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5. El primer paso en la guarida del león

Author: BANANA BACON
last update publish date: 2026-03-26 15:21:02

Elara se quedó petrificada en aquel pasillo de gruesa alfombra. El sonido de unos pesados pasos de botas se acercaba desde las escaleras, resonando de forma lenta pero implacable contra las paredes de caoba del Ala Este. Cada golpe del tacón se sentía como el tictac de un reloj que marcaba la cuenta regresiva de la poca cordura que le quedaba.

El olor a antiséptico y el hedor metálico a sangre que emanaban de detrás de la puerta de un negro absoluto frente a ella hicieron que se le revolviera el estómago. Su instinto de supervivencia le gritaba que huyera de inmediato. No debía estar allí. El señor Harrison se lo había advertido.

Presa del pánico, Elara giró sobre sí misma, lista para salir corriendo de regreso al Ala Oeste, donde se encontraba su habitación. Sin embargo, antes de que pudiera dar un solo paso, la silueta de una mujer apareció en la intersección del pasillo.

Era Martha, una de las criadas de mayor rango que esa misma mañana la había ayudado con las maletas. La mujer de mediana edad, vestida con un uniforme blanco y negro, llevaba una pila de toallas limpias en los brazos. Al ver a Elara parada en la zona prohibida, el rostro de Martha palideció de inmediato, como si acabara de ver un fantasma.

—¡Señorita Elara! —exclamó Martha en un chillido ahogado y con la voz temblorosa. Se acercó a ella a medio correr, a punto de dejar caer las toallas—. ¿Qué está haciendo aquí? ¡Debe regresar de inmediato al Ala Oeste!

—Yo... me perdí —respondió Elara con sinceridad, en un hilo de voz nervioso. Miró de reojo hacia la puerta negra y luego volvió la vista hacia Martha—. Martha, esa puerta... huelo a...

—¡Ahí no hay nada, señorita! —la interrumpió Martha rápidamente, al borde del pánico. Los ojos de la mujer se movían frenéticamente, lanzando miradas furtivas hacia las escaleras, de donde el sonido de las botas se hacía cada vez más evidente. La mano temblorosa de Martha agarró el codo de Elara con una fuerza sorprendente para una criada—. Venga, la acompañaré de regreso. El señor Richard la está buscando para el almuerzo.

—Pero huele a sangre —susurró Elara con terquedad, resistiéndose a que la arrastraran. Su ingenua curiosidad aún no se había extinguido por completo. Era hija de una enfermera; conocía perfectamente el olor de los hospitales—. ¿Hay alguien herido allí adentro?

El rostro de Martha pasó de estar pálido a ser blanco como el papel. Gotas de sudor frío, del tamaño de granos de maíz, comenzaron a brotar en su frente.

—Señorita Elara, se lo ruego —susurró Martha, y su tono ahora estaba teñido de una súplica desesperada—. En esta casa, hay cosas que es mejor que nunca sepa. Esa puerta negra es el área privada del joven amo Jaxon. Si él la viera merodeando por aquí... —Martha tragó saliva con dificultad—. Yo perderé mi trabajo, y usted jamás olvidará su furia.

Al escuchar el terror tan genuino en la voz de la experimentada criada, el valor de Elara finalmente se desmoronó. Aquello no era una simple formalidad. Era una advertencia de supervivencia.

—De acuerdo —asintió Elara rápidamente, dejando que Martha la guiara lejos de aquel oscuro corredor—. Yo... solo buscaba la cocina.

—La cocina está en la planta baja, señorita. Le mostraré el camino —dijo Martha con alivio, arrastrando a medias a Elara de regreso a los límites bien iluminados del Ala Oeste, dejando atrás aquel sangriento misterio.

Justo cuando doblaban la esquina, una silueta alta y corpulenta apareció en la cima de las escaleras del Ala Este, envuelta en sombras. Jaxon Thorne se detuvo; sus ojos, negros como el hollín, se clavaron intensamente en la esquina del pasillo por donde Elara acababa de desaparecer. Su mandíbula amoratada se tensó. Podía percibir un aroma a vainilla y fresa, un aroma que no tenía absolutamente ningún derecho a estar en su territorio.

Una intrusa.

Esa noche, el comedor principal de la familia Thorne estaba envuelto en una tensión asfixiante. La larga mesa de caoba maciza tenía capacidad para veinte personas, pero esa velada solo estaba ocupada por cuatro sillas en uno de sus extremos.

El gigantesco candelabro de cristal sobre la mesa proyectaba una luz dorada que se reflejaba en los cubiertos de plata y las copas de cristal impecablemente dispuestas. El aroma a filete Wagyu a la parrilla y trufas llenaba el aire; un manjar extravagante cuyo precio probablemente equivalía al salario mensual de su madre. Sin embargo, para Elara, la comida le sabía a nada.

Llevaba un sencillo vestido azul marino hasta la rodilla sacado de su vieja maleta, habiéndose negado a usar los vestidos de diseñador que Richard le había preparado, a pesar de que su madre la había mirado con ojos suplicantes antes de bajar. Sarah, por su parte, lucía un elegante vestido de seda que la hacía parecer una reina de la alta sociedad, sentada junto a Richard, quien presidía la mesa.

Elara estaba sentada frente a una silla vacía. Una silla que durante los últimos diez años solo había sido ocupada por una persona.

—Ya he reservado los vuelos a París para nuestras vacaciones de invierno, Sarah —dijo Richard, y su voz rompió el tintineo de los cuchillos y los tenedores. El hombre intentaba actuar con normalidad, cortando un trozo de carne en su plato con una precisión rígida—. Elara, por supuesto, vendrás con nosotros. Ya le he pedido a mi asistente que se encargue de tu pasaporte.

—¿París? —Sarah sonrió de oreja a oreja, con los ojos brillantes—. Eso es muy dulce, Richard. Gracias. ¿Escuchaste eso, Elara?

—Sí, mamá. Gracias, Richard. Quiero decir... papá —se corrigió Elara rápidamente, recordando la orden del hombre de aquella mañana. Llamarlo «papá» se sintió como tragar grava.

De repente, el sonido de las puertas dobles del comedor abriéndose interrumpió su conversación. El aire en la habitación pareció descender varios grados de golpe. El ruido de unas pisadas pesadas retumbó al entrar en la estancia, paralizando la actividad de todos los sirvientes que estaban sirviendo el vino.

Elara contuvo el aliento. No necesitaba girar la cabeza para saber quién había llegado. El aura oscura e intimidante que acompañaba a aquel hombre parecía absorber todo el oxígeno del comedor.

Jaxon Thorne entró.

El hombre no llevaba traje ni una camisa impecable como su padre. Vestía una camiseta negra de manga larga y ajustada, que delineaba a la perfección los músculos de sus hombros y su amplio pecho, esculpidos por años de peleas callejeras. Sus jeans oscuros estaban descoloridos en las rodillas, y un par de botas de cuero negro completaban su aspecto salvaje e intocable.

Sin embargo, lo que dejó helada a Elara no fue su ropa. Fue su rostro.

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