LOGINTal vez estaba esperando a que me fuera para poder quedarse tranquilo en su habitación, para deshacerse de la incomodidad de mi presencia y volver a su silencio. O eso quise creer, porque lo cierto es que había algo en el ambiente que no terminaba de encajar.
—Me cuesta caminar —respondió.
Su voz, baja y ligeramente ronca, volvió a recorrerme como una corriente tibia, haciendo que algo en mi interior se estremeciera sin permiso. Fruncí un poco el ceño, más por desconcierto que por otra cosa. No podía creer que me estuviera pasando esto a mí. Siempre había sido cuidadosa, desconfiada incluso… y, sin embargo, ahí estaba, ayudando a un completo desconocido al que ni siquiera podía ver con claridad.
—Ven entonces —murmuré finalmente, acercándome un poco más.
Pasé su brazo por mis hombros y lo guié hacia el interior de la habitación. Su cuerpo era firme, más de lo que había imaginado, y su cercanía hizo que mi respiración se volviera ligeramente irregular. No entendía por qué reaccionaba así, pero tampoco me detuve a analizarlo demasiado.
—Cierra la puerta… no sea que alguien entre —dijo.
Dudé un segundo. No tenía sentido. Yo pensaba irme enseguida. Pero, aun así, asentí.
—Está bien.
Cerré la puerta con suavidad, el sonido del clic resonando más de lo esperado en la habitación silenciosa. Lo ayudé a sentarse en el sofá, con cuidado, asegurándome de que estuviera cómodo. Luego me enderecé, dispuesta a irme, a salir de ahí antes de que mi mente empezara a hacer preguntas que no quería responder.
Di media vuelta.
Y entonces lo sentí.
Su mano cerrándose alrededor de mi muñeca.
El tirón fue firme, inesperado, lo suficiente para desestabilizarme. Antes de que pudiera reaccionar, sus labios encontraron los míos.
El tiempo pareció detenerse.
Mi primera reacción fue de sorpresa, de desconcierto absoluto. Pero esa sensación duró apenas un instante. Porque había algo en ese beso… algo intenso, envolvente, que desarmaba cualquier intento de resistencia. Dudé. Solo un segundo. Y luego, sin entender del todo por qué, respondí.
No sabía quién era.
No sabía qué estaba haciendo.
Pero en ese momento… no quise detenerlo.
Su otra mano se deslizó con una lentitud peligrosa por mi muslo, apenas rozando la piel, provocando pequeños escalofríos que subían por mi cuerpo como chispas silenciosas. Mi respiración se volvió más profunda, más inestable. Todo en mí parecía reaccionar antes de que pudiera pensarlo.
Me atrajo más hacia él, hasta que terminé sentada sobre sus piernas, el beso intensificándose, volviéndose más profundo, más demandante. Sus manos ya no dudaban, recorrían mi cuerpo con una seguridad que contrastaba con mi desconcierto.
Había algo embriagador en todo aquello.
Algo que me hacía olvidar, aunque fuera por segundos, dónde estaba.
Sus manos se aferraron a mis muslos con más firmeza, arrancándome un suspiro que no logré contener. Me levantó con facilidad, como si mi peso no significara nada, y me llevó hacia la cama. El movimiento fue fluido, decidido, y cuando sentí el colchón bajo mi espalda, una parte de mí supo que ya no había vuelta atrás.
Sus labios abandonaron los míos solo para recorrer mi piel, descendiendo lentamente, dejando a su paso una estela cálida que me hacía cerrar los ojos sin querer. Mi cuerpo respondía, incluso cuando mi mente intentaba alcanzar el control.
Pero cuando sus manos llegaron a mi cintura, cuando la situación dejó de ser solo un impulso y empezó a sentirse demasiado real, me tensé.
—Alto… por favor —murmuré, con la respiración entrecortada.
Hubo un breve silencio.
—Disfruta… solo se vive una vez —respondió él, con esa voz que parecía envolverlo todo.
Tragué saliva. No era tan simple.
—Soy virgen —admití, casi en un susurro, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas.
No sabía por qué lo decía. Tal vez porque necesitaba que lo supiera. Tal vez porque necesitaba poner un límite… o entender lo que estaba pasando.
Hubo una pausa.
—Entonces haré que esta noche sea especial —respondió, más suave esta vez.
No supe qué decir.
Mi cuerpo estaba tenso… pero no del todo en rechazo. Había miedo, sí. Inseguridad. Pero también una curiosidad que no podía negar. Algo nuevo, desconocido, que me atraía tanto como me asustaba.
Y poco a poco… dejé de resistirme.
No fue perfecto.
No fue fácil.
Hubo momentos de incomodidad, de dudas, de sensaciones que no sabía cómo interpretar. Pero también hubo algo más. Algo que fue creciendo lentamente, desplazando el miedo, suavizando las aristas.
Su cercanía, su forma de guiar sin forzar, de detenerse cuando era necesario… hizo que, poco a poco, mi cuerpo dejara de estar en alerta.
El tiempo se volvió difuso.
Solo recuerdo su respiración cerca, el calor compartido, la forma en que todo parecía intensificarse y luego calmarse, como una marea.
Cuando todo terminó, el silencio regresó, pero no era el mismo de antes.
Era más denso.
Más íntimo.
Se acomodó a mi lado, su brazo rodeando mi cintura con naturalidad, atrayéndome hacia él. No me resistí. Mi cuerpo estaba cansado, relajado de una forma extraña, como si hubiera soltado algo que llevaba tiempo reteniendo.
Cerré los ojos.
Y, sin darme cuenta, me dejé llevar por el sueño.
A la mañana siguiente, desperté lentamente, con esa sensación pesada que deja una noche intensa. Parpadeé varias veces, tratando de ubicarme. La luz que entraba por la ventana era suave, casi ajena a todo lo que había pasado.
Giré la cabeza.
Estaba sola.
Tardé unos segundos en recordar. Luego todo volvió de golpe. La habitación. Él. La noche.
Me incorporé un poco, mirando alrededor en busca de alguna señal, algún rastro. Y entonces lo vi.
Una nota sobre la mesita.
La tomé con manos ligeramente temblorosas.
La noche anterior fue perfecta. Me hubiera gustado despertar a tu lado, pero tengo asuntos que atender. Pide un taxi y regresa a casa. Nos volveremos a ver… te lo prometo.
S.S.
PD: Más pronto de lo que imaginas.
Fruncí ligeramente el ceño. Esa letra… me resultaba familiar, pero no lograba ubicarla. Sacudí la cabeza. No tenía tiempo para eso.
Tenía que volver a mi vida.
Me vestí rápidamente y salí del hotel sin mirar atrás. Tomé un taxi, regresé a casa, me bañé, y en cuestión de minutos ya estaba de camino al trabajo, intentando actuar como si nada hubiera cambiado.
Como si todo hubiera sido solo… una noche.
Pero no lo fue.
Lo supe en el momento en que entré a la oficina.
En el momento en que lo vi.
Mi jefe.
Caminando con esa misma presencia, esa misma postura… y esa misma voz que ahora reconocía demasiado bien.
Mi cuerpo se congeló.
Mi mente hizo la conexión en un segundo.
«Mierda…»
Lo observé desaparecer en su oficina, mientras una sensación entre incredulidad y pánico se instalaba en mi pecho.
«Díganme que no…»
Pero en el fondo…
Ya lo sabía.
Cuando abrí los ojos, estaba sola en la cama.Tenía bastante calor. Seguramente Simón se había ido a buscar a su madre y a Silvia. Por eso no me había despertado.Me levanté lentamente y entré al baño. Estaba sudando muchísimo. El aire acondicionado estaba apagado y no recordaba haberlo apagado. Tal vez por eso parecía una deportista después de una carrera, con el sudor recorriendo todo mi cuerpo.Abrí la ducha y dejé que el agua refrescara mi piel.Últimamente había ganado peso y comenzaba a acomplejarme por eso. Me sentía poco atractiva, incluso indeseable.No me gustaban demasiado los cambios que estaba experimentando.Pero, al mismo tiempo, amaba este embarazo.Amaba a mis bebés.Amaba saber que estaban creciendo dentro de mí.Y, sobre todo, amaba al hombre que había hecho posible que los tuviera.Ellos eran mi adoración.Cuando salí del baño, me puse un vestido azul sencillo y unas sandalias. No quería utilizar tacones. Me dolían demasiado los pies y necesitaba descansar un poco.
Ya estaban instalando a mi madre en el cuarto que Martha había preparado para ella. Como Simón tenía mucho trabajo que hacer —revisar documentos, atender llamadas y resolver asuntos de la empresa—, yo estaba algo desocupada, así que decidí ayudarla a sentarse.Nada me costaba hacerlo. De todos modos, yo la veía como mi madre.Aunque no me había dado la vida. Aunque me había separado de mi verdadera madre.Tal vez, sin ella, nunca habría conocido a Simón. Quizá nunca habría terminado trabajando para él. Cada persona tiene su propio destino, un camino que seguir, y las cosas pasan porque tienen que pasar.Si la vida fuera fácil, si simplemente nos entregaran a la persona indicada sin hacernos luchar por ella, probablemente nadie aprendería a valorarla.La vida sería demasiado simple.Pero la vida no funciona así.Es difícil. A veces es cruel. No todos nacen en una cuna de oro ni tienen la oportunidad de conseguir todo lo que quieren.Y quizá por eso valoramos mucho más aquello que conse
CAPÍTULOLuego de recorrer nuestra habitación, conocer a todos los empleados y organizar la habitación de mamá y la de Lucía, solo faltaba hablar con mi suegro para saber cómo iban las cosas por allá. Así que nos dirigimos al despacho de la casa para poder hablar con él.—Hola, padre. Cuéntame, ¿cómo está todo por allá? —preguntó Simón, colocando la llamada en altavoz para que yo también pudiera escuchar.—Simón, hijo, todo está bien. Tu madre está preocupada por Natasha y su embarazo, pero todo está bajo control. Jacok me está ayudando con lo del trabajo. Ya sabes que soy viejo y casi no puedo con todo eso, pero, por lo demás, todo está de maravilla. Y dime, ¿cuándo piensan regresar?Creo que esa parte no la habían hablado con el padre de Simón, porque él tampoco tenía planeado regresar todavía.—Papá, esperaremos a que Natasha se ponga mejor. Ella no podrá viajar. Estuvo demasiado alterada y tiene prohibido hacerlo, así que esperaremos hasta que nazcan los bebés.Se le olvidó mencio
No sabía a dónde me iba a llevar, pero estaba muy emocionada y, al mismo tiempo, un poco asustada. En cualquier momento podía detener el carro y llevarme hasta nuestro destino.Aunque no podía dejar de pensar en mamá, en Lucía y en todo lo que mi vida había cambiado durante aquella última semana.Me había enterado de demasiadas cosas. Habían sucedido demasiadas cosas.Era imposible no sentirme aterrada.No quería que me ocurriera nada malo. Ni a mí ni, mucho menos, a ninguna de las personas que amaba.También tenía miedo de lo que pudiera ocurrir con Luca. Todavía no había hablado con él sobre la cita. No le había dicho que Simón estaría presente, ni que él ya sabía toda la verdad porque yo misma se la había contado.—Amor, ¿cuándo llegamos? —pregunté, inquieta.Estar embarazada y tener los ojos vendados definitivamente no era la mejor combinación. Y mucho menos después de haber visto tantas películas en las que las sorpresas terminaban de la peor manera posible.—Calma, princesa. Ya
No podía creer todo el daño que nos había hecho. Siempre lo quise demasiado; fue una persona muy importante para mí y, aun así, terminó lastimándonos.¿Por qué?¿Cómo podía alguien llegar a hacer cosas así? ¿Acaso me odiaba? ¿Nos odiaba?Después de aquel espectacular desayuno y antes de su gran sorpresa, convencí a Simón de visitar a mi madre y a mi hermana. Todavía no había hablado con mi padre y tampoco sabía nada de Vanessa.Mi madre seguía sedada, al igual que mi hermana. Ninguna despertaría ese día, pero yo necesitaba estar con ellas.Me acerqué a mi madre y tomé su mano. Sentía un nudo en la garganta.—Mamá... aunque no seas quien creí que eras, quiero darte las gracias. Gracias por todo lo que aprendí contigo.Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.—Aunque nunca nos llevamos bien y todavía me cuesta aceptar todo lo que descubrí, tienes un lugar en mi corazón. Quizá algún día pueda dejar atrás todo este rencor y aprender a ver también las cosas buenas que hiciste por
Me levanté asustada, con lágrimas en los ojos.No podía creer lo que acababa de soñar.—Simón...Lo dije intentando comprender lo que estaba pasando.—¿Qué pasa, amor? ¿Qué tienes?Cuando escuché su voz a mi lado, lo miré.Estaba despeinado y sin camisa.Me lancé inmediatamente a sus brazos.Había pensado que me había dejado, pero todo había sido un sueño. Un horrible y espantoso sueño.—¿Qué tienes, amor? ¿Por qué lloras?Comencé a llorar aún más fuerte. Él pasó un brazo alrededor de mi espalda y empezó a acariciarla lentamente.—Shhh... amor, cuéntame. ¿Qué tienes?—Simón, tuve un horrible sueño.Tenía miedo.Miedo de perderlo, de que algún día decidiera dejarme, de que ya no me quisiera.Yo lo amaba.Amaba a Simón con todo mi corazón y la sola idea de que pudiera abandonarme me destrozaba.—Simón... ¿tú qué sientes por mí?Me separé un poco para mirarlo a los ojos.—Nat, creí que eso ya estaba bastante claro.Las lágrimas continuaban cayendo por mis mejillas.Simón me acercó a él y







