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Capítulo 7

Autor: Dulcita
—¿De qué tienes miedo?

Alejandro se dio la vuelta y, conmovido, estrechó a la mujer entre sus brazos. Su voz era tan suave que parecía capaz de derretir el hielo.

—Tengo miedo de que la familia Jiménez nos separe, miedo de que Maty y yo vivamos toda la vida sin nombre ni lugar, miedo de que cuando envejezca… tú también cambies.

Laura bajó la mirada; mientras hablaba, su voz se quebró.

—Eso no pasará.

Alejandro le tomó el rostro entre las manos y, con la yema de los dedos, secó con ternura la hum
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    —Yo...—Discúlpate con Laura. Todos somos familia, de ahora en adelante hablen bien las cosas.Doña Jiménez interrumpió a Marina, bajando un poco la voz, sin dejar espacio para negociar.Marina llevaba media vida casada en la familia Jiménez. Siempre había sido de carácter fuerte y nunca se dejaba humillar. Esta era la primera vez que se sentía tan agraviada que hasta se le llenaban los ojos de lágrimas.Las empleadas tenían la cabeza baja. Laura levantó la barbilla con orgullo mirando a su suegra.De repente sintió que todas las frustraciones de tantos años se liberaban.—Mamá, la abuela tiene razón. Tampoco es que quiera que se disculpe, pero con esa violencia va a asustar a Mateo cuando lo vea. Por el bien de su nieto, debería dar el ejemplo. Si uno se equivoca, tiene que reconocerlo.Las palabras de Laura salieron sin apuro, aunque su tono era suave, fueron como una bofetada invisible y brutal.Marina apretó los dientes con fuerza, pero no pudo soportar el carraspeo de Doña Jiménez

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    Marina no le dio margen alguno a Laura. Delante de Mateo, le dio una bofetada sin piedad.Su cara se puso roja al instante, con la marca de cinco dedos grabada en media cara, hinchándose al instante.Mateo, al ver que golpeaban a su madre, se soltó de inmediato y empezó a gritarle a Marina:—¡Mujer mala! ¡Le pegaste a mi mamá!—¡Qué falta de respeto! ¡Llévenlo a su cuarto y enciérrenlo para que reflexione! ¡Tal palo, tal astilla! ¡Tu mamá no es nada buena y por eso te crió sin educación!Marina gritó furiosa, sin importarle para nada la expresión de Laura.La empleada, por costumbre obedeció. Le tapó la boca a Mateo y estaba a punto de llevárselo a la fuerza.—¡Que nadie se atreva a tocar a mi hijo!Pero Laura también gritó con fuerza, advirtiéndole a la empleada:—Yo también soy la señora de esta casa. Si maltratas a Mateo, ¿crees que no puedo pagarte y despedirte?Su voz aguda sonaba aterradora. La empleada de inmediato miró a Marina con pánico pidiendo ayuda.—Ja.Marina se rio burl

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