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005

작가: Nuvola
last update 게시일: 2026-02-04 21:59:17

—Anna, ¿por qué de repente quieres dejar de trabajar? —preguntó el director del hospital.

En ese momento, Anna estaba de pie en su despacho. Tras pasar la noche entera llorando, había tomado una decisión: dejarlo todo atrás.

—Eres la mejor ginecóloga de este hospital, Anna —continuó—. Incluso estoy seguro de que el próximo año podrías convertirte en subdirectora —añadió William con sinceridad.

—Lo siento, señor William, pero hay cosas que no puedo explicar… razones por las que he decidido marcharme de aquí —respondió Anna con voz firme—. Le ruego que acepte mi solicitud.

William la observó unos segundos antes de asentir.

—Está bien. No te lo pondré difícil, Anna.

Ella sonrió levemente y salió del despacho. Se preparaba para abandonar el hospital cuando, justo antes de hacerlo, William volvió a llamarla.

—Anna.

—¿Sí, señor William?

—Te pido que me ayudes una última vez. Será la última vez que trabajes aquí —dijo con tono contenido—. La señora Sebastian está en el hospital para una revisión de su embarazo. Eres la mejor doctora que tenemos. Te lo suplico.

Anna se quedó inmóvil al escuchar el nombre “señora Sebastian”. Un título que, en realidad, le pertenecía… pero que nadie había sabido jamás. Durante todo ese tiempo, su identidad como esposa de Rendy Sebastian nunca se había hecho pública, y ella, ingenuamente, nunca sospechó nada.

—Anna, por favor. Ellos son los dueños del hospital y han pedido expresamente que seas tú quien la examine.

Será la última vez, se dijo a sí misma.

—De acuerdo —aceptó finalmente, provocando que William soltara un suspiro de alivio.

El pasillo del hospital parecía más largo de lo habitual. Cada paso hacía que el pecho de Anna se cerrara un poco más. Tenía las manos heladas, las rodillas débiles, pero siguió caminando detrás de William. Tenía que ser profesional. Tenía que ser fuerte. Al menos, una última vez.

Al llegar frente a la puerta VIP, William se detuvo.

—Anna, están dentro —dijo en voz baja—. Si necesitas algo, estaré afuera.

Ella asintió, aunque sentía la garganta completamente seca. Respiró hondo —un aliento tembloroso— y empujó la puerta lentamente.

Dentro, una mujer estaba sentada en la cama del paciente. Su cabello caía suavemente sobre los hombros, su rostro era hermoso, frágil, pero aún así elegante. Y a su lado—

Rendy.

Anna enderezó la espalda.

—Buenos días, señor Sebastian… señora Sebastian —saludó con profesionalismo. Su voz era neutra, demasiado neutra para alguien que estaba conteniendo una tormenta.

La mirada de Rendy se desordenó al instante. Estaba pálido. Nervioso. Desconcertado.

Lusi, en cambio, observó a Anna con una sonrisa leve.

—Bien, comenzaré con la revisión —dijo Anna con suavidad.

Sus manos estaban firmes; su corazón, no.

Se colocó los guantes, se acercó a Lusi y comenzó el examen prenatal. Sus movimientos eran automáticos: profesionales, precisos, impecables. Pero su mente no dejaba de regresar a la noche anterior: el cajón, las fotos, el diario de Rendy. Cada recuerdo la atravesaba como una aguja.

—El embarazo está en buen estado. No hay ningún problema serio —informó—. Solo cansancio y un poco de estrés. Es completamente normal.

—Muchas gracias, Anna —respondió Lusi con una sonrisa débil.

—Si no hay nada más, me retiro —dijo Anna.

Pero cuando estaba a punto de salir, Rendy le sujetó la muñeca. Ese contacto hizo que todo su cuerpo se tensara.

—Anna… puedo explicarlo —murmuró.

Antes de que ella pudiera responder, Lusi volvió a hacer su actuación.

—Ah… Rendy, me duele la cabeza…

Sin decir una palabra, Rendy corrió hacia ella.

Anna salió de la sala VIP.

—Descansa —le dijo Rendy a Lusi después de asegurarse de que Anna se había ido.

—Parece que de verdad amas a Anna —comentó Lusi.

—No pienses demasiado. Ahora concéntrate en nuestro hijo —respondió él.

—¿De verdad consideras que este será tu hijo, Rendy? —preguntó ella.

Rendy asintió.

Una notificación interrumpió la conversación. De inmediato tomó el teléfono que estaba sobre el gabinete.

Lusi, recostada en la cama, lo miró con dulzura.

—¿Qué pasa, Ren? —preguntó al notar su expresión.

Rendy tragó saliva y levantó la vista.

—Es… del abogado —murmuró.

Lusi frunció el ceño.

—¿Un abogado? ¿Para qué?

—Anna… ha solicitado el divorcio.

Lusi se incorporó de golpe, con el rostro iluminado.

—¿Hablas en serio? ¿Por fin entró en razón?

Rendy se quedó en silencio. Había sorpresa en su mirada, pero también… alivio. Demasiado alivio.

—Señor Rendy, hemos recibido la solicitud de divorcio de la señora Anna —se escuchó en el mensaje—. Ella no reclama bienes, derechos de residencia ni compensación alguna. El proceso puede iniciarse de inmediato.

Lusi soltó una risa suave, cubriéndose la boca, incapaz de ocultar su felicidad.

—¡Por fin, Ren! ¡Ya no tienes que fingir ser feliz!

Rendy se masajeó las sienes, pero no pudo evitar una leve sonrisa.

—No pensé que sería tan fácil —admitió en voz baja—. No pidió nada. Ni la casa, ni los bienes… cuando en el documento que le entregué ayer constaba que le correspondía el treinta por ciento de mi patrimonio.

—Es una tonta, Rendy —dijo Lusi sin rodeos.

Él no lo negó.

Lusi se acercó más.

—Al menos ahora todo ha terminado. Eres libre, Rendy —dijo mientras le tomaba la mano—. Mi hijo no nacerá sin padre y mi carrera estará a salvo.

Rendy apretó su mano con más fuerza de la necesaria.

—Nos casaremos pronto —dijo con ligereza.

Justo detrás de la puerta VIP, Anna permanecía inmóvil.

La carpeta médica que sostenía temblaba violentamente entre sus dedos. Su respiración era irregular, rota.

No había querido escuchar. Pero la puerta, mal cerrada, dejó escapar cada palabra como cuchillas clavándose en su pecho. Anna aún no se había ido… y lo había oído todo con sus propios oídos.

La voz de Lusi volvió a sonar, llena de entusiasmo.

—¿Sabes, Rendy? Siempre sentí lástima por ti. Tenías que fingir ser un buen esposo cuando estaba claro que no eras feliz con ella.

Rendy se pasó una mano por el rostro, pero no la interrumpió.

—Anna es… demasiado ingenua —continuó Lusi—. De verdad creyó que la amabas.

—Lusi —intentó detenerla Rendy, aunque el tono satisfecho en su voz lo traicionaba—. No seas tan dura.

—¿Por qué? Ella no está aquí. Además, nadie sabe que alguna vez fue tu esposa —rió entre dientes.

Anna se mordió el labio con fuerza, quizá para ahogar el sollozo que amenazaba con escapar. Las lágrimas cayeron sin que pudiera detenerlas.

—¿Hiciste todo esto por mí, Rendy? —preguntó Lusi.

—Por supuesto. Siempre has sido mi prioridad —respondió él, antes de besarla.

Lusi no se apartó.

Anna seguía allí, viéndolo todo, rompiéndose un poco más por dentro. Se secó las lágrimas y se marchó con el corazón destrozado. Antes de irse del todo, se detuvo un instante y miró el hospital.

Para todos, ella solo había sido la doctora Anna.

Nadie supo jamás que, en realidad, fue la joven señora Sebastian.

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