INICIAR SESIÓNDesde aquella noche en el club, nada volvió a ser igual.
Los clientes que antes me miraban como si fuera un objeto de vitrina, ahora apartaban los ojos cuando me acercaba a sus mesas. Nadie me tocaba. Nadie me decía nada fuera de lugar. Hasta Marcus, que siempre tenía una orden a medio gritar en la punta de la lengua, se había vuelto amable de una manera que me ponía los pelos de punta.
No era respeto. Era miedo. Y el miedo de ellos tenía nombre: Nikolái Ivanoff.
Busque información sobre el, esa misma semana. Primero aparecían los artículos de negocios, las fotos en eventos de gala, el empresario ruso con más propiedades en Chicago que muchos bancos. Luego salían reportes que me alarmaban.
Mafia rusa. Red internacional. Nombre intocable.
¿En qué clase de lío me había metido sin pedirlo? Me preguntaba sin cesar.
Lo peor no era el club. Lo peor era la calle. Cada noche, cuando salía del turno y caminaba las tres cuadras hasta el apartamento, sentía que alguien me seguía. No era paranoia. Era real. Una silueta que se detenía cuando yo me detenía, que doblaba cuando yo doblaba, que desaparecía justo antes de que pudiera verle la cara.
Quise enfrentarlo en su momento, pero preferí ser cautelosa, después de todo mi hija me espera, y por ella tengo que seguir sonriendo.
Al abrir la puerta del departamento. Carmen estaba en la sala, pero la verdadera dueña de ese momento seguía esperándome con los ojos bien abiertos en el sofá.
—¡Mami!
Lorena salió disparada del sofá apenas me vio entrar. Se lanzó a mis brazos con tanta fuerza que casi perdió el equilibrio. La sostuve antes de que cayera y la levanté en el aire, llenándole la cara de besos.
—¿Qué hace mi princesa despierta a estas horas? Mañana tienes clases.
Ella hizo un puchero tan exagerado que terminé riéndome.
—Porque hoy era nuestra noche de chicas. Tú lo prometiste. Dijiste que íbamos a ver una película, comer palomitas y que yo podía escoger cuál.
Sentí una punzada de culpa.
En medio del trabajo... del miedo... y de todo lo que estaba intentando reconstruir, había olvidado mi promesa.
Apoyé la frente contra la suya.
—Perdóname, mi amor. A veces tu mamá tiene la cabeza llena de problemas.
Lorena negó con energía.
—No importa. Si estás conmigo, todavía podemos hacerlo.
Carmen se acercó con un plato de comida caliente, y me regaló una mirada cómplice llena de cariño maternal.
—Gracias por cuidar de ella todo este tiempo, Carmen, no sé qué haría sin tu ayuda —le dije sinceramente.
—No tienes nada que agradecer, querida, ve a consentir a tu pequeña —respondió ella dándome un apretón en el hombro.
Subí con Lorena a la habitación de inmediato para empezar nuestra pequeña rutina antes de dormir. Preparé la bañera con agua tibia, llenándola de espuma y patitos de hule para que ella pudiera jugar un buen rato.
—¡El agua está perfecta, mami! —exclamó feliz mientras chapoteaba con risitas contagiosas.
La lavé con calma, disfrutando cada segundo de su alegría genuina en medio de tanto caos. Después la saqué con cuidado, la envolví en su toalla suave y le puse el pijama de estrellitas que tanto le gustaba.
Nos metimos juntas a la cama saqué su libro favorito del estante y comencé a leerle la historia del osito perdido.
Su respiración se fue volviendo más lenta hasta que sus pestañas se cerraron por completo, entregada al sueño.
El silencio de la madrugada solía ser el único momento en el que podía respirar sin el peso del mundo sobre mis hombros.
Pensé en mi hija, en los peligros que acechaban afuera y en cómo mi vida había dado un giro tan violento desde aquella noche en la fiesta que destruyó lo poco que me quedaba.
Fue justo en ese instante de aparente calma cuando unos golpes secos y firmes resonaron contra la puerta principal, haciendo que me quedara completamente paralizada. El primer pensamiento que atravesó mi mente fue que los hombres de Ivanoff habían venido a buscarme por alguna razón siniestra, y el miedo me congeló, mientras el corazón empezaba a latir con una violencia desbocada.
—¿¡Dios y ahora qué?! —susurré para mí misma, obligando a mis piernas a dar un paso al frente.
Apreté las manos en puños, buscando el valor que creía haber perdido, y baje despacio las escaleras, camine hacia la entrada con la respiración contenida. Tomo mi celular, y aunque dudo por un momento marco a emergencias, la operadora me contesta.
—Emergencias, ¿en que puedo ayudarte? —pregunta la voz, al otro lado de la línea.
—Hola, soy Abril Monsalve —respondo entre susurros—. Mi dirección es, 4422 North Sheridan Road, Apt. 3B. Alguien toca a mi puerta de forma desesperada, y estoy asustada porque estoy sola con mi hija, y mi nana.
—Señorita escúcheme bien. Quédese donde este, no intente nada. Descríbame por favor lo que puede ver o oír. Dígame, La persona, ¿intenta ingresar?
—No, pero no sé qué hacer. Envié una patrulla rápido. Se lo suplico. Yo…
Todo cambia cuando escucho una vocecita, pequeña, rota y desesperada.
—Por favor, si hay alguien ahí, ayúdenos, no, nos dejen solos. Nuestro papá está muy herido…Tenemos miedo.
Sin dudarlo, abro la puerta. Y entonces los vi.
Dos niños pequeños, idénticos, de unos seis años, con cabello oscuro y ojos azules intensos se lanzaron sobre mí sin darme tiempo a reaccionar. Me abrazaron las piernas y la cintura, enterrando sus caritas contra mi cuerpo con fuerza desesperada. Fue cuando los sentí pegados a mí que lo noté.
Tenían la ropa desgarrada, los cachetes enrojecidos como si alguien los hubiera empujado contra algo duro, y uno de ellos, el que se había aferrado a mi cintura con las dos manos, sangraba de forma evidente. Una cortada abierta le cruzaba el antebrazo izquierdo, no profunda pero sí suficiente para haberle empapado la manga de rojo y dejar un rastro oscuro sobre su piel.
—¡Мама! —gritaron al mismo tiempo, con una desesperación que me partió el alma en mil pedazos.
Entendí lo suficiente de aquel idioma gracias a las lecciones que mi padre me había dado cuando era niña, un recuerdo lejano que golpeó mi mente en el peor momento posible.
—Pequeños… ¿qué está pasando? —logré articular, arrodillándome para estar a su altura mientras los sostenía con manos temblorosas, sin saber cómo reaccionar ante semejante escena. Uno de ellos me tomó la cara con sus manitas frías, suplicando con la mirada.
—Мама, пожалуйста, помоги нам! Не оставляй нам одних! —suplicó el más decidido, con un miedo tan profundo que era imposible no sentirlo en carne propia.
Carmen se acercó por detrás desde el pasillo, saliendo de su habitación con los ojos muy abiertos y la respiración agitada al escuchar el escándalo.
—Abril… ¿quiénes son estos niños y qué hacen aquí a estas horas? —preguntó boquiabierta, deteniéndose a unos pasos de la puerta.
No pude responder de inmediato porque las palabras se me habían atascado en la garganta ante la intensidad de la situación. Los gemelos seguían pegados a mí, llamándome mamá con esa urgencia ciega que me derretía el corazón y aterrorizaba mis pensamientos al mismo tiempo. Sentí sus latidos rápidos contra mi pecho, su confianza absoluta en alguien que acababan de conocer.
Sus latidos se sentían igual que el de Lorena cuando tenía miedo.
Y eso fue suficiente.
Me arrodillé ahí mismo en la entrada, abrazándolos fuerte, peinando su cabello oscuro con los dedos, tratando de transmitirles algo de calma que yo misma no tenía.
No sabía quiénes eran.
No sabía qué había pasado afuera.
Pero algo dentro de mí, algo que no tenía nombre todavía, me decía que esos niños no habían llegados solos.
La pantalla se ilumina un archivo adjunto que me quema las manos, marcando las coordenadas exactas de una zona industrial abandonada a las afueras. Mi corazón se detiene por completo y un dolor insoportable me desgarra el pecho cuando abro las horribles fotografías que ese infeliz me mandó.Y ahí está ella, Gina, aparece tirada en un suelo mugriento, con el rostro pálido manchado de sangre reseca y unas ojeras profundas que apagan su brillo natural.Tiene gruesas cadenas de acero oxidado rodeando sus frágiles muñecas. Un rugido animal brota desde lo más oscuro de mi alma. Estrello mi puño contra la pared hasta dejar mis nudillos destrozados, sintiendo cómo los demonios me consumen entero al ver su expresión de agotamiento absoluto.—¡Suka blyat! ¡Yob tvoyu mat! Les juro por mi vida entera que voy a agarrar a ese infeliz cobarde y lo voy a convertir en un maldito picadillo sanguinolento para dárselo de tragar a los cerdos de la granja. ¡No va a quedar nada de su asqueroso cuerpo cuando
Pov Mila El llanto incesante de Benjamín me destroza los oídos y me quiebra el alma en pedazos mientras recorro la sala principal de la mansión con pasos furiosos. Llevo horas incontables escuchando los berridos desesperados de mi pequeño hijo llamando a su madre a gritos, y cada maldita lágrima que le escurre por las mejillas empapadas es como un puñal directo al centro de mi pecho que me impide respirar con normalidad, arrastrándome a la locura total al no tenerla conmigo.—Papá, ¿por qué mamá no ha vuelto ? —Benjamín se secó la cara con la manga y me buscó desesperado—. ¿Hice algo malo? ¿Está enojada conmigo?—No vuelvas a pensar eso, campeón —me senté frente a él y le tomé las manos—. Tu mamá no está enojada contigo. Ella te ama más que a cualquier cosa y ahora mismo está intentando regresar contigo.—Entonces ve por ella —Benjamín apretó mis dedos sin dejar de llorar—. Tú dijiste que ibas a cuidarnos. Dijiste que nunca ibas a dejar que nadie nos separara otra vez. Ve por mamá,
Pov GinaPerdí la noción completa del tiempo en medio de esta penumbra asfixiante que me quema los huesos. Llevo horas incontables encadenada a esta maldita columna de concreto, sin probar una sola gota de agua para calmar la sequedad que me desgarra la garganta ni un bocado para acallar el vacío que me retuerce el estómago.Por encima del goteo constante del techo, me llega desde el pasillo el murmullo de las risas burlescas de los hombres que me vigilan, divirtiéndose a costa de mi desgracia mientras celebran mi cautiverio como si fuera un trofeo. Sin embargo, en mitad de esta agonía física y este tormento interminable, mantengo la cabeza en alto evocando sin descanso el rostro radiante y la sonrisa tierna de mi pequeño Benjamín, aferrándome a su recuerdo con todas mis fuerzas como el único faro de luz que me mantiene cuerda y firme para no rendirme jamás.El chirrido metálico de la puerta pesada retumbó de pronto en el sótano, interrumpiendo las burlas de los guardias mientras unos
Pov GinaEl agua caliente que recorría mi espalda apenas lograba quitarme la sensación de pesadez que me dejaba la discusión con Mila.Salí de la ducha envolviéndome en la bata, secándome el cabello a tirones rápidos mientras caminaba hacia la peinadora de mi habitación para buscar el teléfono celular. Necesitaba hablar de inmediato con Dante, desahogar este dolor atorado en el pecho y contarle punto por punto el infierno que acababa de vivir en esa mansión antes de perder la cabeza por completo.Marqué su número con los dedos temblorosos, pegándome el aparato a la oreja mientras aguardaba a que la llamada enlazara, pero antes de escuchar el primer tono, un trapo empapado en un líquido de olor penetrante me cubrió la boca y la nariz desde la espalda. Forcejeé con todas mis fuerzas, pateando el mueble con desesperación mientras el aire se me agotaba y una oscuridad aplastante se tragaba mi conciencia por completo.Un dolor punzante en las muñecas y una pesadez insoportable en los párpa
Pov MilaEl eco violento de la puerta azotándose tras la salida de Gina retumbó en las paredes de la habitación como un puñetazo directo al rostro. Me quedé de pie en mitad de la penumbra, sintiendo una mezcla espantosa de rabia, frustración e impotencia amarga atenazándome la garganta.Escuchar cada una de sus palabras cargadas de desprecio legítimo me dejó completamente al desnudo frente a mi propia culpa. Fui un infeliz imbécil, un miserable ciego que prefirió creer en tramas baratas y mentiras ajenas antes que defender a la mujer que amaba con el alma. La dejé sola, pasando hambre y frío mientras llevaba a mi propio hijo en sus entrañas, y ese arrepentimiento me quemaba las entrañas como un fuego que jamás se apagaría.Golpeé la pared de madera con el puño cerrado de rabia contra mí mismo, escuchando el crujido sordo del impacto antes de pasarme ambas manos por el rostro para obligarme a reaccionar.me iba a quedar hundido en lamentaciones mientras ella se alejaba sintiendo ese do
Los primeros rayos del sol golpeaban los vidrios de la ventana cuando abrí los ojos, sintiendo un peso amargo en el centro del pecho que me sofocaba la respiración.Miré hacia un lado de la cama y vi a Mila dormido profundamente a mi costado, con el torso al descubierto y el brazo descansando sobre la sábana desordenada. Una ola de rabia y asco hacia mí misma me recorrió entera al recordar la forma en que me entregué a él apenas unas horas atrás, cediendo como una tonta ante sus besos y sus caricias después de todo el infierno que me hizo pasar.Me levanté de la cama a toda prisa, juntando la ropa tirada en el suelo con manos temblorosas y vistiéndome a tropezones, desesperada por salir de esa habitación antes de que el arrepentimiento terminara de ahogarme la garganta.Apenas deslicé la mano sobre la perilla de la puerta para escapar en silencio, una sombra grande se cruzó en mi camino y el cerrojo volvió a girar con un golpe seco. Mila se interpuso en el marco con el pantalón puesto







