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Del amor al oído solo hay un pasó
Del amor al oído solo hay un pasó
Auteur: Devaiver

Capítulo 1 : El contracto

Auteur: Devaiver
last update Date de publication: 2026-10-09 14:49:42

— Firma aquí, Valeria.

La voz de mi padre no admitía discusión. Era la misma voz que usaba para cerrar tratos millonarios, para despedir a cientos de empleados sin temblarle la mano. Y ahora la usaba conmigo.

El documento se deslizó por la brillante mesa de caoba del comedor, esa mesa donde nunca comíamos juntos, donde solo se firmaban papeles importantes. El papel era grueso, caro, con el sello dorado de dos familias que yo conocía demasiado bien. Arriba, en letra Times New Roman, perfectamente formal, decía: CONTRATO DE MATRIMONIO POR ALIANZA FAMILIAR Y FUSIÓN DE PATRIMONIOS.

Mis manos temblaron. No quería tocarlo. Sabía que si lo tocaba, se haría real.

— Papá, por favor — susurré. Tenía veintidós años y me sentía de cinco otra vez —. No me hagas esto.

— No es lo que te hago, es lo que nos salvas de hacer — intervino mi madre desde la cabecera, con su copa de vino tinto que nunca tomaba, solo sostenía para verse elegante —. Estamos en quiebra, Valeria. El banco nos va a quitar la casa, la empresa de tu abuelo, todo. La única familia que nos puede rescatar es la familia Ferraro. Y ellos solo pusieron una condición.

No necesitaba que terminara la frase. Lo supe en el instante en que vi el nombre impreso en la segunda página.

_Parte A: La señorita Valeria Lozano, de 22 años, estudiante de último año de Derecho._

_Parte B: El Comandante Dante Ferraro, de 29 años, Detective Principal de la División de Homicidios de Portoviejo._

Dante.

El aire se me fue de los pulmones. Dante Ferraro no era solo un nombre para mí. Era mi infancia entera. Era el vecino de la casa de al lado que me enseñó a andar sin rueditas a los ocho años, sosteniéndome la bicicleta mientras yo gritaba que me iba a caer. Era el chico de dieciséis que me defendió a puñetazos de los matones del colegio. Era el hombre de veintiséis que, en la azotea de mi casa, bajo una lluvia de estrellas, me puso un anillo de plata barato que había comprado con su primer sueldo de policía y me dijo: "Cuando seas abogada y yo sea comisario, nos vamos a casar frente al mar. Te lo juro por mi vida".

Yo le creí. Le creí con cada fibra de mi estúpido corazón enamorado.

Y hacía exactamente tres meses, diecisiete días y cuatro horas, yo había entrado sin avisar a su departamento en la comandancia para darle la sorpresa de que había aprobado mi examen de grado. Llevaba su comida favorita. Llevaba puesta la lencería que él me había regalado. Todavía llevaba su anillo de promesa en mi dedo anular.

Y lo encontré. No solo. En su cama. La cama donde me había dicho que solo yo dormiría algún día. Estaba con una mujer rubia, una oficial que yo conocía de vista, desnuda, riendo, mientras él le susurraba al oído las mismas palabras que me decía a mí.

No grité. No hice escándalo. Me di la vuelta y me fui. Le dejé el anillo sobre su escritorio y nunca más le contesté una llamada. Pensé que había terminado. Pensé que al fin era libre de su sombra.

Qué ingenua fui.

— No puedo casarme con él — dije, y esta vez mi voz sí sonó fuerte, cargada de todo el odio que había acumulado durante meses —. ¡Me fue infiel! ¡Me engañó! ¡Se acostó con otra mientras yo todavía era su novia! ¿Cómo quieren que me case con un hombre que no me respeta?

Mi padre se levantó, furioso, y golpeó la mesa con tanta fuerza que la copa de mi madre se volcó, manchando de rojo el contrato blanco.

— ¿Respeto? ¿Me hablas de respeto cuando tu capricho nos va a dejar en la calle? ¿Sabes quién es Dante Ferraro ahora, Valeria? No es el niñato que jugaba contigo en el patio. Es el detective más temido de toda Manabí. Tiene contactos en la fiscalía, en la alcaldía, en cada maldito rincón de esta ciudad. Si él quiere, mañana mismo nos clausuran todo. Y si quiere, nos salva.

— Por eso mismo te casarás — añadió mi madre, limpiando con asco el vino derramado —. ¿Crees que no sabemos que te acosa? Porque lo sabemos todo.

Se me heló la sangre.

— ¿Qué?

— Que aparece en tu universidad. Que el guardia de tu facultad nos dijo que un patrullero negro se queda horas estacionado frente a tu salón. Que tu amiga Camila nos contó que lo vio en tu cafetería favorita, en tu gimnasio, en la biblioteca donde estudias. Que te manda flores que tú tiras a la basura pero que él sigue mandando. Ese hombre, hija, no es un ex novio. Es un acosador. Está obsesionado contigo. Y un hombre con su poder y su obsesión, más vale tenerlo dentro de la familia, como tu esposo, que tenerlo afuera, como tu enemigo. ¿Entiendes? Este matrimonio no es un castigo. Es protección.

Protección. Esa era la palabra que usaban para venderme.

Tomé el bolígrafo. Era pesado, de oro, el mismo con el que mi padre firmó la creación de su empresa hace treinta años. Mis dedos sudaban. Vi mi nombre al final del documento, con una línea vacía esperando mi firma. Al lado, ya estaba la firma de él. Dante Ferraro. Fuerte, grande, segura, ocupando casi toda la línea. Como siempre, invadiendo todo mi espacio.

Firmé. Valeria Lozano. Una firma pequeña, temblorosa, rota. Una lágrima cayó sobre el papel y corrió la tinta. Ya estaba hecho. Vendida. Entregada como una propiedad más.

— Bien — dijo mi padre, recogiendo el contrato como si fuera un trofeo —. La boda es en dos semanas. Los Ferraro ya enviaron el vestido.

Corrí a mi habitación y cerré la puerta con llave. Me tiré al suelo y lloré hasta que me dolió el pecho.

No sé cuánto tiempo pasó. Pudo ser una hora o tres. Afuera ya era de noche y llovía fuerte sobre Portoviejo, de esa lluvia que golpea los techos de zinc y parece que va a inundar el mundo. Fue entonces cuando lo sentí.

No lo escuché entrar. Nunca lo escucho. Dante tiene llaves de todos lados, o tal vez sabe forzar cerraduras sin hacer ruido. Es detective, al fin y al cabo. Su trabajo es entrar a lugares donde no lo quieren.

Pero sentí su presencia. Sentí su perfume. Ese perfume a madera, a lluvia y a café amargo que yo amaba y que ahora odiaba.

Abrí los ojos y lo vi. Estaba parado en la penumbra de mi cuarto, con su gabardina negra de detective empapada, goteando sobre mi alfombra blanca. Su cabello negro estaba revuelto por la lluvia. Su mandíbula marcada, esa que me encantaba besar, estaba tensa. En su mano derecha, sostenía una carpeta manila amarilla.

La carpeta con mi contrato. El que yo había firmado hacía apenas dos horas. ¿Cómo demonios lo tenía ya?

— Hola, esposa — dijo. Su voz era baja, ronca, peligrosa. No era la voz dulce del chico que me amaba. Era la voz del hombre que me cazaba.

Me puse de pie de un salto, pegando mi espalda contra la pared.

— ¿Cómo entraste? ¡Sal de aquí! ¡Largo! ¡Voy a llamar a mi papá!

— Tu papá me dio permiso — sonrió, y esa sonrisa no llegó a sus ojos oscuros —. De hecho, tu papá me dio permiso para todo a partir de hoy. Me dijo que te cuidara. Que te enseñara a ser una buena esposa Ferraro.

Lanzó la carpeta sobre mi cama. Se abrió y vi las fotos. Decenas de fotos. Yo en la universidad. Yo tomando café. Yo estudiando en la biblioteca. Yo riendo con Camila. Todas tomadas desde lejos, desde un auto, desde una ventana. Fotos mías de los últimos tres meses, desde que lo dejé.

— ¿Ves esto, Valeria? — se acercó lentamente, cada paso era una amenaza —. Esto es lo que hago cuando alguien intenta dejarme. Los sigo. Los observo. Aprendo sus rutinas. Sé a qué hora te levantas, sé que tomas el café sin azúcar, sé que te muerdes el labio cuando estás nerviosa, como ahora. Sé que todavía duermes con la camiseta mía que te regalé, aunque digas que me odias.

— Estás enfermo — escupí, con lágrimas de rabia —. Eres un acosador, un enfermo.

— Soy un detective — me corrigió, ya frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, tan cerca que podía ver las gotas de lluvia en sus pestañas —. Y soy muy, muy bueno encontrando a las personas que intentan escapar de mí. Intentaste escapar una vez, Valeria. Me dejaste ese anillo barato en mi escritorio como si yo fuera basura. ¿Creíste que te iba a dejar ir así de fácil?

Me acorraló contra la pared. Puso sus dos manos a los lados de mi cabeza, encerrándome. Su pecho rozaba el mío. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Ese era su juego. Siempre fue su juego. Dominarme con su tamaño, con su poder, con su presencia.

— Este contrato — susurró, inclinándose hasta que su boca quedó a milímetros de la mía — dice que ahora eres legalmente mía. Que vives en mi casa. Que duermes en mi cama. Que llevas mi apellido. Que me perteneces. Lo que tu padre no leyó en la letra pequeña es que este contrato no tiene divorcio. Es para siempre.

— Te odio — le dije, con todo el veneno que pude juntar —. Te odio con cada parte de mi ser. Por haberme engañado, por haberme acosado, por haberme comprado como si fuera una vaca.

— Lo sé — dijo, y por primera vez, su voz tembló un poco —. Y vas a odiar cada segundo de este matrimonio. Cada desayuno, cada cena, cada noche que tengas que compartir mi cama. Y yo voy a disfrutar cada segundo viéndote intentar odiarme, mi amor, cuando ambos sabemos la verdad.

— ¿Qué verdad?

— Que todavía te mueres por mí. Que todavía te tiemblan las piernas cuando estoy cerca. Como ahora.

Y antes de que pudiera empujarlo, antes de que pudiera gritar, me besó.

No fue un beso dulce. Fue un beso de castigo, de posesión, de un hombre que reclama lo que cree suyo. Me mordió el labio inferior, me obligó a abrir la boca, me besó con una desesperación hambrienta, como si hubiera esperado meses para hacerlo. Y lo peor, lo más humillante y doloroso, es que mi cuerpo traidor respondió. Mis manos, que querían golpearlo, se enredaron en su gabardina mojada. Un gemido se escapó de mi garganta.

Él se separó, jadeando, con mis labios hinchados y mi orgullo destruido.

— Bienvenida a casa, señora Ferraro — dijo, limpiando con su pulgar una lágrima que ni siquiera sabía que había derramado —. Nos vemos en dos semanas, en el altar. No llegues tarde. Odio tener que ir a buscar a mi esposa fugitiva.

Se dio la vuelta y se fue, dejándome temblando contra la pared, con el sabor de su beso todavía en mi boca, con el contrato manchado de vino sobre mi cama y con la certeza más aterradora de todas: mi padre tenía razón.

Del amor al odio, solo había un paso.

Y yo ya lo había cruzado.

-un cruze que causaría demasiado arrepentimiento-

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