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C5 — OFICINA DEL SEÑOR ALLISTER

Autor: Paulina W
last update Data de publicação: 2026-09-24 10:09:25

C5 — OFICINA DEL SEÑOR ALLISTER

Evie ni siquiera lo dejó terminar la llamada.

En tres pasos cruzó la oficina y le arrebató el teléfono de la mano antes de que en Recursos Humanos alcanzaran a contestar y le colgó en la cara.

—Si me vas a echar solo porque anoche terminé en tu cama, al menos ten los pantalones de decírmelo mirándome a los ojos —soltó ella, sin parpadear.

Cristian se quedó petrificado, con la mano estirada en el aire donde un segundo antes sostenía el auricular. La escena era casi ridícula: el CEO de una empresa multimillonaria siendo desarmado en su propio escritorio.

—No te estoy despidiendo —alcanzó a decir, acomodándose la chaqueta para recuperar algo de dignidad.

—¿Ah, no? Entonces explícame por qué hace cinco minutos tenía trabajo y ahora le estás pidiendo a Recursos Humanos que busque a otra.

—Puedo pasarte a otro departamento —reaccionó él rápidamente, intentando recuperar el control—. A mantenimiento del edificio, o al archivo del sótano. Hay muchas opciones.

Evie entendió la jugada al instante.

No la estaba echando, claro que no. Solo estaba buscando una salida elegante para quitársela de encima y no tener que verle la cara todos los días.

Dio un paso atrás y lo miró de arriba abajo con una sonrisa amarga.

—No necesito que me andes acomodando en ningún lado para que duermas con la conciencia tranquila —soltó con ironía—. Si me vas a mover de puesto, que sea por mi trabajo, no porque te dé miedo cruzarte con la mujer que te usó de entretenimiento una noche.

Cristian abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron.

¿Entretenimiento?

La palabra le golpeó el orgullo con una fuerza absurda.

Él siempre era quien ponía las reglas, quien decidía cuándo terminaban las cosas. Y ahora resultaba que para ella solo había sido eso: una noche divertida que ni siquiera mereció un número de teléfono.

Se pasó una mano por el cabello, claramente irritado.

—Trabajar juntos después de lo que pasó va a ser complicado —dijo, intentando sonar razonable—. Para los dos.

—Para ti, tal vez —atacó Evie cruzándose de brazos—. Yo sí sé mantener la ropa puesta en horario de oficina.

A Cristian se le atragantó la respuesta y Evie no le dio tiempo de recuperarse.

—Abre mi carpeta —dijo señalando los papeles sobre la mesa—. Si ves que no me da la cabeza para el puesto, échame a la calle ahora mismo y no te digo nada. Pero si estoy capacitada, no me vas a mandar a limpiar pisos solo porque te da vergüenza que la chica de anoche tenga nombre, apellido y trabaje al lado tuyo.

Cristian la sostuvo con la mirada durante unos segundos.

Luego abrió el expediente.

Leyó rápido, como hacía con todo lo que pasaba por sus manos, y se encontró con excelentes calificaciones, proyectos bien estructurados, una trayectoria en marketing digital impecable y sin inflar datos ni inventar milagros.

Cristian frunció ligeramente el ceño.

Ella no había aparecido allí buscándolo, había conseguido ese puesto por méritos propios.

Y eso le quitaba cualquier excusa cómoda.

Buscando algún fallo técnico que justificara mandarla lejos sin traicionar sus propias reglas profesionales, tomó una carpeta de encima del escritorio.

—Tengo un informe de marketing que debo revisar antes de una junta esta tarde. Échale un ojo.

Evie tomó el documento y lo revisó ahí mismo, de pie, pasando las hojas con el pulgar a toda velocidad.

—Esto está mal planteado —dijo a los pocos segundos.

—No hay nada mal planteado. Lo hizo mi equipo de expertos.

—Pues tu equipo se equivocó —respondió ella girando la hoja para señalarle un gráfico con el dedo—. Le están ofreciendo este producto a un público que, según sus propios números, ya dejó claro que no le interesa comprarlo.

—Los datos muestran que hubo bastante interés al inicio.

—Los datos muestran clics en una pantalla, no compras reales —lo corrigió Evie con tono paciente, como si le estuviera explicando la tarea a un niño—. Hay un abismo gigante entre la curiosidad de la gente y la intención de sacar la tarjeta. Cualquiera que entienda un mínimo de ventas lo ve en dos segundos.

Cristian se acercó al escritorio, tomó el papel y buscó la página señalada.

—Ese mismo público funcionó bastante bien en la campaña anterior.

—Claro, porque la campaña anterior vendía otra cosa, a otro precio y en otro momento. Estás comparando peras con manzanas.

Cristian levantó la vista, sorprendido por el descaro.

—¿Cómo dijiste?

—Que esto no va a funcionar por más que lo decore tu equipo —resumió ella sin despeinarse.

A partir de ahí se engancharon en una discusión apretada.

Cristian le cambió los números y le propuso distintos escenarios intentando encontrar algún hueco en su razonamiento, pero Evie no cedió ni un milímetro. Le desmontó cada punto con datos claros, de forma lógica y tan firme que finalmente él se quedó en silencio.

Ella tenía razón y eso era peor de lo que esperaba, apretó la mandíbula mientras volvía a mirar el informe.

Había buscado un error para tener una excusa y ella acababa de quitársela.

Porque Evie no solo tenía carácter.

Era buena.

Muy buena.

Y por mucho que le molestara tenerla cerca, no iba a echar a alguien competente por un problema que era estrictamente personal.

Evie notó el cambio en su expresión y, aunque intentó disimularlo, sintió una pequeña victoria recorriéndole el pecho, finalmente Cristian cerró el informe de golpe.

—Está bien. Te quedas.

Evie apretó los labios para no soltar la risa.

—Qué generoso de tu parte.

—No te motives tanto, sigues a prueba.

—Tú también —le devolvió ella sin pestañear.

Cristian levantó la mirada, descolocado.

—¿Yo?

—Como jefe —remató Evie recogiendo el informe.

Cristian no pudo contenerse y soltó una carcajada corta y sincera que le suavizó la cara por completo.

Por un segundo, toda la tensión que llenaba la oficina pareció desaparecer y volvió esa misma complicidad extraña que habían compartido la noche anterior.

Él caminó hacia la salida de la oficina y señaló un escritorio ubicado del otro lado del cristal, a solo unos pocos metros del suyo.

—Ese lugar es tuyo.

Evie miró la distancia.

Estaban demasiado cerca.

Iba a tener que verlo trabajar todo el día, escuchar sus conversaciones telefónicas y cruzárselo cada vez que fuera por un vaso de agua.

Cristian observó el mismo espacio y llegó exactamente a la misma conclusión.

Tener todos los días a pocos metros a la mujer que deseaba y que acababa de dejarle muy claro que no pensaba repetir en su cama iba a ser un problema.

Pero ninguno dijo nada.

De repente sonó el teléfono fijo del escritorio y Evie asumió su nuevo puesto. Se aclaró la garganta y atendió con la voz más seria y profesional que pudo poner.

—Oficina del señor Allister, buenas tardes.

Del otro lado hubo un silencio, breve, pero lo suficientemente largo para resultar extraño. Entonces una voz de mujer, fría y afilada como un cuchillo, retumbó en el auricular.

—¿Quién habla? ¿Y por qué demonios estás contestando el teléfono de mi Criss?

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