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C3 — TÚ

Autor: Paulina W
last update Data de publicação: 2026-09-24 09:26:09

C3 — TÚ

Evie llegó a las oficinas de APEX con el cabello recogido de forma impecable, con el mismo traje sastre gris del día anterior, el único decente que le quedaba, y con una determinación de hierro. No había espacio en su mente para distracciones ni para recordar errores recientes; este trabajo era su prioridad absoluta y necesitaba conseguirlo a toda costa.

Una vez en el departamento de Recursos Humanos, una mujer de anteojos gruesos y sonrisa profesional comenzó a explicarle los detalles del puesto mientras revisaba su carpeta.

—Surgió un inconveniente con la asistente ejecutiva anterior y necesitamos cubrir el puesto de inmediato —le comentó la mujer—. Su perfil encajó mucho mejor de lo esperado, aunque debe saber que trabajará directamente bajo las órdenes del CEO.

Evie arrugó la frente, desconcertada.

—Pero mi solicitud fue para una vacante en el área de marketing.

—Lo sé —asintió la encargada—. Sin embargo, esta posición es temporal mientras buscamos un reemplazo definitivo. Además, estar tan cerca de la dirección ejecutiva le abrirá puertas que en marketing tardaría años en alcanzar.

Evie se quedó en silencio por un segundo, sacando cuentas mentalmente. Ciertamente no era el puesto que soñaba, pero podía convertirse en el atajo perfecto para conseguir lo que de verdad quería.

—Está bien, acepto —respondió convencida.

La acompañaron al último piso en un ascensor de cristal que subía tan rápido que le revolvía el estómago. Mientras esperaba afuera de la oficina principal, sintió el celular vibrar en su mano.

Era un mensaje de su amiga.

Amber: "¿Ya extrañas a tu desconocido?"

Evie no pudo evitar una leve sonrisa al leer la pantalla y le respondió al instante:

Evie: "Estoy trabajando. Ese hombre dejó de existir hoy a primera hora."

Guardó el teléfono justo en el momento en que la puerta del ascensor se abría en el piso presidencial.

Mientras tanto, dentro del despacho, Cristian llevaba rato frente a su computadora. Tenía abierta la lista de asistentes al evento de la noche anterior —le había pedido el favor a una amiga que trabajaba en la empresa organizadora, prometiéndole una cena carísima a cambio— y en ese momento había tres pestañas distintas mientras aplicaba toda clase de filtros.

Del otro lado del escritorio estaba Sergio, su socio y amigo, y lo miraba con una mueca burlona.

—Solo fue una noche —soltó Cristian de la nada, defensivo y sin levantar la vista de la pantalla—. Solo quiero saber por qué se fue así.

Sergio alzó una ceja y luego sonrió más burlón.

—Claro, por eso llevas más de una hora rastreándola como un detective privado obsesionado. Acepta que por primera vez en tu vida una mujer te abandonó. Siempre eres tú el que se va, ¿no? Quizás no fuiste tan bueno en la cama como alardeas. Tal vez la pobre huyó por decepción y no por estrategia.

Cristian cerró una de las pestañas con un clic demasiado ruidoso y lo miró.

—Cállate. Fue bueno. Fue jodidamente bueno y lo sabes.

—A otro con ese cuento. El hombre capaz de rastrear una empresa fantasma al otro lado del mundo en dos días, ¿no puede dar con una mujer con la que acaba de dormir? —Sergio se llevó una mano al pecho dramatizando—. Que alguien anote este momento en la historia.

—Cállate.

Cristian volvió la vista a la pantalla, pero la verdad era que ella lo había descolocado. Y no solo por el sexo, que había sido increíble, sino por algo más profundo que no quería analizar. Hacía años que no sentía esa punzada en el pecho, una especie de reconocimiento absurdo, como el que le dejó aquella noche de su juventud en la que alguien lo sacó de entre las llamas y desapareció antes de que pudiera darle las gracias. Nunca supo quién fue. Desde entonces había decidido que perseguir lo que no se puede controlar era una pérdida de tiempo. Pero esta mujer del vestido rojo había logrado en una noche lo que nadie había conseguido en años: hacerlo sentir algo.

—Con gusto me callo —dijo Sergio acomodándose en la silla—, apenas me digas cómo se llama.

Cristian prefirió no responder y mantuvo la última pestaña abierta. De pronto, unos golpes suaves en la puerta interrumpieron la discusión.

—Adelante —dijo él sin dejar de mirar la pantalla.

La encargada de Recursos Humanos entró con una carpeta en las manos.

—Señor Allister, ya le tenemos un reemplazo para su asistencia ejecutiva. Puede empezar de inmediato.

Acto seguido, Evie dio un paso al frente y entró a la oficina.

En ese instante, el tiempo se detuvo para los dos.

Cristian reconoció su forma de caminar antes de fijarse en la cara, y cuando por fin la miró a los ojos, su mente tardó un segundo en procesar lo que estaba viendo.

La misma mujer que unas horas atrás había dejado sus sábanas sin dejar una sola nota estaba ahí parada, en medio de su oficina, sujetando una carpeta y esperando instrucciones.

Por primera vez en mucho tiempo, la fachada implacable de Cristian amenazó con venirse abajo por completo. Y algo todavía más extraño pasó: su corazón le dio un vuelco violento en el pecho. Al mismo tiempo que el recuerdo de su piel, de sus gemidos suaves y de la calidez de su cuerpo lo atravesaba con una fuerza casi física.

Llevaba toda la mañana buscándola, deseando volver a tenerla cerca, y tenerla ahí tan de repente le quitó el aire.

En cuanto a Evie, le tomó un segundo entero asimilar la escena.

Su cerebro simplemente se negaba a aceptar semejante mala jugada del destino: el hombre de la noche anterior, el tipo increíble con el que había terminado en la cama, era nada más y nada menos que el director ejecutivo de APEX.

Sintió un golpe seco en el centro del pecho y su corazón empezó a martillarle con pánico contra las costillas.

Y las mejillas se le calentaron al recordar lo que habían hecho hace apenas unas horas y cómo lo había disfrutado.

«Perfecto, Evie. De todas las oficinas de esta ciudad, tenías que ir a pedir trabajo en la del tipo que te vio desnuda hasta el amanecer», pensó con un sarcasmo amargo que la ayudó a no desmayarse ahí mismo.

En cuanto a Sergio, notó la tensión en el aire de inmediato y bajó despacio los pies de la silla, olfateando el drama.

—Señor Allister —habló la mujer de Recursos Humanos, ajena a todo lo que pasaba entre ellos—, le presento a Evie Parker.

—Evie... —susurró Cristian, probando el nombre en su boca más para sí mismo que para los demás.

—Y ella es su nueva asistente ejecutiva —continuó la mujer, señalándolo a él—. Él es el señor Cristian Allister.

«Allister»

Evie dejó de respirar, pero Cristian fue el primero en reaccionar. Se puso de pie con firmeza y cerró la laptop de un manotazo.

—Déjenos solos, por favor.

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