MasukLlevaba puestos unos pantalones deportivos grises que le colgaban bajo en las caderas, y una camiseta blanca que se le estiraba ajustada sobre el pecho ancho. La tinta oscura en sus brazos se veía demasiado apetecible para ser tan temprano en la mañana. El hombre tenía escrito "picaflor" por todos lados, y a juzgar por la actuación vocal que había escuchado la noche anterior, definitivamente se había ganado el título.
Eran las siete de la mañana, y Nick se veía como si llevara horas despierto y con toda la energía del mundo.
Sonrió al verme acercarme, entregándome una taza recién preparada antes de que yo siquiera pudiera alcanzar una taza propia.
—Se ve que necesitas esto más que yo —murmuró, con la voz todavía cargando esa ronquera baja de la mañana.
—Me quedé despierta hasta tarde —musité, dando un sorbo—. No pude dormir con todo el... ruido —esperaba que no pensara que había estado escuchando a propósito. Seguro pensaría que soy una rara.
Nick se quedó callado un momento, y una expresión repentina de culpa y timidez cruzó sus atractivas facciones. Se llevó una mano a la nuca, frotándosela con torpeza. —Ah. ¿Te molesté? Supongo que las cosas se salieron un poco de control. Perdón por eso, Annie. No va a volver a pasar.
—No, tranquilo —mentí con soltura, tratando de ignorar cómo se me apretaba el vientre solo de recordar lo que había hecho mientras lo escuchaba—. De todos modos tenía que ponerme a escribir.
Él recostó su hombro pesado contra la pared, tomando su café mientras sus ojos plateados estudiaban mi cara detenidamente. —¿A qué te dedicas?
—Escribo libros —dije. Levantó una ceja, con el interés claramente despierto—. ¿Eres autora? Impresionante. ¿De qué tipo?
Me quedé mirando mi taza, sin ninguna intención de que supiera qué tipo de libros escribía. —Romance.
—¿Romance? —una sonrisa lenta y ladeada se le dibujó en los labios—. Yo también leo un poco de todo, aunque normalmente prefiero el misterio. ¿Escribes contenido subido de tono?
Casi me atraganto con el café, sintiendo cómo se me ponía la cara roja. —A veces —logré decir, deseando con todas mis fuerzas que el piso se abriera y me tragara. ¿Por qué me preguntaba eso de repente?
—Me encantaría leer una de tus historias algún día —murmuró, con la voz bajando a ese tono oscuro y sugerente de mis fantasías. Empezó a retroceder hacia la puerta de su apartamento—. No olvides lo que te dije. Si necesitas cualquier cosa, ven a buscarme. Nos vemos luego, amor.
Volvió a su apartamento y yo me quedé ahí parada como una estatua, observando cómo esos pantalones grises le quedaban perfectos en las caderas hasta que finalmente su puerta se cerró con un clic.
.........
Para el sábado por la noche tenía medio capítulo escrito y un problema.
El problema era el interés amoroso de Celeste, a quien había presentado en el primer libro como de cabello oscuro y facciones marcadas, una apariencia muy específica que había mantenido durante tres novelas seguidas. De alguna manera, entre el martes y el sábado, se había vuelto rubio.
Me recosté y releí lo que había escrito. Me di cuenta de que, sin querer, había escrito al protagonista masculino basándome en Nick. Sintiéndome frustrada, le escribí a Kayla: "Sin querer basé al interés amoroso de mi libro en mi vecino".
Respondió en cuatro segundos: "ANNIE. TIENES QUE COGÉRTELO".
Negando con la cabeza, bloqueé el teléfono y lo tiré sobre el colchón. El edificio estaba completamente en silencio esa noche, y el silencio me hacía sentir extrañamente inquieta. Acomodé mi almohada, lista para cerrar la laptop, cuando vi un destello repentino de movimiento por el rabillo del ojo.
¿Pero qué diablos?
Miré horrorizada cómo un enjambre masivo de diminutas chinches se arrastraba fuera del colchón, esparciéndose por las sábanas blancas. Salté de la cama tan rápido que tiré la laptop directo al piso. Encendí todos los interruptores de luz que encontré, con la piel erizada de puro asco. El colchón viejo que había puesto el dueño estaba completamente infestado.
—No. No, no, no...
Agarré el teléfono y llamé al dueño del edificio. Contestó al quinto timbre, sonando profundamente indiferente para ser un hombre cuyo edificio tenía una infestación activa.
Eso me pasa por pagar tan barato. Sabía que este lugar era demasiado bueno para ser verdad.
—El fumigador va a estar ahí mañana a las nueve de la mañana —dijo, con voz somnolienta—. Tiene que desalojar el dormitorio de inmediato. Duerma en el piso de la cocina o salga del edificio.
—¡Es medianoche! —siseé. No tenía tiempo para esa m****a. Solo quería dormir.
—Sí, señora —fue todo lo que dijo, y quise meter la mano por el teléfono y estrangularlo. Después me colgó en la cara, y me quedé parada torpemente en medio del cuarto, en mis shorts de pijama y una musculosa suelta.
Miré la pared que separaba mi apartamento del de Nick. "Absolutamente no", pensé, pero de todos modos no creía tener otra opción.
Agarré mi bolso de noche de todas formas.
Me quedé parada frente a su puerta durante sesenta segundos enteros antes de finalmente reunir el valor para tocar. Unos momentos después, la puerta se abrió y ahí estaba Nick, sin nada puesto más que unos pantalones deportivos negros. Tenía el pelo hermosamente despeinado, y sus ojos azul claro se veían pesados de sueño. Se veía increíblemente grande y peligroso bajo la tenue luz del pasillo. Los tatuajes le cubrían el pecho, las costillas, el estómago, por todos lados.
—¿Annie? —su voz fue un rumor grave y ronco.
—Yo... tengo una infestación activa de chinches —logré decir entre tartamudeos, sosteniendo mi bolso como si fuera un escudo—. Perdón que sea tan tarde, pero el encargado me dijo que desalojara y no supe a dónde más ir...
Nick miró mis labios temblorosos, y luego bajó la vista a mis piernas desnudas; no dejé de notar la breve expresión que le cruzó el rostro mientras daba un paso atrás.
—Entra —ordenó con suavidad.
Las piernas de Jasmine se habían dormido para cuando se abrió la puerta trasera. Había visto todo a través de la división: la silueta de Daisy sacudiéndose en el asiento delantero, el vaho en el cristal, los sonidos que llegaban incluso con el motor apagado. Los muslos los tenía tan apretados que le dolían.—Afuera —dijo Nicolas, y la palabra fue como una llave girando.Bajó con las piernas temblando y Tess justo detrás de ella.—Sobre el capó —dijo Nicolas—. Las dos. Manos planas.El auto estaba frío. Presionó las palmas y sintió el calor residual del motor a través de la pintura, y oyó a Tess acomodarse a su lado. Nicolas caminó alrededor detrás de ellas y ella contuvo la respiración, esperando.Sus manos aterrizaron primero en las caderas de ella. Le subió la falda alrededor de la cintura y el aire golpeó la parte de atrás de los muslos. La palma le bajó sobre el culo una vez y ella jadeó y empujó hacia atrás contra el capó.—Demasiados secretos esta noche —dijo con voz baja—. Cree
Daisy se estremeció cuando se abrió la puerta trasera. Nicolas se sentó en el asiento del conductor sin mirar atrás. Ajustó el espejo retrovisor hasta que pudo verla claramente y ella se vio a sí misma mirándolo. Las manos le temblaban y las presionó planas contra los muslos para que no lo notara.—¿Abrochada? —preguntó.Los dedos no cooperaban con el cinturón y cuanto más forcejeaba peor se ponía. Él se giró entonces con un brazo colgado sobre el respaldo y la observó forcejear. La paciencia en su cara era peor que la ira.—Daisy. —Su nombre en su boca le hizo la cabeza pesada.—Estás temblando como una hoja —dijo—. ¿Por qué es eso? No estás en problemas… todavía.¿Todavía? Logró meter el cinturón en el seguro y él pareció satisfecho con eso. No sabía qué le había hecho a Jasmine. Jasmine había regresado al auto con una expresión un poco rara. Simplemente le dijo que el oficial quería verla. Cuando le preguntó si le había hecho daño o algo malo, Jasmine solo negó con la cabeza y le d
Cerró la puerta de la patrulla, cortando el ruido fuerte de la carretera. El corazón de Jasmine latía rápido en el pecho. Realmente no podía ver afuera por las ventanas polarizadas. La puerta delantera se abrió de pronto y el oficial Nicolas metió su gran cuerpo en el asiento del conductor.No se giró a mirarla de inmediato. Ajustó el espejo retrovisor en su lugar y la miró fijo a los ojos a través del cristal. El auto era pequeño y él ocupaba mucho espacio.—¿Sabes qué les pasa a las chicas de universidad que terminan encerradas en la cárcel del condado un viernes por la noche, Jasmine? —preguntó Nicolas con voz suave. Su voz profunda sonó fuerte dentro del auto oscuro.Jasmine tragó saliva con fuerza. Se subió el top escotado y se inclinó cerca de la reja de metal que dividía los asientos.—Estoy segura de que puede ser amable y dejarnos ir solo con una advertencia severa, oficial.—¿Eso es lo que crees? —respondió Nicolas. Se giró en el asiento para enfrentarla. Apoyó el brazo gran
La aguja del velocímetro marcó ochenta y cinco, y Jasmine empujó el pie un poco más fuerte sobre el acelerador.En el asiento del acompañante, Daisy se inclinó y subió la música a todo volumen. La música alta llenó el auto y las chicas cantaron junto con ella. En el asiento trasero, Tess apoyó la cabeza contra el vidrio frío. Se sentía muy aburrida y solo quería que llegaran a su destino.—Jasmine, baja la velocidad —Tess alzó la voz por la música—. Esta carretera es famosa por los patrulleros estatales.—No hay nadie aquí a las dos de la mañana, Tess —se rió Jasmine, echándose el cabello oscuro sobre el hombro y mirándola por el espejo retrovisor—. Relájate y disfruta el viaje.—Déjala manejar, Tess —Daisy se giró en el asiento, sosteniendo un vaso de plástico rojo a medio vaciar con una sonrisa—. Nos quedan dos horas para llegar al campus. No quiero pasarme toda la noche en esta carretera aburrida.—Hablo en serio, chicas —insistió Tess, inclinándose entre los asientos delanteros—.
Antes de que pudiera ni siquiera recuperar el aliento, Leo se inclinó y me besó. Sabía a menta caliente y me sujetó la barbilla con fuerza para que no pudiera apartarme. Al mismo tiempo, Julian me bajó la ropa interior por las rodillas y me la quitó de los pies.La diferencia era salvaje. Julian solo trazaba los pulgares por el interior de mis muslos, mientras Leo se apoderaba de mi boca de forma brusca y me hacía gemir directo contra sus labios. Julian metió dos dedos gruesos dentro de mí sin aviso. Arqueé la espalda fuera de la cama con un jadeo ahogado; los dedos se me clavaron en las sábanas.—Quédate quieta, Maya —murmuró Julian cerca de mi oído y movió los dedos dentro de mí a un ritmo constante que hizo que las piernas me temblaran sin control—. Querías mirarnos, así que ahora te toca sentir todo.Leo se apartó del beso, respirando con dificultad mientras me miraba desde arriba.—Mi turno. —Cambió de posición, me agarró las caderas y me levantó un poco mientras se alineaba conm
—Mira quién nos estaba mirando —se rió Leo. Se apoyó contra la puerta cerrada.—Yo… solo iba por agua —balbuceé; la cara me ardía de rojo—. Lo juro.Julian no soltó mi brazo. Se acercó mucho y me torció por encima.—Eres una mentirosa de mierda, Maya. Has estado mirando la puerta durante cinco minutos. Vimos tu reflejo en el espejo de la pared.Los ojos se me abrieron de par en par.—¿Sabían?—Dejamos la puerta abierta a propósito —susurró Julian, deslizando la mano hasta la nuca—. Queríamos ver qué harías.No podía ni hablar; la mente se me quedó en blanco total. La habitación estaba caliente y olía a su colonia y al sudor de su piel.—Julian, suéltala —dijo Leo, caminando desde la puerta. Pero no lo decía en serio. Estaba sonriendo—. Mira qué roja tiene la cara. Se ve aterrorizada.—No está aterrorizada —murmuró Julian suavemente. El pulgar le frotó con suavidad el costado del cuello, enviando un escalofrío directo por mi columna—. Ha estado esperando esto todo el verano. ¿Verdad, M







