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Capítulo 3

Autor: Jelly Pudding
Esa mañana me despertó el teléfono, que no dejaba de vibrar junto a mi almohada.

Al mirar la pantalla, descubrí más de cincuenta llamadas perdidas y una avalancha de mensajes. Los encargados del puerto, mis contactos comerciales e incluso la policía estaban intentando localizarme.

«El carguero 3 está retenido en la aduana. ¡Vuelve de inmediato!«

«¡Soren quiere romper toda relación comercial!»

«¡¿Dónde estás, Iris?!»

El mensaje más reciente era de don Vincent. Por lo visto, todavía no sabía que su adorada sobrina me había expulsado de la Familia.

Apenas contesté su llamada, empezó a gritarme:

—Iris, ¿dónde demonios te has metido? ¿Te di la tajada mayor y más autoridad que a nadie en esta Familia para que dejaras todo tirado y te fueras a divertir? Nunca nos había ido tan mal en todos estos años. ¿Cuánto tiempo llevo fuera para que hayas permitido que se monte semejante desastre?

—Vincent, ya me habían... —intenté explicarme.

—¡No me importa lo que estés haciendo! —me interrumpió—. ¡Vuelve a la sede y arregla todo! ¡Cuando regrese, te pediré cuentas por lo demás!

Colgó antes de que pudiera responder. Intenté devolverle la llamada, pero solo escuché el frío tono de «ocupado».

El teléfono siguió vibrando de vez en cuando durante el resto del día. No respondí a nada. Ya no tenía ninguna obligación con la Familia Vincent y no pensaba correr a resolver sus problemas.

Al anochecer, Callen, que llevaba años trabajando a mi lado, me envió un mensaje con una grabación hecha a escondidas. Gracias a ella, descubrí lo que había ocurrido en la sede durante los cinco días transcurridos desde mi partida.

Sin mí al frente, la gente de los distintos puestos había empezado a desentenderse de sus responsabilidades. Los veteranos sabían perfectamente cómo escabullirse cuando les convenía y, al no tener a nadie que los vigilara, habían dejado de esforzarse por completo. Los recién llegados que Kelly había incorporado tampoco servían de mucho. Algunos ni siquiera sabían interpretar un manifiesto de carga.

Kelly era joven, terca e inexperta. Hasta entonces, yo había sido quien corregía sus errores antes de que las consecuencias llegaran a oídos de los demás. Sin mí para sostener las operaciones, la Familia entera empezó a tambalearse.

No pudieron suministrarle a Soren la mercancía que había solicitado, y él no tardó en anunciar que no volvería a hacer negocios con los Vincent.

Según me contaron, Kelly se quedó paralizada en cuanto recibió la noticia. La fachada de amabilidad y buenos modales que tanto le gustaba mostrar se vino abajo en cuanto estalló de furia en la sede.

En la grabación, su voz sonaba aguda y estridente.

—Les mejoré las prestaciones, los dejé salir a su hora, ¿y así me pagan? ¿Cómo han podido echar a perder el trato? ¿Acaso son todos unos inútiles? ¡Nadie se irá hoy hasta que encuentren la forma de arreglarlo!

Cuando terminó el audio, Callen me envió varios mensajes más.

«Tenías que haberlo visto. Los miembros de la vieja guardia reprendieron a Kelly durante horas. Terminó con los ojos rojos».

«Aiden salió a defenderla y también lo hicieron pedazos».

Me quedé mirando la pantalla y solté una risa fría.

Incluso yo habría tenido que dejarme el pellejo para resolver una crisis de semejante magnitud.

Sin mí, no tenían nada nadie capaz de mantener las cosas en pie.

A la Familia Vincent le esperaba una larga noche.

A las ocho publiqué un nueva foto en Instagram.

«Una noche de lluvia pide un whisky.»

La foto mostraba un vaso de cristal en el alféizar, con la lluvia al otro lado de la ventana y las llamas de la chimenea iluminando la habitación.

Nunca había fingido ser una buena persona, y tampoco pensaba hacerlo ahora. Recordaba perfectamente cómo me habían desprestigiado cuando me fui.

Esta vez, les tocaba a ellos probar un poco de su propia medicina.

Los comentarios no tardaron en llegar. Eran de hombres que habían trabajado bajo mis órdenes.

«Iris, apenas ahora me doy cuenta de lo importante que eras...».

«Yo también».

No pasaron ni unos segundos antes de que los comentarios desaparecieran.

Cuando desperté al día siguiente, mi muro estaba inundado de una publicación de Kelly que habían compartido una y otra vez. La original se había publicado a la 1:17 de la madrugada.

«Cuanto más bravo el mar, mayor la pesca. Lo que no logra derribarme solo me hace más fuerte.»

Al parecer, no pude evitar soltar una carcajada.

Justo entonces sonó el teléfono. Era Vera.

Dudé unos segundos antes de contestar, pero, cuando lo hice, al otro lado de la línea reinó un silencio tan prolongado que estuve a punto de colgar.

Finalmente, Vera habló. Su voz estaba quebrada por el llanto.

—Iris, ¿podrías venir a la sede?

—No —respondí sin ninguna emoción.

Mi negativa inmediata pareció dejarla desconcertada. Después de todo, durante años yo había sido quien la protegía, quien la respaldaba cuando cometía errores y quien la ayudaba a salir de los problemas en los que se metía.

—Por favor... Si no vienes, estoy acabada. Kelly me ha echado toda la culpa.

Aquello sí despertó mi interés.

Me levanté, recogí el abrigo del respaldo de la silla y salí de casa.

Quería ver con mis propios ojos hasta qué punto se había desmoronado la Familia Vincent desde mi marcha. Pero, sobre todo, quería descubrir qué había hecho Vera para terminar en semejante situación y a qué se refería exactamente Vera con eso de estar «acabada».
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