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C2 — SOLO ESTA NOCHE

Autor: Paulina W
last update Data de publicação: 2026-09-24 06:51:29

C2 — SOLO ESTA NOCHE

La luz de la mañana entraba por una ventana que Evie no reconocía. Se quedó quieta un segundo, contando las molduras del techo mientras sentía el peso de un brazo en su cintura y la respiración lenta a su espalda.

Cristian dormía a su lado.

Evie se deslizó fuera de la cama con mucho cuidado para no despertarlo. Al ponerse de pie, sintió un tirón y un ardor punzante entre las piernas que la hizo apretar los dientes. Claro, después de todo lo de anoche, su cuerpo le estaba pasando la cuenta.

Miró el suelo y vio su vestido enredado con la camisa de él. Y justo ahí, al darse la vuelta, se detuvo a mirarlo.

Era un hombre increíblemente guapo.

De esos atractivos que intimidan, bien entrado en los treinta, de cabello rubio algo revuelto y un cuerpo musculoso que parecía diseñado exactamente para dar placer. Al verlo, a Evie se le vinieron a la mente varios fragmentos de la noche anterior y sintió cómo las mejillas se le calentaban.

No había sido por el alcohol.

Se había acostado con él porque de verdad lo había deseado.

Habían estado hablando un buen rato, compartiendo cosas en común, riéndose, y una cosa llevó a la otra hasta que terminó pasando. Tampoco era que ella fuera una mojigata, pero llevaba años sin estar con nadie. Primero por la enfermedad de su madre y después por todos los problemas y deudas que le cayeron encima; simplemente no tenía cabeza ni tiempo para pensar en su vida personal, por más que Amber intentara animarla regalándole un vibrador nuevo en cada cumpleaños.

Buscó su ropa interior.

La levantó del suelo y, al hacerlo, vio el teléfono de Cristian sobre la mesa de noche, con la pantalla hacia arriba y sin clave.

Podría escribir su número ahí mismo, eran diez segundos y él no lo notaría hasta más tarde.

Pero no lo hizo.

Porque poner su número convertía lo de anoche en el comienzo de algo, y ella no tenía ganas de empezar nada con hombres que aparecían y desaparecían cuando les daba la gana.

Ya tenía bastante experiencia con uno de esos.

Así que se vistió a toda prisa, sin encender la luz. Dos años de celibato terminaron en una sola noche y, de todas las formas en que imaginó que pasaría, jamás pensó que fuera así.

Se cerró el cierre del vestido, buscó los tacones y agarró el bolso. Antes de salir, miró hacia la cama una última vez.

Cristian seguía dormido con un brazo colgando fuera del colchón, sin ganas de despertarse pronto.

Evie sonrió en silencio y cerró la puerta sin hacer ruido.

(…)

A eso de las once, Cristian se despertó y estiró la mano buscando el otro lado de la cama.

—Ven, muñeca, lo vamos a hacer tres veces más.

Pero solo tocó sábanas frías.

Al instante abrió los ojos, se sentó y se quedó esperando escuchar el agua de la ducha o algún ruido en el baño.

Nada.

Buscó con la mirada algo que le dijera que ella seguía ahí en la suite: los zapatos cerca de la entrada, el bolso sobre una silla.

Pero no había nada. Se había ido.

Se pasó la mano por la cara, frustrado. De hecho, nunca lo había hecho.

Repetir tres veces con la misma mujer. Para él siempre eran unas horas, un buen recuerdo y adiós, pero con ella fue diferente.

Después de la primera vez quiso la segunda, y después quiso una tercera.

Era como si su cuerpo hubiera decidido que esa castaña de respuesta rápida y sin filtros era justo lo que necesitaba desde hace tiempo. Y ahora la cama estaba vacía y él seguía ahí parado, sintiéndose como un idiota al que acababan de dejar plantado.

En ese momento, el teléfono vibró en la mesa.

—Paredes —contestó molesto.

—Señor Allister, la negociación con su esposa se complicó.

—Dime que bajó la cantidad que pide.

—No solo no la bajó, sino que confirmó que no piensa ceder ni un dólar.

Cristian cerró los ojos.

Anoche había conocido a una mujer que no le pidió nada, ni su nombre completo, ni su número, ni le hizo prometer que se verían otra vez. Y esta mañana volvía a la realidad con una esposa a la que ni conocía bien, pero que quería sacarle cien millones de dólares sin haber compartido con él ni una sola cena.

Esa diferencia le apretó algo en el pecho que prefería no pensar.

—Siga negociando con ella —dijo mientras caminaba al baño—. Ofrézcale algo razonable. Yo tengo otra cosa que resolver.

Colgó antes de que Paredes le preguntara qué cosa.

Se dio una ducha rápida y se vistió.

Ya iba a salir cuando vio algo en el suelo cerca de la puerta: era una tarjeta pequeña, de esas que dan en los eventos, con el nombre de la conferencia de marketing que se había hecho anoche en el hotel.

No tenía nombre ni apellido, solo el título del evento.

La levantó y la giró entre los dedos. No la guardó por romanticismo. La guardó porque esa misma mujer que anoche le puso reglas claras de lo que iba a pasar, esta mañana se había ido sin darle la oportunidad de decidir a él si quería volver a verla.

Eso le molestaba.

Y, para su mala suerte, también le llamaba la atención.

Al bajar a recepción, preguntó como si no tuviera importancia quién había organizado la conferencia de anoche. Solo consiguió un número de contacto general.

Marcó apenas pisó la calle.

—Buenos días, necesito información sobre una asistente al evento de ayer.

—Lo siento, señor, no podemos dar datos personales. Además, hubo más de trescientas personas registradas.

Cristian bajó el teléfono, maldiciendo.

Trescientas personas.

Sin nombre, sin apellido y sin una sola pista útil.

Sacó la tarjeta del bolsillo y la miró un segundo, listo para tirarla en el primer basurero que viera, pero de nuevo no lo hizo y la volvió a guardar.

(…)

En otra parte de la ciudad, Evie entró a su apartamento y Amber estaba sentada en el sofá con dos tazas de café.

Dejó una sobre la mesa apenas escuchó que abrían la puerta.

—¿Qué tal tu noche? Aunque diré que bien, ya que no me contestaste ni un mensaje.

Evie empujó la puerta con el pie y soltó el bolso en una silla.

—Estaba ocupada.

Amber le acercó la taza y Evie la tomó, le dio un sorbo y evitó mirarla a los ojos por más de dos segundos.

—¿Y ese alguien tiene nombre?

—Sí, claro que tiene nombre, pero no te lo voy a decir.

Amber cruzó los brazos y se le quedó mirando con diversión. Evie tomó más café, esperando que el silencio arreglara las cosas.

—Fue solo una noche —dijo al final—. Una. Y no lo voy a volver a ver.

—¿Y por qué estás mirando el teléfono cada dos minutos?

Evie bajó la mano rápidamente, sin darse cuenta de que había mirado la pantalla tres veces desde que llegó.

—No estoy mirando nada.

—¿Le diste tu número?

—No.

—¿Él te dio el suyo?

—Tampoco.

Amber negó decepcionada.

—Evie, cariño, así no funcionan las cosas. Se supone que después de una noche increíble dejas una nota con tu número en la almohada, no huyes como si acabaras de robar un banco. Aunque, pensándolo bien, técnicamente sí robaste algo: dos años de celibato acumulado en una sola noche. Ese pobre hombre debe estar traumatizado.

Evie sintió un calor subirle por el cuello y se removió en el asiento. Por un segundo, se reprochó no haber dejado su número. Quizás debió escribirlo en el espejo del baño con el lápiz labial, o dejarlo en una servilleta, o...

Pero se detuvo en seco.

Lo de anoche ya pasó. Punto final.

No iba a convertirse en una de esas mujeres que esperaban mensajes que nunca llegaban. Ya tenía bastante con un esposo fantasma que le pedía el divorcio por mensaje.

Iba a levantarse cuando el teléfono comenzó a sonar.

Era un número de empresa.

Contestó pensando que sería otra entrevista fallida o algún reclutador dándole excusas educadas.

—¿Evie Parker?

—Sí, habla ella.

—Le llamamos de Recursos Humanos de APEX. Su solicitud para el puesto de asistente de dirección pasó. Necesitamos que se integre hoy mismo, si puede.

Evie se quedó helada con el teléfono en la oreja, mirando a su amiga que esperaba igual que ella.

—¿Hoy?

—En dos horas, si no tiene problema.

—No. Ahí estaré.

Colgó.

Hace unos minutos estaba pensando en el desconocido, en si debió dejar su número, en si volvería a verlo.

Pero ahora tenía algo mucho más importante en qué pensar.

Este puesto en APEX era el inicio de su sueño, la oportunidad que había estado esperando durante meses para fundar su agencia de marketing. Porque estaba segura de que su marido fantasma no le daría los cien millones que había pedido, pero, la sola idea de molestarlo con esa cifra absurda le daba una satisfacción que ningún desconocido guapo podría igualar.

Por muy increíble que hubiera sido la noche anterior.

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Comentários (3)
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ILiana Ferreira
Bueno ambos se quedaron encantados con el otro y sin saber que son esposos
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ILiana Ferreira
Consumaron su matrimonio sin saberlo, jajajaja
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Teresa Maldonado
Omg ... caíste mujer jajajja bueno pues quien no
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