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C4–NO VAS A VOLVER A ACOSTARTE CONMIGO

Autor: Paulina W
last update Data de publicação: 2026-09-24 09:39:54

C4 — NO VAS A VOLVER A ACOSTARTE CONMIGO

Allister.

El apellido le produjo una sensación extraña y sus dedos se apretaron alrededor de la carpeta, la razón es que ese era el apellido que llevaba legalmente desde hacía dos años y medio.

Pero hasta ahí llegaba lo que sabía.

Su matrimonio nunca había tenido ceremonia, fotografías ni siquiera una presentación formal.

Los Allister habían exigido absoluta discreción y todo se hizo a través de abogados y poderes notariales. Evie firmó su parte en una oficina mientras su madre seguía hospitalizada; el hombre con quien se casaba había hecho exactamente lo mismo, pero desde Londres.

El expediente completo había quedado en manos de los abogados y cualquiera de los dos podía haber pedido verlo, pero ninguno lo hizo.

Evie porque en aquel momento solo le importaba que los Allister pagaran el tratamiento de su madre y Cristian porque aquel matrimonio tampoco había significado una esposa para él.

Su abuelo había propuesto una cláusula bastante particular para darle el control de las empresas: para recibir el control definitivo, Cristian debía casarse y mantener el matrimonio durante al menos dos años y perder esas acciones significaba dejar una parte del poder familiar en otras manos.

Así que había firmado y así obtuvo una esposa desconocida a cambio de conservar lo que consideraba suyo.

Para ambos había sido un negocio.

Aun así, Evie observó a Cristian con mayor atención.

Allister.

Podía ser una coincidencia, pero algo incómodo acababa de instalarse en su estómago.

Descartó la idea casi de inmediato. Los Allister eran una familia enorme, con ramas repartidas por medio mundo, y hasta donde ella sabía su esposo seguía en Londres. Además, nadie tiene tan mala suerte.

—Déjenos solos, por favor.

La empleada de Recursos Humanos asintió y salió sin percibir nada extraño.

Sergio, en cambio, se levantó despacio, mirando primero a Cristian y después a Evie con una sonrisa que se hacía cada vez más grande.

—Yo también me retiro —dijo mientras caminaba hacia la puerta—. Aunque sinceramente, para esto hacían falta palomitas de maíz.

Cristian le lanzó una mirada de advertencia y Sergio salió todavía sonriendo.

Cuando la puerta se cerró, el silencio cambió por completo.

Cristian caminó hasta apoyarse contra el borde del escritorio y cruzó los brazos, luego la recorrió con la mirada desde el saco gris hasta sus zapatos.

Horas atrás esa misma mujer había estado desnuda en su cama, ahora estaba frente a él como si aquello jamás hubiera ocurrido.

—Así que este era tu gran plan —soltó.

Evie frunció el entrecejo.

—¿De qué hablas?

—Desaparecer de mi cama al amanecer y aparecer unas horas después en mi oficina.

La sorpresa de Evie se convirtió rápidamente en indignación.

—Créeme, si hubiera sabido que eras el dueño de este lugar, anoche me habría sentado en cualquier otro bar de la ciudad. Pero qué suerte la mía: de todos los hombres disponibles, tuve que acostarme con el único que resultó ser mi futuro jefe. Felicidades, ganaste la lotería del drama corporativo.

La sonrisa de Cristian desapareció.

No esperaba que dijera aquello con tanta tranquilidad y mucho menos que pareciera sinceramente disgustada por la coincidencia.

Dio un paso hacia ella.

—Esta mañana estuve buscándote.

Evie parpadeó.

—¿Qué?

—Intenté averiguar quién eras.

Eso sí consiguió desarmarla, tanto que durante un instante olvidó incluso dónde estaba. Ella había salido de aquella habitación convencida de que para él también había sido una sola noche, algo agradable que desaparecería en cuanto ambos cruzaran la puerta.

Pero él la había buscado, fue inevitable que una sensación cálida y peligrosa le atravesara el pecho, la aplastó antes de que creciera.

Necesitaba ese trabajo.

Mezclarlo con el hombre con quien acababa de acostarse era exactamente la clase de desastre que no podía permitirse.

Levantó la barbilla.

—Pues qué eficiente. Ya me encontraste.

Cristian entrecerró los ojos.

—Parece que sí.

—Solo que ahora hay un pequeño inconveniente —añadió Evie, abrazando la carpeta contra su pecho—. Soy tu empleada.

Cristian entendió inmediatamente.

—Lo que significa que no vas a volver a acostarte conmigo.

—Mira qué bien. Aprendes rápido.

Una risa corta escapó de la garganta de Cristian, aunque no tenía nada de divertida y se acercó otro paso.

Evie no retrocedió.

Aquello fue suficiente para que el recuerdo de la noche anterior le golpeara de nuevo: las manos de ella sobre sus hombros, su respiración contra su cuello, la forma en que había pronunciado su nombre.

Cristian apretó la mandíbula.

La quería otra vez y tenerla todos los días a unos metros de su oficina era una pésima idea, así que se dio la vuelta bruscamente, agarró el teléfono y marcó una extensión.

Evie lo observó con una ligera sospecha.

—¿Qué haces?

Cristian esperó hasta que respondieron.

—Habla Allister. Busquen a otra persona para la asistencia.

Evie abrió los ojos y Cristian clavó la mirada en ella.

—A ella no la quiero aquí.

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