تسجيل الدخولDurante siete años, fui el secreto mejor guardado de Dante Castellano, mi novio y jefe de la mafia. Nada de apariciones públicas. Cero fotografías juntos. Ni siquiera una sola prueba de que yo hubiera estado a su lado. —En cuanto tenga el poder suficiente para que nadie se atreva a ponerte un dedo encima, lo haremos oficial —me juró. Y yo, como una ingenua, le creí. Un día antes de nuestro séptimo aniversario, encontré un anillo con un diamante de diez quilates oculto en el bolsillo de su saco. Lloré de alegría. Pensé que siete años de vivir en las sombras por fin habían terminado. A la mañana siguiente, me puse mi vestido más caro y me rocié el único perfume que él me había regalado. Ensayé mi mejor sonrisa frente al espejo. La misma que le dedicaría cuando se pusiera de rodillas. Entonces, la pantalla de mi teléfono se iluminó con una alerta de última hora. [ÚLTIMA HORA: Una historia de amor de siete años llega a su final perfecto. ¡La bloguera Alessia Romano acepta la propuesta número cien de su novio!] En la fotografía, la estrella de internet con ocho millones de seguidores se ponía de puntillas para besar a un hombre. Él le sostenía la nuca con la mano. En esa misma mano resaltaba una cicatriz inconfundible. Era la marca que le quedó a Dante cuando recibió una puñalada para salvarme la vida.
عرض المزيدAlessia observó cómo los hombres arrastraban a Dante hacia la oscuridad de la calle. Al perderlo de vista, la última pizca de arrogancia desapareció de su rostro. El pánico se apoderó de ella. Se dejó caer sobre las rodillas y gateó, desesperada, hacia Leonardo. Al llegar a sus pies, bajó la cabeza y golpeó la frente contra el asfalto una y otra vez, con tanta fuerza que la piel se le abrió y un hilo de sangre comenzó a mancharle la cara.—¡Don Giorgi, por favor, déjeme ir! ¡Me equivoqué! —rogó, con la voz ahogada por el llanto—. No lo volveré a hacer. ¡Le juro que jamás volveré a acercarme a la signorina Chiara!Leonardo la observó desde arriba. Su rostro era una máscara inexpresiva, desprovisto de la más mínima compasión.—Cuando la lastimabas, ¿alguna vez te detuviste a pensar en las consecuencias? —preguntó con voz pausada—. Incluso si te quitamos la vida ahora mismo, eso no compensaría ni una fracción del dolor que ella sintió al perder a su hijo.Sin agregar una palabra más,
Alessia hizo una pausa y, al retomar la palabra, alzó la barbilla con una satisfacción cruel.—¡Porque tú eres uno de los culpables de asesinar a su hijo! —escupió.—¿Hijo? —El cuerpo entero de Dante se tensó y su respiración se detuvo por un segundo. Giró sobre sus talones para mirarme, con el desconcierto más absoluto reflejado en el rostro—. ¿Tú y yo... esperábamos un hijo? —preguntó, faltándole el aire.Mis ojos ardieron cuando recordé el accidente. Sin embargo, me tragué las palabras y me limité a sostenerle la mirada, sin mostrarle nada de mi dolor. Mi silencio se convirtió en la respuesta más letal que pude darle.Dante asimiló de inmediato que Alessia no mentía. Un temblor visible le recorrió los brazos y el poco color que le quedaba en las mejillas desapareció por completo. Dio un paso hacia atrás, tropezando con sus propios pies, y habló con el tono roto de quien se aferra a una última y desesperada esperanza.—Estás mintiendo, ¿verdad? —rogó.Al observar su miseria, Al
Bajé la mirada hacia las mujeres que temblaban sobre la alfombra.—¿No miraban a las criadas por encima del hombro? Entonces prueben en carne propia lo que significa servir a otros —sentencié con indiferencia.Para esas perras acostumbradas a los privilegios, la orden equivalía a la peor humillación posible, pero ninguna tuvo el valor de levantar la voz para oponerse.Al escuchar mi decisión, Leonardo dejó asomar una leve sonrisa. Me miró con una ternura que me pareció irresistible. Su voz sonó grave, pero suave:—Lo que tú ordenes.Los soldati las escoltaron hacia la salida del salón de inmediato. Otros dos hombres tomaron a Dante por los brazos y lo sacaron a rastras mientras seguía inconsciente.La tensión en el ambiente se disipó poco a poco. La iluminación principal volvió a encenderse, un pianista comenzó a tocar una melodía hermosa de fondo y los invitados no tardaron en acercarse para felicitarme, fingiendo con descaro que la escena anterior jamás había ocurrido.Al fin
Al escucharme, Dante palideció de golpe. Sus pupilas se contrajeron. El hombro herido le temblaba por el esfuerzo y la sangre continuaba empapando la tela de su camisa. Un torbellino de culpa e incredulidad le enturbió la mirada.—Cara, no hagas esto —suplicó, con la voz desgarrada por el dolor.Parecía incapaz de asimilar que lo tratara como la rata que era.Uno de sus hombres de seguridad se acercó, con el ceño fruncido por la urgencia.—Jefe, deje de hablar. Su hombro no puede esperar. Necesita un médico ahora mismo —lo apremió.Dante le apartó el brazo de un manotazo, aferrándose a una energía que no debería tener en ese estado. Dio un paso inestable hacia el frente, sin apartar los ojos de mí.—Así que sabías tu verdadera identidad todo este tiempo. ¿Por qué me lo ocultaste? ¿Acaso no confías en mí? —reclamó con voz ronca.Mi madre dio un paso al frente al escuchar esa absurda acusación. Mantuvo un semblante inexpresivo y no se mordió la lengua.—Dante, ¿qué derecho tienes












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