FAZER LOGINMe desperté en su cama con el sol entrando por las ventanas y su brazo rodeándome la cintura. Por un segundo pensé que era un sueño. Luego sentí su polla dura contra mi culo y recordé todo. La oficina. El escritorio. La forma en que me había follado en la cocina cuando llegamos a casa. La forma en que me había llevado a la ducha y me había lavado y luego me había follado contra la pared de azulejos.Me giré para mirarlo. Él me estaba observando con esos ojos grises. Medio dormido. El cabello lo tenía revuelto y tenía barba de un día en la mandíbula y no se parecía en nada al CEO pulido que dirigía reuniones de junta.—Buenos días —dijo.—Buenos días —dije.Me besó suave y lento. Diferente a anoche. Esto era gentil. Tierno. Su mano me tomó la mejilla y me besó como si fuera algo precioso y sentí que el corazón me hacía ese saltito estúpido.—Necesito decirte algo —dijo.El estómago se me cayó. Esto era. Esta era la parte en la que decía que había sido un error y que nunca podía volver
La oficina se había quedado en silencio para las siete. Había estado mirando la misma hoja de cálculo durante cuarenta minutos cuando el intercomunicador de su escritorio crepitó.—Señorita Turner. Mi oficina. Traiga su bloc de notas.Su voz. Ese sonido bajo y ronco que siempre hacía que mis muslos se apretaran bajo el escritorio. Había sido su asistente ejecutiva durante dieciocho meses. Conocía ese tono. El que significaba que estaba inquieto. El que significaba que el día lo había dejado tenso y buscando algo que desarmar.Agarré la tableta y caminé por el pasillo hasta su oficina de esquina. La puerta estaba abierta. Él estaba de pie en la ventana de espaldas a mí. La chaqueta la tenía quitada. Las mangas arremangadas hasta los codos mostrando esos antebrazos que no tenían derecho a estar tan definidos en un hombre que pasaba la mayor parte de los días en salas de juntas.—Quería verme, señor Hale.Se giró. Ojos grises. Cabello oscuro empezando a platearse en las sienes. A los cua
Ella no esperó una semana. No esperó un día. Esperó hasta que el sol se puso y entonces encendió el cabo de la vela, se apretó la llave contra el pecho y dijo su nombre, y él subió a través del suelo con el pelo húmedo de un baño que no se había tomado en ciento treinta años y la boca ya sonriendo.Fuiste rápida, dijo él.Estaba sola, dijo ella. Eso es culpa tuya.Él lo tomó como un cumplido, ella pudo notarlo, y la llevó al dormitorio y la desvistió como si desenvolviera un regalo que había estado sacudiendo todo el día. Esa primera noche fue la noche en que ella aprendió lo que hacía un caballero victoriano con una corbata cuando se sentía moderno. Le ató las muñecas al marco de la cama con ella, no demasiado apretado, solo lo suficiente, y la obligó a mirar mientras se tomaba su tiempo. La besó de arriba abajo como si estuviera leyendo un libro que ya amaba. Le puso la boca hasta que ella gritaba su nombre contra la almohada, y entonces se apartó y dijo: todavía no, mi querida, y l
Ella tragué saliva. La llama de la vela parpadeó.—¿Qué cosas? —dijo ella.Él no respondió con palabras. Dio un paso más cerca y la otra mano subió y tocó su cara; dedos fríos contra su mejilla, y le inclinó la barbilla hacia arriba y la miró durante un largo momento. Sus ojos eran oscuros y había algo en ellos que no era frío en absoluto. Algo que ardía.—Morí en un duelo —dijo—. Por una mujer. ¿Sabes qué es lo gracioso de eso? Ni siquiera la amaba. Era joven y era orgulloso y era estúpido y dejé que un hombre me provocara a pararme en un campo al amanecer por una mujer a la que ni siquiera amaba. Pasé toda mi vida persiguiendo el placer y morí por una mujer a la que no amaba, y nunca una sola vez logré perseguir la única cosa que importaba.—¿Qué es eso? —dijo ella.Él se inclinó y su boca estuvo cerca de su oído y su aliento era frío pero era aliento, era real, y ella lo sintió en el cuello y se estremeció.—Ser deseado —dijo—. Verdaderamente deseado. No por mi título o mi dinero o
Los tablones debajo de ella respondieron. Y algo en la oscuridad empezó a subir.Mara estaba de pie en medio de su cocina con la vela temblando en la mano y se decía que era una mujer adulta que no creía en fantasmas. Había pagado la renta. Tenía un trabajo. Había votado en la última elección. Las mujeres adultas no se quedaban descalzas sobre el linóleo frío a las dos de la mañana esperando que un hombre muerto subiera a través del piso. Pero los tablones seguían crujiendo, uno a la vez, como una escalera de sonido subiendo hacia ella, y el corazón le hacía algo estúpido y rápido en el pecho.El crujido se detuvo justo debajo de sus pies. Miró hacia abajo. La madera estaba quieta. Luego el aire se volvió frío y no era el frío de una corriente. Era el frío de una mano en la nuca. Era el frío de una boca respirando cerca de su oído y ella se giró y él estaba ahí, de pie en su cocina como si siempre hubiera estado ahí, como si nunca se hubiera ido.Se veía diferente en la oscuridad. La
El apartamento era barato por una razón y Mara encontró la razón en la primera hora. Era el olor. Polvo viejo y algo floral vuelto agrio, como un ramo dejado en un auto caliente durante una semana. Arrastró la última caja por la puerta y la dejó caer en el piso con un golpe que hizo gemir a todo el edificio. Los tablones se quejaron bajo sus botas. A ella no le importó.Había dejado a Daniel un martes. Eso fue hace tres semanas y todavía contaba los días como una herida. Él se había parado en su cocina sosteniendo una taza de café y le había dicho que pensaba que deberían ver a otras personas, como si eso fuera una cosa razonable de decirle a alguien con quien habías compartido una cama durante cuatro años. Ella le había tirado la taza a la pared. No se había roto de la forma en que quería. Había rebotado y rodado debajo del sofá como si estuviera avergonzada por los dos.Ahora estaba aquí, en un walk-up de tercer piso con un radiador que golpeaba y una puerta de baño que no cerraba d







