MasukEl dolor en la cabeza fue lo primero que me devolvió a la realidad, un latido constante que amenazaba con partirme el cráneo en dos. Pestañé con pesadez, intentando enfocar el techo desconocido que se alzaba sobre mí, sintiendo el cuerpo pesado y entumecido.
Al girar el rostro, el aliento se me atoró en la garganta al descubrir una figura de blanco que acomodaba unos medicamentos a unos metros de mi cama.
Era una enfermera de mediana edad y gestos serenos que intentaba transmitir una calma que yo no poseía en absoluto.
Al verme despertar, me dedicó una sonrisa amable y se acercó a mi camilla de inmediato para revisar mis signos vitales en el monitor. El pánico me golpeó el pecho con violencia y me obligó a incorporarme de golpe, ignorando el agudo malestar que recorría mi columna.
—¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? —pregunté, y mi voz salió rasposa, pequeña, asustada, mientras me sujetaba la cabeza con ambas manos.
—Tranquila, por favor, no se mueva —pidió ella con suavidad, colocando una mano en mi hombro para obligarme a recostarme.
—Necesito saber de mi hija, ¿dónde está mi pequeña Lorena? —exclamé al borde del llanto, sintiendo una desesperación que me quemaba por dentro.
—Cálmese, usted tuvo un accidente en la carretera, pero afortunadamente no fue tan grave y su hija está a salvo en su casa —explicó.
—Su esposo ya viene hacia acá, la policía le avisó y no tardará en llegar —añadió la mujer, queriendo darme una buena noticia.
Mis ojos se abrieron desmesuradamente y el terror absoluto me paralizó por completo al escuchar que ese maldito monstruo estaba cerca de mí.
Las crueles palabras de Enrique y Rebeca resonaron en mi mente, recordándome que estaba rodeada de dos asesinos capaces de todo por dinero. Me aferré a los brazos de la enfermera con una fuerza descomunal, suplicándole con la mirada que no me dejara a merced de ellos.
—¡No, por favor, no deje que entre! No quiero verlo —le supliqué con la voz quebrada, temblando descontroladamente sobre la fría camilla de hospital. Usted tiene que ayudarme, se lo ruego, ese hombre y su amante quieren matarme —confesé.
—Señora, por favor, usted está muy confundida por el fuerte impacto en su cabeza —respondió ella, mirándome con evidente compasión y desconcierto.
Fue en ese preciso momento cuando escuché unos gritos desesperados y pasos apresurados corriendo desde el pasillo del ala médica.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza; se me heló la sangre en las venas y el recuerdo de la noche anterior me cayó encima. Enrique estaba afuera, fingiendo una angustia perfecta ante el personal médico para justificar su entrada triunfal a mi habitación de manera dramática.
—Por favor, se lo suplico, no se vaya de mi lado —le rogué a la enfermera, llorando con el corazón destrozado por la traición.
La puerta se abrió de golpe y Enrique entró a la habitación con el paso roto, el rostro descompuesto y los ojos inundados de lágrimas.
Se lanzó sobre mí con una velocidad que me dejó sin reacción, hundiéndose en mi cuello mientras sollozaba con una actuación digna de premio. El asco y las náuseas me revolvieron el estómago al sentir los brazos del hombre que planeaba abandonarme, y echarme como a un perro.
—¡Abril! Dios mío, cuando me enteré del accidente pensé que te había perdido para siempre —exclamó mi esposo, llorando falsamente sobre mí.
Levanté la mano despacio y acaricié su cabello, porque eso era lo que se esperaba de la esposa sumisa que él creía tener bajo control.
Necesitaba ganar tiempo para pensar, para planear mi venganza perfecta y no destruirme sola antes de abrir el mismísimo infierno para ellos dos. Soporté su falso abrazo con una madurez de acero, tragándome las inmensas ganas de enterrarle las uñas en los ojos por su cinismo.
—Estoy bien, Enrique, mírame —respondí con una calma que no sentía, forzando una sonrisa amorosa que ocultara mi naciente sed de sangre. Soy muy fuerte y nunca los dejaría solos a ti y a nuestra pequeña —afirmé con doble sentido, acariciando su mejilla húmeda— ¿Y Lorena? ¿Dónde está? —pregunté de inmediato, buscando confirmar el estado de mi adorada y enferma niña.
—Ella está en casa con Carmen, está bien, mi amor. No la quise traer para que no se altere.
La enfermera, al ver que la situación familiar parecía estar bajo control, dio un paso atrás y nos miró con una mezcla de alivio y respeto.
Ajustó el gotero del suero que entraba en mis venas y caminó con paso lento hacia la salida para darnos la privacidad que requeríamos. Me quedé completamente a solas con mi verdugo, sintiendo cómo el ambiente se cargaba de una densa hipocresía que amenazaba con ahogarme.
Cuando nos quedamos solos en la habitación, el silencio se volvió denso mientras Enrique cambiaba su rostro compasivo por uno de severo reproche. Se cruzó de brazos, clavando sus ojos en mí con esa superioridad con la que siempre me trató por no cumplir sus estándares estéticos.
El hombre que me juró amor eterno ahora solo buscaba una excusa para culparme de mi propia desgracia y seguir con sus planes.
Cuando nos quedamos solos en la habitación y el silencio se volvió denso mientras Enrique cambiaba su rostro compasivo por uno de severo reproche.
Se cruzó de brazos, clavando sus ojos en mí con esa superioridad con la que siempre me trató por no cumplir sus estándares estéticos. El hombre que me juró amor eterno ahora solo buscaba una excusa para culparme de mi propia desgracia y seguir con sus planes.
—¿Qué demonios hacías fuera de la mansión a esa hora de la noche, Abril? —reclamó con dureza, perdiendo un poco la paciencia.
—Quería darte una hermosa sorpresa en la oficina por nuestro aniversario, pero lamentablemente nada salió como yo lo esperaba —mentí fingiendo timidez.
—Todo esto es por mi culpa, debí cancelar esa reunión, pero te prometo que te recompensaré —aseguró tomándome las manos con falsedad.
***
A la mañana siguiente, los médicos firmaron mi alta y regresé a la mansión con muletas y el cuerpo adolorido pero con el alma blindada.
Apenas crucé el umbral del vestíbulo, Lorena corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos, aferrándose a mi cuello con fuerza. Sus pequeñas lágrimas mojaron mi hombro, recordándome la única y poderosa razón por la cual debía mantener la cordura y ganar esta guerra.
—Tuve muchísimo miedo de que no volvieras a casa conmigo, mami —sollozó mi pequeña, temblando notablemente entre mis brazos.
—Eso jamás va a pasar, mi princesa, mamá siempre va a estar aquí para protegerte de todo —le prometí besando su frente.
—Yo seré tu enfermera personal desde hoy, te cuidaré con muchos besitos y no dejaré que nada te duela —afirmó ella sonriendo.
Nos disponíamos a subir las escaleras cuando la puerta principal se abrió de golpe, revelando a la causante de mis peores desdichas.
Rebeca entró con el rostro desencajado y una prisa fingida, corriendo hacia mí con los brazos abiertos y una dulzura que me provocó náuseas. Su cinismo no tenía límites; la mujer que se burlaba de mi peso y de mis pérdidas ahora pretendía consolarme con un abrazo.
—¡Amiga mía, vi las terribles noticias en la televisión y no dudé un segundo en venir a buscarte! —exclamó Rebeca acercándose—. Sé perfectamente que me necesitabas a tu lado en este momento tan espantoso —añadió, estirando sus manos para estrecharme con fuerza.
—No me toques, estoy sumamente cansada por los medicamentos y solo quiero estar a solas —sentencié, esquivando su abrazo con brusquedad.
Tomé la mano de Lorena y subí las escaleras sin voltearme. Pero los sentí. Sentí cómo Enrique y Rebeca se miraban entre sí, desconcertados, sin entender qué había cambiado.
Que siguieran sin entenderlo.
Cerré la puerta de mi habitación, me senté en el borde de la cama y miré mis manos durante un largo rato.
Muy bien, pensé. Si quieren guerra, que les alcance el tiempo para arrepentirse.
Ha pasado un año desde aquella noche en la que Mila sostuvo mi mano y me pidió que construyéramos un futuro juntas. Un año desde que decidimos dejar atrás el miedo y elegirnos sin condiciones. Hoy, mientras miro mi reflejo frente al espejo, siento que la mujer que aparece frente a mí ha recorrido un camino enorme para llegar hasta este momento.El vestido blanco que llevo no representa una vida perfecta. Representa una historia real. Una historia con heridas, errores, despedidas y regresos. Representa todas las veces que pensé que amar a Mila era demasiado difícil, pero también todas las veces que descubrí que nuestro amor tenía la fuerza suficiente para aprender, cambiar y crecer.Mis manos tiemblan un poco mientras termino de arreglar algunos detalles. No es nerviosismo por arrepentimiento, es la emoción de saber que después de tantos años voy a caminar hacia la persona que todavía logra hacerme sentir especial con una simple mirada.A mi alrededor están las personas que han visto ca
Llegué a mi apartamento con el cansancio acumulado de un día que parecía no terminar nunca. La conversación con Susana, el encuentro con Cecilia y esa sensación extraña de haber cerrado una puerta que durante demasiado tiempo permaneció abierta dentro de mí.Abrí la puerta y entré esperando encontrar la tranquilidad habitual de mi hogar. Sin embargo, apenas crucé la entrada supe que algo era diferente. No era una transformación exagerada ni un escenario imposible, sino pequeños detalles que hablaban de cuidado, de tiempo y de alguien que había pensado en mí antes de preparar cada cosa.Había fotografías nuestras colocadas con delicadeza, recuerdos de momentos que creí perdidos y algunos detalles que pertenecían completamente a mi mundo. Mi libro favorito sobre la mesa, una canción que siempre escuchaba cuando necesitaba sentirme mejor y una pequeña nota escrita con la letra de Mila.Tomé el papel entre mis manos y reconocí esas palabras antes incluso de leerlas. Mila siempre había teni
Acomodé la espalda contra el respaldo del sillón y exhalé despacio, intentando aflojar la rigidez de mis hombros.Habían pasado tres meses desde aquella última pesadilla en la que el nombre de Fabricio me arrebataba el aliento, tres meses desde que las sombras del cautiverio dejaron de ser una amenaza real para convertirse en fantasmas nocturnos.Todo marchaba bien en la empresa, y Benjamín sonreía de nuevo, pero mis noches seguían siendo un territorio hostil donde despertaba sudando y buscando a tientas un peligro que ya no estaba allí.La doctora Susana me observaba al otro lado del escritorio con esa serenidad paciente que siempre lograba calmar mi tormenta interna.Escuchó mi relato sobre las pesadillas recurrentes, sobre el miedo repentino que me asaltaba al caminar sola o al escuchar un portazo inesperado. Era frustrante sentir que, aunque mi vida marchaba hacia adelante, una parte de mi alma continuaba atrapada entre cuatro paredes.—Gina, lo que estás experimentando es la hue
El disparo me arrancó un grito que ni siquiera sabía que podía salir de mí. Todo mi cuerpo reaccionó antes que mis pensamientos. Me lancé hacia Mila y lo abracé con todas mis fuerzas, buscando heridas, buscando sangre, buscando una señal de que seguía conmigo. Mis manos temblaban mientras recorrían su espalda.—Mila, mírame... por favor, dime que estás bien.Él me sostuvo, pero antes de que pudiera responder escuché una voz detrás de nosotros. No era la de Fabricio. Era una voz tranquila, firme, una voz que conocía demasiado bien.—Hijo, nunca olvides lo que siempre te he enseñado. Aunque creas que las ratas están acabadas, tarde o temprano intentan atacar.Giré lentamente y vi a Nikolái con el arma todavía levantada. A sus pies estaba Fabricio inmóvil. En su mano aún tenía un arma, como si incluso derrotado hubiera esperado una última oportunidad para dañarnos.Sentí que mis piernas perdían fuerza. Todo aquello parecía una pesadilla interminable. Había pasado demasiado miedo, demasia
Pov GinaEl frío del suelo era lo que menos me preocupaba, el dolor físico no era nada comparado con el vacío insoportable que me carcomía el pecho. Encerrada en esta penumbra nauseabunda, apenas podía mover las manos sin que el metal oxidado arrancara trozos de mi piel.Un nudo asfixiante me apretaba la garganta. Tenía una sensación punzante y amarga, una corazonada terrible que no me dejaba respirar. Algo muy dentro de mí me decía que esta pesadilla no tendría un final feliz, que quizás nunca volvería a abrazar a mi pequeño Benjamín.Pensar en su risa, en sus manitas buscando mi rostro por las mañanas, me rompió en mil pedazos. Las lágrimas brotaron sin control, quemándome las mejillas mientras un sollozo desgarrador se me escapaba del pecho.—Miren nada más a la gran señora, llorando como una perra abandonada —resonó la voz de Fabricio desde la oscuridad.Escuché sus pasos pesados acercándose. Me encogí instintivamente, intentando ocultar mi rostro hinchado por el llanto.—Me enca
La pantalla se ilumina un archivo adjunto que me quema las manos, marcando las coordenadas exactas de una zona industrial abandonada a las afueras. Mi corazón se detiene por completo y un dolor insoportable me desgarra el pecho cuando abro las horribles fotografías que ese infeliz me mandó.Y ahí está ella, Gina, aparece tirada en un suelo mugriento, con el rostro pálido manchado de sangre reseca y unas ojeras profundas que apagan su brillo natural.Tiene gruesas cadenas de acero oxidado rodeando sus frágiles muñecas. Un rugido animal brota desde lo más oscuro de mi alma. Estrello mi puño contra la pared hasta dejar mis nudillos destrozados, sintiendo cómo los demonios me consumen entero al ver su expresión de agotamiento absoluto.—¡Suka blyat! ¡Yob tvoyu mat! Les juro por mi vida entera que voy a agarrar a ese infeliz cobarde y lo voy a convertir en un maldito picadillo sanguinolento para dárselo de tragar a los cerdos de la granja. ¡No va a quedar nada de su asqueroso cuerpo cuando







