, con los ojos ligeramente brillantes, asintió sin dudar.—Con toda mi alma, Zafiro. No tie
Arthur reprimió una carcajada y se volvió hacia su hija con una mirada severa.—Samantha, ¿quieres decirme por qué la niñera está encerrada ahí? —dijo, cruzando los brazos.Samantha solo respondió con una risita y un encogimiento de hombros, que confirmaron sus sospechas.Con un suspiro de resignación, Arthur comenzó a quitar los objetos apilados y abrió la puerta del pequeño cuarto.Lo primero que vio fue los hombros de Juliette, que tenía medio cuerpo inclinado hacia adelante mientras intentaba abrir la cerradura con algún objeto improvisado.Arthur tuvo que aclararse la garganta para evitar reírse al ver la peculiar escena.—¿Juliette? —dijo, intentando sonar serio.Juliette caminó de cuclillas, sacando su cuerpo torpemente del pequeño minicuarto. Al levantar la vista, se encontró con la mirada fría de Arthur Thorner, que la observaba con clara insatisfacción.—Definitivamente eres un error temporal —dijo, sin molestarse en suavizar sus palabras—. Solo te quedarás en la mansión Tho
Juliette Blake se encontraba en la cuerda floja, la ansiedad le estaba apretando su pecho como un nudo imposible de deshacer.No había pasado ni un día completo en su nuevo trabajo y ya había golpeado a su jefe, un hecho que parecía irreal y, al mismo tiempo, aterradoramente cierto.Aquel instante había sido un torbellino de emociones, una mezcla de nerviosismo sumado a la impertinencia de los niños que había sido incapaz de manejar.Ahora, mientras se alejaba de la sala de juegos, podía sentir la mirada de todos sobre ella, como si el escándalo estuviera escrito en su frente.«No puedo dejar que esto termine así», pensó, recordando las palabras de su madre, que siempre le había dicho que una buena niñera debía tener paciencia y control.En su mente resonaban sus propias advertencias, sin embargo, no estaría mal pedir un poco de ayuda, así que sus ojos buscaron a quien la había traído a esa casa y suplicó:—No tengo idea de cómo cuidar niños, así que tú tendrás que ayudarme, Saúl. Si
Minutos más tarde, Arthur, decidido a conocer a la nueva niñera y anticipando que sus hijos ya estaban conspirando para deshacerse de ella, caminó con firmeza hacia la puerta de la habitación donde Juliette descansaba.Llamó varias veces, pero no hubo respuesta. Su paciencia se agotaba rápidamente, y conociendo las travesuras de Samantha y Asher, imaginó lo peor.¿Acaso ya la habían espantado?Rebuscó entre sus llaves, pero por alguna razón no tenía copia de esa habitación.La preocupación lo invadió. Si los niños ya habían hecho de las suyas, todo su plan para recuperar un poco de paz se vendría abajo. Sin más opciones, decidió que lo más rápido sería entrar a investigar por el balcón.Juliette, por su parte, dormía profundamente, agotada después de haber trabajado con el ganado desde el amanecer.El sueño pesado la envolvía, y no escuchó cuando Arthur tocó la puerta con insistencia. Él, convencido de que algo malo había sucedido, encontró una escalera en el jardín y se dispuso a tre
Horas antes Arthur había entrado en la cocina con determinación. Había prometido no pedir comida para llevar, y esta vez pensaba cumplirlo. Además, la nevera estaba llena de alimentos frescos, así que hacer un pescado al sartén le pareció una idea brillante.Puso un sartén grande al fuego y, con la confianza de un chef supremo, vertió más de un litro de aceite. Subió la llama al máximo y sacó un robalo de la nevera.Con entusiasmo, comenzó a sazonarlo, usando todo lo que encontró en la alacena: orégano, tomillo, albahaca, ajo en polvo, sal, pimienta.Mientras mezclaba las especias, el aroma que invadía la cocina le hizo sonreír satisfecho.El aceite en la cazuela ya estaba burbujeando peligrosamente, pero Arthur no le prestó atención. Estaba demasiado absorto en su obra maestra culinaria.Finalmente, cuando el pescado estuvo aliñado a la perfección, se acercó con seguridad a la estufa.El aceite hervía, pero él, ignorando el peligro, dejó caer el pescado en la sartén. Fue en ese insta
Juliette lo observó con desconfianza. Sabía perfectamente que no estaba capacitada para trabajar como niñera, pero la posibilidad de continuar sus estudios hacía que su negativa empezara a tambalearse.No quería mostrar demasiado interés. Si algo había aprendido de las conversaciones con sus padres, era que las oportunidades que parecían demasiado buenas solían esconder condiciones que nadie mencionaba al principio.Cruzó los brazos y levantó la barbilla.—Y si acepto, ¿qué? ¿Piensas que con dinero se resuelve todo?Saúl sonrió al comprender que, por fin, había conseguido captar su atención.—No todo. Pero con un título de cirujana, tal vez puedas resolver muchos de tus problemas.Juliette soltó un resoplido, aunque esta vez no se marchó.La imagen de la universidad apareció en su mente. Llevaba demasiado tiempo soñando con estudiar medicina como para rechazar una oportunidad sin considerar sus posibilidades. Si aquel empleo le permitía conseguir el dinero que necesitaba, quizá valier







