FAZER LOGIN
«Lo siento, señorita Parker, pero francamente no está capacitada para el cargo.»
Evie entró al ascensor y se apoyó contra la pared metálica, sacó el teléfono y actualizó la bandeja de entrada del correo. Quizás tendría respuesta de otra oferta de trabajo y como cosa del destino, llegó un mensaje.
Era de un número desconocido.
"Soy tu esposo. He decidido terminar nuestro matrimonio."
Las puertas del ascensor se abrieron. Evie salió y se detuvo en la mitad del vestíbulo.
Parpadeó y volvió a leer, mientras un calor agrio le subía por la garganta.
Dos rechazos seguidos en menos de diez minutos.
Primero el profesional; luego, el hombre con el que estaba unida por un pedazo de papel.
Aun así, no se molestó en responder al texto, porque un desconocido no merecía la satisfacción de un enfrentamiento por mensaje.
En lugar de eso, marcó el número del abogado que se apellidaba Paredes y pulsó llamar mientras empujaba la puerta giratoria hacia la calle.
El aire fresco del atardecer le golpeó la cara.
—Señora Allister —respondió la voz pausada del abogado al segundo tono—. Iba a llamarla. Recibí instrucciones de su esposo para iniciar el trámite formal de divorcio.
Evie se detuvo frente al ventanal de cristal del edificio corporativo del que acababa de salir.
—Me indica el señor Allister que, si estamos de acuerdo en las cláusulas, podríamos resolver esto de forma rápida y limpia —continuó Paredes.
Dos años y medio atrás, ella había aceptado la firma de ese acuerdo porque no tenía opción. Su madre sufría en una cama de hospital y la familia de él había cubierto hasta el último centavo del tratamiento.
Al final, la enfermedad igual se la llevó.
Ahora que no les servía de nada, la desechaban como a un mueble viejo. Estaba perfectamente de acuerdo con irse, pero esta vez ella fijaría el precio de salida.
—Señora Allister, ¿sigue ahí?
Evie acomodó el bolso sobre el hombro y clavó la vista en su propio reflejo.
—Cien millones de dólares.
El silencio al otro lado de la línea se prolongó tanto que el murmullo del tráfico pareció ensordecedor. Evie despegó el teléfono del oído y comprobó que la llamada seguía corriendo. Volvió a pegarlo a la oreja.
—¿Se desmayó, licenciado?
—Estoy considerando si habla en serio —repuso Paredes, aclarándose la garganta con un carraspeo brusco.
—Considéreme muy seria.
—Señora Allister, con todo respeto, esa cifra es absurda. Él difícilmente la va a aceptar.
Evie soltó una risita seca, desprovista de humor, y comenzó a caminar a paso firme por la acera.
—Él tiene prisa. Yo no.
Colgó sin esperar respuesta y guardó el teléfono en el bolsillo.
(…)
Al mismo tiempo, en el último piso del complejo APEX, la luz del atardecer se filtraba entre los ventanales.
Cristian Allister firmó un documento de un manotazo, se lo lanzó a un ejecutivo que esperaba de pie y señaló la pantalla de la computadora, donde una videollamada aguardaba en silencio.
El teléfono personal de Cristian sonó sobre el escritorio y al ver el nombre de Paredes, dejó la pluma sobre la mesa y respondió de inmediato.
Quería el tema del divorcio cerrado antes del fin de semana.
—Dime que ya firmó.
Sin embargo, escuchó la voz titubeante del abogado y a medida que las palabras se articulaban al otro lado de la línea, la mano de Cristian que sostenía el teléfono se tensaba y su ceño se apretaba bruscamente.
—¡¿Cien millones?! —interrumpió, alzando la voz—. ¿Se volvió loca? —continuó Cristian, levantándose de la silla de golpe—. ¿Qué piensa, que se está tratando del divorcio de Diana Spencer y Carlos de Gales?
Paredes intentó dar una explicación técnica sobre las exigencias, pero Cristian lo cortó en seco, golpeando la mesa con el puño cerrado.
—¿Ella puso esa cifra exactamente?
—Palabra por palabra, señor Allister.
Cristian bajó la vista hacia el expediente matrimonial que reposaba en la esquina de su escritorio, el mismo que llevaba dos años evitando abrir.
Ni siquiera rozó la portada.
—Dile que se ubique y llegue a un acuerdo razonable. No voy a regalarle cien millones a una desconocida.
Colgó y arrojó el teléfono sobre la mesa.
Sergio, su amigo que estaba ahí, dejó escapar un silbido y estiró la mano para tomar otro expediente.
—Definitivamente quiero saber qué pasó.
Cristian volvió a sentarse, mesándose el cabello rubio con frustración.
—Mi esposa acaba de ponerle precio al divorcio.
—¿Y? Tú le pusiste precio al matrimonio primero —soltó Sergio con voz pausada.
Cristian apretó la mandíbula y no añadió una sola palabra.
(…)
EN UNA CAFETERÍA...
—¡Cien millones! —Amber Hills ahogó un grito y se tapó la boca, derramando un chorro de café helado sobre la mesa.
Evie dejó escapar una carcajada, la primera en todo el día. Pero el eco de la risa se apagó en cuanto sus ojos se posaron de nuevo en la carpeta de la entrevista fallida que descansaba sobre la mesa.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó su amiga, limpiando el desastre con una servilleta.
—Tengo otra postulación en proceso en APEX —contestó Evie, cruzándose de brazos—. Si me llaman, bien. Si no, buscaré en otra parte. No me voy a quedar a llorar.
Amber acomodó su escote, clavando sus ojos audaces en Evie sin ningún filtro.
—Escúchame bien, Evie. Esta noche vas a salir, te vas a tomar tres tragos y vas a disfrutar. Tienes veinticinco años, estás preciosa y llevas dos años y medio casada con un fantasma sin haber tenido siquiera una jodida noche de bodas. ¡Es un desperdicio criminal de juventud!
Evie sintió un calor repentino subirle por el cuello y se removió en la silla, incómoda ante el comentario tan directo de su amiga. Miró a su alrededor temiendo que alguien las hubiera escuchado.
—Amber, por favor, baja la voz... —murmuró, frunciendo el ceño—. No es como si estuviera guardando luto por un matrimonio que ni existió. Además... no es que sea una mojigata.
—¡Por eso mismo! Tu celibato involuntario se termina hoy —sentenció Amber sacando dos pases dorados de su bolso y golpeándolos contra la madera—. Evento de networking de marketing esta noche. Hotel Grand. Hay ejecutivos guapos, dinero y barra libre.
Evie miró su traje sastre gris, algo gastado en las mangas.
—No tengo ánimos, Amber. Además, mírame.
—Ay, por Dios... No inventes excusas —la pelirroja se inclinó con una sonrisa malvada—. Esta es la ocasión perfecta para que uses ese vestido rojo.
Evie iba a negarse otra vez, pero su teléfono vibró sobre la mesa. Miró la pantalla: era otro mensaje del número desconocido.
"Espero tu respuesta pronto. No compliques esto innecesariamente."
Sintió cómo la sangre le hervía. Ese inepto ni siquiera había tenido la decencia de presentarse, de llamarla, de verla a la cara. Solo un mensaje frío, impersonal, como si estuviera cancelando una suscripción.
Alzó la vista hacia su amiga, esbozando una sonrisa afilada.
—Dame una hora para cambiarme.
MÁS TARDE ESA NOCHE...
El bar del Hotel Grand era elegante.
Cristian caminó hacia la barra con el primer botón de la camisa desabrochado y la corbata ligeramente aflojada. Acababa de salir de la cena empresarial, donde no había hecho más que cerrar tratos y declinar miradas coqueteras de las esposas de los inversionistas. Ahora solo quería una copa a solas antes de que Paredes volviera a colmarle la paciencia con otro informe del divorcio.
Se acercó al taburete de la esquina y se dejó caer, cuando notó un bolso de piel sobre el cuero negro bajo sus nalgas. Iba a apartarlo cuando una mano fina y de uñas cuidadas se plantó en la barra.
—Este asiento está ocupado —dijo.
La sola voz lo estremeció. Sin embargo, alzó la mirada con la acostumbrada arrogancia de quien nunca ha tenido que pedir permiso.
Pero las palabras se le atragantaron en la garganta.
La mujer parada frente a él tenía una cascada de cabello castaño largo que caía en ondas sueltas sobre sus hombros descubiertos. Su cuerpo, esbelto y peligrosamente curvado en un vestido rojo ajustado, desprendía un atractivo natural, casi involuntario. Y cuando ella alzó el rostro, unos ojos claros, afilados y llenos de una chispa peligrosa lo fijaron al suelo.
No fue un flechazo romántico.
Fue un impacto físico directo al pecho, una sacudida de pura atracción instintiva que le detuvo la respiración durante un segundo entero.
Cristian, que conocía a cientos de mujeres al mes y las olvidaba en minutos, se descubrió incapaz de apartar los ojos de ella.
Por su parte, Evie alzó una ceja mirándolo de arriba abajo con una mezcla de fastidio e ironía.
—¿Te vas a levantar? —soltó ella, sin inmutarse ante el porte imponente del hombre, aunque tenía que reconocer que era atractivo—. ¿O planeas destruir mi bolso con tu trasero?
Cristian parpadeó, y una sonrisa lenta, descarada y profundamente sensual comenzó a curvarle los labios. La arrogancia habitual mutó en un juego juguetón. Así que apoyó una mano en la barra, inclinándose apenas un par de centímetros hacia ella para dejar que su perfume a sándalo y tabaco la envolviera.
—Si tuviera que destruirte algo, preciosa, te aseguro que no sería tu bolso —repuso él, con la voz grave, pausada, cargada de una sugerencia explícita.
Evie mantuvo la barbilla en alto, aunque el ritmo de su pulso dio un salto traicionero contra su cuello.
—Lástima que no vas a tener la oportunidad de averiguar qué más podrías destruir. Ahora párate.
Cristian dejó escapar una risita baja, un sonido masculino que vibró justo en el espacio entre los dos. Se puso de pie, sacó el bolso y se lo dio. Evie tomó el asiento de al lado, y él se acomodó en el taburete, sin quitarle los ojos de encima.
—¿Nombre?
—No doy datos a hombres que irrumpen en mi espacio personal.
—Considéralo una invasión con intenciones honorables —coqueteó Cristian, inclinando la cabeza—. Me llamo Cristian. Y estoy a punto de pedirte la bebida más fuerte de este lugar para ver si esa lengua tan afilada se suaviza un poco.
Evie le dio una sonrisa y los hoyuelos de su mejilla se atenuaron.
—No se suaviza ni con veneno, Cristian —respondió, acentuando su nombre con un tono mordaz que a él le pareció ridículamente provocativo—. Pero puedes intentarlo.
Él hizo un ademán y minutos después, el barman colocó dos vasos sobre la barra.
En ese exacto segundo, el teléfono de Evie vibró sobre la barra, iluminando la pantalla con un nombre en mayúsculas.
"PAREDES"
Un segundo después, el de Cristian vibró. Lo sacó de su bolsillo y miró la pantalla.
"PAREDES"
Ninguno de los dos miró la pantalla del otro.
Pero sin dudarlo un segundo, ambos presionaron el botón rojo y dejaron el teléfono boca abajo. Se giraron el uno hacia el otro, listos para continuar el juego de miradas, completamente ajenos a que acababan de colgarle al mismo abogado.
C10 — PRUÉBAMELos siguientes cuarenta minutos se fueron volando.El equipo digital rehízo la segmentación mientras Evie reescribía los textos. Hale, que un rato antes quería suspenderlo todo, terminó arremangado a su lado, corrigiendo cifras en voz alta.Todo iba bien hasta que sonó el teléfono de la sala. Era la representante de Kiara Doss, la influencer con más alcance de toda la campaña.—Kiara no toca un video aprobado. Está en el contrato —señaló la representante.Evie se levantó y caminó hasta la ventana, buscando controlar el temblor en su voz.—No le pido que toque el video. Le pido dos líneas del texto y el enlace. Si mañana sus seguidores de la costa oeste hacen clic en "cómpralo ahora" y no encuentran el producto, no van a culpar a la marca. Van a culpar a quien se los recomendó.Hubo un silencio en la línea.—Mándame el texto. Dos líneas. Ni una más.Evie colgó y soltó el aire.El siguiente problema llegó cinco minutos después. El equipo digital necesitaba los códigos pos
C9 — NO ERA SU TRABAJODurante tres segundos, nadie dijo nada. Ocho cabezas giraron hacia la puerta. Martin Hale, el director de cuenta, se enderezó despacio, con las manos todavía apoyadas sobre la mesa.—¿Perdón?Evie apretó la carpeta contra el pecho.En ese instante se acordó de las cuentas que la esperaban a fin de mes, del sueldo que todavía no había cobrado y de que llevaba apenas dos días con un gafete de APEX colgado al cuello.Una persona sensata habría pedido disculpas y cerrado la puerta.Pero ya estaba adentro.Así que dejó la carpeta sobre la mesa y caminó hasta la pantalla.—El problema no es que no haya inventario. —Señaló el mapa de distribución—. Es que no llega a todo el país al mismo tiempo. Hay producto en Chicago, Dallas, Atlanta y toda la costa este. Lo que falta es el oeste.Hale cruzó los brazos.—Eso ya lo sabemos.—Entonces no lancen una campaña nacional. Lancen una escalonada. —Evie amplió la zona abastecida en el mapa—. Donde hay producto, todo sigue igual
C8 — LO QUE NO DEBERÍA IMPORTAREvie llegó puntual a APEX, con un poco más de maquillaje del habitual, del tipo que se aplica cuando la noche anterior se pasó dando vueltas en la cama sin llegar a ningún lado útil.Cristian la vio pasar hacia su escritorio y no pudo evitar mirarla dos segundos de más.—Parker. Cara de haber dormido mal.—Cara de tener trabajo pendiente —corrigió ella, sin detenerse—. ¿Ya está la lista de invitados para lo de Meridian?—Esa es tu prueba, no la mía.—Qué generoso.—Ya te dije: no soy generoso. Solo tengo curiosidad de ver si sobrevives.Evie ni siquiera lo miró al pasar a su lado, fue directo hacia su escritorio.—Sobreviví cosas peores que un jefe con complejo de examinador.Después de lidiar con su jefe arrogante, Evie se sumergió en la organización del evento: confirmaciones de asistencia, catering, revisar que la sala reservada tuviera capacidad suficiente, los documentos de última hora que Meridian seguía enviando sin ninguna consideración por los
C7 — ESPOSA FANTASMAEl teléfono de Evie vibró contra la madera justo cuando ella volvía del cuarto de copias. La pantalla se iluminó con ese maldito número desconocido y ella lo reconoció al instante: su esposo.—Vaya, decidió tener voz —murmuró entre dientes, soltando un bufido de desdén.No se molestó en contestar.Tenía trabajo que hacer y, además, ¿qué podrían decirse?Así que deslizó el dedo sobre el botón rojo y rechazó la llamada, volviendo la vista a la pantalla de la computadora como si no acabara de mandarlo directamente al buzón.Al otro lado del cristal, Cristian bajó el teléfono con una lentitud casi teatral. Se quedó inmóvil, mirando la pantalla a oscuras mientras procesaba lo que acababa de ocurrir.—¿Me colgó? —señaló sin disimular la incredulidad que le deformaba la cara.Miró la pantalla negra como si fuera un objeto traicionero.—¿Quién te crees, extraña? —murmuró, apuntando con el dedo a la pantalla—. Soy Cristian Allister. La gente no me cuelga... la gente me sup
C6 — CRISSEvie apartó un poco el teléfono de la oreja, sorprendida por el tono tan pesado que venía del otro lado de la línea.—Soy la nueva asistente del señor Allister.Se hizo un silencio en la línea. Esta vez fue más largo y bastante incómodo.—¿La nueva asistente?Evie giró la cabeza hacia la biblioteca de la oficina. Cristian estaba revisando unos libros de contabilidad, totalmente desentendido de lo que pasaba.Pero una sola palabra le quedó retumbando a Evie en la cabeza, repitiéndose una y otra vez.Criss.No «señor Allister».Ni siquiera «Cristian».Criss.—Mira qué interesante —soltó la mujer con una risita helada—. Espero que sepas lo que haces. Por suerte, Criss no suele quedarse con sus asistentes por mucho tiempo.Evie arrugó la frente.No sabía qué le daba más rabia: si la amenaza disfrazada de consejo o tener que escuchar ese apodo tan cariñoso en boca de una desconocida.Al final, la mujer ni se molestó en pedir que la comunicaran. Solo dio una orden.—Dile que Vict
C5 — OFICINA DEL SEÑOR ALLISTEREvie ni siquiera lo dejó terminar la llamada.En tres pasos cruzó la oficina y le arrebató el teléfono de la mano antes de que en Recursos Humanos alcanzaran a contestar y le colgó en la cara.—Si me vas a echar solo porque anoche terminé en tu cama, al menos ten los pantalones de decírmelo mirándome a los ojos —soltó ella, sin parpadear.Cristian se quedó petrificado, con la mano estirada en el aire donde un segundo antes sostenía el auricular. La escena era casi ridícula: el CEO de una empresa multimillonaria siendo desarmado en su propio escritorio.—No te estoy despidiendo —alcanzó a decir, acomodándose la chaqueta para recuperar algo de dignidad.—¿Ah, no? Entonces explícame por qué hace cinco minutos tenía trabajo y ahora le estás pidiendo a Recursos Humanos que busque a otra.—Puedo pasarte a otro departamento —reaccionó él rápidamente, intentando recuperar el control—. A mantenimiento del edificio, o al archivo del sótano. Hay muchas opciones.E







