LOGINEl viento frío de la costa azotaba las paredes derruidas de la casa de seguridad, pero dentro de los brazos de **Damián**, Támara se sentía envuelta en un capullo de fuego protector.Damián la sostuvo pegada a su pecho, con la camisa de seda que le había prestado empapada parcialmente por el sudor y las lágrimas de ella. Caminó con paso firme hacia la salida, saliendo al exterior donde la noche caía pesada sobre el acantilado.En la entrada, dos de sus hombres de confianza —líderes del equipo táctico de los Di Santi— aguardaban junto a las camionetas blindadas con la cabeza gacha.—Señor, las órdenes están dadas —informó el jefe de seguridad con voz grave—. Limpiaremos toda la escena. Vamos a desintegrar el cuerpo de este infeliz en la fundidora del puerto. No quedará ni un solo rastro de ADN, ni cenizas, ni memoria de su existencia en la faz de la tierra.Damián asintió con la mandíbula tensa, sin apartar la mirada de Támara, quien se aferraba a su cuello como si fuera su única ancla
A decenas de kilómetros de la ciudad, en una zona costera abandonada, azotada por el viento y el sonido violento de las olas contra los acantilados, se alzaba una casa de seguridad fría y derruida.Dentro del baño, Vito se miraba al espejo. Se lavaba la sangre de los tres profundos arañazos que Támara le había marcado en la mejilla durante el forcejeo en el probador. Cada vez que el agua tocaba las heridas, una mueca de dolor y rabia enfermiza distorsionaba sus facciones. Estaba eufórico, intoxicado por una mezcla de sadismo y deseo retorcido.Sacó un teléfono desechable del bolsillo de su abrigo, marcó una secuencia numérica y esperó a que la línea enlazara. Al otro lado, la voz que contestó no gritó; era un silencio gélido, un susurro muerto que helaba la sangre.—Dime —respondió Damián, con un tono tan calmado que anticipaba una masacre.—Vaya, vaya... el heredero de los Di Santi contestó rápido —bromeó Vito con una sonrisa cínica, relamiéndose los labios—. Te llamo solo para avisa
Vito, al levantar la vista entre sorbo y sorbo de champaña, congeló la mirada en la mesa central. Ahí estaba Támara: más hermosa, radiante y sexy de lo que recordaba, riendo abiertamente al lado de un hombre imponente que le apretaba la mano.La sangre se le heló a Vito, pero no de miedo, sino de una codicia enferma.—No puede ser... la ratita se metió al palacio —murmuró Vito con los ojos inyectados en odio y deseo.La escort que lo acompañaba, una mujer astuta llamada Sienna, notó la rigidez repentina de su cliente.—¿Pasa algo, papi? Pareces como si hubieras visto a un fantasma.Vito la tomó bruscamente del brazo, acercándola a su rostro con tono acelerado:—Escúchame bien, fiera. Al fin encontré a la perra que estaba buscando. Esa de allá... la del vestido claro. Necesito un plan exprés ya mismo. Tienes que averiguar a dónde se dirige exactamente cuando salga de aquí y en qué tienda se va a meter. Te voy a triplicar el pago si me consigues esa información sin que el tipo que está
Tras ducharse y vestirse con una elegancia impecable, Támara y Damián salieron hacia el centro comercial más exclusivo de la dinastía Di Santi-Ling. Mientras el auto avanzaba por las calles de la ciudad, Támara se acomodaba en el asiento del copiloto sintiendo aún los ligeros espasmos del intenso orgasmo que su cuerpo no terminaba de asimilar. Sus piernas temblaban un poco y cada roce contra el asiento le recordaba la fuerza con la que Damián la había tomado minutos antes.Damián conducía con una mano al volante, silbando bajito, con una sonrisa de absoluta satisfacción en el rostro. Miró de reojo a Támara y le extendió la mano libre, acariciándole el muslo con posesión.—Te ves hermosa, mi amor. Y te ves aún mejor sabiendo que vas marcada por mí —dijo Damián con voz ronca—. Hoy te compraré un vestido perfecto para la boda de Sebastián y Vanessa. Quiero que todos te miren y sepan a quién perteneces.Támara suspiró, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa tierna en los labios.—Ok, e
Luciana salió de la armería con la elegante caja de caoba que resguardaba la majestuosa arma de colección cuidadosamente guardada en una bolsa discreta. Caminaba con la barbilla en alto y esa sonrisa maliciosa que presagiaba una noche salvaje. Sin embargo, su recorrido no había terminado. Se dirigió hacia el ala más privada y ostentosa del centro comercial, deteniéndose ante la imponente fachada de cristal de una boutique exclusiva de lencería de alta costura. El lugar era un derroche de erotismo refinado: seda pura, encajes franceses tejidos a mano, arneses de piel suave y ligueros confeccionados para tentar al mismísimo demonio. Luciana cruzó el umbral. El suave aroma a orquídeas y cuero fino impregnaba el ambiente. La encargada, al reconocerla, le dio la bienvenida con una reverencia y la dejó explorar a su antojo. A través del enorme ventanal exterior, resguardado en la penumbra de una columna revestida de espejo, Dante Volkov (Rogelio) se detuvo en seco. Al ver la boutique dond
Mientras la atención de todo el bajo mundo estaba concentrada en la humillación y ruina financiera de Sebastián, Dante Volkov (Rogelio) ejecutó en completo silencio la primera fase de su venganza.En la residencia de Enzo Ferrer y Luciana, el teléfono de Enzo comenzó a sonar de forma insistente en medio de la penumbra del despacho. Al responder, la voz alterada del jefe de seguridad de sus depósitos centrales en el muelle lo puso en alerta.—Señor Ferrer... acabamos de sufrir un sabotaje en el contenedor principal. Se llevaron la carga de titanio y las armas de alto calibre. No dejaron rastro de disparos ni imágenes en las cámaras... pero nodejaron algo grabado en la puerta de acero de la bodega.—¿Qué dejaron? —preguntó Enzo con tono seco y frío, manteniendo la compostura.—Una marca pintada en negro sobre el metal, señor... El sello Volkov.Enzo no se alteró exteriormente; al contrario, una calma peligrosa y analítica se apoderó de sus facciones. Desconectó la llamada sin hacer ruid







