تسجيل الدخول—Tu sal de aquí. —Le exige a Elizabeth.
Elizabeth se apresuró a abandonar la habitación, sintiendo una punzada de decepción por no poder presenciar el chisme completo. La idea de que su jefe fuera a ser padre le revolvía el estómago; no podía evitar sentir una profunda lástima por un bebé que aún no nacía y ya tenía a un hombre como él como guía.
En el pasillo, Alondra la esperaba con unos apuntes que consideraba esenciales para sobrevivir al temperamento de Jonathan. Elizabeth, agotada por la tensión, no pudo evitar desahogarse: —¿Cómo lo aguantas? Yo ya quiero irme a casa.
Alondra la miró con empatía. Elizabeth le agradaba; tenía una chispa de autenticidad que faltaba en las asistentes anteriores. En un arranque de confianza, decidió revelarle el origen de la armadura de su jefe. Le contó sobre Addison Miller, la asistente que cinco años atrás le robó el corazón para después pisotearlo. Addison no solo buscaba su fortuna, sino que terminó abandonándolo tras interrumpir el embarazo del hijo que ambos esperaban. Aquella traición había transformado a Jonathan en el hombre de hielo que Elizabeth conocía ahora.
De pronto, la puerta se abrió de par en par. Valery salió de la oficina entre sollozos y maldiciones dirigidas a Jonathan. Alondra, al verla, reaccionó con una severidad que demostraba que la rubia no era bienvenida en la empresa. —Señorita Valery, no debería estar aquí —le advirtió—. Por favor salga, no me haga llamar a seguridad.
—Ya me voy —dice entre sollozos.
—Debo entrar, tengo que darle estos documentos para que lo firme.
—Aquí tiene estos documentos, señor. —digo.
—Dejame en paz.
—Tome café, lo necesita porque tiene un humor que ni usted se debe aguantar.
—Eres una insolente, estas despedida. Vete ahora.
—Me voy, pero no porque usted me corra, sino porque yo quiero irme, pero no me iré antes de decirle que es usted una persona horrible, maleducada, grosera. Cree que por tener dinero es superior a los demás. Déjame decirte que el dinero no lo es todo en la vida; hay personas que tenemos dignidad. No me imagino cómo harás para educar a ese bebé que viene en camino; pobre bebé, será igual de insoportable que tú. —Tomó aire para seguir diciéndole lo que piensa
—Ahora me voy porque no tengo por qué seguir aguantando a un hombre como usted. Mi ex jefe, que en paz descanse, era un amor de persona; usted es el peor jefe.
Se da la vuelta y sale de la oficina. se siente bien por decirle lo que piensa de Lucifer; no le importaba quedarse sin trabajo, prefiere vender periódicos en los semáforos que seguir aguantando a este hombre.
Caminó hacia el elevador, pero en cuanto las puertas se abrieron, se encontró con la figura enérgica de Victoria.
—Hola, Elizabeth ¿Cómo va tu día? —preguntó Victoria con una sonrisa que ignoraba el incendio que acababa de ocurrir
— Espero que bien, porque saldrás de viaje con mi hermano ahora mismo. Hay asuntos urgentes con unos accionistas y te necesitará.
—Es que yo…— intentó explicar Elizabeth, aún procesando que acababa de renunciar.
Victoria no le dio espacio para las excusas. La tomó del brazo y comenzó a arrastrarla de vuelta hacia la oficina de Jonathan.
—Vamos, tengo que hablar con mi hermano para que salgan ya para el aeropuerto. De camino puedes pasar a tu casa a hacer la maleta, ya le informé al chofer.
Entraron de nuevo a la oficina de Jonathan, quien levantó la vista sorprendido por la irrupción.
—Jack, tenemos un problema con unos accionistas... —comenzó Victoria, mientras Elizabeth se veía atrapada, una vez más, en la órbita del hombre al que acababa de insultar.
—Jack tenemos un problema con unos accionistas en Owensboro es necesario que viajes ahora mismo, ya estoy arreglando todo para que el jet esté listo.
—Está bien, si es necesario que vaya iré.
—Lo harás con Elizabeth, la necesitarás.
Lucifer mira a Elizabeth, después mira a su hermana.
Elizabeth no podía creerlo; hacía tres minutos estaba despedida y ahora se preparaba para un viaje de negocios.
—Ve Elizabeth, toma en cuenta que el clima es soleado, para que lleves ropa adecuada, si no mi hermano te llevara a comprar.
—Si, iré a hacer mi maleta, con permiso.Antes de salir, notó con secreta satisfacción que Jonathan bebía el café que ella había preparado sin hacer muecas de desagrado.
Ya en su departamento, Elizabeth empacó rápidamente vestidos elegantes para el clima soleado de Kentucky. Mientras buscaba qué ponerse, el timbre comenzó a sonar frenéticamente. Jonathan estaba afuera, impaciente.
—¿No me has escuchado? —le reclamó él, molesto por la espera. —Si, las más de diez veces que tocaste. —¿Y por qué carajos no me abriste?
—Porque no quise. ¿Tienes algún problema con eso?
llevare ropa para tres días no creo que sean más. Antes de salir, notó con secreta satisfacción que Jonathan bebía el café que ella había preparado sin hacer muecas de desagrado.
—¿No me has escuchado? —me pregunta.
—Si la más de diez veces que tocaste.
—¿Y por qué carajos no me abriste?
—Por qué no quise ¿Tienes algún problema con eso?
Elizabeth no esperó respuestas bajó las escaleras cargando su maleta, seguida por un Jonathan silencioso. Al llegar al auto, notó que los mismos guardaespaldas que habían apostado contra ella se reían en voz baja. Sin dudarlo, los confronta a los tres, advirtiéndoles que no permitiría malos tratos durante el viaje y exigiendo respeto, especialmente de su jefe,
—Eres una controladora —Lucifer decide hablar.
—Si lo soy y soy la mejor controladora y ustedes —los señala a los tres.
—No van a robarme la paz en este viaje, les advierto que no voy a dejar que me traten mal, así que les agradecería que, desde este momento, me pidan las cosas por favor y sean amables conmigo, tu principalmente, sé que eres mi jefe, pero no te veré como uno hasta que me respetes.
Subió al coche y la tensión se trasladó al interior del vehículo. Jonathan, tras echar al chofer para conducir él mismo, le advirtió que no volviera a hablarle así, recordando su posición de empleada.
—No me vuelvas a hablar de esa manera. Eres mi empleada.
—Si soy tu empleada, pero eso no significa que tienes que hablarme como lo haces, si no te gusta cómo te hablo deja de hablarme tu así.
—¿Quién crees que eres?
—Soy Elizabeth Dowen ¿Necesitas que te lo repita?
Jonathan frenó en seco, casi haciendo que ella se golpeara contra el tablero. Le recordó que solo seguía allí por un favor a su hermana y la acusó de ser una payasa.
—Si no te despedí es por que mi hermana me lo pidió como un favor a si mas vale que no me hagas enfadar más, no has hecho otra cosa que ser una…
—¿Una qué? Alguien que no se deja de tus malos tratos, por eso tus asistentes se van. Ahora las entiendo debe ser horrible aguantar a un hombre como tú.
—¿No sabes mantener la boca cerrada?
—No, llegue tarde ese día
—Aparte payasa.
Elizabeth está sorprendida por la declaración de Jonathan de darle la empresa por la cual han trabajado tanto él y su hermana, Jonathan debe estar desesperado.—Jonathan…—Lo intente todo y es la única forma de que nos deje en paz, Addison no quiere a Leo, no le hace falta si —guarda silencio.— Addison se fue a un crucero sin importarle nuestro hijo, no ha llamado ninguna vez para preguntar por el solo para reclamarme que lo traje a aquí, y por que el abogado me recomendó hacerlo.—No puedes hacerle esto a Victoria.—Victoria, realmente no es dueña de nada de la empresa, realmente. Ella tiene su propio dinero, por supuesto siempre la he tomado en cuenta es mi hermana y daría todo por ella.—No lo sabia.—No lo sabe nadie, para todos ella tiene un porcentaje de la empresa. Pero no quise que invirtiera no cuando yo no estaba convencido si podía levantar la empresa de las cenizas.El timbre que anuncia la terminación del recreo hace que Elizabeth se levante de la silla.—Creo que tengo
Rodrigo resultó ser un tipo Horus se tomó el tiempo de conocerlo, le reconoció que dejara su trabajo para estar con su hermana. Cuando llegó y vio como abrazo a Victoria no le quedó duda que la quiere.Estaba sentado en la puerta Leo jugaba mientras él estaba buscando un colegio para él, no podía seguir perdiendo clases, le dio un trago a su café eran apenas las diez de la mañana Victoria estaba en el hospital con Rodrigo mientras él se quedó cuidando a su hijo.Elizabeth estaba en el orfanato.—Hola —Henry saludo a Jonathan.—Hola.Leo corrió hacia donde estaba su padre.—¿Quien es?—Es amigo de papá, se llama Henry.—Hola Leo, me da gusto conocerte al fin.Henry le extiende la mano. El niño se la dio, después volvió al lugar donde estaba jugando.—¿Como estas?—Estoy —respondió.—¿Cómo está Victoria?—Está en el hospital, tenía cita con el oncólogo.—Virginia me lo ha dicho, se han ido a cenar y les ha contado sobre su diagnóstico.—No se que haré, todo lo de Addison me rebasa, ahor
CAPITULO 71Elizabeth vio en el parque a Victoria estaba paseando a Leo en los columpios con los guardaespaldas a su lado y entonces lo supo Jonathan había llegado. Estaciono el coche de Jonathan, bajo de el.En cuanto abrió la puerta lo vio, estaba en el umbral mirándola.—Hola. —dice—Hola, Elizabeth.Elizabeth se quedó parada un momento, el bolso todavía en el hombro, las llaves en la mano, sin moverse.Jonathan fue el primero en moverse, camino hacia el sofá, le costaba más de lo que parecía y se sentó. Dejó las manos sobre sus rodillas. No dijo nada todavía.Había tomado la decisión antes de que ella abriera la puerta, no la iba a precionar aunque lo que queria es cruzar esos tres metros y no soltarla hasta que los dos encontraran la manera de resolver todo lo que quedaba por resolver.Quería decirle lo que sentía lo difícil que ha hecho estas semanas sin ella y que estaba feliz de verla.Elizabeth cerró la puerta despacio. Dejó el bolso en la entrada, las llaves en el platillo.
Jonathan desayuno con Leo, Addison no estaba en la casa, pero eso no le importaba a Jonathan mientras que su hijo está a su lado lo demás no tenía importancia. — ¿Vamos a ir al parque de diversiones? Papa.— Lo haremos pero tienes que comer todo tu desayuno.— Lo hare.Addison le avisó por mensaje.Ni siquiera lo llamó.Un mensaje de tres líneas que llegó a las ocho de la mañana mientras Jonathan desayunaba con Leo, que decía que había conseguido un lugar en un crucero de diez días con unas amigas y que Leo se quedaba con él porque total ya tenía la custodia compartida y ella necesitaba descansar.Jonathan leyó el mensaje dos veces.Lo guardó.No dijo nada porque Leo estaba enfrente con su cereal y sus preguntas de mañana y no era el momento ni iba a serlo nunca para decir lo que pensaba de una madre que se iba a un crucero sin mirar atrás.—¿Puedo llevar a Rex al parque? —preguntó Leo, hablando del dinosaurio de plástico verde que llevaba tres días siendo su acompañante oficial a to
Jonathan llegó al mediodía para comer con su hijo e iba entrando cuando escuchó las maletas antes de verlas.Addison estaba bajando las escaleras con dos maletas. La suya, grande, la que había llegado semanas atrás y con una más pequeña con dinosaurios estampados.Jonathan cruzó la entrada en el momento exacto en que Leo aparecía detrás de Addison con su cobija arrastrada.—Papi. Jonathan se agachó y lo tomó en brazos antes de que Leo terminara de bajar el último escalón. Lo cargó.—Hola, mi amor —dijo.Leo se acomodó en su hombro con confianza.Jonathan miró a Addison.—¿A dónde vas?Addison terminó de bajar el último escalón con una calma que estaba completamente construida. —Ya escuchaste a la juez —dijo—. Semanas alternas. Esta semana me toca a mí. —Una pausa calculada—. Si no quieres tener una familia conmigo entonces volvemos a como estábamos antes de que yo llegara. Jonathan no respondió de inmediato.Miró las maletas.La de Leo con los dinosaurios.—No habíamos acordado que
Jonathan llegó quince minutos antes con su abogado Rafael Montes.—¿Cómo estás? —le preguntó Rafael mientras esperaban. —Listo —dijo Jonathan. —Recuerda lo que hablamos —dijo—. Dejas que yo lleve el hilo. Tú hablas cuando la juez te pregunte directamente.Jonathan guardó silencio. Addison llegó cinco minutos después con su abogado, un hombre joven con un traje que costaba lo que costaba y que llevaba una carpeta demasiado gruesa para lo que debería ser una audiencia de este nivel. Addison no lo miró al entrar.O sí lo miró, un segundo , y luego desvió los ojos como si Jonathan fuera parte del mobiliario. Jonathan tampoco la miró más de lo necesario. La juez se llamaba Remedios Alcántara.Era una mujer de sesenta años con el pelo completamente blanco recogido en un chongo apretado y una expresión que no había sido amable en mucho tiempo, si es que alguna vez lo había sido. Entró a la sala sin mirar a nadie en particular, se sentó, abrió el expediente y empezó a leer en silencio d







