LOGIN—Oh, Richard lo encargó —respondió Sarah con una sonrisa de orgullo—. Contrató a una compradora personal para llenar tu armario. Dijo que la hija de la familia Thorne debe vestirse de acuerdo a su estatus.
Elara tomó un vestido de seda color esmeralda, sintiendo la fría tela contra su piel. —Pero esta no soy yo, mamá. A mí me gustan mis jeans rotos y mis suéteres de punto holgados. Si me pongo esto para ir a la universidad, todos me mirarán como si fuera un extraterrestre.
—Úsalo por Richard, El —le rogó Sarah, y su voz adquirió un tono suplicante—. Solo quiere demostrarte su cariño. No lo decepciones en nuestro primer día aquí.
Elara dejó escapar un largo suspiro y devolvió el vestido a su percha. Se sentía como una muñeca recién comprada en una tienda, a la que vestían según los caprichos de su nuevo dueño. Sin embargo, al ver el rostro esperanzado de su madre, el espíritu radiante de Elara volvió a tomar el control. No iba a arruinar la felicidad de su madre solo por un problema de ropa.
—Está bien, mamá. Intentaré ponerme el vestido menos llamativo esta noche. —Elara esbozó una amplia sonrisa, mostrando los dientes—. Pero no prometo poder caminar con esos tacones de aguja sin caerme por las escaleras.
Sarah se rio, aliviada, y besó la mejilla de Elara. —Eres la mejor hija del mundo. Descansa un poco. Volveré a mi habitación al final del pasillo para deshacer las maletas.
Después de que su madre se fuera, el silencio volvió a adueñarse de la habitación. Elara se sentó en el borde de la mullida cama. Abrió su vieja mochila, sacó un pequeño marco de fotos con una imagen de ella y su madre de vacaciones en una playa pública hacía dos años, y lo colocó sobre la mesita de noche de mármol. El barato marco de plástico contrastaba drásticamente y se veía fuera de lugar allí. Exactamente igual que ella.
El estómago de Elara gruñó con fuerza. Miró su reloj digital. Apenas eran las diez de la mañana. Faltaban tres horas para el almuerzo. El estrés de la mudanza le había abierto el apetito.
—Tal vez no haga daño buscar la cocina —murmuró Elara para sí misma—. Los ricos deben tener un refrigerador, ¿no?
Elara se puso de pie, se alisó la camiseta básica y los jeans descoloridos que llevaba puestos, y salió de la habitación.
Resultó que la mansión era mucho más confusa cuando se exploraba a solas. Los pasillos parecían idénticos, con sus puertas de madera blanca herméticamente cerradas. Elara llevaba caminando diez minutos, había bajado por la escalera de caracol equivocada y ahora no tenía la menor idea de dónde estaba.
No se veía a un solo empleado. Esta casa era demasiado grande y estaba demasiado vacía.
—¿Izquierda o derecha? —susurró Elara al llegar a una intersección en el pasillo, cubierto por una gruesa alfombra. Eligió la derecha, con la esperanza de que aquel corredor la llevara a la parte trasera de la casa, donde solía estar la cocina.
Sin embargo, cuanto más avanzaba, más parecía cambiar la atmósfera de la casa. Las paredes, que antes estaban pintadas de blanco marfil con cálidos paneles de roble, se transformaron poco a poco en paneles de caoba mucho más oscuros. Los candelabros de cristal fueron reemplazados por apliques de pared de estilo gótico que emitían una tenue luz amarillenta. El aire se sentía más frío, como si el aire acondicionado en esa zona estuviera ajustado a una temperatura mucho más baja.
Los pasos de Elara se ralentizaron. El frío trepó por la piel desnuda de sus brazos. Tuvo la sensación de haber salido de la zona del "museo" para adentrarse en un mausoleo.
—¿Señor Harrison? —llamó Elara en voz baja. Su voz no produjo eco, como si aquellas paredes oscuras se hubieran tragado el sonido. No hubo respuesta.
Elara tuvo la intención de dar media vuelta, al darse cuenta de que probablemente había cruzado los límites sin querer. Recordó la advertencia que el mayordomo le había hecho esa misma mañana.
El Ala Este es el área privada del joven amo Jaxon.
El corazón de Elara comenzó a latir con más rapidez. ¿Acaso se había perdido y había terminado en el Ala Este?
Justo cuando estaba a punto de girarse, sus ojos captaron algo al final del lúgubre pasillo. A diferencia de las otras puertas de la mansión, que eran blancas o de un elegante color marrón, la puerta al final del pasillo era de un negro absoluto. Tan oscura que parecía un agujero negro absorbiendo la luz.
Estaba hecha de madera maciza y gruesa, sin una perilla convencional; en su lugar, tenía un panel de cerradura electrónica con una luz indicadora roja que parpadeaba lentamente, como si fuera el latido de un corazón. No tenía tallados ni adornos. Solo era una puerta negra que gritaba una advertencia letal: No te acerques.
Elara se quedó clavada en su sitio. Su lógica le gritaba que corriera de vuelta a su habitación, que se refugiara bajo las sábanas de seda y olvidara lo que había visto. Sin embargo, la curiosidad, una debilidad fatal derivada de su inocencia, ancló sus pies al suelo.
Había algo extraño.
Elara olfateó el aire. Entre el olor a madera barnizada vieja y el frío del aire acondicionado, su nariz captó un aroma que contrastaba fuertemente con la fragancia a rosas del jardín delantero. El olor era sutil, pero muy penetrante.
Olía a alcohol médico. Al líquido antiséptico que su madre solía usar en el hospital. Y a algo más. Algo que olía a hierro oxidado, dulce y metálico al mismo tiempo. Sangre.
Los ojos de Elara se abrieron de par en par, horrorizados. Dio un paso atrás, temblando. Su corazón ahora le golpeaba las costillas con violencia. Ese aroma a sangre fresca emanaba tenuemente por la rendija inferior de aquella puerta negra y opaca.
¿Qué había detrás de esa puerta? ¿Quién estaba sangrando dentro de una casa tan majestuosa?
De repente, el sonido de unos pasos pesados y rítmicos, de alguien que llevaba botas, resonó desde las escaleras en el otro extremo del oscuro pasillo. Alguien estaba subiendo a esa planta. Los pasos sonaban cansados, pero emanaban un aura amenazadora que le cortó la respiración a Elara.
Resultaba que esta jaula de oro escondía a su demonio con sumo cuidado. Y Elara acababa de plantarse justo frente a la puerta de su infierno.
El auto negro se detuvo lentamente frente a la pequeña panadería de las afueras de la ciudad. El aroma a canela y mantequilla llegaba hasta la calle. Elara miró el letrero de la tienda de su madre con el corazón latiendo desbocado.—¿Estás seguro de que quieres hacer esto ahora? —preguntó Elara, mirando a Jaxon mientras este se quitaba su costosa chaqueta. El hombre la arrojó al asiento trasero y se remangó la camisa blanca hasta los codos.—No voy a posponerlo ni un minuto más —respondió Jaxon con firmeza. Abrió la puerta del coche y salió—. Vamos.Ambos caminaron hacia el interior de la panadería. La pequeña campana sobre la puerta tintineó alegremente. La tienda estaba vacía. Sarah se encontraba acomodando pan integral en la vitrina de cristal cuando sus ojos captaron la presencia de la pareja.
El clic del intercomunicador dejó un silencio asfixiante en el despacho del CEO. Elara miró las dobles puertas de caoba conteniendo la respiración. Su mano, por puro reflejo, se aferró al borde de la chaqueta de Jaxon.—No tienes que involucrarte en esto, El —dijo Jaxon en voz baja. El hombre se arregló el cuello de la camisa con una calma pasmosa—. Déjame enfrentarme a ese anciano. Puedes esperar en la sala de descanso de ahí atrás.—No —respondió Elara rápidamente. Negó con la cabeza de forma decidida—. No voy a huir ni a esconderme más. Amenazó con destruir a mi madre. Tengo que estar aquí contigo.Jaxon miró a Elara durante un largo rato. Una leve y orgullosa sonrisa apareció en la comisura de sus labios. El hombre extendió la mano y acarició suavemente la coronilla de Elara.&m
Las puertas del ascensor VIP se cerraron, llevándose a Vanessa. El pasillo del piso cien quedó sumido en un silencio absoluto de inmediato. Un silencio que se sentía muy pesado y que asfixiaba los pulmones de Elara.Elara se giró. Miró a Jaxon con el corazón latiendo a mil por hora. El rostro del hombre que tenía delante se veía muy rígido. La mandíbula de Jaxon estaba tensa, y sus ojos miraban fijamente a la puerta de acero del ascensor, como si quisiera destruirla con la mente.—Jaxon —lo llamó Elara en voz baja. Su voz rompió aquel silencio helador—. ¿A qué se refería Vanessa hace un momento? ¿Qué secreto guarda tu padre sobre mi madre?Jaxon no respondió de inmediato. El hombre soltó un largo y pesado suspiro. Su brazo, que había estado alrededor de la cintura de Elara todo este tiempo, se
Jaxon apartó el teléfono de su oreja. Un suave clic puso fin a la llamada. Los oscuros ojos del hombre miraron fijamente el solitario pasillo del hospital. La calma en su rostro resultaba, de hecho, sumamente aterradora. Aquel hombre acababa de dar la orden de destruir toda una dinastía empresarial con una simple frase.—No tenías que llegar tan lejos, Jaxon —susurró Elara. Su mano seguía apoyada en la manga de la chaqueta del hombre—. La familia de Vanessa tiene aliados muy poderosos en la junta directiva. Podrías hundirte junto con ellos.—A partir de esta noche no tienen absolutamente nada —respondió Jaxon en tono monótono. El hombre bajó la mirada y acarició suavemente el dorso de la mano de Elara—. Y no me hundiré. Llevo mucho tiempo trazando este plan. El ataque de Vanessa a la panadería de tu madre solo ha acelerado mis tie
El nombre de Vanessa resonaba en la cabeza de Elara como un disco rayado. La respiración de la chica se aceleró. Se giró hacia Jaxon con el corazón latiendo desbocado.El rostro del hombre no mostraba una ira explosiva. Jaxon permanecía completamente inmóvil en el centro de la habitación. Su mirada vacía estaba fija en el suelo del hospital. La calma absoluta que irradiaba hacía que el aire en la habitación helara hasta los huesos.—Esa mujer es tu compañera de trabajo, ¿verdad? —sollozó Sarah. Su mano se aferró al brazo de Elara con extrema fuerza—. Los dos me mintieron. Elara, dijiste que habías enviado tu currículum a una empresa normal. Dijiste que no sabías nada.—Mamá, puedo explicarlo —dijo Elara, sentándose en el borde de la cama. Acarició el dorso de la mano de su madre, presa del pánico—. La empresa cambió de nombre. Te juro que no sabía que Jaxon era el CEO cuando solicité el trabajo la semana pasada.—¡Pero seguiste trabajando allí después de descubrir la verdad! —la voz d
Jaxon descolgó de inmediato el auricular del teléfono de emergencias. Su rostro se volvió sumamente rígido y frío.—Diga. Sí, soy Jaxon Thorne —respondió Jaxon en voz baja.Los oscuros ojos del hombre se clavaron directamente en Elara, quien estaba de pie, temblando, junto al escritorio. La chica estrujó su camisa blanca desordenada. Su corazón latía con tanta fuerza que le zumbaban los oídos. Contuvo la respiración para escuchar.—¿Cómo es su estado ahora? —preguntó Jaxon de nuevo. Apretó la mandíbula con fuerza—. Bien. Iré para allá ahora mismo. Asegúrese de que reciba la mejor atención en una habitación VIP.Jaxon colgó el auricular con un firme y resonante clic.—Jaxon, ¿qué pasa? —Elara dio un paso al frente; su voz temblaba violentamente—. ¿Qué le ha pasado a mi madre?—Tu madre se ha desmayado en su panadería, Elara —respondió Jaxon rápidamente. El hombre agarró su chaqueta Armani del sofá—. La vecina de la tienda de al lado la encontró y la llevó de inmediato al Hospital Centr







