로그인—¿Tu futura esposa ya está tranquila?
La voz de Anna sonó plana cuando Rendy finalmente entró en la habitación. No hubo estallidos de rabia, ni reproches exaltados; solo un cansancio profundo, sedimentado en cada palabra.
Rendy exhaló despacio antes de acercarse.
—Cariño… escúchame primero —dijo en voz baja—. Hice todo esto por ti. Para que no sigan culpándote por todo.
Anna lo miró largo rato, como si intentara encontrar sentido en lo que acababa de oír.
—¿Por mí? —rió con suavidad, una risa amarga, cortante—. Rendy… lo que estás haciendo no me protege. Me está destrozando. ¿Cómo puedes no verlo?
—Sé que tú eres más fuerte que Lusi —respondió él con rapidez, aferrándose a ese argumento como a su último salvavidas—. Por eso confié en que podrías superar esto.
La risa de Anna volvió a escaparse, más baja, más rota.
—Entonces, ¿porque soy “más fuerte” creíste que no pasaría nada si me dejabas caer así?
Rendy guardó silencio. Se pasó una mano por el rostro, frustrado, antes de decir:
—Anna… hablo en serio. Cuando todo se calme, volveremos a ser como antes. Nosotros… volveremos a ser marido y mujer.
Ella lo miró con los ojos brillantes, afilados.
—¿De verdad crees que un matrimonio es un juego? ¿Que se puede pausar, romper y luego retomar cuando a ti te convenga?
—Sé que esto es duro… incluso para mí —susurró él, con la voz a punto de quebrarse—. Pero lo he pensado todo. No hay otra salida.
—Sí la hay —lo interrumpió Anna, firme, sin vacilar—. Nos vamos de esta casa. Ahora mismo. Volvemos a nuestro apartamento y olvidamos toda esta locura de los últimos días. Esa es la única opción que tiene sentido.
Rendy bajó la cabeza, observando el suelo durante unos segundos interminables.
—Anna… no puede ser así.
—¿Por qué? —lo desafió ella—. ¿Por qué no?
Al final, Rendy cedió.
—Está bien. Volveremos. Pero tú vete primero. Yo iré después.
Anna frunció el ceño.
—Rendy…
—Déjame hablar con ellos con calma.
Su tono era suave, pero en el fondo había algo frágil, como si pronunciara una promesa que ni él mismo estaba seguro de poder cumplir.
Anna lo miró durante un largo, larguísimo instante, antes de rendirse a la incertidumbre suspendida entre ambos.
Y en ese espacio compartido, el silencio fue más ensordecedor que cualquier discusión.
***
Anna regresó al apartamento que durante dos años había llamado “hogar” junto a Rendy. Pero esta vez no hubo pasos siguiéndola. No hubo el sonido familiar de la puerta cerrándose con cuidado detrás de ella. Solo el vacío acompañándola al entrar.
Rendy había prometido ir después. Y, como siempre, Anna eligió creerle. Ella siempre creía.
El matrimonio de dos años que había defendido con todo su corazón —el que pensaba lleno de amor y calidez— quería salvarlo. Porque, según ella, siempre habían estado bien. O al menos, eso era lo que había creído.
A las cinco de la tarde decidió cocinar. El sonido de las ollas, el aroma del salteado, la mesa puesta con cuidado… todo lo hizo con una esperanza pequeña pero persistente: que cuando Rendy llegara, pudieran cenar juntos. Hablar con el corazón abierto. Reparar lo que poco a poco se había ido resquebrajando.
Ojalá esto nos ayude a pensar con claridad sobre nuestro matrimonio, Ren… pensó en silencio, mirando los dos platos que ahora parecían representar dos mundos cada vez más distantes.
Anna esperó.
Y esperó.
Hasta que una notificación rompió el silencio.
Un mensaje de Rendy.
“Anna, lo siento. No puedo volver hoy. A Lusi le duele el estómago y tengo que quedarme aquí para cuidarla.”
Esa frase golpeó más fuerte que cualquier grito.
Hubo un largo intervalo entre leerla y comprenderla.
Luego, su corazón —una vez más— se hizo pedazos.
—¿Por qué cambiaste tan rápido…? —murmuró Anna, con la voz apenas audible, conteniendo el temblor para que las lágrimas no cayeran.
—S-señora Anna… —la llamó Margaret, la asistenta, con cautela.
—Sí, ¿qué pasa? —Anna se secó las mejillas de inmediato.
—Ha llegado un paquete para el señor Rendy. Lo trajeron esta tarde.
Anna tomó el sobre.
—Recoge la mesa. Tíralo todo —dijo en voz baja, pero con firmeza.
Entró luego en el despacho de su marido, un lugar al que casi nunca accedía. Su intención era solo dejar el paquete sobre el escritorio, pero su mirada se detuvo en el cajón que Rendy siempre mantenía cerrado con llave. Siempre había sentido curiosidad por su contenido. Rendy nunca le había prohibido abrirlo con palabras, pero su actitud dejaba claro que no quería que lo hiciera.
Anna sabía dónde guardaba la llave. Nunca había desconfiado de él. Siempre había creído que su matrimonio estaba bien.
Hasta ahora.
La tomó y abrió el cajón.
Dentro había un álbum de fotos enmarcado y un diario.
—¿Le gusta escribir un diario…? —murmuró.
Anna empezó a leer, y el asombro la atravesó por completo. Página tras página, todo hablaba de Lusi. El álbum también: cada fotografía era de ella. Hasta que llegó a la última entrada del diario.
Rendy se había casado con Anna solo para poder seguir cerca de Lusi.
El pecho de Anna se cerró. Rompió a llorar de verdad. Todo el amor, toda la atención que creyó real, no habían sido más que una actuación. Una farsa.
Todo había sido una ilusión.
Nada fue sincero.
Y desde el principio, había vivido engañada.
Anna estaba en el baño de un restaurante. Después de lavarse las manos, se las secó con una servilleta de papel y salió.Apenas había dado unos pasos cuando alguien la agarró bruscamente de la muñeca.Anna se sobresaltó e intentó soltarse por instinto.—¿Desde cuándo estás saliendo con Liam? —exigió saber Rendy sin rodeos.—Eso no es asunto tuyo. —Anna forcejeó para liberarse—. ¡Suéltame!—¡Te dije que íbamos a volver a estar juntos! ¿Por qué no pudiste esperarme? —La ira de Rendy era cada vez más difícil de contener.Anna lo fulminó con la mirada.—Desde el momento en que decidí divorciarme de ti, Rendy, nunca tuve la menor intención de volver contigo.—Sé que todavía me amas. Solo estás intentando vengarte de mí, ¿verdad?Sus palabras le revolvieron el estómago. Anna apenas podía creer que, después de todo lo que habían vivido, Rendy siguiera siendo tan arrogante.—Eres un egocéntrico insufrible, Rendy —respondió con frialdad—. Jamás volvería contigo. Ni ahora ni nunca.—¡No seas ta
Liam miró a Anna, como si todavía estuviera esperando que ella le diera la confirmación definitiva. Sabía que aún no había aceptado por completo hacer pública su relación.—No me molesta —dijo Anna en voz baja.—¿Estás segura? ¿De verdad no te importa que todo el mundo se entere de lo nuestro? —insistió Liam, solo para asegurarse.Anna asintió.Al instante, el rostro de Liam se iluminó. Una amplia sonrisa se extendió por sus labios, como si por fin hubiera recibido el permiso que llevaba tanto tiempo esperando.Sin pensarlo dos veces, la estrechó entre sus brazos.—¡No tan fuerte, Liam! Recuerda que ahora hay un bebé ahí dentro —lo reprendió Matilda.Al darse cuenta de lo que había hecho, Liam aflojó el abrazo de inmediato.—Lo siento. Es que estoy demasiado feliz —admitió, sin poder disimular su enorme alegría.Matilda y Jonathan intercambiaron miradas divertidas antes de sonreírle a su hijo. Liam, que por lo general siempre mantenía la compostura y rara vez dejaba ver sus emociones,
—¡Anna! —la llamó Matilda justo cuando ella terminaba de pasar visita a sus pacientes.Anna sonrió de inmediato. Matilda se acercó apresuradamente y estrechó a su nuera entre sus brazos con cariño.—Liam ya se lo contó a mamá. Estoy tan feliz de recibir esta noticia. Gracias, cariño, por llevar a nuestro nieto en tu vientre —dijo Matilda, con los ojos brillantes de lágrimas.—No llores. Vas a poner nerviosa a Anna —comentó Jonathan, que estaba de pie a su lado.—¡Es que estoy tan feliz! ¿Acaso no te alegra saber que vamos a tener un nieto?—¿Cómo no me va a alegrar? Si pudiera, anunciaría la noticia al mundo entero ahora mismo —respondió Jonathan sin dudarlo.Sus palabras hicieron que Anna soltara una risita.—Mamá, papá, ¿quieren que hablemos en mi despacho?—¡Claro! Vamos a conocer el despacho de nuestra querida hija. Si la habitación de Anna no es lo bastante cómoda, tendremos que regañar a Liam —declaró Matilda.—Ese muchacho debe de haber heredado ese carácter de otra persona. No
Aquella noche, el dormitorio estaba envuelto en una serena tranquilidad.Liam estaba detrás de Anna, secándole el cabello suavemente con un secador. De vez en cuando, deslizaba los dedos entre sus mechones para asegurarse de que no quedara ni uno solo húmedo.Sentada frente al tocador, Anna no pudo evitar sonreír al sentir tanta ternura por parte de su esposo.—Entonces, ¿cuándo podré decirle al mundo entero que eres mi esposa? —preguntó Liam de repente.Anna arqueó una ceja mientras lo miraba a través del espejo.—Cuando me apetezca.Liam soltó una risita.—¿Y qué tengo que hacer para ponerte de buen humor?Anna fingió pensarlo durante unos segundos.—¿Qué quieres? ¿Un bolso? ¿Ropa? ¿Zapatos?Anna negó con la cabeza de inmediato.—Quiero espaguetis. Pero quiero que los prepares tú.La mano de Liam se detuvo en pleno movimiento.—¿Ahora?Anna asintió.—Espera aquí, ¿de acuerdo? Te los prepararé.Anna se volvió hacia él y lo miró con incredulidad.—¿De verdad vas a cocinar para mí?—Po
En cuanto escuchó abrirse la puerta, Anna, que había permanecido sentada, sumida en sus pensamientos, levantó la mirada de inmediato.Sus ojos se encontraron con los de Liam cuando él entró en el despacho.—¿Liam?Él no respondió enseguida. Simplemente se acercó a ella con pasos lentos y deliberados. Había algo diferente en su expresión, algo inusualmente serio en sus ojos.Anna frunció el ceño, confundida.Pero antes de que pudiera preguntarle qué ocurría, Liam se arrodilló de repente frente a ella.Los ojos de Anna se abrieron de par en par por la sorpresa y la alarma.—Liam, ¿qué estás haciendo? —preguntó, presa del nerviosismo.Liam alzó la mirada hacia ella. Sus ojos, que normalmente reflejaban una seguridad arrolladora y una autoridad incuestionable, ahora mostraban algo que Anna rara vez había visto en él: miedo.—Por favor... no me dejes.Anna se quedó sin palabras.Jamás habría imaginado escuchar aquellas palabras de labios de Liam.—Sé que he sido egoísta —continuó él en voz
Anna entró en la habitación VIP con un suspiro de irritación. Su mirada se fijó de inmediato en Rendy, que estaba sentado en la cama del hospital.Parecía estar perfectamente bien. La única lesión que tenía era un corte superficial en la palma de la mano, del que todavía brotaba un fino hilo de sangre.Como médica, le bastó una sola mirada para darse cuenta de que aquello no había sido un accidente. La herida era demasiado limpia y superficial, como si se la hubiera hecho a propósito para encontrar una excusa con la que acudir al hospital.—Véndenle la mano —les indicó Anna a Erika y Nina, sin siquiera acercarse a él.—Sí, doctora —respondieron ambas al unísono.—Quiero que tú me atiendas, Anna —insistió Rendy, apartando de un manotazo la mano de Erika antes de que pudiera limpiarle la herida.La mirada de Anna se volvió gélida.—No hagas que llegue a despreciarte todavía más.Rendy soltó una risita, completamente imperturbable.—Te lo he dicho desde el principio: vamos a volver a est







