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32: El diario de la Luna

last update publish date: 2025-02-28 17:00:47

Capítulo 32

Demonio Lobo

Al día siguiente, la habitación estaba en penumbra, a pesar de que era de día, la atmosfera del lugar estaba cargada de tristeza y desilusión, lo que le daba al lugar una oscuridad infinita. Alanys se movía con rapidez, recogiendo las pertenencias de Amelia con manos temblorosas. Cada objeto que tocaba parecía cargar con un peso emocional, un eco de los momentos que Amelia había vivido en ese lugar. Alanys no podía soportar la idea de que las cosas de su amiga quedaran
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    **BAJO LA LUNA DE LAS CONFESIONES** El jardín de las Lágrimas de Plata estaba en silencio. Solo el murmullo del viento entre los árboles de corteza blanca y el ocasional aullido lejano de un lobo rompían la quietud. Mia caminaba entre las flores lunares, sus garras retraídas pero sus sentidos alertas, como siempre ahora. Sabía que Ayla la seguía. Lo olía en el aire: ese aroma a hierbas amargas y sangre joven que siempre rodeaba a su hija. Se detuvo junto al estanque de aguas plateadas, donde los reflejos de las estrellas parecían nadar como peces luminosos. —**Siempre supiste que volvería a buscarte aquí** —dijo Ayla, emergiendo de entre los arbustos. Llevaba puesto el vestido blanco de la ceremonia, pero ahora descalza, con las marcas de sus propios pactos visibles en sus brazos—. **Es el único lugar del castillo donde aún se puede oler a tu antigua humanidad.** Mia no se volvió. Observó su reflejo en el agua: los ojos dorados, los colmillos que asomaban entre sus labios,

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    El polvo de la batalla aún flotaba en el aire cuando los primeros gritos comenzaron a surgir entre los sobrevivientes. No eran gritos de alivio, ni de celebración. Eran gritos de horror.Deimos no podía apartar la mirada del lugar donde Mia había estado parada segundos antes. La piedra allí estaba carbonizada, marcada con runas que ardían en un azul pálido, como cicatrices en la piel del mundo. Se acercó, arrastrando los pies, con cada uno de sus pasos haciendo eco en el silencio repentino. —¿Mia? —Preguntó.Su voz se quebró. No había respuesta. Solo el viento, llevándose las últimas partículas de luz que habían danzado alrededor de su cuerpo. Detrás de él, Lukas se apoyaba en Alanys, cojeando. Con su brazo izquierdo colgando inútilmente, quemado por las sombras. —¿Dónde está? —Preguntó, escupiendo sangre. —¿Dónde está Mia?Deimos no respondió. No podía. Un niño, no mayor de diez años, se abrió paso entre los soldados. Su rostro estaba cubierto de hollín, pero sus ojos brillaban c

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    Las catacumbas bajo el castillo olían a tierra húmeda y hierbas marchitas. La luz de las antorchas bailaba sobre las paredes, proyectando sombras que se retorcían como espectros inquietos. En el centro del recinto, sobre una losa de piedra negra, yacía el cuerpo destrozado de Seth. Su garganta aún mostraba las marcas de las garras de Aamon, sus huesos rotos como ramas secas. Pero entonces, alguien entró aprovechando la penumbra de la madrugada. Una figura esbelta, de cabello rojo como el atardecer que avanzó con pasos silenciosos. Vestía una túnica blanca, manchada en los bordes con runas bordadas en hilo plateado. Sus pies descalzos no hacían ruido al pisar el frío suelo. Se detuvo frente al cadáver, y por primera vez, la luz reveló su rostro. Era idéntica a Mia, salvo por los ojos. Donde Mía tenía el azul gélido de los mares del norte, esta chica poseía una mirada gris y dorada, como cenizas bajo el sol. —Padre… —Susurró la joven, y su voz tembló al tiempo en que una lágrima corr

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