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El Funeral

Author: Stella C
last update publish date: 2026-07-20 23:58:37

El funeral de Enzo fue tres días después de su muerte.

No la ceremonia privada del apartamento donde habíamos bebido café a su salud. La ceremonia pública, en la iglesia donde los Rossi llevaban generaciones teniendo sus momentos de paso, con las personas que pertenecían al mundo exterior de Enzo: los socios que habían sobrevivido a su reinado en los negocios, los conocidos de décadas que venían porque el apellido Rossi en el esquela era el tipo de aviso que se responde aunque uno lleve años si
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    —No estoy muerto, Eva. Nunca lo estuve.La voz de Enzo Rossi llenó el salón de la villa como un trueno contenido.El agua de lluvia goteaba de su abrigo negro sobre el mármol de Carrara. Cada gota marcaba el suelo como un disparo silencioso.Valentino dio un paso hacia su padre. Los puños apretados a los costados. La mandíbula tan tensa que los músculos del cuello se le marcaban como cuerdas de acero.—Tres años. Tres años llorándote en un cementerio vacío.Enzo se quitó los guantes de cuero con calma. Los dejó sobre una mesa auxiliar. Sus manos estaban surcadas de manchas y cicatrices que delataban una vida de trabajo antiguo.—Tres años escondiéndome de mi propio hijo para que no te mataran a ti también.Eva observó al hombre. Setenta y ocho años. Cabello blanco cortado al ras. Ojos grises idénticos a los de Valentino, pero gastados por décadas de secretos.—¿Quién quería matarlo? —preguntó Eva. Su voz no tembló. No podía permitirse temblar.—Mi hijo mayor. El mismo que ordenó el ca

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    El jet privado volaba de regreso a la ciudad local bajo un cielo tormentoso. La memoria USB estaba sobre la mesa de nogal. Un pequeño objeto de metal pesado. Eva miraba por la ventanilla. Las luces de Madrid quedaban lejos, perdidas en la noche. Valentino estaba en el asiento de enfrente. No había tocado su bebida en una hora. —Diana no pudo hacerlo sola. Necesitaba acceso a las cuentas de mi familia. —Ella tenía acceso a las cuentas de mi familia por ser mi hermana y confidente. Valentino se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos en las rodillas, buscando cercanía. —El fideicomiso de mi hermano requiere dos firmas para mover fondos millonarios. Eva giró la cabeza. Lo miró a los ojos, buscando la verdad en su mirada. —¿Quién es la segunda firma que autorizó el pago al camión? —El abogado personal de mi padre. Un hombre leal a Enzo hasta la muerte. —Entonces Enzo lo sabía. Tu padre encubrió el intento de asesinato. Valentino asintió. Un movimiento lento y doloroso que le costaba el al

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    La mujer de la cicatriz sonrió. Un gesto ensayado y perfecto para la alta sociedad. —Mi nombre es Elena Rivas. Dueña de este espacio y curadora de arte contemporáneo. Eva no parpadeó. Sus ojos grises escaneaban el rostro de la mujer con precisión quirúrgica. La línea blanca en la mejilla izquierda. El mismo ángulo. La misma profundidad exacta. —El cirujano de Turín fue muy generoso contigo. Te dejó un rostro hermoso. Elena Rivas perdió la sonrisa por una fracción de segundo, recuperándola al instante. —No sé de qué me habla, señora Marchetti. Debe confundirme con otra persona. —Llevabas el camión. El que me sacó de la carretera en la autopista bajo la lluvia. El silencio en la sala VIP se volvió denso, asfixiante para los presentes. Arriaga dio un paso atrás. Buscó la salida con la mirada, calculando su huida. Valentino se interpuso entre Arriaga y la puerta de roble macizo. —Nadie sale de esta sala hasta que yo lo autorice —dijo Valentino. Su voz era un trueno bajo. Harold dejó la co

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    El piloto cambió el rumbo sobre el océano. El jet inclinó el morro hacia el noreste. Eva miraba por la ventanilla. La oscuridad del Atlántico quedaba atrás, dando paso a Europa. Valentino servía dos copas de vino tinto de una botella de cristal etiquetada. El líquido oscuro salpicó ligeramente los bordes de las copas de cristal tallado. Le tendió una copa. Sus dedos se rozaron en el intercambio, enviando chispas. —Madrid es territorio de los McKenzie. Tienen aliados en el gobierno local. —Lo sé. Por eso Arriaga se siente seguro allí. Cree que está protegido. Eva tomó un sorbo. El tanino le secó la lengua, despertando sus sentidos. —Rudolph tiene contactos en la policía local y en los jueces de la capital. —Nosotros tenemos el dinero. Y el dinero compra a la policía y a los jueces. Valentino se sentó a su lado en el sofá de cuero blanco de la cabina. El calor de su muslo traspasó la tela de su pantalón, una proximidad peligrosa. —¿Estás preparada para verlo de nuevo? A Harold, quiero d

  • Descartada por un CEO. Deseada por El Príncipe   La trampa de Delaware

    Eva miró la pantalla del teléfono de Rudolph. El sello azul de Delaware brillaba con malicia. —Una orden de congelación —dijo Rudolph. La voz le temblaba, pero sonreía con triunfo. —Emitida hace dos horas por el juez Harrison. Un viejo amigo de la familia. Margaret recuperó el color en las mejillas. Se enderezó en su silla de cuero. —Las acciones que compraste están bloqueadas, Sophia. No tienes poder de voto. Eva no parpadeó. Su mente trabajaba a la velocidad de la luz, buscando la grieta en el muro. —Bloqueadas en jurisdicción estadounidense. Un detalle técnico sin importancia. —McKenzie Holding está registrada en Delaware —dijo Rudolph con arrogancia. Valentino dio un paso hacia la mesa. Sus ojos grises eran dos cuchillas afiladas. —Pero la transferencia se hizo desde un banco en Zúrich, no desde Nueva York. Rudolph tragó saliva. La nuez subió y bajó en su garganta seca. —La comisión de valores local ya aceptó mi registro de propiedad ayer. Eva sacó su propio teléfono. Marcó un núm

  • Descartada por un CEO. Deseada por El Príncipe   La carta de Enzo

    El motor del coche se apagó en el garaje subterráneo. El silencio pesaba más que el viaje de tres horas, denso y cargado de todas las palabras que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar. Valentino soltó el volante. Sus dedos marcaron el cuero negro antes de dejarlo ir. Eva desabrochó el cinturón. El clic metálico resonó en el espacio cerrado. —No vas a Buenos Aires sola. Eva giró la cabeza. Los ojos grises de él buscaban los suyos en la penumbra. —Es mi viaje, Valentino. Mi decisión. —Félix Arriaga es un intermediario de los McKenzie. No un objetivo de tu fundación. —Él tiene los registros de Zúrich. Los que Diana no pudo conseguir. Valentino bajó del coche. La puerta se cerró con un golpe seco. Rodeó el capó. Sus pasos resonaron en el cemento pulido del garaje privado. Abrió la puerta del copiloto. El calor de su cuerpo invadió el espacio de Eva. —Si Arriaga te ve sola, pensará que estás desesperada. —Y si me ve contigo, pensará que es una adquisición hostil. —Exacto. Y nosotros

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