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LA LLAMADA DEL DESTINO

last update Data de publicação: 2026-06-24 02:59:32

Desde aquella noche en el club, nada volvió a ser igual.

Los clientes que antes me miraban como si fuera un objeto de vitrina, ahora apartaban los ojos cuando me acercaba a sus mesas. Nadie me tocaba. Nadie me decía nada fuera de lugar. Hasta Marcus, que siempre tenía una orden a medio gritar en la punta de la lengua, se había vuelto amable de una manera que me ponía los pelos de punta.

No era respeto. Era miedo. Y el miedo de ellos tenía nombre: Nikolái Ivanoff.

Busque información sobre el, esa misma semana. Primero aparecían los artículos de negocios, las fotos en eventos de gala, el empresario ruso con más propiedades en Chicago que muchos bancos.  Luego salían reportes que me alarmaban.

Mafia rusa. Red internacional. Nombre intocable.

¿En qué clase de lío me había metido sin pedirlo? Me preguntaba sin cesar.

Lo peor no era el club. Lo peor era la calle. Cada noche, cuando salía del turno y caminaba las tres cuadras hasta el apartamento, sentía que alguien me seguía. No era paranoia. Era real. Una silueta que se detenía cuando yo me detenía, que doblaba cuando yo doblaba, que desaparecía justo antes de que pudiera verle la cara.

Quise enfrentarlo en su momento, pero preferí ser cautelosa, después de todo mi hija me espera, y por ella tengo que seguir sonriendo.

Al abrir la puerta del departamento. Carmen estaba en la sala, pero la verdadera dueña de ese momento seguía esperándome con los ojos bien abiertos en el sofá.

—¡Mami!

Lorena salió disparada del sofá apenas me vio entrar. Se lanzó a mis brazos con tanta fuerza que casi perdió el equilibrio. La sostuve antes de que cayera y la levanté en el aire, llenándole la cara de besos.

—¿Qué hace mi princesa despierta a estas horas? Mañana tienes clases.

Ella hizo un puchero tan exagerado que terminé riéndome.

—Porque hoy era nuestra noche de chicas. Tú lo prometiste. Dijiste que íbamos a ver una película, comer palomitas y que yo podía escoger cuál.

Sentí una punzada de culpa.

En medio del trabajo... del miedo... y de todo lo que estaba intentando reconstruir, había olvidado mi promesa.

Apoyé la frente contra la suya.

—Perdóname, mi amor. A veces tu mamá tiene la cabeza llena de problemas.

Lorena negó con energía.

—No importa. Si estás conmigo, todavía podemos hacerlo.

Carmen se acercó  con un plato de comida caliente, y me regaló una mirada cómplice llena de cariño maternal.

—Gracias por cuidar de ella todo este tiempo, Carmen, no sé qué haría sin tu ayuda —le dije sinceramente.

—No tienes nada que agradecer, querida, ve a consentir a tu pequeña —respondió ella dándome un apretón en el hombro.

Subí con Lorena a la habitación de inmediato para empezar nuestra pequeña rutina antes de dormir. Preparé la bañera con agua tibia, llenándola de espuma y patitos de hule para que ella pudiera jugar un buen rato.

—¡El agua está perfecta, mami! —exclamó feliz mientras chapoteaba con risitas contagiosas.

La lavé con calma, disfrutando cada segundo de su alegría genuina en medio de tanto caos. Después la saqué con cuidado, la envolví en su toalla suave y le puse el pijama de estrellitas que tanto le gustaba.

Nos metimos juntas a la cama saqué su libro favorito del estante y comencé a leerle la historia del osito perdido.

 Su respiración se fue volviendo más lenta hasta que sus pestañas se cerraron por completo, entregada al sueño.

El silencio de la madrugada solía ser el único momento en el que podía respirar sin el peso del mundo sobre mis hombros.

Pensé en mi hija, en los peligros que acechaban afuera y en cómo mi vida había dado un giro tan violento desde aquella noche en la fiesta que destruyó lo poco que me quedaba.

Fue justo en ese instante de aparente calma cuando unos golpes secos y firmes resonaron contra la puerta principal, haciendo que me quedara completamente paralizada. El primer pensamiento que atravesó mi mente fue que los hombres de Ivanoff habían venido a buscarme por alguna razón siniestra, y el miedo me congeló, mientras el corazón empezaba a latir con una violencia desbocada.

—¿¡Dios y ahora  qué?! —susurré para mí misma, obligando a mis piernas a dar un paso al frente.

Apreté las manos en puños, buscando el valor que creía haber perdido, y baje despacio las escaleras, camine  hacia la entrada con la respiración contenida. Tomo mi celular, y aunque dudo por un momento marco a emergencias, la operadora me contesta.

—Emergencias, ¿en que puedo ayudarte? —pregunta la voz, al otro lado de la línea.

—Hola, soy Abril Monsalve —respondo entre susurros—. Mi dirección es, 4422 North Sheridan Road, Apt. 3B. Alguien toca a mi puerta de forma desesperada, y estoy asustada porque estoy sola con mi hija, y mi nana.

—Señorita escúcheme bien. Quédese donde este, no intente nada. Descríbame por favor lo que puede ver o oír.  Dígame,  La persona, ¿intenta ingresar?

—No, pero no sé qué hacer. Envié una patrulla rápido. Se lo suplico. Yo…

Todo cambia cuando escucho una vocecita, pequeña, rota y desesperada.

—Por favor, si hay alguien ahí, ayúdenos, no, nos dejen solos. Nuestro papá está muy herido…Tenemos miedo.

Sin dudarlo, abro la puerta. Y entonces los vi.

Dos niños pequeños, idénticos, de unos seis años, con cabello oscuro y ojos azules intensos se lanzaron sobre mí sin darme tiempo a reaccionar. Me abrazaron las piernas y la cintura, enterrando sus caritas contra mi cuerpo con fuerza desesperada. Fue cuando los sentí pegados a mí que lo noté.

Tenían la ropa desgarrada, los cachetes enrojecidos como si alguien los hubiera empujado contra algo duro, y uno de ellos, el que se había aferrado a mi cintura con las dos manos, sangraba de forma evidente. Una cortada abierta le cruzaba el antebrazo izquierdo, no profunda pero sí suficiente para haberle empapado la manga de rojo y dejar un rastro oscuro sobre su piel.

—¡Мама! —gritaron al mismo tiempo, con una desesperación que me partió el alma en mil pedazos.

Entendí lo suficiente de aquel idioma gracias a las lecciones que mi padre me había dado cuando era niña, un recuerdo lejano que golpeó mi mente en el peor momento posible.

—Pequeños… ¿qué está pasando? —logré articular, arrodillándome para estar a su altura mientras los sostenía con manos temblorosas, sin saber cómo reaccionar ante semejante escena. Uno de ellos me tomó la cara con sus manitas frías, suplicando con la mirada.

—Мама, пожалуйста, помоги нам! Не оставляй нам одних! —suplicó el más decidido, con un miedo tan profundo que era imposible no sentirlo en carne propia.

Carmen se acercó por detrás desde el pasillo, saliendo de su habitación con los ojos muy abiertos y la respiración agitada al escuchar el escándalo.

—Abril… ¿quiénes son estos niños y qué hacen aquí a estas horas? —preguntó boquiabierta, deteniéndose a unos pasos de la puerta.

No pude responder de inmediato porque las palabras se me habían atascado en la garganta ante la intensidad de la situación. Los gemelos seguían pegados a mí, llamándome mamá con esa urgencia ciega que me derretía el corazón y aterrorizaba mis pensamientos al mismo tiempo. Sentí sus latidos rápidos contra mi pecho, su confianza absoluta en alguien que acababan de conocer.

Sus latidos se sentían igual que el de Lorena cuando tenía miedo.

Y eso fue suficiente.

Me arrodillé ahí mismo en la entrada, abrazándolos fuerte, peinando su cabello oscuro con los dedos, tratando de transmitirles algo de calma que yo misma no tenía.

No sabía quiénes eran.

No sabía qué había pasado afuera.

Pero algo dentro de mí, algo que no tenía nombre todavía, me decía que esos niños no habían llegados solos.

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Comentários (2)
goodnovel comment avatar
Adamis Mckeson
y lo más raro porque le dicen mamá
goodnovel comment avatar
Adamis Mckeson
y esos gemelos como fueron a dar a su puerta
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