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Después de horas

last update publish date: 2026-07-20 06:38:46

El reloj de la oficina de Dylan marcaba las 11:47 p. m.

La mansión había caído en un silencio absoluto. Solo el repiqueteo ocasional de la lluvia contra los altos ventanales rompía la quietud.

Praise se encontraba de pie junto al gran escritorio de caoba, ordenando con cuidado el último montón de documentos. Sus dedos se movían con precisión experta, pero su mente estaba muy lejos de allí.

Dylan llevaba horas trabajando sin descanso. Su chaqueta reposaba tirada sobre el respaldo de la silla, y las mangas de su camisa negra estaban remangadas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos fuertes y marcados por venas. Incluso agotado, Dylan Loperse irradiaba poder: un poder silencioso, controlado e imposible de ignorar.

Praise había pasado las últimas tres horas intentando no mirarlo. Y había fracasado estrepitosamente.

—Estás mirando —dijo Dylan, sin apartar los ojos del contrato que tenía delante.

—No es verdad —respondió Praise con calma.

El bolígrafo de Dylan se detuvo. Lentamente, levantó la vista. Esos fríos ojos grises se clavaron en él con una intensidad perturbadora.

—Sí lo estabas.

—Quizá deberías concentrarte en tu trabajo, señor —replicó Praise, dejando el documento sobre el escritorio. Pero Dylan se recostó en su silla y lo estudió con detenimiento.

—¿Qué hacías antes de convertirte en mayordomo?

—Trabajaba en hotelería de lujo.

—Tienes la postura de alguien que ha pasado años siendo observado —comentó Dylan—. La mayoría de las personas entran a una habitación y buscan de inmediato a la persona más importante. Tú ya sabes quién es.

—Eres el dueño de la casa.

Los labios de Dylan se curvaron en una casi sonrisa.

—No es a eso a lo que me refería.

—Entonces haz una mejor pregunta, señor —respondió Praise, sosteniéndole la mirada sin vacilar. La tensión en la habitación se volvió palpable. Dylan se levantó instintivamente, rodeó el escritorio y se detuvo a solo unos centímetros de él.

Praise podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Justo en ese instante, el teléfono de Dylan sonó. Su expresión se congeló en un gesto glacial mientras contestaba.

—No toques nada. Envía las grabaciones de seguridad a mi servidor privado. Averigua quién autorizó la transferencia. —Colgó y apretó la mandíbula, conteniendo apenas la furia.

—¿Qué pasó? —preguntó Praise en voz baja.

—Nada que te concierna.

—Claro. Justo la respuesta que esperaba —casi se rio. Dylan dio un paso más hacia él, entrecerrando los ojos.

—Eres muy confiado para ser tu primer día.

—Me han dicho que la confianza es útil.

La mano de Dylan se alzó. Sus dedos recorrieron con suavidad, casi con ternura, la línea de la mandíbula de Praise.

—¿Por qué me miras como si me conocieras?

El corazón de Praise golpeaba con fuerza contra sus costillas.

—Estás imaginando cosas.

El pulgar de Dylan rozó su labio inferior. Ese contacto envió una oleada de calor por todo su cuerpo y lo hizo estremecer.

—Mientes. —De pronto, lo besó.

Fue un beso crudo y exigente. Sus bocas chocaron, y sus lenguas se enzarzaron en una lucha por el dominio.

Praise agarró los hombros de Dylan y le devolvió el beso con siete meses de furia y deseo acumulados. Las manos de Dylan se movieron con rudeza, arrancándole la camisa. Los botones saltaron por el suelo mientras le acariciaba el pecho, trazando círculos con los pulgares y pellizcando sus pezones hasta endurecerlos.

El pulgar de Dylan se deslizó ligeramente por su mandíbula.

Praise debería haberse apartado.

En cambio, se quedó allí, atrapado entre el hombre que había jurado destruir y la extraña atracción que nunca esperó volver a sentir.

Dylan se apartó de repente, cortando el impulso.

—Ve a la cama.

—¿Señor? —Praise parpadeó, desconcertado.

—Está casi medianoche.

—Aún tengo trabajo.

—Dije que vayas a la cama. —Praise miró su espalda.

—¿Me estás despidiendo? —Dylan se giró; su expresión era indescifrable.

—No. —Esa única palabra impactó a Praise con una fuerza inesperada. Dylan pasó a su lado y luego se detuvo—. Recuerda que mañana me acompañas a la empresa.

Praise levantó la mirada y el pasado lo golpeó de golpe: la pasarela, las cámaras, el público y aquellos fríos ojos grises de Dylan. Sus dedos se cerraron en puños a los costados.

Dylan lo notó.

—¿Hay algún problema?

Praise levantó lentamente la vista.

—No.

—Estás mintiendo otra vez.

Praise sonrió.

—Quizá simplemente soy difícil de leer. —Lo miró durante un largo instante y luego, en un solo movimiento, dio un paso más cerca.

—Ese es el problema —murmuró Dylan, bajando la voz. La respiración de Praise se entrecortó—. Eres la primera persona en mucho tiempo que no logro leer.

Por un segundo, Praise olvidó cómo respirar. Pero de pronto Dylan se dio la vuelta y se alejó. Praise se quedó de pie en medio de la oficina, con el corazón latiéndole desbocado.

Odiaba esa sensación. Odiaba que Dylan aún tuviera el poder de afectarlo después de todo lo que le había hecho. «¿Cómo es posible que unas pocas palabras de este hombre sigan sacudiéndome de esta forma?», pensó. Su mirada cayó sobre el escritorio y algo captó su atención.

Un expediente, entreabierto bajo varios documentos.

Miró instintivamente hacia la puerta. Dylan ya se había marchado. En lugar de irse, se acercó con sigilo. El expediente no tenía etiqueta visible; lo sacó en un instante.

Su corazón latía más rápido que nunca. Praise lo revisó: contenía varios documentos. Reportes financieros, transferencias internas de la compañía, nombres, fechas y pagos. Pero la última hoja lo dejó helado.

Vanel Lense. Decía el documento. Sus dedos temblaron al pasar la página. Había registros de su despido, pero debajo había algo que nunca había visto.

Un reporte interno confidencial fechado tres días antes de su accidente. Praise leyó la primera línea:

ASUNTO: VANEL LENSE 

ESTATUS: POSIBLE RIESGO

Su sangre se heló mientras continuaba leyendo. La última frase lo golpeó con brutalidad: «Si el sujeto permanece empleado, el riesgo para la compañía aumentará».

Praise se quedó mirando el documento. La habitación pareció volverse más fría.

Alguien había estado vigilando a Vanel antes de que Dylan lo despidiera. Esa persona quizá había querido sacarlo del camino. Y si el reporte se había creado antes del accidente, entonces su choque quizá no había sido algo aleatorio.

Justo en ese momento, un sonido lo sacó de sus pensamientos. Praise se giró y se congeló. Dylan estaba parado en la entrada. Sus ojos grises bajaron inmediatamente al expediente que Praise sostenía en las manos.

Por primera vez desde que había entrado en la mansión, Dylan parecía realmente enfadado.

—Déjalo.

—¿Por qué? —Cerró el expediente con lentitud. Dylan dio un paso dentro de la habitación.

—Porque no te concierne. —Praise sostuvo su mirada.

—Eso es lo que dijiste antes.

La mandíbula de Dylan se tensó mientras lo observaba colocar el expediente de nuevo sobre el escritorio. No apartó la vista.

—¿Quién quería que Vanel Lense desapareciera?

El silencio cayó como una losa. Durante medio minuto, ninguno de los dos pronunció una palabra.

—¿Cómo conoces a Vanel Lense? —preguntó Dylan al fin, rompiendo el silencio.

En ese instante, Praise cayó en la cuenta. Un sudor frío le recorrió la frente. Había cometido un error terrible. ¿Cómo diablos iba a salir de esta?

Dylan se acercó más.

—Renard. —Praise se obligó a respirar.

—Todo el mundo sabe quién era Vanel Lense.

—No de esa forma —replicó Dylan, ahora de pie directamente frente a él. Sus ojos eran fríos y llenos de sospecha—. ¿Por qué pronunciaste su nombre como si lo conocieras?

Praise lo miró y sonrió.

—No lo conozco.

La mirada de Dylan permaneció clavada en él.

—Estás mintiendo. —La sonrisa de Praise se borró cuando Dylan se inclinó aún más cerca—. ¿Quién eres? —Tembló; el miedo amenazaba con romper su máscara de valentía.

No porque temiera ser descubierto, sino por la forma en que Dylan lo miraba. Como si, debajo de ese rostro desconocido, estuviera buscando a Vanel.

Praise retrocedió un paso.

—Tu nuevo mayordomo. —Dylan no se movió mientras él pasaba rápidamente a su lado hacia la puerta. Praise se detuvo de pronto unos pasos más adelante.

—Y mañana te acompañaré a Aurelius Luxe.

Los ojos de Dylan se entrecerraron.

—¿Por qué estás tan interesado en mi empresa?

—Porque me contrataste —respondió él por encima del hombro, sin detenerse. Dylan se quedó en la oficina, con la mirada fija en el expediente.

Luego la levantó lentamente hacia la puerta por la que Praise había desaparecido. Después de siete meses enteros, el recuerdo de Vanel Lense lo golpeó de nuevo.

Se preguntó si los muertos podían regresar.

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