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DUEÑOS DEL JUEGO
DUEÑOS DEL JUEGO
Autor: Joe Paz

PRÓLOGO: LA APUESTA

Autor: Joe Paz
last update Fecha de publicación: 2025-11-20 01:33:50

Había una regla no escrita en la familia Moretti: solo se tomaban en serio las decisiones que podían cambiarlo todo.

Todo lo demás, lo impulsivo, lo pasional, lo que carecía de estrategia, no valía la pena discutirlo. Luca había crecido rodeado de ese pensamiento. Desde niño aprendió que los números eran más importantes que los sentimientos, que las decisiones se medían en beneficios, y que cada movimiento debía tener una razón de ser.

En la mesa de los Moretti no había espacio para errores.

Su padre, Enzo Moretti, había construido un imperio con esas reglas. Un hombre que nunca dejaba nada al azar, que cada decisión que tomaba estaba respaldada por una estrategia y que siempre se aseguraba de tener el control. Luca lo había visto dirigir reuniones con la misma calma con la que cortaba su carne en la mesa familiar, sin perder el ritmo, sin levantar la voz. Siempre con el dominio absoluto de la situación.

Frente a él estaban sus hermanos.

Alessandro, el mayor, había heredado la disciplina de su padre, aunque con un toque de arrogancia. Siempre con el teléfono en la mano, siempre un paso adelante en los negocios. Era el sucesor natural, el que algún día manejaría Moretti Enterprises, el que tenía el respeto de todos.

Valentina, en cambio, entendía el poder desde otro ángulo. No le interesaban los números, sino la influencia. Sabía manejar la política, la prensa, los discursos. Podía convertir un escándalo en una oportunidad y hacer que cualquiera viera lo que ella quería que viera. Luca nunca había sabido si admirarla o temerla.

Marco, el tercero, era el más analítico. No hablaba demasiado, pero cuando lo hacía, cada palabra tenía un propósito. Era el cerebro financiero de la familia, el que siempre tenía los números claros, el que veía todo en términos de riesgos y beneficios. Para él, todo se reducía a datos.

Y luego estaba Adriano, el único que alguna vez había desafiado las reglas de la familia. Había sido futbolista, y durante un tiempo parecía que lograría algo grande, pero su carrera terminó demasiado pronto. Desde entonces, vivía en ese punto intermedio entre el orgullo y la frustración, sin encajar del todo en el mundo de los negocios, pero sin otro lugar a dónde ir.

Luca los conocía a todos. Sabía lo que representaban, cómo pensaban, cómo reaccionaban.

Y por eso, sabía que lo que estaba a punto de decir no iba a cambiar nada.

—Compré un equipo de fútbol.

El silencio fue breve, pero significativo.

No hubo exclamaciones de sorpresa ni preguntas apresuradas. No era así como funcionaban los Moretti.

Alessandro fue el primero en reaccionar, deslizando el teléfono sobre la mesa sin apurarse.

—¿Vittoria?

No era una pregunta, en realidad.

Luca asintió.

—Sí.

—¿El mismo Vittoria que está en la Serie B, lleno de deudas y con un vestuario roto?

—Ese mismo.

Valentina cruzó las piernas, inclinándose con una media sonrisa.

—Qué interesante. Nunca te había visto interesado en el fútbol.

—Tal vez porque nunca me prestaste atención.

—Oh, Luca. Por favor.

Adriano dejó el tenedor sobre el plato y lo miró con una mezcla de incredulidad y algo más difícil de leer.

—¿Compraste un club en la Serie B?

—Compré un equipo con historia.

—No sirve de nada la historia si no tienes un futuro. —Marco no levantó la vista del vaso de vino que giraba entre sus dedos—. ¿Cómo lo pagaste?

Luca hizo una pausa.

—Vendí mis acciones en la empresa.

El aire en la mesa cambió.

Su padre, que hasta ese momento había seguido cortando su carne con la misma calma metódica de siempre, finalmente alzó la mirada.

—Vendiste tu lugar en Moretti Enterprises para comprar un equipo de fútbol.

No lo dijo con enojo. Ni siquiera con decepción.

Lo dijo como si simplemente no pudiera entenderlo.

Y tal vez, en su mente, así era.

Luca sostuvo la mirada de su padre.

—No me arrepiento.

—Eres un Moretti. No somos hombres de impulsos.

—No lo hice por impulso.

—¿Entonces por qué?

La pregunta quedó en el aire por un momento.

Luca pudo haber dado muchas respuestas. Podría haber hablado de cómo siempre había sido el menor, el protegido, el que no tenía que preocuparse porque los demás tomaban decisiones por él. Podría haber mencionado lo cansado que estaba de ser tratado como si nunca fuera a hacer nada importante. Podría haber dicho que tal vez, por primera vez en su vida, quería demostrar que podía construir algo por sí mismo.

Pero su padre no creía en ese tipo de respuestas.

Así que solo dijo:

—Porque sé que puedo hacer algo grande con esto.

Su padre lo observó durante un instante más.

—Te daré dos años.

—Voy a hacerlo en uno.

No hubo más palabras.

Solo un brindis silencioso, sin celebrar nada.

Luca se levantó de la mesa, salió del restaurante y caminó hasta su auto sin mirar atrás.

Cuando arrancó el motor, no condujo a casa.

Condujo sin un rumbo claro, hasta que sin darse cuenta terminó en otro lugar.

El estadio del A.S. Vittoria estaba vacío a esa hora.

Se quedó en el centro del campo, mirando las gradas en penumbra.

No estaba lleno, pero en su mente, podía verlo.

Y aunque nadie creyera en él, eso no importaba.

Porque él sí creía.

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