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Capítulo 3

Author: Anna Smith
Pedí un taxi y le di la dirección del apartamento en el que había vivido durante los últimos cinco años.

Al entrar, lo primero que vi en el perchero del recibidor fue la bata de Daniel. Junto a ella colgaba la chaqueta de una mujer, de color claro y tela fina. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero encajaba tan bien con el entorno que parecía pertenecer a ese lugar desde siempre. Me quedé mirándola unos segundos, pero no la toqué.

A lo largo de los últimos cinco años, había invertido la mayor parte de mi dinero en la empresa de Daniel, así que no es como si tuviera miles de pertenencias que empacar. Fui directo a la habitación y empecé por mis documentos: el pasaporte, mis papeles personales y títulos, hasta que mis dedos rozaron una pequeña caja cubierta de polvo en el fondo del cajón.

Al abrirla, encontré una pulsera de plata, fina y delicada, con una piedra barata y de poco valor. Daniel la había comprado en una tienda vintage hacía ocho años. Aún recordaba el momento exacto en que me la puso en la muñeca y me dijo: «Ahora mismo no tengo nada que ofrecerte, Alessandra, pero tómala como una promesa de que algún día te compraré algo mucho mejor».

Aquella noche había sido la más feliz de mi vida. Esa pulsera era la prueba de que, por primera vez, había elegido por mí misma; que no era una transacción ni un acuerdo firmado por mi familia, sino un acto de amor recíproco. O al menos eso creí.

Le creí tanto que, impulsiva e idiota, fui a enfrentarme a mi abuelo para decirle que había encontrado al hombre con el que me casaría. Él solo me escuchó en silencio antes de sentenciar: «Ocho años. Si para entonces no te has casado, regresarás».

Fui una pequeña ilusa que juró que le cerraría la boca a su familia. Y mírame ahora, haciendo las maletas.

Estaba a punto de cerrar la caja cuando escuché el chasquido de la cerradura principal. Me asomé por la puerta del dormitorio y vi a Daniel en el recibidor, sacudiendo el agua de su paraguas. Regresé de inmediato a la cama para continuar guardando mi ropa, escuchando cómo sus pasos se acercaban hasta detenerse en el umbral.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó con el ceño fruncido.

Se acercó a la cama y puso una mano sobre la maleta abierta.

—¿Qué es esto, Alessandra?

Le aparté la mano de un golpe seco.

—¿Qué crees que es?

—¿De verdad te vas a ir por esta tontería? —soltó una risa incrédula.

—No se trata de eso, Daniel.

—¿Entonces de qué se trata? —insistió, observándome mientras yo continuaba doblando mi ropa sin mirarlo—. Por Dios, haces todo un escándalo como si fuera la primera vez que hago un viaje de negocios. ¿Qué te pasa? Megan es nueva y necesita orientación, solo me estoy preocupando por ella. ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo? Antes trabajábamos sin descanso y te quejabas mucho menos.

Soltó un suspiro cargado de frustración.

—No entiendo cómo te volviste tan insensible —continuó—. Antes me decías: "Ve tranquilo, yo me encargo de todo", y ahora te digo que un boleto no es reembolsable y te pones a hacer maletas. ¿En serio, Alessandra? ¿Qué sigue? Todo lo que hago es por nosotros. Cuanto más grande sea la empresa, mejor será nuestra vida.

De pronto, su tono se suavizó.

—Escucha... Megan es joven, no sabe cómo funcionan estas cosas todavía. Solo quiero ayudarla. Tú siempre admiraste lo considerado que soy con el equipo, ¿no? ¿Por qué te molesta tanto ahora?

Al mirarlo, noté que su confusión era dolorosamente genuina. De verdad no lograba comprender por qué yo estaba armando semejante escándalo. Y esa certeza fue suficiente para que el último rastro de calidez en mi pecho se apagara por completo.

En su cabeza, mi paciencia y mis años de sacrificios se habían convertido en razones por las que ya no me estaba permitido ser infeliz o reclamar mi lugar.

—Daniel —pronuncié su nombre en un susurro cansado—. ¿De verdad eres así de ciego o solo te estás haciendo el tonto?

Él arqueó las cejas, impactado por mi tono, pero antes de que pudiera responder, su teléfono se iluminó sobre la mesa. Su mirada bajó a la pantalla por un segundo, tecleó una respuesta rápida y lo apagó de inmediato.

—Es trabajo —se excusó al instante, acomodándose la chaqueta.

No me molesté en insistir, pero él continuó, recuperando la arrogancia:

—Bueno, te guste o no, iré a Miami. Y espero que estés aquí para cuando regrese. Entonces nos casaremos, te lo digo en serio. Y te daré lo que tú quieras. Eso arreglará esto, ¿no? Piensa en lo que te gustaría tener y te lo compraré.

Le dediqué una leve sonrisa, vacía y distante.

—Daniel, ya no me voy a casar contigo.

Se quedó ahí de pie, congelado, como si sus neuronas no terminaran de procesar la información. En ese preciso momento, mi propio teléfono vibró sobre la mesa.

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