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CUANDO NUESTROS CAMINOS SE CRUZARON

last update publish date: 2026-06-24 02:59:06

Los meses pasaron  con amargura.  Aquella noche en la fiesta, donde creí haber ganado algo de dignidad, se convirtió en humo.

Enrique no se quedó de brazos cruzados viendo cómo su reputación caía, sino que movió todas sus influencias para destruir lo poco que me quedaba. Contrató abogados despiadados y pagó notas periodísticas que me hicieron quedar ante el mundo entero como una loca resentida, cínica y sumamente interesada.

Logró voltear la historia con tanta maestría que pasé de ser la víctima engañada a una mujer malvada, capaz de intrigar de la peor manera solo por una millonaria herencia que, según él, jamás me correspondió.

Pero no me quede a sepultarme decidí irme a Chicago en compañía de Carmen, ahí empezaría de nuevo, y aunque los primeros meses se me hizo difícil conseguir trabajo, me he sabido defender, claro, esto no es algo que me enorgullezca, llevo dos semanas trabajado en Nori un club nocturno, ubicado en el corazón de la ciudad.

Y si, nunca imagine que terminaría vestida de conejita y sirviendo tragos, para hombres que me devoraban con su mirada, sin embrago, por el momento no tengo más opción, mi hija necesita comer, y  cuidados, así que no puedo quedarme dando lastima.

La noche avanza, y con ella vuelve  Peterson, un viejo asqueroso que no ha parado de sobornarme, para tenerme, pero nunca me tendrá, si algo que jamás venderé será mi cuerpo y dignidad.

—Ven aquí —volvió a llamarme, como siempre.

Me detuve. Respiré.

—¿Qué le puedo ofrecer? —intento sonreír.

—Otro whisky —dijo, empujando la copa llena hacia mí—. ¿Vamos, cuando me darás tu nombre? Déjate de estupideces las mujeres que hacen este tipo de trabaos no son tan santas.

—El whisky se lo traigo enseguida —respondí, tomando la copa, mirándolo directamente a los ojos—. Y ya le dije que mi nombre no importa, solo soy una simple empelada, voy por su trago.

Volví con el whisky, lo puse frente a él y me di vuelta para irme.

—Dije que me des tu nombre —repitió, tomándome por el brazo.

Me detuve. Sentí el agarre firme en mi piel y algo en mi estómago se apretó, una mezcla de miedo y de una rabia que ya conocía muy bien.

—Suélteme —dije, con la voz baja y tranquila, mirándolo directamente.

No me soltó. Al contrario, apretó un poco más.

—Solo quiero conversar. ¿Cuál es el problema?

—El problema es que no le di permiso de tocarme —respondí, jalando el brazo con firmeza.

Se puso de pie. Y en ese momento, no lo niego, sentí miedo.

—Las chicas aquí son amables —dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Tú deberías ser amable también.

—La señorita ya le pidió que la soltara.

La voz surgió detrás de mí con una serenidad que contrastaba con el bullicio del club. No era una voz alta. Tampoco necesitaba serlo.

Él giró apenas el rostro, molesto por la interrupción, y soltó una risa cargada de arrogancia.

—¿Y tú quién demonios eres para meterte donde nadie te llamó? ¿Su novio? ¿Su marido? ¿O eres otro de esos imbéciles que creen que una camarera necesita un héroe?

No obtuvo respuesta inmediata.

El hombre dio dos pasos tranquilos hasta quedar a mi lado, como si aquel viejo no representara ninguna amenaza para él. Solo entonces levanté la cabeza para verlo con claridad.

Debía medir cerca de un metro noventa. Sus hombros anchos parecían capaces de bloquear toda la luz del bar, mientras la camisa negra, ajustada sobre un torso firme y unos brazos poderosos, marcaba cada músculo sin necesidad de presumirlos. El cabello oscuro caía ligeramente desordenado sobre su frente, dándole un aire salvaje que contrastaba con la calma absoluta de su expresión.

Pero fueron sus ojos los que terminaron por inmovilizarme.

Verdes.

De un verde intenso y profundo, tan difícil de describir como de sostener. No eran unos ojos cálidos ni amables. Eran los ojos de un hombre acostumbrado a sobrevivir, de alguien que había visto demasiada violencia para impresionarse por otra más.

Una cicatriz profunda le atravesaba la ceja derecha y descendía hasta perderse junto al ojo. Lejos de afearlo, endurecía todavía más un rostro masculino, de facciones marcadas y una barba perfectamente recortada que apenas sombreaba su mandíbula.

Era, sin exagerar, el hombre más imponente que había visto en toda mi vida.

No sonreía.

No levantaba la voz.

Ni siquiera parecía molesto.

Y, aun así, toda la arrogancia de Peterson comenzó a resquebrajarse apenas lo tuvo enfrente.

—Te hice una pregunta —insistió Peterson, intentando sostenerle la mirada.

El desconocido dejó caer la vista sobre la mano que todavía sujetaba mi brazo y después volvió a mirarlo directamente a los ojos.

—No acostumbro a responder preguntas de hombres que no saben respetar a una mujer.

—Entonces largarte, que esto no asunto tuyo —ordeno Peterson.

—Lastima, yo no obedezco a idiotas como tu —dijo el, sin moverse—. Desde hace rato, la señorita te esta diciendo que no, pero parece que tu no lo entiendes por las buenas. Así que te doy tres segundos para que salgas o de lo contrario…

Peterson soltó una carcajada seca y desagradable.

—¿O de lo contrario qué? —se burló, soltándome el brazo para girarse hacia él con los puños ya cerrados—. ¿Quién te crees que eres, pedazo de imbécil? Este problema es entre esta zorra, y yo.

Todo ocurrió en menos de cuatro segundos. El hombre se lanzó sobre Peterson, por más que yo intente detenerlo, el no me escuchaba los golpes iban y venían, solo se detuvo cuando se sintió satisfecho.

—Pídele disculpa a la señorita. Ahora —ordeno el, haciendo que su arrodillara ante mí.

Peterson apenas logró incorporarse. Le temblaban tanto las piernas que tuvo que apoyarse en una de las mesas para no volver a caer. Tenía el rostro completamente hinchado, la camisa manchada de sangre y una expresión de terror que no se parecía en nada a la arrogancia con la que, apenas unos minutos antes, me había sujetado del brazo creyéndose dueño del mundo.

El hombre de ojos verdes permaneció inmóvil frente a él. Ni siquiera respiraba con dificultad. Parecía que aquella pelea no le había costado el menor esfuerzo.

—Creo que todavía no entendiste lo que te pedí —dijo con una tranquilidad que resultaba mucho más intimidante que cualquier grito—. Hace un momento te ordené que le pidieras disculpas a la señorita. No recuerdo haberte dado permiso para quedarte ahí parado mirándome como si fueras la víctima.

Peterson bajó la cabeza. Apreté con fuerza la bandeja entre las manos. Jamás imaginé ver a ese hombre, que llevaba semanas haciéndome la vida imposible, incapaz de sostenerle la mirada a alguien.

—Yo... —balbuceó con dificultad mientras se limpiaba la sangre de la comisura de los labios—. Señorita... le ofrezco una disculpa. Me equivoqué con usted.

El desconocido arqueó apenas una ceja.

—¿Eso fue una disculpa?

Peterson tragó saliva. Se notaba que cada palabra le costaba más que los golpes que acababa de recibir.

—No... no volveré a acercarme a usted. Se lo prometo.

El hombre esperó, que Peterson se marchara. Después giró lentamente la cabeza hacia mí.

—¿Estas bien? Creo que este no es lugar para una mujer como tú.

No alcance a responder su pregunta, cuando Marcus, el gerente del club apareció corriendo, completamente pálido.

—Si me entero de que esa maldita rata vuelve a poner un pie en este club y se acerca a ella...

Hizo una pausa, no levantó la voz. No hacía falta.

—Yo mismo incendiaré este lugar.

Marcus bajó la cabeza.

—Entendido, señor Ivanoff.

El se  giró sobre sus talones y salió del club rodeado por aquellos hombres vestidos de negro.

Permanecí inmóvil.

¿Quién era ese hombre para que mi jefe le hablara con tanto miedo?

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Comments (4)
goodnovel comment avatar
Adamis Mckeson
el sujeto de desquiciado y se puso violento
goodnovel comment avatar
Adamis Mckeson
bien hecho, la dejo en ridículo
goodnovel comment avatar
Adamis Mckeson
se vino la pelea de gatas
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