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Capitulo 8: Cenizas en el Lecho

Author: S.P.Rivers
last update publish date: 2026-02-04 23:07:20

El sonido de las risas y el chocar de las copas en el salón de banquetes me llegaba como un ruido lejano y distorsionado. Sentada a la derecha de Alistair, me sentía como un trofeo de caza exhibido en una pared fría. Llevaba el apellido Blackwood, portaba la corona de duquesa sobre mi sien, pero por dentro, el peso de la seda y las joyas me asfixiaba.

Durante horas, vi a Alistair aceptar felicitaciones con una máscara de hierro. No me miró ni una sola vez. Cuando el Príncipe Caspian se acercó a nosotros, sentí una punzada de alivio; él me miró con una lástima que intentó disfrazar de cortesía. "Cuidaos, Duquesa", me dijo. Quise responder que no había forma de cuidarse de una tormenta cuando ya estás en el centro de ella.

Finalmente, la música cesó y llegó el momento que tanto temía.

Mis damas de compañía me guiaron a la alcoba nupcial en un silencio sepulcral. Me despojaron del pesado vestido de novia y me dejaron envuelta en una fina bata de seda blanca. Cuando cerraron las puertas, el silencio del castillo Blackwood se volvió ensordecedor. Me senté en el borde de la cama, mirando mis manos. Mis dedos aún conservaban la frialdad del altar.

La puerta se abrió con brusquedad. Alistair entró, pero no era el hombre con el que solía jugar de niña. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos azules, que siempre busqué con esperanza, estaban nublados por un resentimiento oscuro. Se quitó la casaca y la lanzó sobre una silla sin mirarme.

—No esperes promesas de amor, Elowen —su voz cortó el aire como un látigo—. Este matrimonio es una obligación. Y lo que hagamos aquí esta noche... no será más que un deber.

Sentí como si me hubieran dado un golpe físico. Sabía que él amaba a Aurora, pero escucharlo así, con esa frialdad calculada, me rompió algo por dentro. Sin embargo, no iba a permitir que me viera desmoronarme. Mi padre siempre decía que el honor es lo último que un Dawn pierde.

—¿No vas a suplicar? —preguntó, acercándose a mí. Su presencia era imponente, cargada de una ira que no me pertenecía, pero que él había decidido volcar sobre mí.

Levanté la barbilla, sosteniéndole la mirada a pesar de que el corazón me martilleaba contra las costillas.

—No le daré ese placer, Duque. Mi padre me enseñó que la dignidad es la única armadura que no se oxida.

Mi respuesta solo pareció avivar el fuego en sus ojos. Me tomó del brazo, su agarre firme y sin piedad, arrancando un jadeo de mis labios. No hubo caricias. No hubo una sola palabra que suavizara el instante. Sus movimientos fueron duros, impacientes, despojados de cualquier consideración por mi inexperiencia. Me obligó a tumbarme, su cuerpo pesado sobre el mío, y en sus ojos solo leí la ira de un hombre que se sentía atrapado.

El dolor fue agudo, una punzada que me robó el aliento y la conciencia por un instante. Las lágrimas se acumularon en el rabillo de mis ojos, pero me negué a dejarlas caer. Me aferré a mi orgullo, a mi dignidad, mientras él se movía con una brutalidad que no buscaba placer, sino solo el cumplimiento de un deber. Cada roce, cada empuje, era una afirmación de su poder, una marca de posesión hecha sin el menor rastro de ternura. Era la consumación de un sacrificio, no de un amor.

Cuando todo terminó, Alistair se levantó de golpe, apartándose de mí como si mi cuerpo quemara. Me quedé inmóvil, mirando la oscuridad del techo mientras el frío de la habitación se filtraba en mis huesos. El hombre que acababa de poseer mi cuerpo era un extraño que me despreciaba.

Esa noche, en el silencio de nuestra alcoba, comprendí que el castillo Blackwood no sería mi hogar, sino mi prisión. Y mi carcelero era el único hombre al que, a pesar de todo, mi tonto corazón se negaba a dejar de querer.

S.P. Rivers “En un mundo de deudas, el corazón es la única moneda real”.

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