LOGINAun así, entró con cautela y Helena alzó la vista de inmediato, y su expresión fue una mezcla de agotamiento, enojo y desconfianza.—¿Y ahora qué quieres?Definitivamente estaba molesta, y con razón, por lo que Marcus alzó las manos, no en rendición, sino en un intento torpe de mostrarse menos amenazante.—Será la última vez que lo diga, no lo hice a propósito, y sé que eso no cambia nada, lo sé muy bien, solo vine a cerciorarme de si necesitas algo, y si no necesitas nada, no te molestaré, pero nunca olvides que este también es mi cuarto.Helena apretó los dientes y aunque tuvo ganas de refutarlo, no pudo, porque era verdad, esa también era la habitación de Marcus, y lo peor era que, en ese instante, sí necesitaba algo, porque hacía media hora que intentaba ponerse de pie sin lograrlo, y en verdad necesitaba ir al baño.—Necesito ir al baño. —dijo al fin, manteniendo el tono más digno que pudo.Por supuesto que Marcus no se burló, ni hizo ningún comentario cruel, no la humilló, solo
Arthur no dejó que Larry pasara un segundo de más en el despacho y con un gesto seco, casi brutal, le indicó que se largara a ocuparse de su propia esposa, por supuesto que el menor de los Jackson obedeció, pero Marcus no tuvo esa suerte.—Tú no te mueves de aquí. —dijo Arthur.La voz de Arthur no fue alta, pero sí lo bastante cargada de decepción como para hacerle bajar la mirada al instante y Marcus dejó salir un suspiro lento y hundió los hombros, se sentía culpable, lo sabía, lo había sentido desde el momento en que vio la expresión de Helena después de la caída, desde que comprendió que la había lastimado de verdad, aunque no hubiera querido hacerlo, por lo que ahora solo se quedó inmóvil, con la mandíbula rígida y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, como si así pudiera contener el temblor de rabia, culpa o vergüenza que le subía por dentro, no sabía cuál de las tres emociones era la más insoportable.Arthur lo observó en silencio unos segundos, con esa expresión de
Arthur ni siquiera levantó la voz, no le hacía falta, por lo que cuando ordenó que Marcus y Larry entraran al despacho, ambos lo hicieron con esa obediencia que no nacía del respeto, sino de una mezcla de costumbre y temor. La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido seco, casi definitivo, y el aire quedó atrapado entre muebles antiguos, sombras densas y el peso de todo lo que no se había dicho todavía.Marcus se quedó de pie, rígido, con las manos quietas a los costados, Larry en cambio se apoyó en una esquina del escritorio, tenso, mirando hacia otro lado como si aún decidiera cuánto iba a revelar, mientras que Arthur, sentado al centro de la habitación, parecía una estatua tallada en autoridad y cansancio.—Hablen —dijo y Larry fue el primero en romper el silencio.—Yo solo regrese para hablar con Marcus, porque Damian habló demasiado en el hospital —dijo, con un tono que intentaba ser neutral y no lo conseguía— No solo acusó a Helena, él la nombró como si tuviera derecho a ha
Marcus caminaba de un lado a otro de la habitación como un animal acorralado, no encontraba cómo arreglar lo que él mismo había destruido, había intentado acercarse a Helena varias veces desde la caída, desde el momento en que la había sujetado con demasiada fuerza, desde el instante exacto en que había visto en sus ojos algo peor que enojo, miedo, y eso lo estaba matando.Porque Marcus podía soportar amenazas, traiciones, balas, sangre y negociaciones al borde del desastre, lo que no sabía soportar era verla a ella apartarse como si su sola presencia le diera asco.Había llevado una taza de té a su habitación con la absurda esperanza de que un gesto simple pudiera reparar el daño, pero apenas se acercó a la puerta, Helena lo detuvo con una frialdad que le atravesó el pecho.—No quiero nada, llévatelo.La voz de Helena no tembló, eso quizás fue lo peor, no era solo lo que decía, sino cómo lo miraba, como si él hubiera pasado de ser su marido, a convertirse en una amenaza, aun así Marc
El hospital olía a desinfectante, ansiedad y tragedia, Richard y Camila Rivers, no tardaron en llegar en cuanto recibieron la noticia de la caída de Cecilia, entraron con el rostro desencajado, atravesando el pasillo con la prisa desesperada de unos padres que aún no comprendían del todo el desastre, pero que ya lo intuían en los ojos de todos los presentes.Lo primero que hicieron fue buscar a Larry, pero no lo encontraron y esa ausencia, más que cualquier otra cosa, encendió la rabia de Richard.—¿Dónde está el esposo de mi hija? —exigió, sin siquiera saludar, clavando la mirada en William como si fuera él quien debía responder por todo.Camila, quien estaba más pálida que de costumbre, apretó el bolso contra el pecho y se acercó a Verónica, que permanecía junto a la recepción con una expresión tensa, cuidando que el caos no se desbordara más de lo necesario.—¿Qué pasó exactamente? —preguntó Camila, con la voz quebrada por la angustia— ¿Por qué Cecilia terminó así? ¿Dónde estaba La
El silencio en la habitación era más cruel que cualquier grito, Marcus seguía de pie, inmóvil, con la mandíbula rígida y las manos abiertas a los costados, como si no supiera qué hacer con ellas después de haberlas usado para herir a la mujer con la que deseaba formar una familia, y es que nunca en su vida se había sentido tan expuesto, ni cuando le apuntaron con un arma, ni cuando enterró a hombres que lo habían traicionado, ni siquiera cuando Moscú le dejó el cuerpo convertido en una cárcel de dolor.Nada se parecía a lo que estaba sucediendo, porque esto era peor, porque ahora el enemigo no estaba afuera, estaba frente a él, mirándolo con unos ojos que ya no buscaban refugio, sino salida.Helena seguía sentada en la cama, encogida sobre sí misma, con una mano aún levantada cerca del rostro, como si su cuerpo no confiara en el mundo lo suficiente como para relajarse, su respiración era irregular, y cada pequeño movimiento parecía costarle demasiado., el dolor de su cadera y de su es







