LOGINDicen que mantengas a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca. Pero firmar un contrato matrimonial con el agente letal que lleva años intentando destruirte es llevar el dicho demasiado lejos. Para el mundo exterior, somos el matrimonio perfecto de la alta sociedad. Ricos, deslumbrantes y perdidamente enamorados. Pero a puerta cerrada, nuestro acuerdo es estrictamente profesional: una alianza temporal y de "no agresión" obligada por nuestras agencias para desmantelar a un enemigo global en común. Él es frío, calculador y representa todo lo que desprecio. Yo soy la única espía que ha logrado sobrevivir a sus cacerías. Nos odiamos con cada fibra de nuestro ser. Cada sonrisa compartida en las galas y cada caricia frente a las cámaras es una táctica, una mentira cuidadosamente ensayada para mantener nuestra tapadera. Sin embargo, cuando las balas reales empiezan a volar y nos vemos obligados a salvarnos la vida mutuamente, la línea entre el engaño y la realidad comienza a desdibujarse. En un mundo de secretos y traiciones, descubriremos que el verdadero peligro no es el sindicato criminal que nos acecha, sino el riesgo mortal de enamorarte de la única persona que tiene un arma apuntando a tu espalda.
View MoreEl pasillo del piso cuarenta y dos del rascacielos financiero estaba sumido en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por el parpadeo letárgico de un panel eléctrico saboteado. Dante avanzaba en completo silencio, su respiración controlada al milímetro. En su mente, la disposición estructural del edificio se desplegaba con una precisión matemática, calculando cada columna de carga y cada ruta de escape en caso de que la infiltración se saliera de control.
Para misiones de esta dificultad, operaba bajo una regla estricta e inquebrantable: solo llevaba su pistola táctica con silenciador en la mano derecha y su cuchillo de combate en la izquierda. Nada de armamento pesado, nada de fusiles de asalto que entorpecieran sus movimientos. En la élite del espionaje, la agilidad y la destreza cuerpo a cuerpo siempre superaban a la fuerza bruta. Un error, un paso en falso, significaba una muerte segura, y él no dejaba margen para el fracaso.
Su objetivo era la bóveda de seguridad ubicada al final del corredor central, donde el sindicato criminal ocultaba el disco duro con las identidades de sus agentes infiltrados. Giró la esquina con el arma en alto, escaneando el perímetro.
Un imperceptible desplazamiento de aire fue su única advertencia.
Dante alzó el cuchillo táctico en un acto de puro reflejo, bloqueando un ataque vertical con un chasquido metálico que cortó la oscuridad. Giró sobre sus talones, pivotando sobre el eje de su pierna izquierda para apuntar la pistola directamente al pecho de su agresor, pero una patada impecable y fulminante le desvió el brazo hacia arriba. El silenciador escupió un impacto ahogado y la bala se incrustó inofensivamente en el concreto del techo.
Frente a él, emergiendo de las sombras con un traje de infiltración negro y una sonrisa afilada que destilaba peligro, estaba Valeria.
—Llegas tarde, Dante —susurró ella, haciendo girar un par de dagas gemelas entre sus dedos con la gracia hipnótica de un depredador—. Ya vacié la caja fuerte hace cinco minutos. La encriptación era de nivel básico, una decepción total.
—Dame el disco, Valeria. No tengo tiempo para tus juegos de sabotaje corporativo hoy —respondió él, estabilizando la postura y volviendo a apuntar su arma, esta vez calculando el ángulo exacto hacia su hombro para incapacitarla sin matarla—. Mi agencia lo reclama. Sabes perfectamente que no dudaré en apretar el gatillo.
—Nunca dudas en apretar el gatillo, ese es tu mayor defecto —replicó ella, dando un paso al frente con una audacia temeraria, hasta que el cañón de la pistola de Dante rozó la tela sintética de su traje—. Eres demasiado directo. Te falta creatividad. Y, para tu información, yo no trabajo gratis.
El odio mutuo saturaba el aire denso del pasillo. Llevaban tres años cruzándose en misiones clandestinas por toda Europa y Sudamérica, arruinándose operativos estratégicos, robándose información clasificada bajo las narices del otro y dejándose cicatrices que aún dolían con los cambios de clima. Eran las armas más letales de sus respectivas agencias enemigas, y el desprecio visceral que sentían el uno por el otro solo era comparable con el magnetismo enfermizo que los obligaba a no aniquilarse al instante cada vez que se encontraban.
Dante tensó el dedo sobre el gatillo, su mandíbula apretada. Valeria, sin borrar esa sonrisa arrogante, levantó la punta de su daga hasta presionar levemente la arteria del cuello de él. Un movimiento en falso, un espasmo, y ambos acabarían desangrándose sobre la alfombra de diseño del rascacielos.
De repente, un pitido agudo, intermitente y simultáneo sonó en los intercomunicadores encriptados que ambos llevaban en el oído izquierdo.
Dante frunció el ceño, sin ceder un milímetro de terreno ni bajar el arma. Valeria imitó su gesto, la diversión esfumándose de sus ojos oscuros.
—Agente 04, aborte la misión inmediatamente —ordenó la voz metálica y tensa del director de Dante a través del auricular—. Situación de máxima prioridad. Repito, aborte.
—Valeria, alto el fuego ahora mismo —sonó la voz tajante de la jefa de ella en su propio comunicador—. El disco duro que tienes en tus manos es un señuelo con un rastreador. Todo el maldito edificio está plagado de cargas de demolición C4 en las columnas principales. Tienen exactamente tres minutos para salir antes de que la estructura colapse sobre ustedes.
Ambos se miraron a los ojos, procesando la información a la misma velocidad vertiginosa. Alguien los había engañado. Habían mordido el anzuelo de un tercero.
—Dante —continuó su director, con un tono inusualmente grave que le heló la sangre al agente—. Hemos interceptado comunicaciones en la red profunda. El verdadero líder del sindicato, el hombre al que llevamos años buscando, acaba de salir de las sombras. La amenaza ahora es de escala global. Tu agencia y la de Valeria acaban de firmar una tregua temporal incondicional.
—¿Qué estupidez estás diciendo? —gruñó Dante, bajando milimétricamente el arma, sintiendo que la situación se escapaba de toda lógica—. ¿Una tregua con ella?
Valeria, que evidentemente estaba escuchando órdenes similares, palideció de golpe y apretó los labios con furia.
—El objetivo se oculta a plena vista —explicó el director, ignorando la protesta de Dante—. Solo asiste a eventos exclusivos de la alta sociedad y, por su paranoia extrema, solo negocia con parejas consolidadas en el mundo criminal, familias de prestigio comprobable. Necesitamos infiltrar a nuestro mejor hombre y a su mejor mujer como un matrimonio multimillonario intocable. A partir de esta noche, Dante, estás casado con ella. Firmarán el contrato nupcial vinculante en una hora en la base clandestina conjunta. Si se matan entre ustedes, perdemos al objetivo y el mundo arde.
El silencio cayó pesado en el pasillo, roto únicamente por un primer temblor sordo bajo sus pies. La cuenta regresiva de los explosivos había comenzado. Las vibraciones indicaban que las cargas menores ya estaban destruyendo los cimientos.
Valeria bajó las dagas lentamente, soltó una carcajada seca, amarga y cargada de incredulidad, y clavó sus ojos en Dante.
—Prefiero que me dispares ahora mismo. Hazme el favor.
—El sentimiento es completamente mutuo, cariño —respondió él, enfundando la pistola a regañadientes y guardando su cuchillo con un movimiento fluido—. Pero primero, salgamos de este infierno. Ya tendremos tiempo de odiarnos en la luna de miel.
El suelo se sacudió con violencia cuando la primera explosión detonó varios pisos más abajo. Las alarmas de incendio estallaron en un coro estridente y las luces de emergencia tiñeron el pasillo de un rojo sangriento.
—¡Por las escaleras de servicio del ala norte! —gritó Valeria, echando a correr—. ¡Los elevadores ya deben estar bloqueados!
—¡El ala norte tiene las cargas principales, genio! —rugió Dante, alcanzándola en dos zancadas y tomándola del brazo para tirar de ella en dirección contraria—. ¡Si la estructura cede, el peso caerá hacia allá! ¡A los ductos de ventilación del núcleo central, ahora!
Por primera vez en tres años, no estaban compitiendo. Mientras corrían hombro con hombro esquivando escombros y humo, con el sonido de la destrucción persiguiéndoles los talones, Dante se dio cuenta de la ironía de su nueva realidad. Había sobrevivido a tiroteos, torturas y misiones suicidas. Pero sobrevivir a un matrimonio con Valeria iba a requerir un milagro.
El eco sordo de la pesada compuerta blindada cerrándose a sus espaldas sonó como el sellado de una bóveda de contención. Atrás quedó el calor asfixiante y el rugido ensordecedor de los motores diésel del Nivel 1. Al cruzar el umbral hacia el Nivel 2, el cambio de atmósfera fue tan drástico que el sudor en la piel de Dante y Valeria se enfrió casi al instante.Estaban en las bodegas de carga, la verdadera arteria financiera del Leviatán.El espacio era cavernoso, un abismo industrial de acero galvanizado que abarcaba toda la manga de la embarcación. No había luces principales encendidas, solo un resplandor azulado y cadavérico proveniente de los paneles de refrigeración. Ante ellos se alzaba un auténtico laberinto de pasillos estrechos formados por hileras de contenedores marítimos apilados de tres en tres, cajas fuertes del tamaño de habitaciones de pánico y filas de vehículos exóticos cubiertos con lonas de polímero oscuro.Dante se apoyó contra la pared fría, respirando de forma con
El primer disparo de Dante no fue dirigido a los guardias acorazados que bloqueaban las salidas. Su mente táctica, entrenada para procesar variables de combate en milisegundos, descartó la confrontación directa. El silenciador de su arma escupió un fogonazo apenas perceptible y, una fracción de segundo después, el colosal candelabro central de cristal que colgaba sobre la pista de baile estalló en una lluvia de esquirlas afiladas.El fastuoso salón quedó sumido en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por los gritos de pánico de los criminales multimillonarios y los haces frenéticos de los láseres verdes que ahora cruzaban la nube de polvo y pólvora como telarañas mortales.—¡Al pilar central! —ordenó Dante, su voz cortando el caos con autoridad absoluta. Tiró del brazo de Valeria con una fuerza calculada, buscando aprovechar la cobertura estructural de piedra maciza que habían analizado minutos antes.Pero antes de que las suelas de sus zapatos pudieran afianzarse sobre el már
El muelle privado estaba bañado por luces halógenas que cortaban la fría niebla nocturna. Frente a ellos, el Leviatán se alzaba sobre el agua como una bestia de acero negro y cristal templado. No era un simple yate; era una fortaleza militar flotante de cuatro niveles camuflada bajo la estética de la alta costura.Valeria enlazó su brazo con el de Dante mientras caminaban por el puerto. El vestido de seda rojo sangre se adhería a sus curvas como una segunda piel, diseñado meticulosamente para ocultar las dos dagas de cerámica indetectables a los radares que llevaba atadas a los muslos. Dante, enfundado en un esmoquin oscuro de corte impecable, irradiaba la arrogancia letal exacta que se esperaba del temido heredero del imperio Moretti.—Sonríe, amor mío —murmuró ella, sus labios rozando el lóbulo de la oreja de él en un gesto de aparente adoración que ocultaba una amenaza—. Recuerda que somos asquerosamente ricos, intocables, y estamos perdidamente enamorados.—Mientras no me pises co
El vuelo en el jet privado sobre las oscuras aguas del Mediterráneo habría sido una experiencia inigualable para cualquier pareja de multimillonarios. Para Dante y Valeria, fue un ejercicio de noventa minutos de tortura psicológica y silencio asfixiante. No intercambiaron una sola palabra. Él aprovechó el tiempo para desarmar, limpiar y volver a ensamblar su pistola táctica diecisiete veces bajo la tenue luz de la cabina, el sonido metálico de las piezas encajando como un metrónomo letal. Ella, en el extremo opuesto del sillón de cuero blanco, repasó el expediente clasificado de Viktor Volkov con una frialdad matemática, memorizando cada rostro de su sindicato mientras giraba una copa de champán que no llegó a probar.Cuando el helicóptero privado que los recogió en la pista de aterrizaje los dejó finalmente en el helipuerto de la mansión en la Costa Azul, el sol del atardecer ya teñía el mar de un naranja sanguinolento. La residencia era una fortaleza disfrazada de obra de arte moder












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