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CAPITULO 4

Author: Madison West
last update publish date: 2026-03-09 15:14:49

Elizabeth buscó refugio en el asiento más alejado de "Lucifer" y sus guardaespaldas; tras el caos de la mañana, lo único que ansiaba eran unas horas de paz. El silencio del jet privado solo fue interrumpido por Nay, una azafata cuya amabilidad contrastaba con su uniforme, tan corto que resultaba audaz. Elizabeth no tardó en notar que la atención de la mujer no era equitativa: mientras con ella era profesional, con Jonathan se mostraba sugerente, casi invadiendo su espacio personal. Ajena a los juegos de seducción, Elizabeth sacó un libro de su bolso. Leer era su santuario, un placer que su ajetreada vida rara vez le permitía disfrutar.

El sueño la venció sin previo aviso. Despertó sobresaltada, encontrando a Jonathan sentado a su lado, observándola con una mezcla de curiosidad y sarcasmo.

—Eres buena para dormir, Isabel —comentó él. —No me llamo Isabel, mi nombre es Elizabeth —corrigió ella de inmediato, recuperando la compostura.

Él pronunció su nombre en un susurro, casi probando el sonido en sus labios, antes de informarle que era hora de comer. Elizabeth notó un sutil cambio en su trato; la agresividad parecía haber dado paso a una tregua incómoda. Nay sirvió la comida con la elegancia de un restaurante de lujo. Elizabeth, que prefería mantenerse saludable, solicitó agua natural en lugar de refrescos.

Al probar la ensalada, no pudo contener un suspiro de satisfacción. —¡Delicioso! —exclamó. —Solo es una ensalada —replicó Jonathan, sin dejar de comer con un hambre evidente.

—Una ensalada de ricos, porque nunca había probado algo tan delicioso.

El comentario, honesto y espontáneo, pareció incomodar a Jonathan. Sin decir palabra, se levantó dejando el plato a medias y regresó a su asiento original. Elizabeth se quedó desconcertada; solo había elogiado la comida, pero aquel hombre era un enigma de reacciones impredecibles. Terminó su cena —un pollo en salsa de cilantro que supera cualquier expectativa— y se preparó para el aterrizaje.

Al bajar del avión, el aire de Kentucky la recibió con una calidez diferente pero agradable. Jonathan subió a la primera de las dos camionetas que los esperaban, mientras Elizabeth buscaba desesperadamente su equipaje. Al preguntar a los guardaespaldas, se encontró con la misma crueldad de siempre: se burlaron de ella, asegurando que nadie la había subido y que ellos no eran sus criados.

El pánico se apoderó de ella. Sola en un lugar extraño y sin sus pertenencias, Elizabeth contuvo las lágrimas de rabia. Llamó a don Chuy, el portero de su edificio, con la esperanza de que la maleta siguiera en el vestíbulo, pero la respuesta fue negativa. Mientras intentaba procesar la pérdida de sus únicas prendas —que tanto le había costado pagar—vio cómo la camioneta de Jonathan arrancaba, dejándola atrás.

Por fortuna, Sergio, el chofer de la segunda unidad, la esperaba para llevarla a la residencia de la familia Berry. El trayecto de media hora culminó frente a una mansión que dejaba pequeña a la de México. Era una construcción magnífica, pero sumida en las sombras. Sergio le entregó una tarjeta de acceso y le explicó que, por esa noche, estarían solos.

Elizabeth entró a la mansión y, venciendo el miedo a la oscuridad, encendió cada luz que encontró a su paso. El interior era un reflejo de su dueño: gris, elegante y frío. El salón principal era del tamaño de su departamento entero. Mientras exploraba aquel mausoleo de lujo, su teléfono de trabajo vibró; era Alondra.

—¿Han llegado bien? —preguntó su nueva confidente. —Sí, estoy en la mansión. Es... muy gris, como el alma de Jonathan.

Alondra rió y le dio las indicaciones para encontrar una habitación cómoda, lejos del ala derecha donde dormía el jefe. También le advirtió sobre Amelia, una amiga de la familia que mantenía una relación volátil y extraña con Jonathan en ese lugar. Al enterarse del desastre de la maleta, Alondra la tranquilizó: Victoria no se molestaría si tomaba algo de su ropa guardada en la habitación contigua a la de Jonathan, y mañana mismo podría usar la tarjeta de viáticos para reponer su vestuario.

Elizabeth subió las escaleras, maravillada por la suavidad de las sábanas de seda y la comodidad de la cama en su habitación asignada. Sin embargo, la necesidad de un pijama y un cepillo de dientes la obligó a salir de nuevo. Caminó por el pasillo, contando las puertas en la penumbra. No recordaba con precisión si Alondra había dicho la primera o la segunda habitación. Con cautela, se acercó a la puerta más cercana a la de Lucifer, esperando que el destino no decidiera jugarle otra mala pasada.

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