ログインKael apretó el teléfono con fuerza, consciente de que negarle la entrada al patriarca gitano equivalía a declarar una guerra abierta y precipitar exactamente lo que temía: que se llevaran a Melina para siempre.—Por supuesto, señor Tobías. Las puertas de mi casa están abiertas para usted —respondió Kael con voz firme, intentando ocultar el sudor frío que le recorría la nuca—. Venga directamente a la mansión. Aquí podremos hablar de las tierras y, de paso, se reunirá con Melina.Minutos después, cuando el vehículo de Tobías se detuvo frente a la entrada principal, Melina ya había sido advertida y bajaba a recibirlo. Al ver la silueta de su padre en el recibidor, el corazón se le encogió de alegría y culpa a la vez. Corrió hacia él y se arrojó a sus brazos con fuerza.—¡Papá...! —exclamó Melina, ocultando el rostro en su hombro mientras lo abrazaba con desesperación.—Mi niña... mi pequeña sol, ¿estás bien? ¿Te hicieron daño? —preguntó Tobías, revisándola de arriba a abajo con la mirada
## La luz del alba y la confesión del loboEl primer rayo de sol colándose por los ventanales de la opulenta habitación de **Kael** iluminó suavemente el rostro de **Melina**. Poco a poco, sus pestañas temblaron y abrió los ojos, sintiendo un calor intenso que la envolvía por completo. El recuerdo del sueño con su madre, los tulipanes y el destello cegador del amuleto se mezclaron en su mente con la cruda realidad.Parpadeó varias veces, desorientada, hasta que enfocó la vista. A su lado, acostado semidesnudo y sosteniéndola con una delicadeza infinita, estaba Kael. Los ojos de él la miraban con una devoción tan absoluta que a Melina se le cortó la respiración.La memoria regresó de golpe, trayendo consigo la escena del jardín: el ajo, la cruz, el collar flotando y Kael transformándose en una bestia colosal.Melina se incorporó de golpe, llevándose una mano al pecho y mirándolo con los ojos muy abiertos, entre asombrada y fascinada.—O sea que... ¿el lobo que vi en la hacienda eras tú
La sangre le zumbaba en los oídos a Sebastián de una manera ensordecedora. Al ver aquel beso, la última chispa de cordura que le quedaba se desvaneció por completo. Dio un paso al frente, con los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en la carne, dispuesto a lanzarse hacia el reservado VIP y destrozar al maldito que se había atrevido a tocar lo que era suyo.—¡Me voy a meter ahí a matarlo, Stavros! ¡No me importa nada! —bramó Sebastián con voz ronca, los ojos inyectados en una furia ciega y los músculos tensos como resortes a punto de romperse.Stavros se movió con rapidez milimétrica, bloqueándole el paso y agarrándolo firmemente del brazo para anclarlo al suelo.—¡Espere a que esté sola, señor, por favor! —suplicó Stavros con los ojos muy abiertos, consciente de que irrumpir en territorio de los Di Santi de esa manera era una sentencia de muerte segura—. ¡Tiene a toda la seguridad de la dinastía vigilando la mesa! ¡Si entra así, lo acribillan antes de que dé do
Mientras la noche avanzaba y el resto de la familia encontraba su propia vía de escape entre la pasión y la adrenalina, Alessia se encontraba encerrada en su elegante habitación dentro de la mansión.Se quitó los zapatos de tacón con un suspiro pesado y se dejó caer al borde de la cama, contemplando el reflejo de la ciudad a través de los ventanales. Intentaba mantener la compostura, erguir la espalda y repetirle a su mente que una Di Santi jamás se quebraba por un hombre, pero la procesión iba por dentro. La sombra de Sebastián seguía pesando demasiado en su pecho. El dolor por su ausencia, combinado con la rabia y el orgullo herido, la ahogaban en silencio.Se negaba a seguir llorando en la oscuridad. Las mujeres de su dinastía no se marchitaban; se incendiaban.—Se acabó —murmuró Alessia para sí misma, poniéndose de pie con una decisión implacable en los ojos—. Voy a sacármelo de la cabeza esta misma noche.Tomó su teléfono y organizó una salida exprés con sus amigas de confianza
El aire en el hangar del aeropuerto privado seguía oliendo a pólvora quemada, pero la tensión mortal de hace unos segundos se disipó con una rapidez pasmosa, reemplazada de golpe por una atmósfera de asombro y risas contenidas.Mientras Viktor, Larry y el resto del equipo de seguridad se movían con una sincronización quirúrgica —apartando el cuerpo del acosador, limpiando el asfalto y asegurando la zona en cuestión de segundos como si sacar la basura fuera parte de la rutina diaria—, la familia respiró aliviada.Damián fue el primero en romper el hielo. Con una sonrisa de oreja a oreja, que mezclaba el orgullo más puro con una devoción absoluta, se abalanzó sobre Tamara y la levantó por los aires en un abrazo efusivo, haciéndola dar una vuelta.—¡Santo cielo, mi amor! ¡Te acabas de graduar con honores en la peor escuela del mundo! —exclamó Damián, soltando una carcajada mientras la bajaba con suavidad y la miraba a los ojos con una mezcla de fascinación y locura—. Te juro que estoy má
El comedor principal de la mansión seguía impregnado de ese aroma a alta cocina, pólvora y tensión familiar. Los platos de postre y las copas de licor habían reemplazado al banquete principal, pero la atmósfera seguía cargada de la electricidad típica de los Di Santi.Fue en ese momento cuando Angelo dejó su copa sobre la mesa con un seco y elegante repiquetear de cristal. Con un gesto de la mano, hizo que la conversación casual se detuviera de golpe. Sus oscuros ojos, afilados como cuchillas, se posaron directamente sobre las parejas de la familia que aún no portaban el apellido de sangre: Nico , Enzo, Tamara y Anaís quien sostenía distraídamente una servilleta mientras la pequeña Mía jugaba bajo su silla.—Ustedes cuatro —comenzó Angelo, con esa voz ronca y dominante que obligaba a cualquiera a mantener el aliento—. Acercarse a mis hijos o integrarse a esta mesa no es un juego de niños. A Bianca, a Luciana, a Damián y a Thiago se les respeta, se les cuida y se les protege con la vid







